Somos figuritas inmóviles en el paisaje de la pandemia.
Presos en nuestras casas; formando colas separados unos de otros metro y medio para comprar leche,...
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.