III Acto. Coreografía: Marius Petipa. Música: Leo Delibes.

¡Más rápido, se te va la música! No, no puedo, no me alcanza el aire. ¿Qué vas a hacer, parar la audición? ¿Podrás soportar las miradas de toda la escuela? Te van a obligar a repetirlo, tú sabes que es así. Me duele la uña, creo que está sangrando. Si te detienes vas a tener que salir corriendo del salón, mejor, de la escuela, y no podrás regresar nunca más. Tú sabes, Olivia, que esto no te importa, que tú ya no quieres ser bailarina. Haz lo que te piden, aguanta un poco más, la vergüenza, la sangre en los pies, las miradas de lástima. Un poco más. Pero todavía falta la diagonal, no tengo fuerzas para los piqués, se me va a torcer el tobillo. Ya estás aquí, respira, aprieta la barriga, aprieta el trasero, estira las rodillas, baja el empeine, levanta la cabeza, baja los hombros, no pierdas la música, no entres antes de tiempo, disfruta, sonríe. ¡Ahora!

Tengo 14 años y estoy cansada. Me pesan las pecas de la nariz, las pestañas, me pesan las rodillas, las uñas, me pesan hasta las orejas. No puedo moverme a pesar de mis escasas 90 libras, no a la velocidad que me demanda Marius Petipá. Por más que lo imagino, nunca logro llegar a la diagonal con oxígeno en los pulmones. Siento que hoy el mundo se acaba, es más, siento que el mundo para mí ya acabó, yo morí en él, con un dolor agudo en el bazo, pálida, sin dignidad.

La uña del dedo gordo del pie se ha puesto negra, a punto de desprenderse. Son casi las siete de la noche, atravieso el Capitolio de regreso a mi casa. El día terminará en unas dos horas como mucho. Después de bañarme, después de comer, me quedaré dormida antes de que termine el episodio de las «aventuras» de turno. Mañana otra vez me despertará mi madre a las cinco para estar a las seis en la parada de guagua, para poder llegar a las siete y quince a la clase de ballet. Llevo cinco años en esas. Me embarga la certeza terrible de haber perdido el sentido de la vida.

Estoy por cruzar Monserrate y una voz dulce me detiene. Es una amiga de mi mamá a la que le da mucho gusto verme después de algún tiempo. Me pregunta por la familia, por todos. Me pregunta a mí, emocionada: «Mírate cómo has crecido, eres toda una bailarina, ¡qué linda! ¿Cómo te va en la escuela? Supongo habrá pasado medio segundo, pero yo sopesé mis 14 años, y quizá por el dolor en la uña o por el dolor en los huesos, o quizá por algún disfrute oculto en decir la verdad. «Mal», le respondí, y su sonrisa envejeció. «Ay, no digas eso, mijita», ya sin hacer contacto visual y consultando la hora en su reloj. Yo insistí. «No, sí, me va mal. No voy a pasar de nivel, no soy buena bailarina. No sé dónde ni qué estudiar el siguiente año. Lloro todos los días porque me siento una planta ornamental de la que se han olvidado, aunque esté en medio de un pasillo». Pobre amiga de mi mamá que ni siquiera puedo acordarme de su nombre.

Lo que puedo asegurar es que no me obligaron. Yo recuerdo verme bailar en la pantalla del televisor apagado. Y recuerdo después llorar por no querer quedarme en el salón sin mi mamá. Pero yo quería ser bailarina, es lo que siempre me dijeron, por eso las clases, por eso después la preparación para las pruebas de admisión. Por eso la niñez perdida.

Lo cierto es que llegó ese mes en el año en que no te dejaban espacio para una media ilusión. Era costumbre, y regla, y orientación, que todxs, absolutamente todxs las niñas y niños de cuarto y quinto año de la escuela de ballet Alejo Carpentier se presentaran a las audiciones para elegir a quienes nos representarían en el Concurso Nacional de Ballet de La Habana. Sin excusas ni pretextos, la vergüenza era obligatoria y necesaria.

En el tiempo de la audición se multiplicaron los esguinces, las torceduras, las salidas de rótulas, los desgarros de cuádriceps. El desgaste de los cuerpos, la fuerza de gravedad se hacía más grave, la física te escupía en la cara. A mí, por ejemplo, me revolcaba otra vez en la imposibilidad de mi cuerpo. Pero todo esto ya lo sabía, ya lo aceptaba, y lo devoraba. Aunque algo todavía me superaba: ese momento en que debía reconocer, ante un público que no quería verme, mi incapacidad de cubrir con rigor las expectativas.

Cuando entramos en la escuela, a los nueve años, éramos un grupo de 16 niñas con dos moños en la cabeza, lazos caídos y extremidades filudas. Por el camino fuimos perdiendo a una Lissete, dos Claudias, y a una Heidi que la pasaron al grupo nocturno. «No todas tienen lo necesario para llegar a ser… » es posible que haya sido la frase más escuchada por todas en esos años. Te la van diciendo para que te entre y te salga y te vayas con ella. Y cuando alguna desiste, se entiende que deserta de una guerra. Pero, como mismo supongo pasa en las guerras, las desertoras son las más felices. Se terminaron para ellas los sueños de ser bailarina, pero también los gritos en la clase de ballet: «¡Lisset! ¿¡Ya tienes pendejos y todavía no sabes hacer un fondu!?»

Ya no somos niñas, no, y estamos en el peor lugar para que nuestro cuerpo comience a delatar pubertad. A casi ninguna se le nota la edad ni el desarrollo hormonal. El ejercicio en exceso, dicen, poncha el desarrollo, y por lo que estoy viendo a mi alrededor parece cierto. Salvo unas cuantas, todas las demás son tablas de planchar, no hay nada que asome, algún brote o despunte. Por suerte para ellas, eso aquí dentro es lo normal y bien visto. Peor lo tienen las demás, que de pronto les ha salido tetas, o caderas, o trasero. Mi profesora de ballet es una mujer negra inmensa, que me tiene viviendo con las nalgas apretadas y la pelvis hacia dentro. Así pienso yo que podré evitar su grito de: «¿Pero, niña, de dónde tú has sacado ese culo de negra?

Siempre fingí vergüenza porque era lo correcto aceptar que eres culpable y responsable del fenómeno de cuerpo que puedas tener, creo que así se sentían mejor ellas, las profes, sabiendo que estas desgracias amorfas no tenían que ver con la calidad de su trabajo como entrenadoras. Bailarinas que no llegaron a ser, veían también en nosotras la continuidad del fracaso. Ellas mismas no estaban ahora en un lugar más soñado porque en su momento fueron o muy bajitas, o muy altas, o muy gordas, o muy esqueléticas, o muy negras, o muy feas, o muy planas, o muy inteligentes, o muy rebeldes. Pero mi vergüenza se manifestaba solo delante de ellas y para ellas, en el recinto escolar. En la calle quería sacar todo mi cuerpo que crecía, mi supuesto culo de negra, pero no sabía si era que ya mi pelvis estaba deformada o que no lucía lo suficientemente atractiva para el mundo normal. Para el mundo normal yo era otra tabla de planchar más.

De alguna manera ya lo acepté, ya lo entendí. En el pasillo del segundo piso, pasando la escalera, había un pequeño corredor en el que, para llenar el espacio vacío, o quién sabe por qué razón, alguien puso un macetero bajo la sombra de las escaleras. El macetero alguna vez estuvo a la vista de todos, quizá cuando la malanga, ahora de plástico, todavía hacía fotosíntesis. Escondido, pero a la vista de todos, sobreviviendo en la sombra, acumulando sin escándalos el polvo, con su interior lleno de tierra abrazando un tallo de plástico verde y muerto, pero frondoso.

Yo también comencé por el primer piso. Entré a la escuela en el cuarto puesto del escalafón, luego de interminables pruebas físicas, médicas, y artísticas. Después de casi cinco años, ya había llegado más arriba que el macetero, asignándome el honroso puesto de la suplente de la suplente en cualquier coreografía, baile, o actividad.

Todavía no entiendo cómo me aceptaron desde un inicio. Seguramente habrán pensado que podrían corregirme con el tiempo o la fuerza. Mi problema comenzó desde mucho antes de que me saliera el trasero, mi problema siempre estuvo ahí. «La niña se esfuerza mucho, pero usted sabe, mamá, su problema son las rodillas».

Tuvo mi madre que escuchar esta letanía en cada reunión y transmitírmelo después con cara de desesperanza, rabia, agotamiento, incluso a veces con la risa en la punta de la lengua, y nos reíamos entonces las dos. Las rodillas, lo menos reformable en nuestra estructura ósea, era lo que debía cambiar si quería ser bailarina. Sobresalían y armaban un garabato en la línea de piernas lisas y etéreas y difuminadas que debía haber en la escuela cubana de ballet.

Respira, Olivia, vas bien. No, no es cierto, ya me ha temblado la pierna dos veces al bajar de la punta, y el gemelo izquierdo ya está acalambrado. Te faltan tres, tres tiempos y se acaba, termina sonriendo, por favor, no demuestres lo gris que hay detrás de tus cachetes encendidos. ¿Por qué tengo que hacer esto? Porque es la regla. ¿Por qué no puedo parar como se hace en las películas, y decirle a todas lo que a mí no me gusta de ellas?

La profe grande que se duerme en clase y todo el mundo le teme, pero puede ser la más noble de todas, la profe cruel del chicle en la boca, la profe graciosa que te humilla con cariño, la de contabilidad, la auxiliar de limpieza, la del comedor, la que riega el macetero de plástico, y el macetero mismo. ¿Por qué debo enseñarles las costuras de mi fracaso? ¿Por qué debo hacerme cargo también de recoger los pedazos de mi adolescencia destruida, una vez más sobre el tabloncillo?

Termino en tiempo, al menos eso. La música concluye justo antes de que se desborde todo el fracaso. Saludo a mi público, que permanece en silencio, agradecido por la mediocridad del esfuerzo. Recuerda sonreír. No, cumplo todas las demás órdenes, pero no esta. Tengo 14 años y en este momento no hay un solo músculo o arteria que no esté al borde del colapso, no hay un solo nervio que no me grite que grite. En cambio, camino tranquila y logro sentarme en el tabloncillo, poniendo toda mi atención en el chicle que alguien dejó pegado. Guardo entre mis muslos la vergüenza y las manos temblorosas que me delatan. Nadie debería atreverse a pedirme que sonría.

5 Comentarios

  1. Bello texto, Olivia, experiencia no narrada y contada de manera magistral. Gracias, no terminaste como bailarina, pero puedes empezar, siempre, como escritora. Ojo y mano tienes, gracias por compartirlo

  2. Hermoso relato Olivia. Gracias por “desnudarte” de esa manera. Aún recuerdo un día de mi cumpleaños, hace muchos años ya, quizás veinte, me hiciste uno de los regalos más bonitos que me han dado: bailaste improvisando una pieza de Piazzola para mi Que fortuna

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