El suicidio no es un gesto romántico. Tampoco un síntoma de la locura. Es una epidemia terrible, que ni el VIH, el paludismo, el cáncer de mamas, las guerras o los homicidios pueden superar hoy en cantidad de víctimas fatales. Cada 40 segundos, en algún lugar del planeta, alguien se suicida.

Según los últimos estudios estadísticos publicados por la OPS (2010-2014), Cuba ocupaba hace algunos años el quinto lugar entre los países con mayor índice de suicidios de las Américas, por detrás de Guyana, Suriname, Uruguay y Trinidad y Tobago. Las más recientes cifras nacionales al respecto pertenecen a 2019. Ese año, se suicidaron mil 462 cubanos y cubanas en la isla, es decir, uno cada seis horas.

El drama del suicidio ha marcado el acontecer cubano a lo largo de los siglos. Con la intención de esbozar una suerte de breve historia nacional del suicidio, El Estornudo presenta esta serie de cuatro capítulos en que desfilan figuras ilustres de la política y la cultura, a menudo acosadas por motivaciones peculiares, o envueltas en el misterio.

Mártires

A veces la Historia da a entender que ciertas personas nacen para ser mártires, como si la muerte heroica les fuera impuesta, decidida de antemano. Atroces, tristes, épicas muertes que así fueron porque así debieron ser. Según esos relatos, la vida del mártir no le pertenecería de la misma manera en que su muerte parece sujeta a alguna ley invariable del Universo. Pero esto es falso. Se trata apenas de la Historia burlándose a sí misma, por crédula o patriotera, o por efecto de una licencia poética.

Pocas cosas seducen más que la poesía de la Historia, y pocas cosas se muestran más poéticas que un relato sobre el que gravita incesantemente cierto determinismo metafísico. Pocas cosas, también, más inexactas.

Si el héroe elige la posibilidad de la muerte prematura, siempre acaba encontrándola como certeza. Esa elección basta para convertirlo en mártir. La narrativa épica que luego se construya alrededor del caso no será propiamente Historia, sino elucubración de bardos románticos, fanáticos o déspotas con ínfulas proféticas, inclinados a canonizar tormentos.

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Jorge Mañach, quien tenía el don de revelar con precisión asombrosa las causas primeras y ocultas de cuanto atañe a la Historia y la idiosincrasia cubanas, se ovillaba los sesos para entender la muerte de José Martí. El tránsito fugaz de esos pocos metros poblados de yerbajos que separaban el escondite de Martí y la línea de fuego español debió parecerle uno de los grandes —si no el más grande— misterio de la nación. Tiempo después los historiadores construirían maquetas de la escena bélica, echarían culpas al caballo desacostumbrado a la guerra, o al jinete igual de inexperto, señalarían desavenencias políticas que habrían estimulado la cabalgata ridícula y fatídica, harían notar la vestimenta inapropiada del muerto, lamentarían incluso la aguzada vista del enemigo que supo reconocer entre el humo de la pólvora a uno de los cubanos más retratados de la época. Mañach, más prudente, resolvió el pasaje con estas preguntas: «¿Arrebato épico? ¿Inexperiencia? ¿Codicia de su hora?».

La imagen pictórica de Martí cayendo de su caballo muestra una escena tan apoteósica como oportunista. La fracción de segundo inmortalizada en esa representación es el trabajado punto exacto entre la realidad y el mito: el héroe no sostiene su carga guerrera, pero tampoco cae; el héroe recibe una bala en el rostro, pero asume una postura justa para ocultar la herida —anticlímax— al espectador; el héroe aún está sobre su caballo, pero ya ha iniciado su trascendencia espiritual hacia los cielos. Aunque la composición del cuadro es en todos sus aspectos un capricho artístico, alcanza a revelar una segunda —o primera— premeditación en la escena: la del representado.

Escribió Rubén Darío a un año de su muerte: «(…) pero ¡oh, maestro! ¡qué has hecho!». La expresión no es el reproche de una fatal torpeza, pues el poeta nicaragüense reconoce el complejo de mártir del cubano, aunque algo de eso lleva. Darío era consciente de que el domingo 19 de mayo de 1895 José Martí no se lanzó al combate, sino al suicidio; que no fue hacia una muerte segura, sino asegurada. Martí, ese «suicida oculto», como le llamó Cabrera Infante, «solo peleó ese día contra su propio enemigo»: su leyenda. Y ganó.

La hora de su muerte completa el camino del héroe trágico; una narrativa que suele ser autoimpuesta e irreversible. Es el joven Aquiles recibiendo una flecha en su talón endeble luego de haber escogido la gloria por sobre una vida larga y aburrida. Es Sigfrido atravesado por una lanza traicionera pero anunciada cuando aceptó la maldición del tesoro de los nibelungos. Es Jesús de Nazaret en el Gólgota recordando la noche en Getsemaní. La «caída en combate» de Martí no es más que el eufemismo de un suicidio —inmolación, sacrificio— que, sin embargo, la Historia de Cuba ha sabido mantener en cierto limbo de imprecisiones para guardar la longevidad del mito.

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Siempre ha sido complicado anexar el martirio al suicidio. No obstante, si bien el martirio no es una muerte por propia mano, sí es una muerte preparada por propia mano. El mártir no se suicida de forma directa, pero va construyendo conscientemente el escenario trágico de su muerte. 

Decía San Agustín de Hipona, quien tenía el talento retórico de los leguleyos romanos en medida suficiente para destruir el talento sofístico de los antiguos griegos, que el suicidio es pecado porque matarse uno mismo, técnicamente, también es matar a una persona. De tal forma, el suicida por propia mano comete un crimen desesperado, movido por la incapacidad para contener y encauzar ese odio y/o placer que lo empuja a agredirse. El crimen del mártir vendría a ser uno meditado, calculado con terrible exactitud para que parezca obra de otro.

Los padres de la Iglesia prefirieron dejar de lado el debate al respecto. Hicieron bien, pues aún se celebrarían interminables concilios para condenar o no a quienes, sin vacilación, aceptaron ser lanzados a las fieras en el circo romano con tal de no negar a su Dios; para excomulgar o no —¡hereje!— a cierto judío que supo de antemano cómo encontrar la más atroz de las muertes y corrió directo hacia ella. Por suerte, tenían una solución infalible para tan peliagudos asuntos: la Fe.

Los laicos, que cuentan en sus filas tantos o más mártires que la Iglesia, hallaron una solución no menos abstracta e indeterminada: las ideas.

«Lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir», apunta Albert Camus, en su célebre ensayo El mito de Sísifo, sobre la construcción de un sentido de la vida. Siguiendo la lógica del filósofo argelino, existe un «método» según el cual los mártires afrontan el sentido de la vida: el de Don Quijote. Los mártires laicos, entonces, viven para morir por un ideal, que no es más que una idea sublimada hasta el absurdo.

El héroe que busca la muerte solo puede aceptar esa idea sublimada en sí mismo, de manera que sublima también cada una de sus acciones, incluyendo el desenlace de su sacrificio. Lo que Durkheim definió como un «suicida altruista» busca entonces algo más que una muerte justificada en la idea de un consecuente beneficio para la sociedad pues, en cierta forma, esa muerte alberga también un beneficio personal. El suicida altruista, cuyo Yo se muestra demasiado ideologizado, unido a algún elemento integrador de la sociedad, es también egoísta.

Con el suicidio, el mártir se unge como elegido de la abstracción: alguien más puro que los demás. La muerte del suicida heroico busca una doble satisfacción, social y personal. Así, un talibán que se hace explotar junto a un puñado de infieles puede compartir más de un motivo con el inmolado Thich Quang Duc, y también con los guerreros nórdicos que, ya vencidos por el tiempo y sin fuerzas para levantar la espada, pactaban guerras sin sentido en las que un presunto enemigo les diera el fin que necesitaban como boleto al Valhala.

Construir un sentido para la vida sobre la base de un ideal es tan absurdo que hace que la muerte del mártir sea el único suicidio que merezca ser explicado como tal.

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Imagen de El Che

En su afán de demostrar que la experiencia cubana no fue un caso excepcional, y que las causas y el desarrollo de esta eran parte de un canon, o bien una suerte de ley de la liberación de los oprimidos, Ernesto Guevara fue un antropólogo de la Revolución negado a reconocer los resultados de sus propios estudios. Su metodología fallaba por lo mismo que criticaba Durkheim en Comte y en Spencer: se amparaba más en prenociones subjetivas que en la realidad concreta. El Che no aspiraba tanto a comprender el fenómeno de las revoluciones en el Tercer Mundo como a demostrar empíricamente lo que ya había concebido como verdad a priori.

Su personalidad y su vida quijotesca auguraban un final ridículamente dramático. Como el Quijote, quien al final de su vida repara en que sus fantasías le han hecho perder la justa noción de lo verídico, en algún momento el Che llegó a saber que estaba equivocado. Sin embargo, prefirió involucrarse en una aventura a todas luces suicida antes que aceptar la decepcionante y poco romántica realidad. Con razón escribió Rafael Rojas en su artículo «El revolucionario desolado», aparecido en El País: «en los dos últimos años de su vida, Ernesto Guevara personificaba al revolucionario desolado, el “perdedor radical” del que hablara Hans Magnus Enzensberger: el soldado que va a la batalla sospechándola perdida de antemano».

El Che fue un suicida altruista, otro mártir de su particular utopía. Padecía ese complejo mesiánico que hace creer que todo sacrificio individual, incluso la muerte misma, carga con una responsabilidad depuradora de males. Adoró también la idea de su Pasión, su camino al símbolo, dejando entrever a cada paso la superioridad moral que revestía su causa y, por transitividad, su persona. Esa certeza bastaba para justificar cualquiera de sus actos.

En su diario de campaña en Bolivia, exactamente dos meses antes de ser capturado, escribió que el revolucionario es «el escalón más alto de la especie humana». Solo por el derecho a pertenecer a semejante linaje, debió pensar, valía la pena morir.

6 Comentarios

  1. Muy interesante el articulo, pero a quien le interesa saber que el Che fue un martir, un altruista? Por mi parte solo deseo olvidar su doloroso y cruel paso por mi pais. Era un monstruo hipocrita.

  2. De acuerdo. El asesino de la estrella solitaria fue obligado a carabina por el Difunto en Jefe quien, básicamente, se deshizo de él por sus numerosos errores y diferendos en cuanto a la robolución.

  3. El mambí asignado a cuidar de la seguridad de José Martí se llamaba Ángel de la Guardia, que lo siguió en su carga desenfrenada y trató inutílmente de rescatar el cadáver. Saludos.

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