Un palomo copulaba con una paloma en el techo de la iglesia de San Carlos Borromeo que se alza en el patio de manzana, cuando me levanté esta mañana. Tienen una curiosa manera de follar esos bichos. El tipo se encarama sobre la hembra como en equilibrio. Un poco como la niña en La acróbata de la bola, el cuadro de Picasso que guardan en el Museo Pushkin de Moscú. Me quedé observándolos unos instantes, oculto tras la ventana. El palomo no parecía muy contento con la situación para lo que uno le sabe de contento a los machos que copulan. Ciertamente, el comportamiento de la paloma y la manera en que lo hacía vacilar y descolgarse podía calificarse como resbaloso. En el bamboleo de la paloma (¿la llamaría él «Paloma» en ese lance íntimo?) había algo de picardía. Y el palomo, desganado equilibrista, parecía uno de esos tipos que ya vienen de vuelta de todo. No sé si eyaculó al final, cuando se alejó zureando como de camino al bar o al quiosco.

Por mi parte, avancé hacia la ducha canturreando Gavilán o paloma, la hermosa canción de José José.

«¿Y a este qué le pasa hoy?», le preguntó M. a Bruno.

Desayuné té y una tostada zapeando entre CNN y Al-Jazeera. La pandemia es fea, porque mata, pero además es simplemente fea, poco vistosa, iconográficamente chata.

Karlheinz Stockhausen, el maestro de las Klavierstücke, dijo de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 que habían sido «las mayores obras de arte jamás realizadas». La expresión, hiperbólica sin dudas, pero suculenta en lo que al arte de la performance que él tan bien conocía se refiere, le costó convertirse en una suerte de paria hasta su muerte un lustro más tarde. La idea era tremendamente jugosa por repugnante que resultara a la sensibilidad embotada por el horror terrorista. La espectacularidad del suceso, su registro en la memoria individual y colectiva con detalles extraordinariamente precisos (el avión impactando, las torres ardiendo y desfondándose, las extraordinarias siluetas de quienes saltaban recortadas sobre el fondo rayado del edificio, la generación de colección y archivo desde distintos ángulos…) favorecían su percepción como un objeto artístico.

La pandemia del COVID-19 me luce un suceso más basto artísticamente hablando y de escaso potencial visual. La dimensión del control y la vigilancia de la población que implica y multiplicará tendrá un saldo en el arte, eso sí. El arte y más el de estas últimas décadas es, como el capitalismo según Gilles Deleuze y Félix Guattari, una máquina que se reproduce fagocitándolo todo. Como el virus, por cierto. Pero dejando eso de lado, esta peste probablemente tendrá que acabar conformándose con su inscripción en la historia económica, que es por cierto la más interesante de todas las esquinas de la historiografía. Así perdurará en la memoria y el archivo: como miseria y muerte, objeto medieval.

El repartidor de Amazon me dejó las bolsas en el ascensor. Estupor al abrirlas. Había pedido dos bolsas de patatas de tres kilos cada una y habían venido cinco. Más tarde comprobé lo que era obvio: había sido un error mío. ¡Y no tengo hamburguesas! Me siento como el astronauta español de aquel viejo chiste que se llevó al espacio diez cartones de Ducados y bajó de la nave un año más tarde pidiendo fósforos como un poseso. Mañana le dejaré a mi vecina anciana preferida una bolsa en la puerta.

Trabajé toda la tarde sin permitirme ninguna distracción, como es habitual estos días. El largo paseo que daba cada día a las siete y media en punto de la noche y que terminaba encontrándome con M., haciendo algunas compras y, en ocasiones, continuaba en la barra de algún bar del barrio ya parece el pasatiempos de un pasado remoto. Me desagrada un tipo concreto de esas imágenes y memes que se multiplican estos días. Concretamente, las que muestran a personas que trabajamos con las letras y actividades conexas en un juguetón ejercicio del «antes» y el «ahora», es decir, antes y después de la eclosión de la pandemia, con el propósito de sacarnos una sonrisa mostrando que nada ha cambiado. Que si antes trabajábamos en casa, ahora lo hacemos igual. En la misma pose doblados sobre la mesa y en la misma soledad. Me irrita, digo, porque no hay igualdad alguna entre aquel antes y el después de esta sobrevida. Yo mismo hace quince días estaba sentado a esta misma mesa, traducía, editaba, corregía o escribía vistiendo la misma ropa, escuchando la misma música, alumbrándome con idéntica luz… ¡Pero no era igual, oigan! ¡Yo no era igual! Porque no me estaba muriendo de miedo entonces. ¡Porque el mundo no se estaba yendo al garete hace dos semanas! Hoy sí.

Me asomé ahora a la ventana a ver si había animación, pero el palomo duerme y la paloma estará soñando con faisanes. Sin embargo, se adivinan vecinas y vecinos moviéndose ahí enfrente. ¡Mira que soy inútil! ¡Comprar cinco kilos de patatas y no haber encargado unos prismáticos!