El racismo de Gurriel es el mío, y el de nosotros, y llegado cierto punto uno debiera, ciertamente, aplicar un ejercicio de conciencia sobre todas esas cosas que has dicho o has hecho pensando que eran correctas, creyendo que no segregaban o disminuían a nadie, y de qué manera específica lo hacen, en qué país y en qué escenario.
Raúl no tiene de qué preocuparse, tendrá las Asambleas que quiere, tan inútiles y serviles como las actuales. Nadie levantará en ellas jamás la mano para hacer una propuesta original de auténtica significación política, económica, legal o moral.
La Santa Biblia, un libro hermoso, sabio, con metáforas y parábolas poderosas, que lanza profecías sobre cualquier cosa, que abriga como ninguna otra cosa abriga y que lo ve venir todo, pero que no muestra la más elemental fórmula matemática o ley física que demuestre con pruebas empíricas que tal terremoto será la semana que viene entre las 7 y 10 de la mañana.
La ruda constatación de que el gobierno cubano no es reformable podría causar que algunos de esos que llaman “centristas” se desesperen, y decidan, tristemente, dedicar su tiempo a refinar su estilo literario y escribir novelas en vez de constituciones.
Posiblemente, como muchos de los emprendidos en los últimos años en La Habana, el comercio de los libros fracasó por una razón tonta y elemental: la escasez de demanda.
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.