El mirador de Guápulo

    El pueblo queda en una ladera. Tiene un mirador, al frente el vacío; dos montañas y una abertura. La iglesia está ubicada en una planicie a mitad de la cuesta. El pueblo está en el lado derecho de la Avenida de los Conquistadores, subiendo a lo que todos conocemos como Quito. Para acceder al mirador hay que pasar un pequeño puente; los travesaños de madera son viejos y suenan cuando alguien pasa sobre ellos. Un señor merodea por el lugar; al parecer vende algo para los turistas. El sujeto dice: «No pasa nada… Esas tablas resisten». 

    El mirador de Guápulo es pequeño. Es una zona de escape. Muchas parejas (jóvenes) vienen al lugar; llegan tomadas de las manos como si fueran a lanzarse al abismo. Se quedan allí unos cuantos minutos mirando al vacío. Unos jóvenes solitarios se sientan en el borde del contén que da al precipicio, con las piernas colgando. Llevan parlantes, audífonos grandes que les cubren las orejas: escuchan rock. Están vestidos con sudaderas negras, con capuchas; no se les ve la cara. Sacan de sus bolsillos pequeños bultos de mariguana; hacen cigarrillos. Miran hacia los valles. Saben que allá abajo, a unos pocos kilómetros, no hace tanto frío, que hacia allá abajo se han mudado las personas más adineradas de la ciudad.

    El mirador de Guápulo / Foto: Cortesía del autor

    He venido muchas veces a este lugar, especialmente cuando no quiero encontrarme con ningún amigo. Cada vez soy más arisco. Al principio me sentía mal aquí; sobre todo porque casi todos vienen en pareja, o con amigos, se hacen acompañar con música y cigarrillos prohibidos. Yo estoy solo. Tengo un cuaderno donde hago mis anotaciones y un bolígrafo comprado al por mayor. 

    Respirar el aire en ese borde de la ciudad puede ser un desahogo. Yo he venido sin penas ni alegrías. Si miramos desde lo alto hacia esta parte de la ciudad, las casas parecen desbordarse como la espuma de las cervezas. Las casas acopladas en las hendiduras, entre las montañas, agarrándose como alpinistas. Las casas suspendidas en el aire gracias a pilotes de concreto que corrigen el desnivel de las plataformas.

    Estoy sentado en un piso de cemento sin pulir, corrugado. Estoy cerca de una pareja. El muchacho me mira; sostiene sus ojos sobre mí, disimuladamente. El muchacho besa a su novia. Tiene una voz ñoña (es muy común aquí). Tiene el aspecto de los cantantes de country: tiene una barba tupida, lleva una chaqueta de cuero y botines de punta. Al estirar el cuello para besar a su novia se le dibujan unas venas azules, se le ve el corte preciso de la navaja, delimitando el peinado. Se nota que hace poco fue a la barbería. Pero al hablar se desmorona la seducción. Su voz debería ser ronca, borracha, desfachatada. Pero su voz es todo lo contrario; es infantil, por momentos afeminada. Me causan tanta repulsión esas voces que parecen pedir limosnas de cariño.

    El sol no ha salido; la niebla se apodera del espacio. Es una nube baja que pasa. Los turistas toman fotos; los solitarios escuchan música; los novios se besan, engarzan candados con sus nombres y lanzan las llaves al vacío. Nunca me ha gustado eso de botar la llave, de perderla; ¿no sería más sensato guardarla, por si la relación no funciona? Pero conservar la llave sería atesorar la posibilidad de la ruptura, y solo pensar en ello destruiría cualquier romanticismo. Los novios siguen besándose, hay humedad en esa unión. Él muerde ligeramente el labio inferior de la muchacha. Ese simple gesto denota posesión; el hombre es quien muerde, quien tiene el control, aunque sea ligera la mordida. Yo esperaba que la muchacha devolviera la presión de sus dientes en los labios del joven, pero no sucedió. Ella se limitaba a recibirlos, con sus bigotes, a lo sumo metería la lengua en la boca del joven. Ahora se ven más despejadas las cúpulas de la iglesia, y el espesor de los árboles. Al caminar por Guápulo se aprecia cómo los moradores han cubierto las laderas con nylons negros. Cuando llueve el agua corre por la superficie de plástico, de manera que insistentes lluvias de la región no arrastran el sustrato.

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    Si los vecinos de la zona no tomaran esa precaución, los terrenos podrían agrietarse, se desplomarían masas de tierra y, en poco tiempo, el pueblo mismo caería al precipicio. Ir a meditar los días en algún borde ha sido siempre uno de mis paseos predilectos. Me sentaba en el malecón de La Habana para perderme frente al mar, hundirme en las aguas de azul eléctrico, cuando el color se hace tenebroso. 

    Aquí no hay variaciones. Todo penumbras, luz opaca; hace una semana que el sol no sale. Muchos de estos jóvenes no conocen Guápulo; aun así, prefieren quedarse a mirarlo desde arriba. El pueblo es pequeño; sus construcciones son coloniales. No quiere unirse con la avenida González Suárez.

    El mirador de Guápulo / Foto: Cortesía del autor

    Llegan dos ciclistas. Lucen cuerpos espléndidos. Visten licras negras súper ajustadas hasta mitad de las piernas. Traen cascos, y no se los quitan; en este caso, sería una verdadera provocación. Ya resulta demasiado ver esos cuerpos atléticos, remarcados por el tejido oscuro. Las piernas de los ciclistas están peludas. Los vellos negros y encrespados hacen resaltar la piel blanca. Conversan entre ellos. El abrigo del más corpulento se alza. Es notorio el bulto en la entrepierna; tiene el pene a un costado, sin erección, pero estimulado por el roce al pedalear. Debido a la ropa que usa, los testículos se pegan a los muslos. Estos ciclistas me recuerdan a los bailarines de ballet. En más de una ocasión fui a ver funciones solo para ver el bulto de los bailarines, a contraluz: cómo se creaba un área de sombras debido a la protuberancia. 

    La llegada de los ciclistas ha detenido por un momento el cuchicheo de quienes disfrutábamos en el mirador. Al parecer, los ciclistas esperan a un tercer amigo para ir a almorzar. 

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    Yanier H. Palao
    Yanier H. Palao
    Yanier H. Palao (Cuba, 1981). Escritor y artista plástico. Sus manos han envejecido prematuramente por su antigua labor como restaurador. Sus manos han acariciado más la piedra de cantería, el yeso, las rejas de hierro, que la piel humana. Le interesa lo escondido, recoger fragmentos, desechos, con ellos construye artesanías que después vende. Le hubiera gustado ser arqueólogo. Ha publicado, entre otros, los libros: Sombras del solo (Ed. Holguín, 2005), Peces en bolsas de nylon (Ed. Ávila, 2009), Música de fondo (Ed. La Luz, 2010), A la intemperie (Ed. Holguín, 2011), Vaciados (Ed. Aldabón, 2011), Esteros (Ed. Abril, 2013). Ha recibido numerosos premios entre los que se encuentran el “Premio Calendario” en Poesía, 2012 y la beca de creación literaria que otorga el proyecto “Torre de Letras”, 2016. En el 2018 publicó Óxido por Letras Cubanas. Recientemente ha salido a la luz País excéntrico, publicado por Iliada Ediciones.
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