En ese momento de nuestra continuidad postmorten, los hechos, después de ocurrir como tragedia y como farsa (según la predicción de Marx), se han dispuesto para una tercera posibilidad: permanecer como estética.
Algo falla en la correa de transmisión entre los acuerdos en la estratosfera de la política y sus confirmaciones a ras de suelo. Tal vez porque la política se ha convertido un circuito cerrado que sólo compite consigo misma y sólo tiene ojos para sí misma.
Quiso el destino manifiesto —o el manifiesto comunista— que Mercader cerrara el círculo de su vida en la isla de donde salió su extremista progenitora: Cuba. Allí vivió sus últimos días en el anonimato, añorando Barcelona y condenado al “olvido amigo” del que ahora vuelve a ser, una vez más, rescatado.
La verdad es que si esto es lo que tenemos que saber del comunismo —este catálogo de obviedades que mueve más a la risa que al espanto—, lo más probable es que se consiga el efecto contrario y crezca el misterio de aquello que se pone en tela de juicio.
Duchamp había hecho una elección. Las elecciones que constituían la base de su obra se reflejaban en las negaciones de su vida privada. Había una cierta sangre fría en esas negaciones que llevaban consigo una cierta carencia de vida.
Lo que parece claro en Venezuela es que la gente no es tonta, que no se puede hacer política sin pensar en lo que la gente quiere. Quiero pensar que hay que tener paciencia. Si esta fuera una serie de televisión, es como si hora estuviera comenzando una nueva temporada.