Por prohibir que no quede. La resolución 23/2020 del Ministerio de Salud publicada en la Gaceta Oficial el 9 de julio va más allá de recordar la prohibición vigente de importar o exportar «drogas, estupefacientes, sicotrópicos, precursores y sustancias relacionadas» y se extiende a «materiales, bibliografía, propaganda, bienes, objetos, parafernalia, cigarrillos electrónicos o cualquier otro insumo que incite, estimule o propague el uso de la planta Cannabis».

No son solo los Beatles, la marihuana como tema principal o secundario está presente, y tratado en la mayoría de los casos con simpatía, en infinidad de productos culturales desde los años sesenta del siglo pasado. ¿Han pensado las autoridades en todo lo que tendrían que censurar por incitar, estimular o propagar el uso de la planta? Vayan, por si acaso, tirando a la basura la camiseta de Bob Marley, los libros de Williams Burroughs o la serie televisiva Weeds. Ni se les ocurra, ahora que se cumplen los 43 años de la muerte de don Antonio Machín, ponerse a entonar «Vacilando», un son que grabó con su cuarteto en Nueva York, allá por 1934, alabando los poderes afrodisíacos del cannabis: «Yo quiero un vacilón con una nena sabrosa, que después del vacilón, ella se ponga melosa». Sobre todo, prohibido reproducir el final de la canción, donde los músicos, deseosos de catar el porro, sueltan comentarios explícitos acerca del inspirador estímulo que les procura: «Pásale la fría a Félix, chico. ¡Cómo toca este muchacho cuando está grifo!»; «Dame la mota, Daniel; dame la mota, chico, para ponerme chivoncito».

Quizás las autoridades no estén al tanto, pero el cannabis forma parte del espíritu de nuestra época y poco pueden hacer para aislar la isla de su poderoso influjo. La ridiculez autoritaria de prohibir incluso la «bibliografía» vulnera el derecho a la información y retrata el paternalismo totalitario con el que el régimen trata a los cubanos, como si fueran perpetuos menores de edad incapaces de decidir libremente. Esperemos que las autoridades no lleguen al extremo de querer aplicar todas las posibilidades de censura que contempla su reciente normativa, pero el miedo ya está en la calle y esta es una herramienta más para silenciar al oponente y para convertir a los amantes del cannabis o a los simples defensores de sus virtudes medicinales en delincuentes. Por ejemplo, al escribir este artículo, ¿estaré entrando en terreno prohibido?, ¿me habré convertido a ojos de la autoridad en un delincuente?

Me gustaría reírme a costa de la reciente normativa y, sin embargo, que haya presos en Cuba con condenas entre cuatro y diez años por haber sido sorprendidos cultivando marihuana me obliga a ponerme serio y dar en lo que sigue una panorámica de la situación internacional y de las virtudes de la planta, para ver si así, con información veraz y evidencias científicas, podemos hacer frente a la injusticia que se está cometiendo.

La revolución cannábica

Esta normativa tan restrictiva es la reacción del gobierno cubano a la revolución verde que se está extendiendo por el mundo civilizado, con cada vez más países que regulan legalmente el acceso al cannabis, lo que produce un «incremento del consumo, posesión y trasladado de la marihuana y sus derivados» que llega inevitablemente hasta la isla.

El proceso por el cual en las dos últimas décadas una droga prohibida y contracultural se ha convertido en solución terapéutica y en tendencia cultural, generando negocios millonarios y hasta un cambio en la idea de lo que entendemos por salud, tendría su arranque en California, allá por 1996, cuando se aprobó en referéndum y a partir de una iniciativa popular la ley que permitía el uso terapéutico del cannabis y su venta en dispensarios autorizados. Que EE.UU. sea el motor de esta revolución, con 33 estados que permiten hoy el acceso al cannabis con fines terapéutico y 11 en los que cualquier adulto puede acceder al llamado cannabis recreativo, resulta paradójico, pues sus leyes federales siguen penalizando el uso y sus políticas de drogas en el ámbito internacional siguen apostando por la prohibición.

Estas contradicciones en el seno del principal promotor en el mundo de la injusta guerra contra las drogas se explican porque la revolución cannábica es un proceso que ha partido desde abajo, con iniciativas populares y asociativas que han promovido referéndums y conseguido cambios legislativos aprovechando los recursos democráticos a disposición del ciudadano en un estado de derecho. En California, pero también en Israel, en los Países Bajos, en Canadá y, más recientemente, en Reino Unido y en Alemania las leyes sobre cannabis medicinal han llegado gracias a la acción de los enfermos usuarios que se han unido para cambiar las leyes o han reclamado en los tribunales el derecho a acceder a su medicina legalmente, sin tener que recurrir al mercado negro.

Junto a los 11 estados y el Distrito de Columbia de EE.UU., los dos países que han hecho una regulación integral del cannabis (tanto medicinal como recreativo) son Uruguay y Canadá. Por detrás están países como Suiza, Luxemburgo, Alemania, Reino Unido, Tailandia, Japón, Israel, Malaui, Líbano, Australia, Nueva Zelanda, México, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina o Brasil, que con más o menos ventaja están ya en la senda de la regulación medicinal.

¿El cannabis es nocivo para la salud humana?

Ajeno a esta tendencia internacional en favor de la regulación, el ministerio cubano de Salud Pública justifica su reciente resolución en que «el cannabis es nocivo a la salud humana», ignorando que en la actualidad se utiliza como medicamento para muchas enfermedades. El dolor crónico, los síntomas de espasticidad de la esclerosis múltiple, las náuseas y los vómitos inducidos por la quimioterapia, las convulsiones del síndrome de Dravet y de Lennox-Gastaut, los trastornos del sueño, la falta de apetito, la fibromialgia, algunos síntomas del párkinson o del estrés postraumático, entre otras dolencias, encuentran en el cannabis remedio. También hay evidencias preclínicas suficientemente demostradas sobre el poder antitumoral de los cannabinoides y, contradiciendo el tópico de que la marihuana mata las neuronas y daña el cerebro, sobre su acción neuroprotectora y neurorregeneradora. Estas evidencias antitumorales, neuroprotectoras y neurorregeneradoras, obtenidas científicamente en modelos animales, están ahora pendientes de ser demostrados en ensayos clínicos con humanos, pero señalan ya una importante línea de investigación que está en marcha, pese a los muchos obstáculos que suponen la fiscalización internacional del cannabis.

No le vendría mal al ministro de Salud, Dr. José Ángel Portal Miranda, informarse un poco acerca del sistema endocannabinoide (SEC) antes de firmar resoluciones como esta en la que se prohíbe el cannabis incluso con fines terapéuticos. El sistema endocannabinoide es un regulador del organismo que forma parte de todos los animales (incluido los humanos) y actúa cuando se produce una alteración, liberando sustancias endógenas que se unen a receptores distribuidos por todos los órganos y tejidos del cuerpo con el objetivo de reparar el daño y restaurar el equilibrio perdido. Los cannabinoides endógenos son similares a los cannabinoides presentes en la planta, y cuando consumimos cannabis sus componentes se unen a los mismos receptores que tenemos en nuestro interior. Es decir, que compuestos de cannabinoides pueden actuar farmacológicamente modulando el SEC y sirviendo por tanto para el tratamiento de todas las enfermedades humanas.

Yo entiendo que es difícil para los poderosos trascender los prejuicios establecidos en torno a una droga asociada hasta hace poco con la marginalidad, pero seguir hoy sosteniendo sin más que el cannabis es «nocivo a la salud humana» es un disparate anacrónico y nada revolucionario. Yo le recomendaría al ministro de Salud ponerse al día sobre el asunto cannábico, aunque solo fuera por respeto a las palabras de Fidel Castro que presiden su cuenta en Twitter: «La medicina es una ciencia que se revoluciona incesantemente, de las que más requiere tal vez estar al tanto de todo lo que ocurre, de las que más requiere la capacidad de análisis y de observación del hombre, de la que menos puede soportar la rutina».

La calidad de vida para enfermos y sanos

Además de sus aplicaciones presentes y de las promesas de un protagonismo farmacológico futuro, el cannabis ha restituido el bienestar a un lugar primordial en la concepción que tenemos de la salud. De hecho, la utilidad primera que le reconocen los enfermos crónicos, con independencia de la patología que sufran y antes de que la ciencia encuentre la evidencia, es la mejora que les aporta en calidad de vida. Una visión estrecha de la biomedicina imperante puede dejar de lado el bienestar del paciente, pero nadie podrá negar los beneficios curativos que procura este sentirse bien, estar de buen humor y desterrar la ansiedad y el estrés de su día a día. La marihuana resulta muy útil, tanto para los enfermos, que se han movilizado en medio mundo para que se respete su derecho al uso de los remedios cannábicos, como para los sanos, que a menudo tienen que defenderse del estigma alegando la hipocresía de que drogas como el alcohol, cuyo abuso es mucho más perjudicial, sean legales.

Distinguir entre el cannabis medicinal y el cannabis recreativo ha servido para el progreso de la revolución cannábica, pero esta distinción resulta insatisfactoria al no reconocer el bienestar que procura a los usuarios catalogados como recreativos, ¿Qué concepto de salud es ese que no valora el efecto relajante, la alegría, el sentido del humor, el estímulo del asombro o el poder introspectivo que produce el cannabis en sus consumidores?

La prohibición del cannabis nunca ha tenido una base científica. En la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 –y en los protocolos y enmiendas que han actualizado la fiscalización internacional de las drogas desde entonces– no se tuvieron en cuenta los informes anteriores sobre los efectos del cannabis, sus usos medicinales y la inconveniencia de su prohibición. La decisión de mantener la fiscalización se tomó, según dijeron, basándose en un informe de 1935 de la Sociedad de Naciones en el que, entre otras cosas, se negaba la utilidad médica del cannabis. Lo escandaloso es que el supuesto informe no existía y nunca se ha podido encontrar. Ahora, como las evidencias científicas son ya imposibles de negar y son muchos los países que cuentan en su sistema sanitario con el cannabis, la OMS ha recomendado una reclasificación parcial del cannabis para sus usos terapéuticos que, tras ser aplazada en la reunión de la Comisión de Estupefacientes de la ONU celebrada en marzo, está pendiente de ser votada el próximo diciembre.

¿Y los problemas de abuso?

Al contrario que otras drogas que cuentan con un estrecho margen de seguridad o toxicidad –la relación entre la dosis activa y la letal–, el cannabis resulta muy seguro. Nunca nadie se ha muerto a consecuencia del consumo de hierba, como sí pasa con el alcohol, con la heroína o la cocaína. No estoy diciendo con ello que sea una droga inocua; como modificadora de la conciencia que es, puede producir trastornos psicóticos en consumidores vulnerables.

Los posibles problemas mentales que puede provocar su consumo es la justificación principal en que se escudan los defensores de su prohibición, pero, como dice el farmacólogo José Carlos Bouso, eliminando el cannabis del planeta solo se reducirían un diez por ciento los diagnósticos psiquiátricos. Si cruzamos los datos resulta que para evitar un solo caso de brote psicótico habría que convencer a 20 mil usuarios para que dejaran de consumir cannabis.

Estamos hablando de la droga ilegal más consumida en el mundo –unos 192,2 millones de personas entre 15 y 64 años la consumieron al menos una vez durante 2016– y, por mucho que la propaganda prohibicionista insista, solo una pequeña minoría llega a tener problemas derivados de su uso. Según el último informe de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito –UNODC, los mismos, sí, que velan por la prohibición de las sustancias–, «una de cada nueve personas que consumen drogas ilegales (el 11 por ciento) sufre trastornos de consumo de drogas, lo que significa que su consumo es perjudicial hasta el punto de que pueden experimentar dependencia de las drogas y/o requerir tratamiento». Pero es que, como también dice el informe de la UNODC, son los opiáceos –y no el cannabis– los responsables de la mayor parte de los efectos negativos del consumo de drogas sobre la salud. Así que desterremos el tono alarmista cuando hablemos de cannabis y, si hablamos de los problemas de abuso que puedan afectar a una minoría de sus consumidores, reconozcamos que la prohibición tampoco ayuda: si estigmatizas a los usuarios o los amenazas con la cárcel no esperes que acudan pidiendo ayuda cuando lo necesiten.

Cuba no puede seguir insistiendo en la prohibición y en su política de tolerancia cero. Ser el país más restrictivo de su entorno respecto al cannabis demuestra una ceguera criminal del gobierno, que atenta contra el sentido común, los derechos humanos de los usuarios y la salud pública. La reciente normativa puede hacernos reír por sus exageradas disposiciones acerca de la incitadora «bibliografía» o la propagadora «parafernalia», pero que la risa no acalle el drama que supone que en pleno siglo XXI a una persona se le impida –con la amenaza de sanciones, confiscación de bienes o años de cárcel– gozar del bienestar y el remedio que procura el cannabis. Algún día los responsables de estas leyes tendrán que pedir perdón.

*Fidel Moreno (Huelva, 1976) es escritor y periodista. Ha sido coordinador de El Estado Mental y actualmente es director de la revista Cáñamo. Autor del ensayo ¿Qué me estás cantando? Memoria de un siglo de canciones (Debate, 2018).