¿Qué era ese chirrido que estaba emitiendo mi celular? Me asomé a la pantalla y me pareció leer un aviso según el cual en segundos habría un temblor. ¿Un temblor? ¿Cómo que un temblor? ¿Será un error? Es que, aunque Venezuela está en una zona sísmica, aquí los movimientos telúricos importantes son infrecuentes. La alarma de mi teléfono siguió incesante y, en ese instante, 6:05 de la tarde, el asfalto se convirtió en una tabla de surf sobre un mar agitado.
Yo estaba en La Candelaria, en pleno centro de Caracas. Había salido a tomar un café. Quería aprovechar que era feriado para charlar un rato con mi pareja. El 24 de junio no solo se celebra el día de San Juan —el último profeta nacido antes de Cristo—, sino también el aniversario de la Batalla de Carabobo, que en 1821 selló definitivamente la independencia venezolana de la corona española.
Ahora estábamos en medio de la gente corriendo sin rumbo. Vi cómo caían los ladrillitos de la fachada del centro comercial que tenía enfrente, mientras que de su interior salía una estampida. Cerca de nosotros, una mujer se lanzó al piso, al borde de un ataque de histeria, en posición fetal se aferró a los pies de su acompañante. A lo lejos se desplomaba parte del techo de otra edificación. Al estruendo le siguió una humareda de polvo que produjo una densa neblina. Oía un corneteo estridente de motos, de autos, y el sonido de la sirena de una ambulancia. Y gritos, gritos, gritos; niños llorando. Todo al mismo tiempo.
Por reflejo, me llevé las manos a la cabeza. Me dio miedo que los vidrios del rascacielos enano que tenía a mi lado se desprendieran y me cayeran encima.
«Ya se va a calmar», pensé.
Pero no.
El suelo movedizo siguió así durante un rato. La ciudad parecía una caja agitada por un gigante fúrico. Temblaba el mundo y temblaba yo. Segundos —no sé cuántos— que me parecieron horas.
Cuando por fin cesó el movimiento, todavía tembloroso, escribí al chat de mi familia: «¿Están bien?».
Nadie respondió.





***
Sentí que fue un solo terremoto. Largo, desesperante. Pero en realidad fueron dos. Primero uno de magnitud 7.2 en la escala de Richter, y 39 segundos después, el segundo, de 7.5. Un fenómeno inédito en la historia venezolana. El Servicio Geológico de Estados Unidos lo catalogó como un «doblete sísmico». De eso me enteraría después. En ese momento, confundido, nervioso, solo quería ponerme a salvo. Me quedé quieto hasta que consideré que lo mejor era que nos devolviéramos.
Desandando el camino a casa, entre escombros y vidrios rotos, no hacía sino pensar en mi gente. En mi ahijado, que estaba durmiendo en el apartamento; en mi papá, que vive solo en el suroeste de Caracas; en mi cuñado, que apenas dos días antes había llegado al país por trabajo; en Shakira, una amiga de la infancia que también había venido a reencontrarse con el Caribe luego de casi una década viviendo en Ecuador.
Nadie me respondía.
Era claro que no funcionaban las redes de comunicación. Mis mensajes no llegaban. Tampoco lograba hacer llamadas. Aceleré el paso. Atravesé un parque. Había gente sentada en el suelo. Tenían los rostros desencajados. También intentaban hacer llamadas, mandar mensajes.
Llegué a mi edificio al cabo de 20 minutos. Allí estaba mi ahijado. «Pensé que algo te había caído en la cabeza», me abrazó. Ahí estaban los vecinos viendo hacia arriba, tratando de adivinar la magnitud del daño en la estructura. Sentí una réplica. Al rato, otras más. Cada vez que el suelo volvía a moverse se escuchaban gritos, y la gente empezaba a caminar de un lado a otro con sus bolsos a cuestas.
Nos debatíamos entre subir al apartamento o quedarnos a pasar la noche allí. Una vecina, arquitecta de profesión, me dijo: «No me atrevo a dormir aquí». Entonces se fue con su esposo y su hijo, un chipilín de unos ocho años que no dudó en llevar consigo una jaula con sus pajaritos.
«Por lo menos no morimos», dijo el niño, tan elocuente.
Le devolví una sonrisa y le eché la bendición.
A las horas, decidimos subir al apartamento. Por fortuna, solo encontramos grietas en las paredes y algunos enseres rotos.

***
Seguí ansioso hasta que logré comunicarme con mi papá.
«Hijo, estoy bien, estaba sin luz y no salían los mensajes», me dijo por teléfono. «La casa está perfecta». Pensé que después de saber de él iba a poder dormir, pero no. Tan pronto cerraba los ojos, me parecía estar sintiendo una réplica. Eran muchas; según la ingeniera geóloga Laurima Salazar, esa madrugada se produjeron hasta 48.
Se me fue el tiempo en el celular. Me impresionaban las imágenes que llegaban de La Guaira, el estado del litoral central que en 1999 fue azotado por una vaguada y quedó destrozado. Ahora volvía a ofrecer postales espeluznantes: videos de kilómetros y kilómetros de edificios desplomados.
Supe que en Caracas también hubo zonas con daños importantes. En Altamira, en el este de la ciudad, un edificio se cayó, y en San Bernardino, una urbanización cercana a la mía, tres edificaciones residenciales se desplomaron.
Tan pronto amaneció, enrumbé hacia allá.
En el camino, en las esquinas, en las aceras, en las calzadas, veía familias acampando en carpas. O en autos estacionados. Veía personas sacando sus cosas —ropa, electrodomésticos— y montándolas en camiones de mudanzas. «Nos estamos yendo de aquí porque el apartamento quedó inhabitable y el edificio puede caerse de un momento a otro», me dijo uno.
Caracas, a la fuerza, era ahora una ciudad de nómadas.


Llegué donde estaba el edificio Rita, siete pisos convertidos en un amasijo de concreto y polvo. Quedó como un castillo de naipes soplado por el viento. Por entre las placas de cemento apiladas, logré avistar los rastros de la vida que allí habitó. Una bicicleta, una lavadora, prendas de ropa, un guante de cocina, papeles, un zapato, una toalla, los juguetes de un niño, unas mancuernas para entrenar.
Ciudadanos de la comunidad armaron una cadena humana, para pasarse, de mano en mano, tobos llenos de piedras que amontonaban a un costado. Los bomberos excavaban como topos. Uno de ellos, Esteban Aguilar, de 35 años, me dijo que llevaba ya 16 horas de trabajo continuo. Tenía los ojos enrojecidos, la voz ronca: «Estoy cansado, me duele la espalda, pero no puedo parar».


A unos metros de ahí, se encontraba el edificio Moisés. Caminé hasta allí. A diferencia del Rita, esta estructura no se cayó del todo: quedó como barco a medio hundir. Era como si hubiese sido rebanado a la mitad. «Mira, el cuarto de Andrés», señaló con el dedo una mujer. «Ahí se ve, ese era su cuarto, qué lástima». La abordé y me dijo que su casa estaba bien, que ella no vivía ahí sino en el edificio de al frente. «Andrés es un niño de diez años, un amiguito de mi hijo», me contó. Él y su familia estaban a salvo porque se habían ido de paseo aprovechando el feriado.
«Pero ahí estaba Patricia, una señora de 60 años, una buena amiga íntima, coincidía con ella en misas los domingos, y alguna vez nos tomábamos un té por las tardes, en la panadería de la esquina. Patricia está tapiada. Ella vivía sola ahí. Sus hijos están en el interior, y no han podido llegar”, dijo la mujer.




En ese momento otra vecina la interrumpió para invitarla a su casa a preparar café y arepas para los funcionarios que estaban tratando de sacar a la gente.
Entonces escuché aplausos. Un funcionario de Protección Civil me dijo que significaba que se estaban dando apoyo entre ellos.
«A trabajar, a trabajar, que ahora es que hay trabajo aquí: vamos, vamos», gritó el que parecía comandar la operación. Escenas como esa, que presencié in situ, no han dejado de multiplicarse en mis redes sociales.


Todavía es muy pronto para conocer el saldo de la tragedia. Basado en modelos automáticos, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estimó de inmediato entre 10 mil y 100 mil las víctimas fatales de los sismos en Venezuela.
En la tarde de este viernes 26 de junio, el presidente de la Asamblea venezolana, Jorge Rodríguez, hablaba de 920 muertos y tres mil 360 heridos. Con el paso de las horas y los días, a medida que se aparten los escombros, esas cifras crecerán aún más.
Esta es una historia en desarrollo en que, sin embargo, también se abre paso la paradoja de la esperanza: «Ojalá tengamos un final feliz a tanta calamidad, Dios Santo», me dijo una doctora que se alistaba para ofrecerse a atender a tantos heridos.




