No tendré nada que festejar, no tendré ganas de sonreír pero vos tampoco, la culpa nunca te va a dar paz, ni en épocas de navidad…

Lady Macbeth

No puedo dormir, doy vueltas. Hay una palma afuera de la ventana grande por donde se filtra la noche. La bauticé Lady Macbeth desde que llegué a la casa. Es un poco mi conciencia. Le cuelgan pencas secas que se aferran al penacho del que curiosamente siguen naciendo brotes nuevos. La palma no me deja ver el cielo en toda su plenitud. Se interpone entre la noche y yo como una advertencia. Hincada en el medio del patio, la palma es un aguijón que duele.

Podría mirar a otro lado, jugar a que esa isla ya no importa. Sacar cuentas que me reconcilien con mi ausencia. La mitad de mi vida ha transcurrido fuera de Cuba. Los últimos años que me atan a La Habana fueron personalmente oscuros. Los más oscuros de toda mi existencia. Podría intentar revivir esos años que he empujado hondo para desembarazarme de todo, pero no puedo. Las noticias de estos días me coagulan el alma.

Mientras doy vueltas en la cama, se suceden las imágenes de ese recinto humilde de San Isidro, pintado a golpe de cal, donde la luz entra a jirones por los vanos. Trato de recomponerlo a partir de fragmentos fotográficos en mi interior. Repaso la cuerda que atraviesa el local como un hilo de vida que nos dice que es posible el tránsito de un extremo a otro si juntamos de a poco nuestras esperanzas, nuestros deseos, nuestros miedos y esta noche en vilo.

Mientras procuro recomponer el recinto para habitarlo de algún modo, repaso el pantalón que se airea sobre la cuerda, las toallas, las camisas que no pueden secarse al sol sino en la humedad de la casa. Sobre el suelo duro, en secuencia que replica la vergüenza de toda una nación. Los cuerpos de Luis Manuel Otero Alcántara, Maykel Castillo, Esteban Rodríguez, Oscar Casanella, Alfredo Martínez y Osmani Pardo resisten con dignidad pasmosa la embestida. En la segunda planta duermen, cuando pueden, Katherine Bisquet, Ileana Hernández y Omara Ruiz Urquiola. Busco a Anamely Ramos. Ahí está, junto a Katherine, devolviéndonos los rostros, esos primeros planos donde ya se hace visible la debilidad, los ojos cansados y el espíritu intacto.

Anamely soy yo hace casi treinta años, pero con la dignidad que yo no tuve.

La voz crispada de Iliana reclamando a su madre me martilla la cabeza: «Traigan a mi mamá que vino a despedirse de su hija que se va a morir en huelga de hambre porque unos cabrones asesinos como ustedes nos tienen aquí sitiados».

Casanella, biólogo, revisa los signos vitales de sus hermanos. La labor es interrumpida por el vaho de una sustancia fétida arrojada en medio de la noche por debajo de la puerta y desde el techo para contaminar el único suministro de agua: la cisterna que alimenta también a otros vecinos del lugar.

Ese vaho fétido lo conocemos todos. Es el miedo mismo que nos inmoviliza. Es mi madre parada en la cocina, diciéndome: «Ay, Janet, habla bajo, que te pueden oír». Hemos vivido en esa pestilencia toda la vida, va impregnada en la vergüenza. Irte no te libra de la hediondez en que nadamos todos.

La acera estrecha de la calle es inútil. La cuadra esta sitiada, como mismo está sitiado el país. El estado de sitio del que nadie habla es la desidia. Yo la conozco bien. Nada ha cambiado. Es intento de llegar al final del día sin que te señalen con el dedo, sin que te metan en la lista cada vez mas grande de los parametrados. Y mientras en la cocina seguimos balbuceando a cuentagotas nuestros sueños, le inoculamos el mismo miedo a nuestros hijos, que llevarán también esa pestilencia que no me deja dormir impregnada en el alma.

Yo no conozco a ninguno de los quince cubanos plantados hoy en San Isidro, pero conozco muy bien la impotencia que los compulsa, la convicción que les da ánimo en medio de la debilidad creciente, la dignidad que me devuelven y que yo misma no tuve.

Por eso, no puedo ni me atrevo a decirle a nadie que salga a la calle hoy a las tres de la tarde, o que alce esa voz que amordazan día tras día. Yo, como tantos otros, huí de la mazmorra. Pero mientras la noche se me agolpa, sí les digo que ese vaho te persigue por siempre. Esa sumisa indignidad es lo único que se hereda y te jode y no te deja dormir.

De esa mugre no te desprendes por más que te frotes las manos. Y si sucede una tragedia con alguno de esos 15 cubanos, seguiremos nuestras miserables vidas como si no pasara nada, pero lo sabemos todos, habremos de lavarnos la vergüenza sin remedio una y otra vez todos los días, tratando de limpiarnos la sangre de cada uno de esos cubanos, bajando los ojos cuando nos miren nuestros hijos, que, para ese entonces, tampoco ellos podrán dormir.