Lo primero que vi fue al gato, descansando muellemente en la mesa.

Dominique me dijo señalándolo:

—Cucú.

«Cucú», repetí para agradar a Dominique (ella me había hecho un descuento importante gracias a un amigo peruano).

Yo había venido desde la Gare de Montparnasse dando tumbos con mis bártulos, había conseguido llegar hasta la salida del metro donde Dominique me esperaba para que no me perdiera. Caminamos un poco y subimos la escalera de un pequeño edificio. Estaba cansado. El viaje desde La Habana había sido un verdadero suplicio. Dominique abrió la puerta. Fue cuando vi al gato.

Cucú se convirtió en mi único compañero. Dominique se iba muy temprano a su trabajo en una biblioteca del extremo sur de París y yo me quedaba escribiendo en compañía del gato.

Cucú era un gato sereno excepto cuando el hambre lo ponía nervioso. Entonces maullaba dando vueltas a mi alrededor, yo dejaba de escribir y le servía su ración de Friskies, labor que Dominique me había encargado con insistencia.

Fue cuando me enteré que Friskies era un producto especial para gatos. Consistía en pedacitos de legumbres y zanahorias, secos, con sabor a pollo. La caja traía el dibujo de un hermoso gato de ojos verdes que se relamía de gusto. En un lateral de la caja venía su modo de empleo y el análisis en porciento de su contenido. Por ejemplo: un gato adulto en actividad debía consumir unos 100 gramos del producto, mientras que una gata en gestación alrededor de 130 gramos. Al parir, el consumo debía aumentar a 400 gramos. La descripción nutritiva arrojaba un saldo de 29 por ciento en proteínas brutas. Siento confesar que el cálculo de tales cifras solía llevarme a la siguiente conclusión: que los gatos, en París, se alimentaban proporcionalmente mejor que yo en La Habana.

Dominique volvía tarde. Ya para entonces yo había fregado, comprado el pan y cumplido con mis obligaciones respecto al gato. Salvo el problema del hambre, Cucú no era un animal exigente (los he conocido peores). Me dejaba escribir en paz, hacía sus necesidades en el sitio previsto (una palanganita con gravilla especial) y no andaba pegándose pervertidamente a las piernas de uno (los he conocido peores).

Los días pasaron. Me sentía mejor, me movía en París a la perfección. Planificaba y efectuaba caminatas, contemplaciones y lecturas en los cafés y jardines. Había logrado organizar correctamente mi alimentación. Mucha carne, leche y verduras, de tercera, claro. No faltaban el queso ni el vino, también de tercera. Engordé y me sentí lleno de una vitalidad excesiva pero reconfortante. Empecé a mirar a Cucú con mejores ojos, incluso nos revolcábamos juntos en la alfombra, Cucú patas arriba y yo haciéndole cosquillas en la barriga sedosa y cálida.

También Cucú había engordado, le llenaba el pozuelo de Friskies dos o tres veces al día, luego le añadía leche y carne prensada. Vivíamos en un pacto arcádico donde la comida era la clave de la felicidad.

Pero la felicidad (tan frágil) termina un día. ¿Qué la quiebra? No se sabe. Tal vez les residuo que llevamos dentro y que un buen día salta y da el zarpazo.

Lo cierto es que yo había vuelto de un rendez-vous con la posible editora francesa de mis cuentos. La conversación había fluido sin problemas. Pero al final, nada claro. Resulta que Mme. M. no quería pagarme lo que yo suponía debía de pagarme por mi libro de cuentos cortos: diez mil francos. Mme. M. desplegó una bella y taimada sonrisa cuando le dije la cifra. Contestó:

—Tres mil francos. No más. Y con pago fraccionado, según ventas.

Habíamos empezado hablando de las excelencias del cuento corto. La tesis del tigre que salta hacia su objetivo o la flecha que sale disparada y da en el blanco. O la flecha —añadí yo para hacerme el gracioso— que no va a ninguna parte. Todo esto tomando té y picando unas galletitas encantadoras. Me sentía a punto de ser feliz, allí, con mi editora francesa, quién lo iba a pensar. Poco a poco ella me fue explicando que en Francia se prefería la novela. Que era un mal momento para la literatura en general. No se vendían los libros de cuentos con la excepción de algún que otro clásico, que para eso eran clásicos, ¿no? Primero había que publicar una novela. O dos. ¡Y entonces el libro de cuentos! Al lector había que probarle —apretó la boca como si me comunicara un secreto— que uno merecía ser leído como cuentista. Un asunto de economía, de economía del lenguaje, y del dinero, añadió. Yo trataba de no perderme los ojos azules y achinados de Mme. M. que centelleaban pícaros cuando mencionaba la palabra economía. Siguió diciendo:

—Aunque con sus cuentos haré una excepción. Claro, habrá que trabajar en dos o tres hilos conductores. Entre nosotros: a veces no se entiende bien lo que usted quiere decir. Querido, óigame bien: el lector prefiere el signo más evidente de la literatura. ¡El lector ama las historias!

Sí: corroboré soltando por la boca una nubecita blanca (fumo en situaciones extremas) que tomó primero la forma de un elefante, luego un globo de azúcar y finalmente otro elefante antes de disolverse en formas caóticas. Fue cuando dije, adoptando una pose digna:

—¿Y cuáles serán mis honorarios? Me conformo con diez mil francos.

Mme. M. se estiró en la silla, como para despejar las arrugas del vestido. Fue cuando dijo, calculando la caída de la ceniza en el cenicero:

—Tres mil francos. No más. Y con pagos fraccionados, según ventas.

Al cabo de medio minuto dije:

—Ah.

En ese medio minuto pensé: tres mil francos no es mucho, pero ninguno es peor. Comer en los árabes. Cero cine. Pegar la gorra de vez en cuando en casa de Manolo y Chantal. La biografía de Céline que esperara, también las botas de cuero para mi esposa. Y suplicarle a Domi (en nombre de la solidaridad latinoamericana) otra rebajita en el alquiler…

De pronto, no sé por qué, calculé que con tres mil francos bien podría comprarme unas 110 cajas de Friskies.

Por supuesto no le mencioné nada a Mme. M. acerca del cálculo. Sólo le dije: «Ah», y nos despedimos prometiéndonos vernos pronto. Ella me detuvo con un gesto:

—Antes de que se vaya… ¿Sabe usted cuánta gente de la que se pasea por las calles de París quiere ser escritor? La mitad. Y de esa mitad la mitad tiene talento. Cualquier francés tiene talento para escribir, y Francia se hundirá entre otras cosas porque la mayoría de los franceses tienen talento para escribir. Escuche. En un café de Saint Germain un hombre fue a escribir día tras día durante 15 años. Había que verlo en aquella mesita apartada, doblado laboriosamente en su tarea. Escribía y escribía en enormes cuadernos de contable. A veces levantaba la cabeza, sonreía al pagar y volvía a sumergirse en su trabajo. Movía la mano muy lentamente, deteniéndose como un artífice en cada palabra, qué digo en cada palabra, ¡en cada letra! Supongo que solo así pueden escribirse las grandes sagas del espíritu. Pedía un chocolate por la mañana y otro por la tarde. En el intermedio una sopa de habas con un vaso de tinto. Con eso le bastaba. Una noche reclinó la cabeza sobre su cuaderno y se quedó dormido. Pero no se había quedado dormido. Se había quedado muerto sobre su cuaderno. No hay imagen más sublime que un escritor muerto sobre sus papeles. Los franceses somos muy curiosos. Siempre queda el morbo de saber en qué un hombre empleó la última parte de su vida. ¿Qué había dentro del cuaderno? Pues bien: garabatos. Garabatos exquisitamente dibujados ¡Cientos y cientos de páginas repletas de garabatos idénticos y perfectos! ¿Obra de la bêtise? ¿Burla in extremis? Quién sabe. De lo que sí no hay dudas es que fue la obra de toda una existencia.

Se arregló el pelo sobre las orejas. Desde la puerta le dije adiós con la mano. Entonces ella me dijo acariciando un grueso tomo que adornaba su buró:

—¿Sabe usted qué habría sido de Balzac si solo hubiera escrito cuentos?

—Sí —contesté—. Se habría muerto de hambre.

Hizo un ademán de profunda comprensión y me despidió con una sonrisa.

Llegué al apartamento, abrí la puerta y lo primero que vi fue a Cucú sobre la mesa.

El gato no dejaba de observarme, aunque sin gran interés. Levanté un dedo y con la boca inflada de aire para que Cucú no se perdiera el efecto disparé: «¡Pum!»

Contestó con un débil maullido.

Sentí hambre. En el refrigerador quedaba una porción de pollo cocinado, solo había que calentarla y cubrirla con mayonesa.

Calenté el pollo, olía bien, fui a buscar pan a la cocina. Cuando volví ya Cucú se había tragado parte del pollo. La mayonesa le brillaba en los bigotes. Pensé con el cuchillo en la mano: «Dios mío, se ha comido mi pollo».

Cucú no se inmuto y siguió comiendo. Pensé: «Seguramente seguirán pasando nubes en la vasta extensión que se avecina, un espacio vacío donde a cualquiera lo roza el ala de la imbecilidad», y descargué el golpe.

La pata izquierda de Cucú quedó separada en el acto. El gato maullaba como quien no comprendía bien lo que estaba pasando.

Solté el cuchillo, corrí al baño y volví con gasa y desinfectante. Cucú se apoyaba sobre la espalda ligeramente ladeado hacia la herida. Envolví el muñón lo mejor que pude. La pata seguía en la mesa, junto al plato.

Había que deshacerse de la pata. Y del gato. No sé qué cuento le iba a hacer a Dominique acerca de la pata de su gato.

Envolví la pata en un periódico. La acomodé en el bolsillo del abrigo. Metí a Cucú en una bolsa. Se puso a maullar, primero bajito, luego muy alto, finalmente bajito: un lamento en sordina pero insistente. Limpié la sangre y bajé a la calle.

Caminé en dirección a Pigalle y eché la bolsa con el gato en la basura. Más adelante, la pata.

Me puse a mirar las vidrieras de las tiendas. Un clochard desde un rincón me hizo un gesto con una botella vacía. Le dije rechinando los dientes: «Ya pasó tu momento histórico, si es que alguna vez estuviste en la historia, so cabrón». Me tiró la botella que fue a parar a la calle.

Sobre un árbol un pájaro describía círculos cada vez mayores. Después trazó los círculos en sentido contrario, se posó en una rama y se quedó extático contemplando el cielo, amarillo como los ojos del pájaro.

Caminé hasta los almacenes Tati y me compré un gorro para el invierno.

Y un abrigo.

Y un edredón, para envolverme mientras escribiera durante el invierno.

Después llegó el invierno.

Un frío seco, bueno para mi asma, pero gradualmente intenso.

Dominique tardó en acostumbrarse a la ausencia de Cucú. Lloriqueó las primeras semanas. Yo le expliqué que Cucú se había ido por donde se van todos los gatos: por la ventana, en busca de su gata. Pero Domi palmoteaba con sus gordas manos meneando la cabeza, hasta que una noche se apareció con otro gato con el que apenas sostuve relaciones. Era un puro manojo de nervios, y para colmo anoréxico.

A Mme. M. nunca la volví a ver. Una mañana fui a su oficina y solo encontré a dos obtusos contadores de una cadena de restaurantes griegos.

Después de los primeros días de frío llegaron días más suaves, cargados de un ligero esplendor que movía las cabezas peladas de los árboles. Yo seguía envuelto en mi edredón, pues el invierno arreció y las cabezas de los árboles se cargaron de nieve.

Todavía guardo las fotos de París.

3 Comentarios

  1. No me hace nunguna gracia

    «y descargué el golpe. La pata izquierda de Cucú quedó separada en el acto. El gato maullaba como quien no comprendía bien lo que estaba pasando»

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