Tres historias de una noche de tornado en La Habana

    La tranquilidad era excesiva para una noche de tormentas. Unas débiles e inconstantes ráfagas de viento tocaban a la puerta, se colaban por alguna persiana abierta, silbaban dentro de la salita de la casa. Afuera llovía a ratos.

    La televisión, la radio, la prensa habían alertado sobre los peligros de la noche que se avecinaba. Pero aún nada pasaba, los presagios no se cumplían y los tres estaban sentados alrededor de una vela. Abuelo, abuela, nieto. No había electricidad. Con las manos jugaban a hacer figuritas en la pared; el fuego proyectaba sombras alargadas que se movían por toda la habitación.

    Narraban historias, recordaban pasajes y versículos de la Biblia. Así estuvieron un buen rato, no saben con exactitud cuánto tiempo, quizás, unas dos horas, dice Manolo Hernández, el abuelo. Hasta que él se levantó y caminó hacia una de las ventanas. Cuando miró, supo que la tranquilidad de la noche llegaría a su fin.

    —No fue un tornado, era una bola de candela que venía hacia nosotros —dice el hombre de 70 años.

    Se volteó, no dijo nada, la oscuridad le ocultaba el miedo en el rostro. “¿Por qué no nos acostamos ya?”, sugirió al fin. Tras la frase sintieron un ruido casi insoportable; algo así como las turbinas de un avión cuando se dispone a despegar.

    La noche se rompió: cuatro muertos, 195 heridos; 1 238 derrumbes de viviendas entre totales y parciales; 46 centros educacionales 21 círculos infantiles afectados; cuatro policlínicos, dos residencias estudiantiles, dos combinados deportivos, un hogar de ancianos, una farmacia y un hospital materno con importantes daños. Por ahora, tal es el saldo en La Habana de un fenómeno meteorológico asociado a una baja extratropical que descendió por el sudeste del Golfo de México hasta la región occidental de Cuba.

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    Barriada de Luyanó / Foto: Cortesía del autor
    Barriada de Luyanó / Foto: Cortesía del autor

    El evento atmosférico produjo tormentas locales severas con vientos que superaron por rachas los 100 kilómetros por hora. Cayeron granizos sobre la ciudad y un tornado F4 destrozó varios municipios: Regla, Guanabacoa, San Miguel del Padrón y 10 de Octubre, donde viven Manolo, su esposa y su nieto Jorgito. 

    Lo peor fue el tornado de 300 kilómetros por hora. 16 minutos de desastre instantáneo a lo largo de 11.5 kilómetros de entramado urbano.

    Un árbol cayó sobre la casa de Manolo, abrió un boquete en el techo de la sala. Por allí comenzó a entrar lluvia; la abuela y Jorgito pensaron que la casa se inundaría. Corrieron hacia el único cuarto, se echaron al suelo, en una esquina. La abuela abrazó al niño, le tapó los ojos.

    Jorgito / Foto: Cortesía del autor
    Jorgito / Foto: Cortesía del autor

    Jorgito tenía escalofríos y gritaba: abuelo, dónde está mi abuelo. La casa es tan pequeña que quedó dividida en dos por las ramas del árbol: de un lado la abuela y el niño; del otro, Manolo que respondía: “Estoy bien, estoy bien”, arrodillado, con las manos en el pecho, orando. Arriba, en alguna parte, el cielo. Pero no un cielo protector.

    Sus escasas pertenencias volaron, disparadas, hacia cualquier sitio. El tornado entró y se lo llevó todo. Menos la tristeza.

    —Alguien está molesto con este país, nos han maldecido, el fin está al llegar —dice Manolo.

    La familia es cristiana. Jorgito cree que lo vivido la noche del domingo es una señal, que el cielo rojo, el viento enfurecido y la gruesa lluvia son un mensaje del Señor. Un anuncio del fin del mundo. La abuela piensa lo mismo.

    En mi vida nunca había visto algo así, eso no fue un fenómeno de la naturaleza, eso que pasó por aquí fue algo creado. Era fuego, candela, una cosa diabólica —recuerda Manolo, horas después.

    La casa quedó destrozada como muchas otras en el vecindario. En Cuba, según datos del Ministerio de la Construcción, el 39 por ciento de las edificaciones se encuentran en malas o regulares condiciones; una circunstancia que multiplicó el potencial destructivo del tornado. Luyanó, la barriada de Manolo y su familia, es ahora puro deshecho.

    La familia perdió sus preciosos bienes: una olla eléctrica, dos ventiladores remendados, el televisor, el refrigerador y un viejo tocadiscos. Una columna se desplomó y esto hizo que toda la cubierta terminara en escombros. En un buen tiempo nadie podrá siquiera hacer figuritas de sombra sobre esas paredes.

    ***

    Adriel Acen y Yariel Cruz / Foto: Cortesía del autor
    Adriel Acen y Yariel Cruz / Foto: Cortesía del autor.

    Sintió que se elevaba y que su cuerpo era de papel. Si no hubiese estado ese poste de electricidad allí, no sabe dónde hubiera caído. Todo fue tan rápido, cuestión de segundos, que no le dio tiempo a pensar en la muerte. Solo atinó a aferrar con sus manos el poste, con una fuerza que jamás creyó tener, para no quedar a merced de la potente ráfaga de viento que lo envolvió.

    Venían entretenidos, conversando, pero caminaban deprisa. El tiempo estaba cambiando. Un rato antes, estaban en casa de un amigo, como cada domingo, jugando partidillos de fútbol en una videoconsola. Pero habían quitado la electricidad en el barrio. Faltaba apenas una cuadra para llegar a sus respectivas casas, cuando no pudieron dar un paso más.

    Adriel Acen iba delante; Yariel Cruz, detrás. Por eso a Adriel le dio tiempo a entrar por la puerta abierta de un edificio y guarecerse. Por eso Yariel quedó atrapado en el ramalazo de viento y casi vuela. Son amigos. Estudian en el preuniversitario de Santos Suárez. Ambos tienen 18 años.

    —Empecé a sentir como golpes en el cuerpo, en la cara, como si alguien no me dejara caminar hacia adelante; no podía levantar la vista, entonces me viré y no vi a Yariel. El viento me tiró contra una pared, me di cuenta que la puerta de un edificio estaba abierta y entré —rememora Adriel.

    Abrazado al poste, Yariel, dice, quedó de costado, con sus pies tendidos en el aire, como en las películas de animados.

    —Fue todo muy rápido, por eso no me dio tiempo a sentir miedo en ese momento, el miedo vino después, porque el viento paró unos segundos y caí en el piso y me golpeé las dos rodillas. Aproveché y corrí hasta el edificio donde estaba Adriel —cuenta.

    Cerraron la puerta y pegaron sus espaldas a ella. No hablaron durante un buen rato.

    Luego se sentaron en uno de la escalera del edificio. Llamaron a sus casas para decir que estaban bien. Después de colgar, por debajo de la puerta, comenzó a verse el reflejo de unas luces rojas y un sonido ensordecedor los hizo abrazarse.

    Afuera estallaban bombas.

    —Parecía una guerra. Teníamos miedo de que se abriera la puerta, la escalera donde estábamos sentados se movía, el techo y las paredes también. En un momento pensé que el edificio se iba a caer —dice Adriel.

    Decidieron correr escalera arriba hasta el segundo descanso. Permanecieron allí cerca de una hora. Cuando sintieron algo de calma, bajaron y abrieron la puerta. Llovía con fuerza. El barrio era otro.

    —Increíble, los carros estaban volcados, incrustados contra los muros, la mayoría de las casas no tenían techo, algunas estaban destruidas, con las paredes en el piso. Parecía que habían bombardeado —dice Yariel.

    Los muchachos pensaron en sus hogares. ¿Se habrían quedados ellos también sin techo? ¿Habría pasado algo a sus familias? Corrieron bajo la lluvia. Cada quien llegó a su casa y todo estaba en orden. Por suerte.

    Al rato comenzaron a sonar sirenas de bomberos, de ambulancia, de policías. La frenética cacofonía de esa madrugada: el canto del dolor. Horas después narran la historia. Ahora son amigos aún más íntimos.

    ***

    Marlén y Miguelina / Foto: Cortesía del autor
    Marlén y Miguelina / Foto: Cortesía del autor

    —¿Cómo empiezo de nuevo a los 69 años? A esta edad ya no se regresa, a esta edad ya hay que resignarse. No sé por qué me ha pasado esto a mí —repite, una y otra vez, Miguelina Balaguer, con lágrimas en los ojos.

    El tornado que atravesó el municipio 10 de Octubre se ensañó en su hogar; no dejo una sola tabla en pie. Miguelina lo perdió todo en unos segundos; está desamparada, no hay quien la consuele.

    Es jubilada, vive sola. Tiene una sola hija que no vive en La Habana. Una vecina, Marlén García, la ha acogido en su casa.

    —¿Tú sabes lo que es no tener nada en la vida, absolutamente nada? Así es como estoy yo ahora. Mira, esa de ahí es mi casa, esa montaña de palos y escombros, no hay nada que se pueda salvar —dice.

    La vivienda de Miguelina no aguantó el embate de las ráfagas de tormenta superiores a 100 kilómetros por hora, mucho menos el catastrófico poder del tornado. Cayó encima de su propio cuerpo. Lo que ella llama “mi casa”, son tablones y tablas despedazadas sobre otros tablones y tablas despedazadas; fragmentos, pedazos de pedazos; madera mojada.

    Casa de Miguelina / Foto: Cortesía del autor
    Casa de Miguelina / Foto: Cortesía del autor

    Debajo de esas ruinas está la vida de Miguelina, o mejor, esas ruinas son la vida de Miguelina. No sabe cómo empezar de nuevo a los 69 años. Pero le queda algo a que aferrarse: su suerte.

    —No había electricidad y tropecé con una de las patas de la mesa y el golpe tumbó la vela. Se apagó y no tenía más fósforos para prenderla —cuenta Miguelina.

    La anciana abrió una de las ventanas laterales de su casa y le gritó a Marlén que si podía prestarle algo para encender. Marlén le dijo que claro, que no faltaba más. Eran alrededor de las 8:30 pm cuando Miguelina buscó una capa y se la echó encima.

    Marlén le brindó una taza de café y, antes que Miguelina viera el fondo, comenzó el temporal.

    —Una bulla tremenda, tejas volando, postes de electricidad y árboles que caían, una locura, lo nunca visto, una película de terror —dice Miguelina.

    Todo esto lo vio, junto a Marlén, por la ventana. Quedaron pasmadas. Hora y tanto después paró de llover y Miguelina se dispuso a volver a casa. Se levantó del sillón y le dio las gracias a Marlén por el café y los fósforos.

    Dijo: “Hasta mañana”. Y cuando salió, le vino un “tremendo dolor en el pecho”. No podía creer lo que sus ojos veían ahora.

    —No hay manera de explicar lo que sentí. Me quedé sin nada en la vida. ¿Cómo uno vuelve a vivir si no tiene nada? Esto es un castigo —insiste Miguelina.

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    Abraham Jiménez Enoa
    Abraham Jiménez Enoa
    El fútbol le produce más orgasmos que las mujeres. Le teme a la muerte. Se estrelló en bicicleta contra un contén, en moto contra un Lada y en el Lada de su padre contra un Volga. Nunca le pasó nada, ni un arañazo, a sus amigos sí. Es adicto a la cerveza.
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    13 COMENTARIOS

    1. Que espanto…que dolor, la narración es como un último grito de intentar seguir viviendo, a pesar de que todo les da la espalda, pobre de mi pueblo, de los de a pie que no tendrán nada, ni siquiera la atención oportuna de los que pudieran aliviar/palear su sufrimiento. En efecto, parecería una señal mandada desde el más allá. Por acá firmamos una petición para intentar enviar ayuda a los del pueblo, a los que se quedaron sin nada, ojalá podamos ayudar.

    2. POBRE GENTE QUISIERA AYUDAR Y QUE PODEMOS HACER .Y NO LO PERMITEN ESTO EN VERDAD DUELE CUAL. EXISTEN MILES DE PERSONAS GENEROZAS LO SE ,NO HAY VIA¿¿COMO..SIEMPRE LOS POBRES LOS INDENSO SON LOS MAS AFECTADO DIOS NO CASTIGA DIOS ES AMOR,QUE DESGRACIA ….ESTO NO ES POLITICA . ES UN FENOMENO DE LA NATURALEJA Y NO SAVEMOS DONDE SERA LA PROCIMA DESGRACIA OREMOS POR CUBA…MTAN .NEW YORK.

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