El tsunami azul barre con el trumpismo

El Partido Demócrata ha tomado decisivamente las riendas políticas de Estados Unidos en las elecciones de medio término, pero el triunfo no acaba ahí, pues no solo tradujeron la ira de los electores con la economía, el costo de la vida y la guerra en Irán en una barrida casi absoluta de los Republicanos a lo largo del país, también asestaron un golpe demoledor al movimiento trumpista.

Los resultados son, por mucho, los mejores que han obtenido en cada elección desde 2016, eclipsando las tímidas ganancias aún en años en que recuperaron el control del Congreso (2018) o la presidencia (2020), e incluso sobrepasan la ola azul de 2006, que repudió la presidencia de George W. Bush. Han ganado siete escaños en el Senado (con posibilidades de unos más) contra seis en 2006, y ganarán mayores números en la Cámara de Representantes y en las gubernaturas estatales. Con una sola excepción, estado tras estado, los candidatos afiliados con el presidente han perdido. Trump pidió: «Voten como si yo estuviera en la boleta», y los votantes respondieron.

Además de lo contundente de la victoria electoral, dos aspectos de esta elección la marcan como histórica. El primero es la transformación del mapa electoral, donde estados considerados fuertemente republicanos, como Georgia y especialmente Texas, han dado un vuelco hacia el bando azul. En Georgia, los demócratas lograron una victoria prácticamente total: Jon Ossoff fue reelegido senador federal con aproximadamente el 59 % de los votos, Keisha Lance Bottoms conquistó la gobernación —la primera victoria demócrata en más de dos décadas— y el partido ganó también la vicegobernación, la Fiscalía General, la Secretaría de Estado, las comisarías de Agricultura, Seguros, Educación y Trabajo, y arrebataron escaños republicanos en ambas cámaras legislativas estatales.

Votantes en EEUU acudieron en masa a las urnas / Foto: AP/George Walker IV
Votantes en EEUU acudieron en masa a las urnas / Foto: AP/George Walker IV

En Texas, las victorias de James Talarico y Gina Hinojosa en el Senado y la gobernación, respectivamente, han conquistado dos objetivos soñados durante décadas por los demócratas, y han sido quizá los resultados más sonados a nivel nacional, no solo por el repudio a dos republicanos totalmente alineados con Trump, sino por la cantidad de dinero invertido en ambas elecciones, que ha sobrepasado el millón de millones de dólares apenas en esas dos contiendas.

Los demócratas también están a punto de controlar la cámara legislativa estatal, algo que la mayoría de los analistas consideraban casi una imposibilidad.

Pero las históricas victorias demócratas siguen. También eligieron a un senador en Carolina del Sur, donde la pediatra Annie Andrews derrotó a la republicana Darline Graham, hermana del fallecido senador Lindsey Graham, convirtiéndose en la primera demócrata elegida al Senado por ese estado desde 1998. En Kansas, el pastor metodista Adam Hamilton venció al senador republicano Roger Marshall, logrando la primera victoria demócrata en 94 años. Y en Iowa, el medallista paralímpico Josh Turek derrotó a la congresista republicana Ashley Hinson, convirtiéndose en el primer demócrata elegido por ese estado desde 2008. Estas tres victorias, en lugares que Trump había ganado cómodamente en 2024, demostraron que el rechazo a su administración ha penetrado incluso en algunos de los bastiones más sólidos del GOP.

Han caído numerosas barreras raciales, étnicas y de género en la política estadounidense. En Georgia, la demócrata Keisha Lance Bottoms se convirtió en la primera mujer negra elegida gobernadora en toda la historia de Estados Unidos, y Gina Hinojosa se convirtió en la primera gobernadora latina de Texas. En Florida, el republicano Byron Donalds se convirtió en el primer gobernador negro del estado, y por primera vez tres afroamericanos son gobernadores en el país. En Nuevo México, Deb Haaland, integrante de la comunidad indígena Laguna Pueblo, hizo historia al convertirse en la primera mujer indígena estadounidense elegida gobernadora. En Minnesota, la demócrata Peggy Flanagan, de la nación ojibwa, se convirtió en la primera mujer indígena elegida al Senado (este resultado puede duplicarse si Mary Peltola, indígena de Alaska, también es elegida al Senado.)

El demócrata Chris Pappas, de Nuevo Hampshire, se convirtió en el primer hombre abiertamente homosexual elegido al Senado. Y por último, desde Michiga, en una elección que atrajo titulares a nivel nacional, Abdul El-Sayed se convirtió en el primer senador musulmán de la historia estadounidense. Estos resultados reflejan una transformación de la representación política estadounidense, con avances históricos para las mujeres, las minorías raciales, religiosas y étnicas y la comunidad LGBT, tanto en el Partido Demócrata como en el Republicano.

El único baluarte republicano que soportó la furia del tsunami azul fue la Florida, que hoy por hoy ha pasado de ser un estado púrpura al más republicano de la nación, aunque la resistencia se produjo con márgenes de victoria considerablemente más estrechos que en elecciones anteriores. Los republicanos ganaron la carrera por la gobernación (aunque con 1.3 % de ventaja, distante del casi 20% de Ron DeSantis en el 2022) y en por el Senado (Ashley Moody apenas obtuvo una ventaja del 3% sobre la demócrata Angie Nixon.) Asimismo mantuvieron los principales cargos ejecutivos estatales, incluyendo la Fiscalía y la Contraloría.

La jornada ha sido un gran revés para Trump / Foto: Andrew Harnik-AFP
La jornada ha sido un gran revés para Trump / Foto: Andrew Harnik-AFP

En cuanto a los congresistas estatales floridanos, también conservaron la mayoría, aunque cabe destacar reveses en cuatro distritos que se habían redistribuido (gerrymandered) para favorecer a los republicanos. Sin embargo, votaron por demócratas. De particular interés para nuestra comunidad cubanoamericana fueron las ajustadísimas elecciones de los congresistas María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart. En el distrito 27, Salazar tiene hasta ahora el 50,23 % de los votos frente al 49,77 % del demócrata Eliott Rodríguez, una diferencia de apenas 1 116 votos. En el distrito 26, Díaz-Balart consiguió el 49,87 % frente al 49,10 % de la demócrata Nicole Locklin, una ventaja de solo 1 772. Estas elecciones aún no se han certificado y es posible que terminen en recuento de votos.

El gran perdedor es, sin dudas, el presidente Trump, pero también merece párrafo aparte el oligarca Elon Musk. La persona más rica del planeta destinó casi medio millón de millones de su fortuna a financiar candidatos republicanos, convirtiéndose en el mayor donante privado de la historia y protagonizando uno de los mayores fracasos financieros de la historia política estadounidense. Su derrota más humillante se produjo en Texas, donde destinó aproximadamente 215 millones de dólares a respaldar al republicano Ken Paxton, quien perdiera contra Talarico.

Musk también vio perder a sus candidatos en Ohio, Michigan, Iowa, Maine y Georgia. Según un análisis preliminar de Forbes, de las 106 contiendas legislativas federales en las que Musk había invertido en un candidato, 18 habían terminado en victoria, 44 en derrota y otras 44 seguían sin resolverse durante la madrugada del miércoles. El multimillonario utilizó además su plataforma X para promover a sus candidatos y atacar a sus adversarios, sin conseguir revertir la ola demócrata. Este resultado es muy significativo por el revés que implica para la influencia del dinero en las elecciones norteamericanas. Además, muestra el rechazo de los votantes a la oligarquía tecnológica representada por Musk y a las políticas privadas que de ahí provienen, dígase la imposición de data centers para la inteligencia artificial o las instalaciones que utilizan recursos desmedidos de las redes públicas de electricidad y agua, mientras apuntalan sus ya vastas fortunas.

Otro gran perdedor fue el proceso de gerrymandering (redistribución), la manipulación de los límites de los distritos electorales para favorecer a un partido. Impulsada desde la Casa Blanca, los republicanos buscaban asegurar hasta 15 escaños adicionales en el Congreso, mediante nuevos mapas electorales en estados como Texas, Florida, Ohio y Carolina del Norte, mientras los demócratas respondieron con una redistribución favorable a su partido en California. Sin embargo, la estrategia republicana terminó volviéndose en su contra.

En Texas, los republicanos apenas consiguieron uno de los cinco escaños que pretendían ganar y en la Florida fracasaron en los cuatro distritos rediseñados para favorecerlos. El caso más espectacular fue Carolina del Norte, donde los demócratas convirtieron una delegación congresional de diez republicanos y cuatro demócratas en una mayoría de nueve demócratas y cinco republicanos. El gerrymandering, que debía garantizar a los republicanos la conservación del Congreso, se ha traducido en una ganancia neta demócrata de quince escaños en los estados que habían modificado sus mapas. La paradoja es que, al distribuir sus votantes entre más distritos para maximizar sus victorias, los republicanos terminaron debilitando escaños que antes consideraban seguros.

En cuanto a Trump, poco puede decirse del revés más grande de su década en la política. Se trata de un rechazo a su abismal gestión como presidente y una profunda erosión de su autoridad política. Trump hizo todo lo contrario de lo que debía hacer para ganar. Elegido en 2024 con la promesa de reducir la inflación, mejorar el poder adquisitivo y mantener a Estados Unidos alejado de nuevas guerras, terminó impulsando una política arancelaria que encareció numerosos productos e iniciando un conflicto militar contra Irán que disparó los precios de la energía. En lugar de concentrarse en las preocupaciones económicas de los ciudadanos, ha dedicado buena parte de su capital político a confrontaciones ideológicas, búsqueda de venganzas, abuso de poder mediante órdenes ejecutivas, mientras aumentaban los escándalos sobre la corrupción, los negocios de su familia, los archivos del caso Epstein y su obsesión con proyectos faraónicos como la remodelación de la Casa Blanca, la piscina enfrente del mausoleo de Lincoln o el propuesto Arco de Triunfo.

En vez de moderar su discurso para recuperar a los independientes, Trump aumentó la polarización nacional y no seleccionó candidatos capaces de atraer al electorado moderado. Privilegió la lealtad personal, como en los casos de Ken Paxton y Darline Graham, y cuando los sondeos mostraron un rechazo histórico a su gestión presidencial, su ego desmedido convirtió las elecciones en un referéndum sobre su propia figura. Nunca se había presenciado una inmolación política a tan grande escala.

Pero las consecuencias más importantes serán institucionales. Con los demócratas controlando ambas cámaras del Congreso, Trump perderá buena parte de su capacidad para imponer su agenda legislativa, enfrentará investigaciones parlamentarias sobre su administración y sus negocios, y podría verse sometido incluso a un nuevo proceso de impeachment. A dos años del final de su período, el presidente se acaba de convertir prematuramente en un lame duck, un mandatario con escaso poder político. En el tiempo que resta, será acosado incesantemente con investigaciones y obstrucción congresionales. Por otr lado, reviste un particular interés el hecho de que uno o dos de los magistrados en la Corte Suprema (Alito y Thomas) tengan que posponer su retiro, ya que los demócratas bloquearían un relevo en el Senado.

Mientras tanto, desde ya la disputa por la sucesión de Trump en 2028. La gran incógnita es si esta derrota representa simplemente un voto de castigo circunstancial, o el desmoronamiento del movimiento MAGA y de la hegemonía que ha ejercido sobre la derecha estadounidense durante la última década. Las pérdidas en estados tradicionalmente conservadores, el avance demócrata entre sectores que habían contribuido a su victoria el 2024, y el fracaso de las estrategias destinadas a preservar las mayorías republicanas, han roto la coalición electoral trumpista.

La derrota también debilita su influencia dentro del propio GOP, donde los legisladores deberán decidir entre mantener una lealtad incondicional al presidente o distanciarse de él para proteger su futuro político. Un foco interesante cae ahora sobre estos republicanos y sobre el vicepresidente JD Vance. En el inevitable proceso de impeachment que viene, para el cual Trump ha dado razones más que suficientes, ¿se unirían varios aliados a los demócratas para votar en el Senado por la remoción de su líder? Esto pondría a JD Vance en la presidencia y le daría una ventaja con miras a ser elegido en 2028. No dudemos de que una estrategia así ya esté siendo considerada seriamente.

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