¿Dónde está Fernando Bécquer?

    El pasado 12 de enero, con tres días de retraso a los rumores, el Tribunal Provincial Popular de La Habana dio a conocer en una escueta nota oficial el cambio de sanción al trovador cubano Fernando Bécquer, acusado formalmente ante la ley por siete mujeres cubanas, de la treintena que lo hizo en medios de comunicación. 

    Bécquer había sido condenado, el 19 de octubre último, por delitos de abusos lascivos contra seis mujeres que participaron del juicio, realizado en el Tribunal Municipal de Centro Habana. En sentencia oral se aseguró a sus sobrevivientes denunciantes que su resolución sería de cinco años prisión subsidiada con limitación de libertad. En Cuba lo llaman popularmente «del trabajo para la casa». 

    Pero la nota del Tribunal Provincial habanero nos revela un dato interesante, que nunca fue informado a sus sobrevivientes/denunciantes: «una sanción alternativa de tres años y cuatro meses de limitación de libertad (libertad vigilada), originalmente impuesta por sentencia firme». 

    En otro claro episodio de revictimización y de violaciones al debido proceso, la treintena de denunciantes públicas de este depredador sexual se enteraron de que nuestras alertas sobre el proceso de apelación del sujeto violento habían conducido a una disminución de la sentencia oral, considerada ya irrisoria. 

    ¿Qué cambió la suerte de Fernando Bécquer? ¿Escribir sendos textos en sus redes sociales reiterando sus ataques contra el feminismo, contra sus denunciantes, contra sus redes de apoyo? ¿Violar el pacto de complicidad que por más de dos décadas sostuvo con instituciones y directivos del Ministerio de Cultura y sus instituciones (UNEAC, ICM), con el Partido Comunista de Cuba, único en el poder por más de seis décadas, con la propia Federación de Mujeres Cubanas (FMC)?

    ¿Les parece que el pronunciamiento tardío de la FMC es suficiente? ¿O el de Lis Cuesta, esposa del secretario general del PCC, que secundó a la organización oficialista ese mismo día en Twitter? A mí no, o no del todo. Sería como si nada de lo que he visto hubiera ocurrido. 

    Fernando Bécquer / Foto: Twitter/@elbecquerdecuba

    Algunos hechos comentados en primera persona

    Al día siguiente de que este medio publicara el primer reporte sobre las violencias a las que Bécquer había sometido a cinco jóvenes cubanas, en 2021, el Consejo de Ministro se sacó de debajo de la manga su «Estrategia integral de prevención y atención a la violencia de género y en el escenario familiar». No habían transcurrido 24 horas de la denuncia en El Estornudo y menos tiempo para las mujeres que se reconocieron en esas historias. Porque resulta que lo que El Estornudo destapó el 8 de diciembre de 2021 era un secreto a voces por más de dos décadas de sus más allegados, de sus cómplices.

    Ni el Ministerio de Cultura de Cuba ni la oficialista Asociación Yoruba de Cuba se pronunciaron, pese a ser interpelados públicamente por formar parte del patrón del depredador sexual. La última todavía guarda silencio, aun cuando mancilla a la religión yoruba al usarla como móvil para violentar a mujeres no solo cubanas. 

    A partir de la primera denuncia formal de la escritora Elaine Vilar Madruga, la FMC asumió la batuta de la investigación. No solo estableció que la única estación policial en la que se podría denunciar era el centro en el Vedado de Zapata y C, sino que nunca lo dijo públicamente. Entonces, no sabemos si alguna otra mujer en Cuba, fuera de La Habana, tuvo la fuerza para denunciar y le sucedió lo mismo que a Massiel Carrasquero en 2015. 

    La creación de Juntas en las redes sociales, un espacio de acompañamiento para sobrevivientes, fue una respuesta ante el desamparo en el que se encontraban las víctimas al revelar sus historias. Ninguna representante de la FMC se interesó por ese grupo, en el que estas mujeres buscaban información, asesoramiento, acompañamiento, respuestas, apoyo. Es más, la FMC, utilizando a una denunciante/sobreviviente como vocera, sin importar la revictimización que esto supone, propuso un camino para aquellas cubanas que residían fuera de Cuba que quisieran denunciar.

    Nada de esto apareció en un comunicado oficial ni en un medio de comunicación oficialista, aunque la Fiscalía General y el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) reiteraran sus compromisos en la lucha contra la violencia machista e indicaran adónde dirigirse en sentido general por aquellos días. Tampoco esto funcionó. Ninguna de esas mujeres, incluida la colombiana Paula Ramírez, recibió siquiera acuse de recibo al email de la Dirección de Atención a la Población de la Fiscalía. 

    Entre la treintena de mujeres hubo quienes ni se propusieron denunciar ante las instituciones oficiales. Por el descrédito de años de inopia frente a las violencias machistas, por miedo a las represalias de compañeras que sufrían acoso de la policía política o simplemente porque lo punitivo en Cuba ha sido usado para reprimir a activistas y ciudadanía, decidieron, si a eso se puede llamar decidir, no legitimar ese sistema.  

    El proceso de investigación estuvo plagado de otras revictimizaciones. Desde entrevistas extensas y reiteradas, pese a llevar sus testimonios por escrito para disminuirlas al máximo. No se permitió la denuncia colectiva, lo que habría facilitado el proceso a las denunciantes y quizá estimulado a otras a perder el miedo. El tratamiento a las denunciantes no fue equitativo. A unas se les brindó acompañamiento psicológico y legal por parte del equipo del oficial Centro Oscar Arnulfo Romero, a otras, no. 

    La «Estrategia…» de marras no funcionó. Se repetían con estas mujeres las historias de otras, acompañadas por décadas frente a los operadores del derecho, aunque el saldo para las denunciantes no haya sido malo, creo que en Cuba hemos naturalizado tanto la violencia que no podemos verla claramente, a veces ni siquiera nombrarla. 

    Durante casi un año el silencio de las instituciones fue cómplice de Fernando Bécquer y sus amigos, que cometieron en redes sociales delitos públicos de desestimulación de las denuncias, ciberacoso a denunciantes y redes de apoyo. 

    El 16 de marzo de 2022, tres mujeres cubanas que fuimos parte de la red de apoyo pública de las denunciantes de Fernando Bécquer, nos sumamos a la iniciativa lanzada por la plataforma Yo Sí Te Creo en Cuba y denunciamos ante la Oficina de Seguridad para las Redes Informáticas (OSRI) el acoso que sufríamos en nuestros perfiles de Facebook. 

    Entregamos informe colectivo y dos de nosotras, en Cuba, llamamos a los números que nos indicaron en la respuesta vía correo electrónico: «para el esclarecimiento de su reporte necesitamos que llame a nuestra oficina al 78644012 o 78644011».

    Nuestra denuncia quedó archivada porque «Cuba no tiene relación con los servidores de Facebook». Ante mi pregunta sobre la posibilidad de que pudiera servir para la defensa de las denunciantes por ser un claro delito de entorpecimiento de la justicia, la funcionaria que me atendió, identificada como Luisa Bello, me dijo que se encargaría. Nunca nos facilitaron número u otra forma de registro de la denuncia, a pesar de haber insistido en que estos ataques también se habían enfocado en sus denunciantes. En mi caso particular, por las características de su acoso contra mí, dejé claro en mi llamada a la OSRI mi temor a sufrir otro tipo de ataques, mientras maternaba sola con hija de tres años. 

    Ningún organismo oficial se pronunció, ni siquiera la FMC, que estaba al tanto por ser debidamente etiquetada en nuestras denuncias. Nada apareció en los medios de comunicación estatales sobre este caso en particular, desde que Cubadebate publicara un artículo que hacia el final lo menciona. El noticiero se permitió hacer una nota editorial, hablar de denuncias recientes, sin nombrar a quién ni en qué circunstancias. Es algo típico ya que en los espacios oficiales una tenga que leer entre líneas y acudir a la prensa independiente para entender el contexto.

    La impunidad de Bécquer, ante este silencio siempre cómplice, resultó en la primera y única declaración de Juntas, como colectivo de mujeres que se acompañan. El 22 de abril de 2022 lanzaron una carta abierta a firmas. «¡Basta, Fernando Bécquer!», la titularon. 

    Para el día 30 habían reunido 250 rúbricas de artistas, activistas, ciudadanía e instituciones, entre las que se encontraba la de la cantautora mexicana Vivir Quintana, invitada a la Feria del Libro de La Habana. 

    Quintana es la autora del himno feminista «Vivir sin miedo», con el que yo adormecía a Nina cuando la represión contra nuestrxs amigxs, activistas y contra nosotras mismas se arreció a mediados de 2020. Ella estaría en La Habana. El día fijado para su concierto yo tenía que hacer gestiones relacionadas con Nina del otro lado de la ciudad. Sabía que no llegaría a tiempo. Yo había logrado apoyos de feministas de Guatemala y Venezuela, sitios en los que Bécquer había cantado. Pero en México no había encontrado la ruta. El objetivo no era solo sumarse a la denuncia, sino que si alguna mujer en esos países era sobreviviente y leía lo que estaba sucediendo en Cuba, tuviera un lugar, una red sorora y efectiva para vivir su proceso de justicia y restauración. 

    Escribí a la representante de Vivir, que ya estaba en el avión sin comunicación. Me dijo que, apenas se conectara, le dejaría saber que yo quería contactarla para que se solidarizara con nuestras hermanas denunciantes y con el movimiento feminista cubano. Así fue. Con Vivir intercambié sendos correos electrónicos y una videollamada (tuvimos que apagar mi cámara porque mis conexiones eran muy malas) justo antes de su concierto. Y pedí ayuda a colegas jóvenes que sí podrían llegar al concierto. No solo tuvimos su firma sino que permitió que se leyeran las demandas del feminismo independiente cubano y que más personas firmaran «¡Basta, Fernando Bécquer!». Lo intentamos con la cantautora mexicana Eugenia León, pero nos cerraron los caminos, incluso aquellos que conocía como periodista para colarme en el Teatro Nacional. Dos veces no nos dejarían. Pero lo intentamos. 

    Por su parte el MINCULT, a través de su ministro Alpidio Alonso, aseguró a la colombiana Paula Ramírez, el 30 de abril de 2022 en Buenos Aires, donde reside, que sobre Bécquer caería «todo el peso de la ley». Aunque también dijo que el artista no podía subirse a un escenario, sí lo hizo en algunos espacios oficiales y privados durante el proceso de investigación, como fue reportado y documentado por colegas suyos y activistas. Lugares capitalinos estatales como La Madriguera y Casa de las Américas le permitieron actuar. También se presentó en Coco Blue y La Zorra Pelúa, del artista José Emilio Fonseca Fuentes, JEFF. Alonso asegura que fueron invitaciones de sus «amigos». 

    Durante el período de investigación se rumoraba que Bécquer tenía una medida cautelar por la no podía presentarse en escenarios y debía acudir sistemáticamente a una unidad policial a firmar. Los rumores indicaban también que para esta última disposición se trasladaba en autos oficiales del MINCULT y que hasta el propio ministro le había hecho de chofer. En lo personal no pude confirmar ninguna de estas versiones, aunque pedí a las autoridades transparencia. No fue hasta el encuentro con Paula que Alonso confirmó que Bécquer no se encontraba en prisión domiciliaria, pero cuando salía a la calle «se le viene todo arriba».

    Tras la acción de Paula en Buenos Aires varias personas me dijeron que no estaban dispuestas a firmar una carta que había sido entregada el ministro del manotazo, como se le llamó a Alonso luego de que intentara arrebatar el móvil al periodista independiente Mauricio Mendoza, cuando transmitía en vivo una protesta de artistas frente al MINCULT, el 27 de enero de 2021. Alonso además permitió que lxs artistas y periodistas fueran secuestradxs en una de las llamadas «guaguas del terror», ómnibus utilizados con estos fines por la policía política durante las manifestaciones. Antes había avalado la persecución y el acoso contra el Movimiento San Isidro, el Instituto Internacional de Artivismo Hannah Arendt, y el Movimiento 27N, surgido a raíz de las protestas contra su ministerio por mantener secuestrado a varixs activistas del MSI, tras su acuartelamiento en su sede de San Isidro, La Habana Vieja.   

    En Cuba todo pasa por esa política. Es una polarización que se resiste a la Justicia. Confieso que hubo momentos en los que pensé que nos entregarían a Fernando Bécquer por la presión que habíamos logrado hacer y otros en los que me di por vencida, aunque seguí acompañando. José Luis Cortés había muerto sin que ningún tribunal de Cuba respondiera a la acusación formal de La Diosa, su sobreviviente. Bécquer es menos importante para el oficialismo. No es famoso por su música sino por violentar a mujeres. Pero luego vino el silencio, no solo público, sino con las denunciantes. 

    El 18 de octubre último recibí un mensaje de una de sus sobrevivientes que no se animó a denunciar formalmente, por ser acosada debido a su activismo por los agentes del Estado. El juicio sería al día siguiente. Teníamos dos posibles lugares, según las fuentes: el Tribunal Popular de Diez de Octubre o el de Centro Habana. Cualquiera de las dos opciones confirmaba que sería tratado como delito menor. Pero de lo que sí estábamos seguras, porque pudimos confirmarlo, es de que el abogado defensor de Bécquer sería Francisco Javier Tapia, abogado oficialista al que había visto mentir sin pestañear en el NTV sobre las condenas a manifestantes pacíficos del 11 y 12 de julio de 2021 y esconder el encarcelamiento de menores de edad durante estas protestas en Cuba. 

    Al día siguiente, en el Tribunal Municipal de Centro Habana se encontraron, por primera vez, seis de las siete mujeres denunciantes (una había salido del país). Quiero denunciar que tres de esas mujeres llegaron sin abogados que las defendieran. Sus voces fueron escuchadas, pero solo cuando las otras tres, sí debidamente representadas, habían terminado. Estas tres mujeres debieron esperar fuera de la sala. ¿Por qué la FMC, a cargo, permitió que esto pasara? ¿Por qué no tuvieron abogadxs defensores estas jóvenes cubanas? ¿Por qué revictimizarlas más?

    Así llego al inicio de esta nota. He contado una parte de un año de la vida de muchas mujeres cubanas y algunas latinoamericanas, de sus redes de apoyo, solo para preguntarle al Estado cubano, otra vez: ¿Qué cambió la suerte de Fernando Bécquer? ¿Una declaración tardía de la FMC? ¿La intervención de la «Primera Dama»? Y, sobre todo, ¿dónde está Fernando Bécquer? ¿En una prisión cubana o en una casa de protocolo como el violento Kcho? Son preguntas que también dejo abierta a lxs lectores de El Estornudo. 

    Sobre punitivismo (reescrito a partir del post del músico cubano Abel Lezcay)

    Este epígrafe comenzaba con mi posición política sobre la justicia punitiva. Pero el joven músico cubano Abel Lezcay publicó un post de respaldo a Fernando Bécquer condenable, revictimizador, machista, en el que equipara su condena con la de Bécquer solo porque «para mí de niño era un placer verlo junto a (Adrián) Berazaín* aquí en mi pueblo. Su filosofía me marcó», y habría sido Lis Cuesta quien consiguiera apresarlo. 

    Lezcay fue condenado inicialmente por sus protestas el 11J por «desacato agravado», «desórdenes públicos» y «desacato de la figura básica» a seis años de prisión, uno más que Bécquer, que, además, no estaría en prisión domiciliaria. El 15 de junio de 2022 él mismo anunció que su sentencia había sido modificada: «Ya salió mi sentencia. 5 años de limitación de libertad. Es en la casa, trabajando o estudiando. Me felicito. Muchas gracias a todxs por su gran ayuda». 

    El joven Lescay sabe lo que la cárcel significa. Él es el ejemplo de que el punitivismo no ofrece soluciones. Aparece en video de las protestas en su ciudad Bejucal, mientras agrede verbalmente a un policía local: lo llama «maricón», como si serlo fuera algo malo y se agarra la pinga. 

    No obstante al comportamiento machista, muchas colegas feministas nos involucramos en su defensa. Porque estamos en contra de la respuesta represiva del Estado contra manifestantes pacíficos, con las condenas no solo espurias sino desmedidas, y porque sabemos que el punitivismo no funciona, como sí la justicia restaurativa, la que parecía estar rindiendo sus frutos cuando el joven se disculpó con la comunidad LGBTIQ+. Pero Abel hoy no solo fue víctima de la polarización política, sino de una misoginia galopante e imperdonable. 

    Claro que no puedo creer en el punitivismo. Solo hay que mirar las cárceles cubanas para ver quiénes están allí: afrodescendientes, pobres, personas trans, mujeres que asesinaron a sus parejas porque las molían a palos y nadie las escuchó, presxs políticxs en un listado que se engrosa cada día; y observar cómo otros delincuentes mueren con total impunidad. Incluso después de muertos son intocables. 

    Cuando Bécquer fue sentenciado solo atiné a mandar un abrazo a sus sobreviventes. Pese a no creer en el punitivismo, el mensaje de la justicia cubana para otros depredadores y para las mujeres cubanas era claro: no valemos nada. Y pensé en Abel Lescay y en la mierda de país que nos ha tocado, donde solo unas pocas como Sandra Heidl y Krudas Cubensi y la plataforma YSTCC se atreven a pensar en justicia restaurativa.   

    Lescay me responde a un comentario: «depredadores sexuales somos todxs. Sorry. Es la naturaleza… Llevamos más de 70 años haciendo canciones acerca de la depredación y victimización sexual. Solo que Bécquer era feo». 

    Y, aunque no coincido, quizá tengamos que ir denunciando que cuando se trata de nosotras, de las violencias machistas a las que somos sometidas por hombres, necesitamos más que justicia restaurativa, un cambio de sistema, que tenemos que tumbar el patriarcado ya.  

    Mi denuncia feminista

    Sin temor a parecer una vieja paranoica, quiero alertar que siento que esta acción específica está relacionada con la arremetida contra el incipiente movimiento feminista cubano, también acompañante del MeToo contra Fernando Bécquer, y de mujeres en situaciones de violencia machista, con aval de la Federación de Mujeres Cubanas. 

    Los aparatos represivos del Estado han logrado zarandear el periodismo independiente, el incipiente movimiento LGBTIQ+, el artivismo y el activismo político con acoso, detenciones arbitrarias, destierros, represalias contra familias y redes de apoyo. Y un buen intento de acallarnos fue el Código de las Familias, con el que nos pusieron a pelear y nos distrajeron del medieval Código Penal aprobado sin consulta.  

    En 2020, la FMC, junto al Estado, fueron alertados del aumento de la violencia machista que supondrían las cuarentenas por COVID-19. Lo hicimos las feministas que creímos en las denuncias tanto de la Organización Mundial de la Salud como de colectivos de activistas de países que vivieron la primera ola antes que Cuba. Solo más tiempo en casa con violentos y aisladxs lo hacía lógico. 

    Pedimos una Línea de atención a mujeres violentadas. Nos dieron una, casi nueve meses después de que Yo Sí Te Creo asumiera nuestro acompañamiento vía celular que financiaban ellas, de su propio bolsillo. Y la FMC lo hizo mal: la línea 113 se usaba para adicciones e información sobre COVID 19. Varias mujeres que intentaron usarla no recibieron respuesta y fueron atendidas por hombres (una falta metodológica grave para estos mecanismos de acompañamiento). 

    Secuestraron el MeToo contra Fernando Bécquer y lo hicieron mal con las sobrevivientes, con sus redes de apoyo, incumplieron también su mandato con el Estado cubano y sus instituciones. 

    Siento como si estuviera leyendo la historia de los primeros años de lo que han llamado «Revolución cubana»: «demos unas migajas, cada vez más escasas y malas a las mujeres cubanas, desmantelemos el feminismo que nos lo recuerda, son mercenarias, al servicio de una nación enemiga, y reinemos en este medioevo hasta que el nuevo patriarca nos regale ollas reinas», me parece incluso escuchar la risa de fondo.  

    Solo que ahora ya no podemos ser ingenuas y confiar. Los hemos sobrevivido. Hemos sobrevivido la violencia machista también del Estado feminicida. Somos más de la mitad de Cuba y nos deben respeto. 

    Y, por favor, que alguien le diga a Lis Cuesta que, para el caso de Fernando Bécquer, a quien nunca nombró, hay instrumentos legales en Cuba más precisos que el Código de las Familias, que tampoco se traduce aún en leyes administrativas. 

    ¡Si tocan a una, respondemos todas!

    Bécquer me conoce

    Desde que en 2021 Mario Luis Reyes me confiara su intención de contar las historias de cinco mujeres violentadas por el trovador cubano Fernando Bécquer tengo una idea recurrente: Yo hubiera podido detenerlo.

    Conocí a Fernando Bécquer en 1995. Yo comenzaba a tener una relación que duraría por 15 años con el trovador Jorge García. Ya me había desligado de la llamada Nueva Trova Cubana. No tenía idea de quiénes eran esos jóvenes hasta que los vi en algún espacio al que Jorge estaba invitado. Lo único que puedo recordar de ese día es que todos eran hombres y todos tenían guitarras electroacústicas carísimas. Eso me llamó la atención. Luego alguien los llamó la generación de la Takamine, la marca de la guitarra cara, y ellos se pusieron «de la Rosa y de la Espina», cuando Casa de las Américas trató de contrarrestar Habana Abierta, antes generación de 13 y 8, conocida así por la dirección del lugar donde tenían sus peñas en La Habana. 

    A mí Fernando Bécquer no me marcó como músico. Creo que nunca fuimos a un concierto suyo, aunque Jorge lo invitó a la Ciénaga de Zapata a una gira nacional, en el año 2000. No puedo parar de reconstruir esos días. Quiero saber si violentó a alguna mujer con nuestra complicidad. 

    La última vez que lo encontré fue en la Casona de Línea. Había ido con amigxs a ver a Jorgito Kamakola. Conversábamos en un rincón del patio cuando un amigo me dijo: «Bécquer te está saludando desde el escenario». Levanté la vista y la mano, como gesto de ya, ya… y seguí. No escuché nunca lo que dijo. Y muero al pensar que con mi saludo, aún parco, yo lo legitimé para seguir depredando. 

    Hhubiera podido detener a Fernando Bécquer. Incluso yo sola. Y tendré que hacerme responsable de no saber que detrás del «niñaje» no había relaciones consentidas sino violaciones a mujeres, a amigas, a hermanas. 

    Nota:

    *Adrián Berazaín testificó en el juicio contra Fernando Bécquer.

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