Esta ciudad ya no parece una ciudad. Es más bien como una casa grande y abandonada, donde todos los objetos pertenecieron antes a otra persona. Son las cinco de la tarde y muevo los pedales de mi bicicleta por calles desiertas. Hace alrededor de cuatro horas que se desconectó el Sistema Electroenergético Nacional (SEN). Es el octavo colapso en lo que va de año, el duodécimo desde fines de 2024, y suena más impresionante que como se vive en realidad. No se ve a nadie en las calles. A lo sumo, en la acera de la sombra, vecinos que conversan como harían cualquier día. Ciertamente, para ellos, durante una jornada común tampoco hay corriente.
No sé qué busco, pero trazo un mapa complejo, en zigzag, de las calles de Matanzas. Comienzo por los vericuetos del Reparto Armando Mestre, extrarradio, y después sigo por Dos de Mayo, Río, Santa Teresa, Medio, Contreras, Manzano. Reconstruyo una geografía extraña de calderos en la acera. Sucede que, salvo los circuitos protegidos de hospitales y otras instituciones, en la ciudad todos están acostumbrados a que no haya electricidad. En un primer momento las caídas del SEN causaban conmoción. La gente pensaba que era un punto culminante en la crisis, pero poco a poco las seis horas de apagón se convirtieron en doce y luego en dieciocho o veinte. Tras el primer colapso vino el siguiente, y después el otro y el otro. Ya no hay ruptura en un apagón, no es una interrupción de la rutina. Al contrario, la falta de electricidad es la nueva realidad a lo largo de la isla.
En el centro de la ciudad las casas tienen paredes comunes, sin jardín. Algunas cuentan con un patio interior pequeño. Por eso no es extraño ver calderos en las calles, frente a la casa del dueño o la dueña. Sobre unos trozos de carbón encendido preparan los alimentos al aire libre, porque tampoco hay gas manufacturado para cocinar. No se ve a nadie cuidar la comida: la calle está desierta, salvo dos vecinas que conversan desde sus puertas. Más allá, casi en la esquina, unos muchachos juegan dominó. Apoyan la mesa en sus rodillas y así escapan del vapor dentro de las casas sin ventanas. Uno de ellos se levanta del banquito y, sin que nadie lo espere, comienza a hacer flexiones mientras sus amigos se burlan. Al parecer, pagan la partida con ejercicios.
Tuerzo mi rumbo hacia el Parque de la Libertad, atraído por la cercanía al Gobierno Provincial y la sede provincial del Partido Comunista de Cuba (PCC). Esos edificios tal vez sean los únicos en toda la ciudad que tienen electricidad todo el tiempo, mientras que apenas a dos cuadras ya están las viviendas a oscuras. Más tarde veré en redes sociales que la profesora Alina Bárbara López Hernández se dirigía hoy, al igual que cada día 18, a este mismo parque, como forma de protesta política, cuando fue interceptada por la policía. Sin embargo, parece un día normal, con niños jugando y personas conectadas a Internet, porque durante las fallas del SEN este es de los pocos lugares donde hay conexión. Muchos de esos hombres conectados, también lo sé, son oficiales de civil que custodian el parque todos los días.

Luego del cerco energético impuesto por la administración por Donald Trump en enero de 2026 contra Cuba, ha habido seis cortes eléctricos nacionales y la crisis se ha agravado en todos los sentidos, pero la tendencia ya era negativa desde mucho antes. Las centrales termoeléctricas tienen décadas de explotación sin un mantenimiento considerable y mucho menos un reemplazo general de sus componentes. El último cargamento internacional fue el del petrolero ruso Anatoli Kolodkin, con alrededor de 730 000 barriles de crudo.
Según estimaciones de la agencia EFE, Cuba necesita 100 000 barriles diarios, de los cuales solo 40 000 se extraen en la isla. El crudo nacional, además de presentar distintas variantes, puede contener un «alto contenido de azufre [que] genera complicaciones tanto en su refinación como en su combustión, ya que produce gases altamente corrosivos para las instalaciones y dañinos para el medio ambiente», según un texto publicado en Cubadebate en abril de este año.


Frente a eso, una de las variantes más eficaces fueron las patanas turcas que estuvieron ancladas en la Bahía de La Habana, pero en diciembre de 2024 ya cinco se habían retirado, según el periódico oficial Granma, como consecuencia de la «imposibilidad de cumplir los compromisos de pago por la ausencia de divisas». El día de ayer, 17 de septiembre, el mayor déficit fue de 2 051 megawatts (MW) por capacidad de generación. No importa el día ni la hora, no importa la provincia, en Cuba siempre hay alguien sin corriente.
La calle Salamanca es de esas que comienzan en el barrio Simpson y bajan en pendiente casi hasta chocar con la bahía; los últimos metros bañados por el mar. Ahora son casi las ocho de la noche y el barrio está en su punto. La esquina de Salamanca y Compostela, intercepción de nombre andaluz, acoge personas de todas las edades y sexos. Hay hombres de cara hosca que conversan acuclillados con una botella de ron, mujeres reunidas en sillas variadas, niños jugando fútbol sin zapatos en la calle y muchachones que fuman cigarros mentolados al lado de alguna bocina. Uno de ellos le cuenta a otro que vio en Facebook que habían atrapado a un ladrón de aguacates. «Papi, el chamaco ni se había metido y el tipo le cortó la mano». Suena exagerado, después veré si el algoritmo me muestra algo al respecto.
Ese barrio pertenece al circuito protegido del Hospital Pediátrico, y los vecinos están seguros de que antes de las once de la noche tendrán corriente otra vez, porque suele priorizarse el restablecimiento en zonas de hospital. Además, cuando el SEN regrese, los otros barrios probablemente estén bajo un apagón común. Es decir, a las horas que ya llevaban a oscuras se suman las del colapso, y tras la recuperación se suman las que toquen de manera regular. No hay garantía al respecto.

Al doblar hacia la calle Daoiz, las personas se pierden de golpe. En ninguna acera, en ningún cruce. Nadie. Como si toda la gente de Matanzas estuviera reunida en aquel trecho de la calle Salamanca. Casi es de noche y recorro el centro en busca de aquella actividad. Al final no tengo éxito y regreso. Todo lo que pude encontrar fueron vecinos llenando depósitos de agua en una toma en la acera.
Cuando cae la noche, la oscuridad entra sin dificultad en las casas, por las fachadas abiertas que intentan aliviar el calor. En ese momento el hogar pierde rincones y solo quedan hábiles aquellos que la linterna alcance. Las viviendas que tienen paneles solares son las únicas iluminadas en toda la ciudad. Para ellos es lo mismo, mientras haya sol, da igual la caída del SEN. Sé que ya hay lugares con electricidad. Es tan frecuente la desconexión, que cada vez se arregla en menos tiempo, como si los trabajadores adquirieran destreza de tanto hacerlo. Mañana será igual, todos al trabajo, todos a lo mismo, porque en realidad no ha pasada nada.
Se fue la corriente, pero antes tampoco había.
