La caída de los dioses

    Este mes de diciembre la revista británica Sight and Sound anunció el resultado de la encuesta que cada diez años determina las cien mejores películas de todos los tiempos. En los meses anteriores las redes sociales se llenaron de expectativas acerca de los primeros puestos. Muchos exhibían sus selecciones personales, lo cual implica un tipo de equilibrismo que oscila entre lo analítico y lo pasional. No obstante, académicos, críticos, directores de cine y simples usuarios de las redes sociales fallaron en predecir la escalada vertiginosa de Jeanne Dielman (Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, 1975) de Chantal Akerman hasta el primer puesto de la lista. En 2012, esta película ocupó el lugar 35, el más alto obtenido jamás por una mujer en la selección de la revista adscrita al British Film Institute desde su primera edición en 1952.

    En aquella temprana encuesta los participantes eligieron el filme italiano Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio de Sica como la más importante de la historia, y durante las siguientes cinco décadas ese puesto se reservó para El ciudadano Kane (Citizen Kane, 1942) de Orson Welles. Sin embargo, la lista de 2012 generó muchas polémicas cuando el filme de Welles, paradigma del cine moderno, fue destronado por Vértigo (Vertigo, 1958), de Alfred Hitchcock, con la diferencia de más de cuarenta votos. Muchos especialistas argumentaban que la nueva ganadora carecía de relevancia para la historia del cine más allá de su depurado tecnicismo y su elegancia visual. Ambas películas, sin embargo, tienen muchas cosas en común. Como ha escrito Laura Mulvey, las dos «son películas de Hollywood que se beneficiaron enormemente de la supremacía tecnológica de su momento, pero ambas son películas de fijación, fuera de sintonía con el sistema de estudio». Representan a la industria, al tiempo que desmantelan su capital artificioso. En lo que sí toman caminos diferentes es en la ambición de sus proyectos. Citizen Kane juega al cine trascendental, mientras Vertigo se propone conquistar al gusto masivo. No obstante, el triunfo de la segunda consiste en su movilidad, demostrando una capacidad intrínseca para evocar tanto al cine de género como al más exquisito cine intelectual. 

    A pesar de los extraordinarios valores profesados por estas dos películas, su retroceso en la nueva encuesta refleja un malestar in nuce en las entrañas de estas célebres selecciones. Para muchos, se había vuelto casi intolerable encumbrar una perspectiva demasiado blanca, masculina y heteropatriarcal sobre la base de aciertos formales. Sin embargo, la manifestación de ese fastidio alrededor de las nuevas mejores películas de todos los tiempos ha provocado una contraofensiva que si bien ha tomado muchos foros públicos, se manifiesta con más intensidad en las redes sociales. Algunas veces esta pugna emerge como un debate productivo, pero en muchas ocasiones toma el camino del linchamiento y la desaprobación tácita. Los resultados de la encuesta han generado polémica en todas las décadas, como sucede siempre que la producción cultural se organiza de forma jerárquica para ser sometida a escarnio público, pero nunca esa reacción se había convertido en un campo de batalla de estas proporciones. Para colmo, la selección de Sight and Sound coincide con un aumento inusitado de discursos de odio hacia comunidades LBGTQ, comentarios antisemitas y racistas en plataformas como Twitter, de acuerdo con los resultados del Center for Countering Digital Hate publicados por The New York Times

    De entre las cien mejores, es posible reconocer 11 películas dirigidas por mujeres (cifra que no deja de ser conservadora), a lo que se suman varios directores negros. Pero más allá de los incómodos habituales, estas inclusiones también se discuten acaloradamente en foros académicos, entre críticos y realizadores (incluso, algunos de los participantes están polemizando sobre su resultado), y finalmente también hay debates entre cinéfilos y espectadores comunes. En este cruce de opiniones podemos enumerar a obsesivos asistentes a salas oscuras (sean cinematecas o no); quienes exploran los confines del cine más radical en infinidad de sitios web especializados (piratas o no) y quieren que esa sed privada sea reflejada en una encuesta pública; están los profesores universitarios que canonizan las películas de acuerdo con sus líneas temáticas; también se manifiestan los nacionalistas, los activistas, los fanáticos, los partidarios de Harold Bloom y su prole analítica, y un largo etcétera de usuarios con variadas sintomatologías. Los efectos de esta oleada de contenidos se traducen en discusiones bizantinas sobre qué películas deben estar y cuáles no, argumentos agasajados con citas o simples apelaciones a gustos personales, que llevan como coletilla la ya consabida lista personal de películas favoritas. 

    Ese desacuerdo no es privativo de películas, sino que emerge ante cualquier lista selecta (sea de libros, temas musicales o cualquier otra forma de consumo cultural). La intervención de diferentes gradaciones del ejercicio de un conocimiento (en este caso particular, el don de la apreciación fílmica), se une a otro grupo de cuestiones, tanto estéticas como políticas, que moldean el gusto social de una época. Pero fuera de los efectos de la encuesta de Sight and Sound, vale la pena pensar en los resortes que hicieron posible su radical diversificación. En esta serie de textos me interesa, sobre todo, profundizar en los mecanismos de la votación y sus efectos en la encuesta como un camino para entender la fragilidad de eso que Pierre Bourdieu llamaba «distinción». 

    Si bien la lista completa ha estado bajo debate, la polémica principal se centra en la nueva líder de la lista. ¿Es Jeanne Dielman la mejor película de todos los tiempos?, se preguntan muchos analistas en diferentes medios de prensa. Sin embargo, la pregunta carece de sentido, como también fue irrelevante para los casos de Citizen Kane, Vertigo y Ladrones de bicicletas.  La única certeza que tenemos descansa en que estos cuatro filmes obtuvieron la mayor cantidad de votos en sus respectivos momentos. Ahora la encuesta está encabezada por un filme originado en el corazón del feminismo occidental de los años setenta, como antes lo estuvo por dos representantes del modernismo cinematográfico y artífices de la aceptación del cine industrial norteamericano como objeto artístico. El cambio de lugar es también un cambio de paradigma, ya que prueba la victoria de la crítica cultural sobre la perspectiva formalista en el terreno cinematográfico. Sin embargo, conviene revisar de forma breve qué es exactamente Jeanne Dielman y por qué su triunfo es tan plausible como el de las anteriores ganadoras. 

    A grandes rasgos, el filme de Chantal Akerman se enfoca en tres días en la vida de Jeanne Dielman, una viuda de mediana edad que cuida de su hijo adolescente con el poco dinero que obtiene de la prostitución. A diferencia de Citizen Kane, aquí no hay uso de grandes angulares ni de numerosos extras, como tampoco hay una construcción innovadora del tiempo a través del montaje, o distorsiones de perspectiva obtenidos con efectos de cámara tal y como sucede en Vertigo. En poco más de tres horas y quince minutos, el filme explora la circularidad de la rutina doméstica de esta mujer descentrada, mostrándola a través de una cámara fija mientras cocina, se baña, come con su hijo a la mesa, pela unas papas, limpia el apartamento, se acuesta con clientes asentados que pagan y se marchan en silencio. La repetición de estas actividades banales se produce con tal parsimonia, que las distancias entre ficción y realidad comienzan a difuminarse. La representación termina por convertirse en la vida, de tal manera que todos esos momentos aburridos comienzan a adquirir un significado diferente. De hecho, alguna vez comentó la propia Akerman que había realizado la película para dar a todas estas acciones típicamente infravaloradas una vida en el cine. A través de una lectura atenta, podrían descubrirse en la película muchas de las cualidades celebradas en las prototípicas grandes obras del cine. ¿Acaso la profundidad de campo no está aquí también conectada a la profundidad del sujeto? ¿No se confronta también aquí a la audiencia, al generar un conflicto en las expectativas sobre la trama y el personaje?

    En ese sentido, la emancipación de ciertas estructuras opresoras del cine, como el guion y el montaje, confluye de manera orgánica con el rigor impuesto al tiempo, las tomas, la iluminación que sustenta un relato de opresión femenina. Su premisa minimalista no conduce a la simplificación de las interpretaciones, sino a su complejidad, tal y como ha sugerido Laura Mulvey.  De hecho, objetos una y otra vez filmados como la ducha, la mesa del comedor, el pelador de papas, etc., terminan por abandonar su carácter utilitario para adquirir una considerable densidad simbólica. Todo ese mundo armónico del apartamento se desfigura bajo la influencia de una exterioridad que terminará por manifestarse de forma violenta. En el tránsito del primer día al tercero, la película abandona su carácter intimista para dar paso a una iconografía propia del cine negro, todo dentro de la estrecha movilidad que brinda el estilo cinematográfico elegido por la directora. Buena parte de las discusiones en torno a Jeanne Dielman y la encuesta de las cien mejores películas intentan reflejar un carácter puramente estético. Para los detractores del saldo, los resultados de la encuesta son el producto de una operación política o cuando más, de un ajuste de cuentas. Sin embargo, sería hermoso pensar ese giro en cuanto al gusto y la percepción de una comunidad, dígase crítica o especializada en la apreciación cinematográfica, como una emancipación. ¿No es acaso la estética esa región de la política donde se quiebran todos los consensos? La nueva encuesta de Sight and Sound no se aparta de una perspectiva estética para acomodarse a las demandas coyunturales del feminismo o cualquier otra tendencia global, sino que restaura la posibilidad del debate sobre el cine, sus legados y su efecto en la realidad.

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    3 COMENTARIOS

    1. Cuál es el criterio para evaluar una película
      Dirección. actuación escenografía
      diseño de vestuario iluminación ?

      Cuantas películas que eran importantes dejan de serlo al cambiar la sociedad de valores morales o estéticos?

      Decidir es algo que si no se es técnico si debe decir me gustó o no

    2. Excelente analisis. Va a ser muy interesante ver la lista de votantes y las selecciones de cada cual que, si no me equivoco, saldran en el numero de enero.

    3. No me opongo a la elección de este filme como »la mejor de todos los tiempos», para nada: estoy completamente a favor de la actualización estética de los postulados que rigen nuestro consumo cultural. Ya veremos quién se mantiene en la próxima lista, cuando las tornas de la preferencia estilística hayan mutado de nuevo.
      Ahora, lo que sí me parece monumentalmente catastrófico es la «inclusividad» de dicha jerarquía: son ideas mías, ¿o realmente no hay ni una sola película latinoamericana? ¿Será que la base de datos de Sight and Sound solo se reduce a la comunidad occidental y a sus amiguitos asiáticos, dígase Japón, Korea, Hong Kong?
      A pesar de la feliz excepción que constituyen un filme senegalés y otro húngaro, así como un par ruso-soviéticos, siempre he considerado la creación de cualquier lista de enfoque holístico como un completo error.
      Prefiero los filtros genéricos, temporales o nacionales a la universalidad impostada.

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