Entre cubanxs existe un ritual de advenimiento que funciona como señal, o como señuelo, más bien, de un estatus. Ese estatus no deja de ser como un cuerpo inasible en el país-que-nunca-será-nuestro. Fuera de Cuba siempre vivimos en el país-que-nunca-será-nuestro. Ese país que solo tiene su territorio en nuestra imaginación no es cosa de dormir con sábanas de felpa; no es cosa de secarse con albornoces de El Corte Inglés; no es cosa de parques acuáticos. 

Entre cubanxs recibir en el buzón de correo un paquetico blanco con letricas azules y tu nombre, ay, nuestro nombre ahí, estampado, impreso, nuestro nombre ahí, es una fiesta, es una alegría tan grande como saber que existimos. En el país-que-nunca-será-nuestro ese sobre escondido entre otros sobres y entre una decena de volantes publicitarios, acuña una ilusión. La ilusión de existir vivifica la errancia del emigrante. Pero no es más que eso: una ilusión. Letricas azules de CaixaBank que son una sutura en el cuerpo de la fantasmagoría.

Entre cubanxs se felicitan, se abrazan y se dicen: «¡Lo logramos!».

Entre cubanxs se besan, levantan las manos y se dicen: «¡Ahora sí!».

Entre cubanxs se pellizcan, brincan y se dicen: «¡A celebrar!».

Nada es fácil en el país-que-nunca-será-nuestro. Para lxs cubanxs nunca nada ha sido fácil. Hablo de una minoría, no en términos estadísticos, sino en términos de subalternidad. Frente al poder de un Estado totalitario, con dos o tres, o cuatro o cinco, cercando la granja, lxs otrxs 11 millones son minoría. Mayoría y minoría son nociones que debemos pensar no basados en ideas numéricas y positivistas. Mayoría y minoría son caminos equidistantes hacia la dominación. 

La granja es una isla en el centro de un mar donde se siembra cardón.

Dentro del paquetico blanco, un sobre que ha demorado siete días en llegar y que hemos esperado comiéndonos las uñas, con el corazón en las manos y con un nervio que no nos deja respirar —sin exageración—, viene una cosita con 16 números en relieve y cuatro letras en una esquinita: Visa. Esa cosita de plástico es una tarjeta de débito que solo nosotrxs, lxs cubanxs, en el país-que-nunca-será-nuestro, podemos valorar y saber lo que cuesta. 

Para algunxs es más fácil, para otrxs es sencillamente imposible obtenerla. Lo es durante un buen tiempo. Todo por el país, todo por la isla, todo por esa circunferencia de cardón.

El país-que-nunca-será-nuestro es muy duro; es un yunque.

El país-que-nunca-será-nuestro es muy duro; es una empleada que nos dice: «Aquí no aceptamos dinero en efectivo».

El país-que-nunca-será-nuestro es muy duro; es un e-commerce al que no tenemos acceso.

—Buenos días, quisiera obtener una cuenta bancaria en Sabadell. ¿Cuáles son los pasos a seguir?

—Buenos días, Edgar, tienes que rellenar el formulario en este link.

Comencé por Sabadell. 

—Estimado, Edgar. Gracias por su confianza en Sabadell Bank para ser su banco en España. Ya hemos recibido su solicitud para abrir una cuenta. Para ello, previamente necesitamos que nos remita una serie de documentos.

Converso con Salvador Merino Rodríguez, gestor comercial de la oficina número 0085. Me pide la matrícula del curso sellada y firmada, donde conste la duración del mismo y mis datos de estudiante. Debo describir la fuente u origen de los fondos. Para esta justificación necesito aportar uno de estos documentos: contrato de trabajo y tres últimas nóminas, o un certificado de ingresos por parte de la empresa en que trabaje, o bien la declaración anual de impuestos. 

¿Alguien en Cuba tiene estos documentos? Si los tiene que levante la mano. ¿Dónde yo vivía? Ese país es una cosa que nadie entiende. ¿Ahora mismo cuántas monedas están circulando en las calles de Cuba? Qué locura eso de que mi madre tenga que comprar leche (si hay) en dólares cuando a ella le pagan en pesos cubanos. El dólar está a 180. El euro a lo mismo. Es como para arrancarse los pelos.

Además, Salvador me pide que explique cuál va a ser mi «operativa» en España.

—Día a día, ¿cuántas transferencias recibirás de tu país? ¿Con qué frecuencia? ¿Qué vínculo tienes con la persona que te las enviará? ¿Familia? ¿O similar?

Después de pensar mucho cómo resolver aquello, escribí un correo en que daba nuevas explicaciones: «Salvador, le recuerdo que soy cubano. Le envío una parte de la información solicitada. Por otro lado, le comento que soy periodista independiente y que con las revistas que trabajo no firmo un contrato previo, solo cobro por los trabajos publicados y ya».

Lxs emigrantes cubanxs estamos obligados a justificar todo el tiempo una procedencia, una carencia, un lastre, un malestar, un sinsabor, un resquemor, un dolor, una tristeza, una necesidad, una orfandad, una carga, un malentendido, un no sé qué. Es la explicación infinita de un rencor; un rencor vivo.

Pero al país-que-nunca-será-nuestro tampoco le importa esto. Ni lástima nos tiene.

Edgar Ariel en Madrid / Foto: Edgar Ariel
Edgar Ariel en Madrid / Foto: Edgar Ariel

Tres días después me responde Salvador por la misma vía: «Edgar, gracias por la información enviada. En cuatro o cinco días podré darle respuesta sobre la apertura de su cuenta, una vez que el departamento de Cumplimiento Normativo analice la información aportada».

Al final del correo hay un AVISO que recuerda que «la mayoría de operaciones básicas y del día a día están disponibles en tu Banca a distancia a través de la web o app. Descubre cómo hacerlas con estos videotutoriales». Sobre la palabra «videotutoriales» hay un hipervínculo que no clico por precaución, para no ilusionarme demasiado, para no creerme el rey de la pradera/pasarela digital.

—Edgar, necesitamos también su TIN o tax identification number de Cuba.

Lo primero que me pasa por la cabeza es «¿Qué pinga es el TIN?». Lo googleo rápido e improviso: «En Cuba yo no era lo que se conoce como “trabajador por cuenta propia”, por eso no poseo ese número. Sí tenía tarjetas de crédito. Tarjetas que solo funcionan en Cuba, como sabe. Como otras tantas cosas que solo funcionan en Cuba. Pero no era contribuyente. ¿Qué otro documento podría aportar?».

—Edgar, el TIN es el número fiscal asociado al pago de impuestos o a la seguridad social, suele venir en la cédula de identidad —comenta Salvador, alfabetizándome.

Llega el día 27 de octubre y tengo en el buzón de Gmail una petición de SOSVOX para que firme un documento contra el consumo de carne de perro en China, y otro de Sabadell: «Buenos días, Edgar. Desde el departamento de Cumplimiento Normativo, encargado del estudio de apertura de cuentas para no residentes, me comunican que no es posible la apertura de la cuenta. Esto suele ocurrir cuando los perfiles analizados se encuentran dentro del grupo de países de riesgos, al cual Cuba pertenece, entre otros países. Lamentablemente no es posible completar la posibilidad de solicitud».

Pienso que no todo está perdido y que solo vengo a ofrecer mi corazón. Por eso pruebo con la banca electrónica Wise. Me comunico con un tal Edmund. Edmund parece un nombre de fantasma, pero sigo, qué más da. Lo primero que me dice Edmund en un español de academia, susurrante, es que Wise es una entidad regulada que opera en los Estados Unidos y que brinda servicios en dólares estadounidenses en todos los lugares donde operan. 

Para verificar mi cuenta, especifica, puede aceptar cualquiera de estos documentos, siempre que hayan sido emitidos fuera de Cuba. Se refiere al pasaporte, documento de identificación nacional, licencia de conducción, tarjeta de residencia permanente o visa de trabajo, certificación de naturalización o ciudadanía, o una visa de estudiante válida por más de seis meses.

Teme, dice, que si actualmente no cuento con alguno de estos documentos de identificación no será posible ofrecerme sus servicios.

Me parece difícil, pero intento colarme. Lleno el formulario hasta el paso número cuatro, de cinco. Algo está mal. Algo no funciona. En la lista electrónica de países que emiten documentos de identidad no está Cuba. Después de mirarla diez veces de arriba a abajo lo confirmo: Cuba no está. 

«Hola», le escribo a Edmund, «he solicitado una tarjeta física y ya he realizado el pago. Para completar la información me solicitan que marque el país que emitió mi documento de identidad. Soy cubano, pero vivo en Madrid. Cuba no está en el listado de países. ¿Qué hago?».

Edmund responde que ellos no pueden hacer nada. Se basan en unas leyes estadounidenses que no pueden violar. Mientras tanto, si así lo deseo, pueden emitir el reembolso del pago que realicé gracias a la ayuda de otra persona. «No dude en contactarnos nuevamente en caso de que tenga alguna otra pregunta», concluye.

Una tarde entré en una oficina del banco Santander y me sentí como en casa. No tanto, es verdad. Un tipo, banquero de toda la vida, me ofreció una taza de café y me pidió que me sentara frente a él. La mesa era redonda y las paredes de vidrio. Acepté y me senté en una silla giratoria. Después de merodear unos segundos, él no hizo lo mismo, sino que puso sus nalgas sobre la mesa, cruzó los pies calzados con tenis marca Veja, como los que usan los veinteañeros ricos, cruzó lo brazos y me miró, dispuesto a escuchar. Para decirme, 15 minutos después, que su empresa no se puede arriesgar con un cubano como yo.

Otra tarde desandaba el Paseo de la Castellana y en la Plaza de Castilla vi que una de las dos Torres KIO, esos rascacielos que también se conocen como la «Puerta de Europa», pertenecía a una sucursal de CaixaBank. Entré. Una mujer llamada Cecilia, con el pelo rubio recogido como un mazo de espigas de trigo, me atendió. Cuando le dije que era cubano puso cara de pocos amigos y me dio cita para la mañana siguiente a las diez.

A las diez en punto estaba allí con una sombrilla empapada. El guardia de seguridad me indicó dónde estaba el paragüero, y ella misma, Cecilia, me recibió en su oficina. Me dijo «es una pena» más de diez veces. En mi situación no podía hacer nada porque Cuba «es un país de riesgo». Su banco conoce la oscuridad del sistema bancario en Cuba. También mencionó a Venezuela. Repitió una vez más: «Cuba es un país de riesgo». Y ya al final, embravecida por mi insistencia, y mi desconcierto al reconocer que había vivido siempre en «un país de riesgo», casi me echa, casi llama al guardia de seguridad. Casi me sacan de allí a patadas. Sus últimas palabras fueron: «No puedo perder más tiempo contigo».