Juan Orlando Pérez

Es, tercamente, el que ha sido, y no, por negligencia o pereza, otros hombres, ninguno de los cuales hubiera sido tampoco particularmente estimado por el público. Nació, inapropiadamente, en el Sagrado Corazón de La Habana. A pesar de la insistencia de su padre, nunca aprendió a jugar pelota. Su madre decidió por él lo que iba a ser cuando le compró, con casi todo el salario, El Corsario Negro. Él comprendió, resignadamente, lo que no iba a llegar a ser, cuando leyó El Siglo de las Luces. Estudió y enseñó periodismo en la Universidad de La Habana. Creyó él mismo ser periodista en Cuba durante varios años hasta que le hicieron ver su error. Fue a parar a Londres, en vez de al fondo del mar. Tiene un título de doctor por la Universidad de Westminster, que no encuentra en ninguna parte, si alguien lo encuentra que le avise. Tiene, y eso sí lo puede probar, un pasaporte británico, aunque no el acento ni las buenas maneras. La Universidad de Roehampton ha pagado puntualmente su salario por casi una década. Sus alumnos ahora se llaman Sarah, Jack, Ingrid y Mohammed, no Jorge Luis, Yohandy y Liset, como antes, pero salvo ese detalle, son iguales, la inocencia, la galante generosidad y la mala ortografía de los jóvenes son universales. Ahora solo escribe a regañadientes, a empujones, como en esta columna. La caída del título es la suya, no le ha llegado noticia de que haya caído o vaya pronto a caer nada más.

El discurso

«Tenemos un problema», dijo Raúl Castro, sin levantar la vista del informe que tenía sobre el escritorio. Miguel Díaz-Canel tragó en seco, y repasó...

El color de la felicidad

Fidel necesitaba un día dedicado a la celebración de su propia revolución, no la de Céspedes o la de Martí.

La semilla mágica

Si alguien, después de todo, leyó en Granma el reporte sobre el balance del Ministerio de la Agricultura, ese desgraciado lector puede quedarse tranquilo, no hay ninguna probabilidad de que el «extensionismo agrícola», en su revolucionaria variante cubana, pueda hacer que la agricultura de la isla llegue a estar en una situación aún más desastrosa que la actual.

Dios no es ciudadano cubano

En Cuba no hay una comunidad homosexual, no en el sentido político, no como una red de organizaciones independientes capaces de formar una coalición de propósito, programa y acción comunes.

Nostalgia

La nostalgia por la sociedad prerrevolucionaria impide encontrar la ruta de Cuba en nuevos movimientos e ideas, en los más radicales y sorprendentes, en lo político y en lo estético.

El artículo 212

Podríamos pedir democracia, pero en esta ocasión, no seremos tan zoquetes. Pediremos, humildemente, algo bastante más simple, que sean abolidas las fuerzas armadas de Cuba.

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