Hay quien le ha dicho que no sea boba, que recoja algunos tarecos y vaya para el gobierno municipal con sus hijos y se plante allí, hasta que le resuelvan para dónde ir. Hay quien le ha propuesto alquilar un camión y vaciar todos sus bultos en la Plaza de la Revolución y hacer un escándalo...
Son las cuatro de la tarde, el sol se disuelve en los cristales. La gente pasa, saluda, ofrece su homenaje particular. Están velando al director de la orquesta cubana más emblemática del último medio siglo. Un padre carga a su hijo de meses, se detiene ante el cofre y hace una reverencia. El bebé lleva un azabache dorado prendido en sus ropas, para evitar los malos ojos.
Se sabe: Pedro Juan Gutiérrez ha dejado de ser un escritor maldito, sin que eso sea necesariamente algo bueno. Como un fantasma carente de terror, ahora vuelve en ediciones masivas y oficiales y casi convertidas en patrimonio de la UNEAC.
Después de cumplir semanalmente con sus deberes en la clínica privada de Puyo, Navarro seguirá marchándose durante los fines de semana con un amigo chileno a las comunidades indígenas cercanas –como los arajunos–, para ofrecerles consultas gratuitas, llevarles medicamentos y aprender de sus costumbres.
Cuba parece más estadounidense cuando Major Lazer y DJ Diplo aterrizan en La Habana y levantan los ánimos de esta ciudad sin ofertas económicas, capital estacionaria.
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.