Hay dolores-personas que una guarda dentro con cadenas y candados, con plástico sellado al vacío, para que ni el aliento se escape. Debajo de la vesícula. No, preferiblemente detrás de algún órgano que no sea fácilmente removible o descartable, no vaya a ser que, en medio de una cirugía de urgencias, te quiten el órgano enfermo y dejen al descubierto esos saquitos tuyos con membranas de otro, amarrados con dulzura o con rabia, o con temor de no olvidar.

Siempre he pensado que mi memoria fotográfica es como esa tabla de salvamento que de la nada aparece en el mar de las malas películas. Confío en que llevo guardada cada imagen que en determinado momento me resultó de interés y así me miento diciendo que me acordaré que en esta esquina de la parada rota, del cartel rasgado de «se permuta», hay un teléfono público que funciona, o que no necesito apuntar una dirección, que el lugar me hablará y me llevará a esta foto que guardo en alguna parte.

Él me dijo que fuera, pero que no fuera a su casa, que fuera a otra casa que no era su casa. Busqué esa casa que no era la suya a la que había ido alguna vez. Llegué a la cuadra, pasé la cuadra, y no encontré la casa, pasé otra vez, y no encontré una puerta abierta, una señal de que en alguna casa estuviera él. Pasé otra vez, entendí por qué son importantes los números, son certezas que me ayudarían en este momento en que no puedo recordar si era la casa pintada de amarillo hace treinta años y que ahora es azul y verde y marrón y rosa, y naranja y gris, y gris. Un 306 o un 204 me rescataría de este mirar sin fin, de este momento en que ya empiezo a temblar pensando que nunca encontraré la casa que no es la casa de mi amigo, que esta es mi última oportunidad, que estoy en el mar y la tabla de salvamento solo aparece en las malas películas, que si no encuentro la casa que no es la casa de mi amigo ya no veré a mi amigo.

El cielo ha empezado a gritar lo que ya es inminente. Estoy en 100 y 51, bajo un Marianao gris, sé que hay un teléfono público aquí en esta esquina, no, no es aquí, será más abajo, tiene que ser. Aquí está el teléfono, y funciona. Vamos, Olivia, que no es tan grave. Es este viento que viene con fuerza y que ya no te despeina. Hace unas horas me quité todo el cabello, me harté y me rapé.

Él me dijo que no estaría en su casa, que no podría hablar por teléfono, que mejor no llamara a su casa. Mi amigo se estaba yendo del país. Ya eso no era tan grave en estos tiempos, se estaba yendo en avión, de forma legal, pero falsificando algún documento relacionado al servicio militar. Mi amigo estaba en edad de captación. Habían ido a la escuela de teatro a revisar a los varones, yo le había dicho que no se hiciera pasar por loco como todos, que hiciera algo que había visto en Hair, la película de Milos Forman. A un muchacho lo descartaban en la escuela de cadetes por tener las uñas de los pies pintadas de rojo. Mi amigo lo hizo, creo que no le revisaron los pies.

Detrás, muy detrás de los huequitos del auricular se escucha timbrar, siento que estoy a punto de quebrar todo un plan en el que no creo, pero no es mío, y me amputaría un brazo antes de estropearle la vida así a otra persona. Lejísimo de mi casa, nadie sabe que estoy aquí, no puedo llamar a nadie más, él me advirtió nervioso que no contara a nadie que su partida sería hoy.

—Oigo? —me dice una voz desconocida que ya siento que es la voz del fin.

—Buenas, mi nombre es Olivia, necesito hablar con Julián —del otro lado otra vez el silencio del miedo, insisto casi colgando.

—¿Oigo? ¿Sí? ¿Julián está?

Y como si recorriera kilómetros de distancia la información, la voz ajena se deja escuchar hiriente como el chirrido de una uña.

—No, Julián no vive aquí. Julián se mudó a provincia con su mamá.

Yo sabía que mi amigo estaba a unas cuadras de mí, aunque había perdido el camino hacia él. Pero también sabía que era necesaria la desinformación. Y colgué. Y empecé a llover yo y las nubes que hacía rato cuchicheaban sobre mí.

Volví a la cuadra, volví a otra cuadra. Pensé que podría soportar el frío de mi calzón mojado por la lluvia, de mis medias mojadas por la lluvia, de mi cabeza sin cabello golpeada por la lluvia. No sé de dónde llegó, estremeciendo a Marianao, un viento helado que aterrizó en mi blusa mojada sobre mi cuerpo empapado. El frío te saca la humanidad por los dientes, y a mí me arrojó a la rabia. Entonces di la espalda a quien me daba la espalda, a la casa amarilla que no aparecía, a la voz ajena que mentía sobre el paradero de mi amigo, a mi memoria selectiva y vaciada, a la hermana de mi amigo por reclamarlo, a la mamá de mi amigo por llevárselo para siempre, a mi amigo por ser parte de mí y arrancarse de mí, amputarme así la dulzura de sus ojos tristes, verdes y tristes.

Le seguí la corriente al viento, y me fui, y cuando yo me voy no paro hasta encontrarme lo suficientemente lejos para que nadie intente siquiera buscarme. Me fui de Marianao, me fui de La Habana Vieja, me fui de La Habana y paré cuarenta y cinco minutos después en casa de mi novia en San José de las Lajas.

Siempre he pensado que nuestra historia en la isla está contaminada por tantas separaciones dolorosas, que mi historia no es la más terrible, que no debía sentirme afectada por una separación así. Al final, este amigo, no era un novio, o un primo, o un hermano, y es cierto, él se llamaba Julián y no era nada mío, pero cómo explicarlo, él se llamaba Julián y era yo.

Julián, así con nombre de poeta que no sonríe, lo vi por primera vez en casa de una amiga. Teníamos 14 años, queríamos ambos entrar a la escuela de teatro. Yo venía de una escuela-militar-de ballet, y estaba seca y sola y cansada, pero sobre todo muy aburrida de las personas. Y lo encontré a él, con su bolsa tejida que era más larga que su cuerpo, con su cabello rubio que engañaba, y sus ojos desordenados y verdes, desconcentrados y marrones, desobedientes y amarillos. Sus ojos, cuando te encontraban, te acribillaban, de vidas pasadas, de preguntas, de nuevos sabores, y a veces simplemente no se encontraban, salían de paseo a otra parte, a otro lado del mundo, donde no podemos mirar los humanos. Este animalito pequeño con su risa podía mover los muros.

Pudimos entrar a la escuela. Y, no sé por qué, no pudimos perdernos de vista otra vez. Él era un pedacito de muchacho, amigo de nadie y de todos, era de estas personas que a su lado cualquier ser, a pesar de sus latidos, se convertía en cosa, en mesa, o en cama. Yo misma era una silla. ¿Mi vanidad?, una de natilla de limón, nada, suavecita así; agradecida como cuando eres testigo de un secreto, de la crecida de un río, o del amor entre los insectos. Este niño podía faltar a clase y dar como excusa un dolor en el codo, y la profesora más agria sonreía derretida.

Mientras dependió de nuestra voluntad, hicimos todo para permanecer pegados. Después hubo ideas de otros que nos separaron, profesores, novixs, familia, enredos. Siempre regresábamos a nosotros, que era otro ser, uno hecho de sus carnes y mis huesos, uno con sus ojos y mis tetas, uno con mis cabellos y su sonrisa, regresar al hogar, a la paz de saberte compartida, sin explicar, sin pedir, la frescura que sale previa a una mirada, previa a la palabra y al gesto. Eso previo era nuestro ser. Yo encontré en él lo inmenso detrás de una noche con hambre, la gracia de la vida en un cigarro robado, en un cabito compartido. Ese aliento que sale del deseo, inasible, que nunca llega a transformarse en algo que pueda nombrarse, definirse, ese suspense de una sonrisa ladeada, de un labio mordido.

Aquel día llegué a casa de Estela y en San José también había mal tiempo. Era yo la que llevaba la tormenta, la llevaba dentro. No sabía yo por qué lloraba tanto, me preguntaba todo el tiempo, me repetía las historias de terror que había escuchado, el sufrimiento de familias y amantes separados. Sentía que no tenía derecho a considerarme parte de esas historias. Entonces él llamó a casa de mis padres, llamó a otro amigo, y finalmente sonó el teléfono en casa de Estela.

Estela era mi novia y es una gran mujer, con varios años más que yo, conocía el pecado de negar una despedida. Yo no hice nada, yo quería introducir mi cuerpo en la tierra y gritar hasta que el dolor pasara o me comieran los gusanos. Pero ella hizo todo, y me llevó de noche por una carretera oscura e inundada, con su poca experiencia en el timón, hasta el aeropuerto. Lo encontré. Él, pelado igual que yo, en la fila para atravesar la puerta naranja. Esa puerta que marca la distancia definitiva, que rompe trozos de una, que desgarra la piel cuando se cierra tras un rostro que insiste en verte una vez más. La misma que varios años después atravesaría yo, logrando entender lo que nadie puede describir, el bofetón, el gancho en el estómago que te espera pasando la puerta.

Lo llamé, él abrió sus ojos y se abalanzó. Me abrazó, yo lo abracé, nos tocamos las cabezas calvas, nos reímos en la coincidencia, no recuerdo si lloraba. Ese silencio que viene después, terminal, en el que puedes escuchar cada murmullo dentro tuyo, en el que puedes escuchar el dolor que cae y no tiene adónde llegar, y ante el vacío flota boca arriba, viéndote de frente la cara, preguntándote qué vas a hacer con él.

Los años transcurrieron y se volvieron más injustos cada vez. Lo vi después de cinco años en su primer viaje de visita a La Habana. Él regresó en otro viaje y yo ya me había ido de La Habana. Luego yo fui a Madrid, me quedé en su casa, pero él estaba otra vez en La Habana. Ese día en el aeropuerto nos despedimos con 18 años, ahora tenemos 36. Hace 13 años que no nos junta la vida, ni de casualidad. No sé por cuánto tiempo, pero fueron muchos años los que estuve diciendo para referirme a él: «Julián, mi mejor amigo». Mucho tiempo aseguré con pestillo el lugar dónde lo oculté.

No conozco una sola familia en la isla que no haya sido separada, que no le hayan amputado una oreja, un pulmón, una lengua, un órgano vital, o uno prescindible, da igual, y es que hasta los apéndices duelen cuando se extraen. Yo lo he guardado a él, a este mi dolor-persona, he crecido sin él, he dejado de ser un poco yo también, para poder crecer sin él. Él no me conoce, yo tampoco le conozco. No hemos estado en esos momentos en que uno crece y se entera que el futuro que mirabas con distancia es este presente, que está siendo ahora, en la vereda por donde caminas. Y que no hay rastros de Julián en ella.

Tengo 36 años y no conozco a mi mejor amigo llamado Julián, no sé qué le apasiona, no sé qué le duele o le enfurece y le irrita la piel, no sé qué le provoca más, si la fresa o el chocolate, o si, como yo, prefiere siempre el rizado de… La fuerza de gravedad se hace más grave cuando me enfrento al vacío de no saber adónde van sus ojos cuando se pierden. Mi nombre es Olivia y tuve un mejor amigo llamado Julián, como sé que existe una Claribel que tuvo un mejor amigo Alberto, o un Alberto que tuvo una mejor amiga Teresa, o un Orlando que tuvo un mejor amigo Pancho, o una Claudia que tuvo un mejor amigo Félix, o un Julián que tuvo una mejor amiga llamada Olivia, o un Carlos que… 

1 Comentario

  1. …el vacío insondable de la despedida. La mirada de mis padres cuando me bajé del carro y los besé, intentando aguantar las lágrimas, intentando no pensar en cuánto tiempo demoraría en verlos de nuevo.
    Ese es el vacío que has logrado captar…

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