La estela de decisiones conservadoras de los tres magistrados nombrados por Trump (y quizá un cuarto, si Sonia Sotomayor, de 72 años y diabética, tiene que retirarse) podrían terminar siendo su legado más importante.
La lucha por una Cuba sin dictadura no puede aislarse del paso que dicta el mundo contemporáneo. Tantas décadas de castrismo y de cubanocentrismo han fomentado cierta idea de la exclusividad. Tanto la redundancia triunfalista del régimen como el victimismo conveniente de parte de la oposición han creado la idea de que Cuba y su gente son el rojo en la diana.
La realidad es que en el sistema político norteamericano es prácticamente imposible quitar al presidente de su cargo. No existen, como sí en otras democracias, los votos de (no) confianza, la sustitución parlamentaria o el referendo popular.
¿Existe un camino pragmático para avanzar en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba sin sacrificar las demandas del pueblo cubano de «pan y libertad» ante la conveniencia de un «acuerdo» de Trump o la insistencia del régimen de La Habana en permanecer en el poder?
Lo que parece claro en Venezuela es que la gente no es tonta, que no se puede hacer política sin pensar en lo que la gente quiere. Quiero pensar que hay que tener paciencia. Si esta fuera una serie de televisión, es como si hora estuviera comenzando una nueva temporada.