De niña solía tumbarme de espaldas por horas y horas a mirar la pared cabecera del cuarto de mi tío, tapizada de lado a lado por un mar de carteles que estimulaban mi curiosidad, mi fantasía, mi sentido estético y, sin sospecharlo, mi vocación misma. Muchas veces imaginé cómo sería haber vivido dos décadas atrás, en ese tiempo fértil para la creación con causa, que dio lugar a una de las más hermosas épocas del arte gráfico cubano. Un tiempo donde se «creía» en la posibilidad de construir un país de justas aspiraciones y nobles promesas. Luego todo cambió en Cuba. De un día para otro se apagó la luz, y con ella la inspiración de todos aquellos artistas de mi infancia. Aun así, en medio de carencias y ausencias, decidí estudiar la única profesión que he ejercido siempre, la que quedó marcada en mi camino desde entonces: la gráfica.

Cartel: Amegla

Cuando salí de La Habana, una década después, me fui sin despedirme de ella. No con la ligereza de quien ha de regresar pronto —no era el caso— sino como quien, completamente vencida por la desilusión, sabe que es momento de dejarlo todo sin mirar atrás. Presa de una especie de rencor y de desidia hacia mi país de origen, pisé tierra mexicana y en ella sembré las raíces de lo que ha sido, desde entonces, mi libertad. 

Cartel: Amegla

El privilegio del que gozo como emigrante me ha permitido todos estos años enajenarme de la realidad cubana. He dirigido mi voz, sin embargo, a defender causas igual de nobles, pero que he creído más ganables. Mi desprecio al racismo institucionalizado por décadas y a la regresión política de los últimos cuatro años en mi país adoptivo actual —que José Martí llamó «monstruo» y al que, como él, le conozco las entrañas—, me ha llevado a manifestarme una y otra vez en redes sociales en favor de causas justas y democráticas. Irónicamente, no lo había hecho antes por esas otras causas que traigo conmigo más adentro: las de Cuba, las de su libertad. Una libertad que como individuo he gozado, y que también he sufrido como solo quien renuncia al concepto de «patria» sabe que se sufre. Una forma de libertad que creí imposible para la mayoría de mis hermanos en la isla. 

Hasta hoy.

Cartel: Amegla

Mi país, el mismo que dejé hace años completamente desesperanzada, creo que está empezando a despertar. Cansados de sufrir hambre, silenciamiento, represión, persecuciones arbitrarias y secuestros, un puñado de artistas e intelectuales admirables han reclamado su legítimo derecho a protestar pacíficamente para exigir el fin del encarcelamiento político y pedir al gobierno comunista que se abra al diálogo para poner fin a la crisis social y económica que el país ha enfrentado durante décadas.

Las instituciones políticas cubanas no solo han negado el diálogo prometido, sino que difaman a varios de esos artistas e intelectuales en televisión nacional, mientras los pone uno tras otro en arresto domiciliario.

Cartel: Amegla

Para que en Cuba cambie algo hace falta que el pueblo se una. Para que el pueblo se una se necesita llegar a cada quien con un mensaje claro y persuasivo. Para llegar a cada persona y persuadirlos de PENSAR y superar todos los miedos enquistados por décadas, hace falta alguien con poder de convocatoria + uso de la palabra. No creo que la solución esté solo en los artistas de talla internacional, pero sí creo que estos tienen el deber moral de expresarse. Y no creo que el miedo de cualquier artista consagrado en Cuba y en el extranjero pueda compararse con el miedo de quien sabe que lo pueden desaparecer sin costo alguno. Por eso creo que su silencio, el de los «grandes» de Cuba, suena bastante a cobardía (o complicidad con el régimen).

Cartel: Amegla

Yo no soy una artista consagrada ni mucho menos conocida, pero los «privilegiados» de afuera gozamos de la libertad de expresión que se nos niega en Cuba, y tenemos vías de comunicación que manejamos sin control de gobierno alguno. Esta serie de carteles está inspirada y dedicada a quienes arriesgan sus vidas y su libertad en Cuba exigiendo se respeten sus derechos. 

Cartel: Amegla