La manera más directa y efectiva de comunicar algo concreto, cuando se dispone de escaso tiempo y limitado espacio, es recurriendo a símbolos. Aunque la RAE los define como la «representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con esta», los símbolos pueden ser mucho más que una «convención socialmente aceptada» de la realidad.

Cartel: Ame Gla

Los cubanos sabemos de símbolos. Desde niños se nos saturó de ellos y hemos aceptado y asumido sus significados sin chistar. La Revolución del 59 heredó un pueblo cuya heterogeneidad cultural abarcaba desde los más excelsos intelectuales hasta los más humildes analfabetos, por lo que se requería un modo contundente y eficaz de difundir su credo.

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Desde entonces la maquinaria propagandística revolucionaria se apropió de símbolos patrios como la bandera de la estrella solitaria o la imagen de Martí, y de otros universales como el color rojo y la paloma blanca, convirtiéndolos en significantes casi «exclusivos» del sistema comunista cubano. Sesenta años después el gobierno se aferra aún a ellos autoproclamándose legítimo dueño, por ejemplo, de una bandera que, abrazando el torso desnudo del artista Luis Manuel Otero Alcántara, se les antoja mancillada, mientras que es «honrada», en cambio, sobre el inflamado vientre del presidente Díaz-Canel.

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Cuba lleva décadas vendiéndose ante el mundo como el non plus ultra de la libertad que hace mucho ya no es (si verdaderamente lo fue alguna vez). Se trata, sin embargo, de un gobierno que miente y difama a todo aquel que se atreve a disentir pacíficamente, tildándolo incluso de terrorista, que convoca a las masas (temerosas de represalia) a concentrarse «espontáneamente» para apoyar el Sistema o —peor aún— para efectuar actos de repudio (con amparo para recurrir a la violencia física, si fuera necesario) contra quienes expresan su descontento; que utiliza la fuerza policial para amedrentar y reprimir a individuos desarmados.

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La serie Carteles libres reclama, rescata y reconstruye uno de los símbolos más conocidos universalmente: la paloma blanca. Protagonista ausente en el contexto de la isla, donde ahora mismo crecen las contradicciones entre gobierno y ciudadanía debido a la crónica falta de libertades de expresión y de asociación, y al aumento de la represión estatal.

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Es tiempo de que los símbolos dejen de ser solo una convención «socialmente aceptada» para convertirse en arma que destruya mitos.

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