Hay un Miami dramáticamente desenfocado pero no escrituralmente dramático, y viceversa. Ese Miami al que cualquier exiliado se acostumbra, el de no saber cómo vas a pasar gato por liebre pues no tienes ni gato ni liebre, si acaso un ratoncito de laboratorio, si acaso un gusanito.
Se venden libros en español pero no se compran libros en español, sobre todo se presentan libros, se lanzan libros, muchísimos. Porque en Miami, como en cualquier ciudad del mundo ancho y enorme, lo más imporante es la venta, de lo que sea y en el idioma que sea.
La nostalgia por la sociedad prerrevolucionaria impide encontrar la ruta de Cuba en nuevos movimientos e ideas, en los más radicales y sorprendentes, en lo político y en lo estético.
Lo que el mercado y la crítica literaria entiende por novela de no ficción tiene, por lo general, tres antecedentes precisos: la narrativa del new journalism americano (Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer, Joan Didion, Gay Talese…).
Podríamos pedir democracia, pero en esta ocasión, no seremos tan zoquetes. Pediremos, humildemente, algo bastante más simple, que sean abolidas las fuerzas armadas de Cuba.
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.