Crecí en La Habana entre escenarios; mis padres hacían teatro. A pesar de la censura, la escasez y la represión, recuerdo mi infancia con ternura, en una ciudad donde las personas se relacionaban con devoción. Teníamos algo que la dictadura no nos había arrebatado y que debemos recuperar.
Esa búsqueda está en La oveja blanca, una obra estrenada este agosto en el Sandrell Rivers Theater de Miami, escrita y dirigida por Rolando Tarajano e interpretada por Dianelys Brito, Elizabeth San Miguel, Roly Guardado, Daniel Panebianco y Rolando Tarajano. En ella, una familia cubana emigrada en Miami se quiebra y se une varias veces a lo largo de su historia.
Viven en el límite entre la vulnerabilidad por la nueva política hostil contra los inmigrantes en Estados Unidos y el deterioro abrumador de Cuba en manos de la dictadura. La obra no le teme a nada porque su objetivo es buscar la verdad.
Guardan dolores que el público va descubriendo entre risas, lágrimas y discusiones. Cada personaje representa un pedazo de nuestro exilio. Está quien quiere hacer un negocio, quien no logra olvidar Cuba, quien busca hacerse profesional. Entre los personajes referidos están el que se aprovecha de la fragilidad del inmigrante, el emigrado que rechaza al recién llegado, y otras manifestaciones de la vida en Miami. Nada de esto es fabricado; todo transcurre de manera natural. La vida de la familia es un espejo redondo, un Aleph de nuestra ciudad.
Durante la hora y media que dura la función parecen tocarse todos los temas que preocupan a los cubanos. Cada personaje tiene su verdad, cada debate está justificado dentro de las decisiones que una familia partida a la mitad debe tomar. Cómo ayudar a nuestros parientes en Cuba. Qué hacer cuando algo amenaza el bienestar de tus hijos, hasta dónde llegar. Cómo desprenderse de un país donde fuiste feliz por última vez, en otra época.
La oveja blanca es el personaje más alegre, a pesar de ser quien más ha sufrido: ríe, baila en un sueño, hace arte, ilumina la sala con su pasión. Y eso ocurre entre gente que trabaja todo el tiempo, emigrantes ingenuos, presas fáciles de estafadores, gente que estudia sin parar, trabajadores que huyen de ICE, que extrañan a sus familias, que recuerdan a los coyotes en la frontera con México, que intentan amarse como antes. La oveja blanca es el hilván entre sus pasados y sus futuros. Se mete por los resquicios entre los diálogos, las miradas, los silencios de los demás personajes. Tiene el poder de restaurar la esperanza entre los escombros. Su decisión final es casi incomprensible y desgarradora.
Desde el Miami, donde se presenta la obra, y también en el Miami que hay dentro de ella, he visto a familias deteriorarse bajo el peso de una sociedad que promete riquezas inalcanzables, accesibles solo para unos pocos. He visto a todo un pueblo olvidar la alegría, cuando la alegría es su cultura, su música, su forma de enfrentar la adversidad. Esta obra me recuerda ese disfrute del que somos capaces y que nos han arrebatado poniéndonos a pelear entre nosotros por política, o haciéndonos promesas imposibles para después destrozar nuestras esperanzas. Pero también he visto a muchos ganar la batalla y liberarse de los señuelos: una batalla constante por no dejarse engañar con promesas de grandes negocios, grandes salvadores y grandes invasiones que no llegan.
¿Qué teníamos antes que nos daba esa alegría? ¿La ingenuidad, la ausencia de presión por enriquecerse, la falta de este exceso de información? ¿Qué nos permitiría hoy ser libres? Serán las cosas que nos unían en un país pequeño, donde teníamos la sensación de estar siempre juntos. En la obra, cuando un personaje debe irse a otro pueblo dentro de la Florida, a siete horas de Miami, otro reacciona diciendo que eso para un cubano es como irse al fin del mundo.
Puedo ver cómo volvería esa alegría aquí en Miami, recuperando entre los escombros lo que perdimos. Durante décadas, esta ciudad nos ha ofrecido una manera de vivir y sobrevivir económicamente en el exilio; ahora ha crecido y nos ofrece más: plataformas para alcanzar la realización espiritual y cultural. Tenemos más teatros, más instituciones, más academias, más proyectos.
Para imaginar nuestro potencial en Miami y en Cuba debemos entender que no siempre existe una sola verdad, que no es necesario reinventar la historia ni forzar el porvenir para que se conforme a una ideología.
El presente está hecho del pasado y del futuro, dice una enseñanza budista. El presente es como una planta, sus raíces son su historia y sus brotes el porvenir. El ahora no es un momento aislado; es la forma en la cual juntamos nuestras experiencias y posibles destinos. En La oveja blanca, un matrimonio se ama y se quiebra en un presente hecho de un amor nacido en los ochenta en La Habana, con sus esperanzas y sus incertidumbres; del deterioro de un sueño, del destierro, de un nuevo sueño de libertad en Estados Unidos, de la fragilidad del porvenir. Atados a una gran tristeza y a una gran alegría.
Mario Vargas Llosa dijo que la literatura ofrece la oportunidad de imaginar formas mejores de vivir. Esta pieza de teatro hace que uno imagine a la familia cubana unida, rechazando promesas vacías, evadiendo estafas, celebrando nuestra cultura. Cada lágrima, cada risa y cada suspiro están entrelazados con todo eso; juntos logran una sinfonía en la cual el público se reconoce y se conmueve.
En La Habana en que yo crecí, el pueblo todavía parecía una gran familia. Me gustaría que mis hijas tuvieran experiencias similares en espacios que nos unan, que nos recuerden que compartimos el presente, donde están nuestro pasado y nuestro futuro. Dependemos los unos de los otros, estemos o no de acuerdo en muchas cosas. Creo que es la única forma de recordar e imaginar Cuba, y de recuperar la alegría para enfrentar nuestros dolores.
He visto esta ciudad crecer espiritualmente en los últimos 20 años, desde adentro y desde otros sitios donde he vivido. Reinventar nuestra cultura aquí es una gran manera de luchar por la libertad. Obras de teatro como La oveja blanca abren esa puerta a través de su contenido y por el hecho de existir.
