Entre las muy pocos beneficios que trajo a Cuba el malhadado “período especial”, haber puesto punto final a las expediciones militares cubanas es seguramente el más grande, aunque Fidel, por supuesto, no lo haya visto como un beneficio, sino como una calamidad que le impidió seguir haciéndose el Napoleón en escenarios tan exóticos como las selvas centroamericanas y las sabanas de África.
La causa de la independencia fue cínicamente corrompida por el rampante oportunismo de quienes la esgrimieron, y aún lo hacen, repetidamente, para justificar su permanencia en el poder y la falta de libertades públicas. La independencia se convirtió en el discurso político cubano en un fin en sí misma, en una cuestión de orgullo nacional, un principio existencial, una obsesión, y no, como obviamente debería ser, un instrumento, la condición inicial que les permitiría a los cubanos, sin interferencia o imposiciones de otro país, conseguir una vida mejor.
Lo que Estados Unidos derrotó en Cuba, con la generosa contribución de Fidel, Raúl y sus adláteres, fue la posibilidad, que la revolución de 1959 creó, y muy pronto fue destruida, de una nación que fuera, todo a la vez, qué enormidad, independiente, democrática, igualitaria y próspera.
La principal táctica de la Microfracción parece haber consistido en hablar mierda. Se citaban en la granja de Aníbal Escalante, se tomaban unos rones, se jamaban unos puerquitos con tostones y yuca, y parece que en una de esas alguno pegó un tarro. Pero lo que más se hacía allí era hablar basura.
Lo que parece claro en Venezuela es que la gente no es tonta, que no se puede hacer política sin pensar en lo que la gente quiere. Quiero pensar que hay que tener paciencia. Si esta fuera una serie de televisión, es como si hora estuviera comenzando una nueva temporada.