Esta semana, Santiago de Cuba es una de noche y otra de día. Con la luz, todo es preparativo, ajetreo, policías moviéndose, carros que pasan con sus altavoces y le alertan al pueblo cómo tienen que vestirse y comportarse cuando la caravana llegue a la ciudad.
El chofer del taxi, de 54 años, ha salido a trabajar con la presión arterial descompensada. En casa, su esposa al despertarlo no previó que una taza de café matutina mezclada con la noticia de la muerte de Fidel Castro podría dispararle la hipertensión...
Todos los monstruos son humanos, y todos los santos también. Y Fidel quizá fue un santo monstruoso capaz de levantar la fe en el hombre nuevo, y también capaz de aniquilar al hijo pródigo; capaz de repartir panes y peces, y también capaz apuñalar a su primogénito en sacrificio para la entelequia revolucionaria.
He vivido la mayor parte de mi vida en un tironeo con Castro y la revolución. Mi yo romántico era desinformado porque para eso es el amor heroico, para enterrarse hasta los huevos y las tetas sin pensar demasiado.
Lo que parece claro en Venezuela es que la gente no es tonta, que no se puede hacer política sin pensar en lo que la gente quiere. Quiero pensar que hay que tener paciencia. Si esta fuera una serie de televisión, es como si hora estuviera comenzando una nueva temporada.