Lo encontré sentado en el lobby del Hotel Pío XII, en Madrid, cerca de las diez y media de la mañana. Aquí, me dijo, viene a desayunar casi todos los días, de manera que ya conoce a los empleados al punto de llamarles por sus nombres, de la misma forma en que ellos parecen conocerle a él. Habla pausado, con acento madrileño, y en ocasiones ejecuta una perfecta pronunciación del inglés. Nada de esto me sorprende. Bobby, como le llaman los amigos, ha vivido buena parte de sus 74 años entre Nueva York y Madrid. Sin embargo, mientras nos presentamos, descubro un tercer acento, uno familiar, que hace por salir, aunque no lo consigue del todo. No es difícil saber de dónde le viene este acento, ni los reconocibles rasgos faciales que tantas veces vi en fotografías históricas. Roberto Batista Fernández es uno de los hijos de Fulgencio Batista Zaldívar, el militar, político y dictador cubano a quien derrocó Fidel Castro en enero de 1959.

La figura histórica de su padre no ha dejado de ser controversial y, a menudo, pareciera que hubo dos Fulgencio Batista. El relato histórico oficial en Cuba, que pertenece al régimen que le sucedió, lo retrata como un arribista que dio el tiro de gracia a la situación revolucionaria gestada en los convulsos años treinta y, desde entonces, como «el hombre fuerte de Estados Unidos» que, más tarde, ya como dictador en los cincuenta, fue responsable de 20 000 muertes en la isla (siguiendo acrítica e interesadamente una cronología de muertes políticas aparecida en la revista Bohemia a inicios de 1959). El otro Batista, en cambio, suele presentarse como restaurador de cierta estabilidad republicana tras el caos que dejó Gerardo Machado y, enfáticamente, como ganador indiscutible de unas elecciones democráticas en 1940 y como impulsor de una de las constituciones más progresistas de la época. Unos apuntan al autoritarismo y la violencia ejercidos en los años de su dictadura para reforzar la legitimidad revolucionaria; otros subrayan que desarrolló como nunca antes la economía del país. La contabilidad justa de los muertos en aquellos años, su procedencia y la de sus ejecutores, es un tema sin dudas relevante que, sea cual sea el número exacto, no eximiría a Batista. Según una investigación de Archivo Cuba, «El Hombre» fue responsable de mil 591 cubanos muertos en medio de una «guerra civil». Este saldo, muy inferior al «oficial», aun resulta tenebroso.

El motivo de mi encuentro con Roberto Batista es la salida de su primer libro, Hijo de Batista (Editorial Verbum, 2021). En sus más de 200 páginas, el libro recrea memorias de la infancia y la adolescencia del autor junto a su familia, intercaladas con reflexiones y datos que defienden una versión alternativa del ascenso y la caída del sargento que se volvió general, luego presidente y después dictador. Café de por medio, comenzamos a hablar.

Usted escribe casi al inicio de Hijo de Batista: «Nunca tuve la intención de escribir este libro». Entonces, ¿por qué se decidió finalmente a escribirlo?

Nunca tuve intención de escribir un libro. Soy abogado, no un político o una figura pública. Sin embargo, en una reunión con algunos amigos, todos cubanos e intelectuales, me preguntaron por qué no escribía un libro. Yo les dije que, sinceramente, no tenía nada que decir. O sea, ¿escribir de qué? Alguien me dijo que lo hiciera sobre mi vida, pero ¿a quién podría interesarle mi vida si no tengo una gran historia para contar? Y la respuesta que me dieron fue: «Pero tienes un padre que sí fue una figura histórica, que pertenece a la Historia de Cuba, y debieras contar lo que sabes de él, lo que vivieron en familia». Me convencieron. Y eso es lo que he hecho: recoger mi vida desde mi nacimiento, y el tiempo que pasé junto a la familia hasta la muerte de mi padre en 1973, en España.

El libro, además de sus memorias, presenta datos y valoraciones sobre el ascenso y la caída de su padre desde la década de 1930 hasta su muerte. Eso, supongo, debió llevar todo un proceso de investigación.

Sí, y fue un proceso que tardó bastantes años. Hasta los años noventa y tanto yo no podía oír hablar de Cuba porque me congelaba, o sea, me venía como un escalofrío interior que me impedía abrirme con las personas si mediaba el tema Cuba. Era como una timidez extrema. Y una vez, mientras trabajaba en New York, tuve, digamos, una epifanía y me dije a mí mismo: «Tengo que superar el tema Cuba, y la única manera de enfrentarme a eso es investigar». Fíjate, eso fue como en 1998, y la reunión con los amigos que me propusieron escribir ocurrió en 2017. Ya dispuesto a escribir, me tomé la investigación más en serio. Pasé muchísimo tiempo en la Biblioteca Pública de la 5ta Avenida, en New York, leyendo toda la prensa cubana de los años cuarenta y cincuenta, por ejemplo. Y completé aquellos con la lectura de historiadores y politólogos que abordaban aquel período histórico desde distintos puntos de vista e ideologías. De todo ese proceso sale Hijo de Batista.

Hijo de Batista aborda a un personaje complicado de la Historia de Cuba, pero también presenta un conflicto desde el presente. Ese conflicto creo que se resume en el momento en que usted escribe: «No es fácil para un hijo enjuiciar a su padre». ¿Cree usted que en el libro logra enjuiciarlo o esto solo quedó en un amago? ¿Cuán difícil fue enfrentarse a este desafío que usted se impone desde el inicio del libro?

Yo creo que me aproximé con justicia a la figura de mi padre en la medida de lo humanamente posible. Para un hijo, como digo, cuestionar todas las acciones de su padre es doloroso, y requiere de una reflexión profunda y de un estudio de los hechos históricos tal como acontecieron. Al final, en Hijo de Batista no he hecho más que lanzarme preguntas. Algunas las he contestado, y reconozco que otras han quedado sin respuesta porque, simplemente, no las tengo. Entonces, el libro es eso, una aproximación a mi padre que hice como ser humano y también como hijo.

Usted se plantea, desde el inicio, dar una versión alternativa en muchos aspectos de la historia oficial, es decir, del canon histórico del castrismo. Mi generación y la de mis padres, por ejemplo, crecieron con este canon. Por eso, al leer el libro, muchos lectores en esta situación encontrarán ciertos apuntes históricos completamente opuestos a los que les enseñaron. Quisiera mencionarle uno. Usted dice en el libro que un gran sector de la clase obrera, los sindicatos y el campesinado apoyaba a su padre después del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, sin embargo, la clase media cubana no tanto. ¿De dónde saca usted esta idea?

Los sindicatos estaban liderados por Eusebio Mujal, y él se entendía muy bien con mi padre. Pero esto va más allá, y hay que partir de que debe entenderse a las personas en su contexto, en su momento en la historia, y no apresurarse a juzgar desde hoy. Mi padre, en su tiempo, fue un hombre progresista, y eso es algo que no se dice. Allí están las estadísticas de la Cuba de esa época en cuanto a desarrollo económico y social. Mi padre fue campesino, vino de una pobreza absoluta y sí hizo cosas por el campesinado. Una de sus grandes obras fueron los Institutos Cívico-Militares, para que las personas del campo fuesen educadas. Hay que valorar lo que significa eso en aquella época y en la región de las Américas.

Roberto Batista Fernández / Foto: El Español

Pero una revolución popular se le enfrentó con armas y terminó imponiéndose.

Sí, pero, en verdad, la Revolución nace como consecuencia de una oposición al golpe de Estado del 10 de marzo. Esa oposición se hizo muy fuerte, desencadenó la violencia, se radicalizó y provocó la caída de mi padre. Además, el Departamento de Estado de Estados Unidos, en un primer momento, apoyó a la figura de Castro y no a Batista. De hecho, a mediados de diciembre [de 1958], el Departamento de Estado le exigió a mi padre abandonar el poder e irse. Entre la retirada del apoyo de Estados Unidos y la situación del terrorismo en Cuba, que se había vuelto una guerra civil, mi padre no resistió.

La historia oficial atribuye las primeras crisis económicas del país después de 1959 al hecho de que el gobierno de su padre, y su padre mismo, vació las arcas del Estado al salir de Cuba. Según esta historia, los barbudos entraron a La Habana y descubrieron que Fulgencio Batista se había llevado todos los fondos. ¿Qué hay de cierto en esta versión?

No creo que sea cierta esa versión. Mi padre dejó un país próspero, con riquezas, instituciones e industrias prósperas. ¿Si no cómo Cuba ocupaba un lugar tan privilegiado en el continente en todos los sentidos? Mi padre no dejó en una noche un país en ruinas ni en manos estadounidenses. Debe señalarse que, contrario a lo que se cuenta, buena parte de la industria del país estaba en manos cubanas y españolas, y no tanto en manos estadounidenses. Cuba, para la época, era una nación con una gran clase media; clase media que se opuso a mi padre y que confió en Fidel Castro.

¿No ha regresado a Cuba luego de su salida en 1958?

No. No tengo intención de volver a un país donde no se respetan las libertades y los derechos humanos.

Sin embargo, en el libro usted, de alguna manera, habla de Cuba como su Patria, o como también su Patria. Incluso, podría decir que transmite cierta nostalgia por un país en el que apenas vivió unos años. ¿Cómo sentir ese apego a Cuba después de haber salido del país tan joven y en circunstancias tan terribles como las que describe?

Pues muy fácil. Teniendo un padre que se sentía cubano por encima de todo, que estaba orgulloso de serlo, que amaba su país. Él vino de una familia campesina, y tenía muchas costumbres cubanas. A la hora de comer, ya en el exilio, sentaba a la familia alrededor y hablaba de Cuba, de las costumbres del pueblo cubano y de las cosas buenas que Cuba había dado al mundo y que seguía dando. Quiero recalcar esto, porque muchas veces se ignora: mi padre era un hombre que amaba a su país. Y eso lo transmitía muy bien a los demás. Yo era un niño que muy joven tuvo que abandonar el país, pero él se dedicó a enseñarme aquello de querer a Cuba y considerarla mi Patria. Hablaba de Cuba como un país próspero y creo que, a pesar de todo, eso fue lo que siempre quiso. Por el adoctrinamiento impuesto por Fidel Castro desde 1959 se ha obviado que Cuba era en los cincuenta un país muy próspero en las Américas y hasta en comparación con buena parte del mundo de entonces.

Otro aspecto que llama la atención en el libro es su defensa al respeto a la democracia, algo que lo lleva a criticar fuertemente el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. Usted, además, dice defender la idea de que en una Cuba democrática futura debiera respetarse la existencia de un Partido Comunista, y también cuestiona la decisión de su padre de haber ilegalizado este partido en algún momento. Me gustaría saber cómo concibe usted una Cuba democrática en el futuro.

Yo creo en la socialdemocracia. Creo en una democracia representativa donde todas las ideologías tengan su participación. En mi opinión, en una democracia, ni siquiera en Cuba, debiera excluirse a los comunistas. Un partido comunista es una opción política más entre otras muchas que puede haber en el futuro de Cuba. Además, no todos los partidos comunistas deben ser como el que gobierna el país ahora. Siempre que se respeten las leyes y los derechos humanos, no veo problemas. ¡De eso se trata la democracia! Y para Cuba quisiera una democracia progresista, un entorno político donde se respeten las libertades y se presenten avances en lo económico y lo social. Creo que mi vida en Europa y Estados Unidos ha influido en esta visión. Ahora, ¿cómo sería una transición democrática en Cuba? Bueno, esa es la pregunta del millón y no tengo una respuesta. Lo que sí creo es que esa responsabilidad está en esta generación de jóvenes cubanos. Si la transición no la hacen los jóvenes de hoy, pues no sé quién pueda hacerla. Las posibilidades están en que esta generación pueda ofrecer una alternativa política y de gobierno. Todavía no existe esa alternativa, pero debe ser encontrada y construida desde una pluralidad de posiciones políticas.

Quisiera retomar la idea de la influencia de su posición de hijo a la hora de juzgar la figura de Fulgencio Batista, y de esas preguntas que usted se hace. ¿Podría decir qué preguntas?

Quisiera dejar clara una cosa: yo escribí este libro desde la honestidad, y por eso me planteo preguntas muy dolorosas de las que no tengo respuestas absolutas. Preguntas sobre la corrupción y los vínculos de mi padre con la mafia. Contesté en la medida de lo posible y de algunas cosas no encontré pruebas, así que no doy certezas. Mi padre, por ejemplo, sí fue un dictador del 52 al 54, pero trabajaba para instaurar un orden democrático, y para ello convocó luego a elecciones. Mi padre ya había participado en elecciones limpias en el año 40, y en el 44 entregó el poder a la oposición. Después viajó por toda América Latina y lo recibieron como a un político respetuoso de la democracia, algo que no era común en el continente. Yo valoro a mi padre en su contexto y por sus características. Mi padre era un animal político, un hombre nacido para la política, y yo intento ponerlo en perspectiva, en su contexto histórico, y también lo valoro como el buen padre que fue.

Me llama la atención ese calificativo de «animal político» y de «nacido para la política». Por eso me pregunto, ¿qué fue de ese ímpetu político de su padre una vez sale definitivamente de Cuba? ¿Alguna vez pensó retomar el poder o actuar, aunque fuese de manera indirecta, para derribar el régimen de Fidel Castro?

Cuando él salió de Cuba decidió no volver a la política. Fue al exilio, primero a República Dominicana, después a la isla de Madeira, luego a Estoril. Y fue un período muy productivo para él, porque se dedicó a escribir libros para reconstruir su verdad histórica. Está Respuesta, que es su respuesta a las acusaciones contra su gobierno del 52 al 58, y también Piedras y leyes, donde recoge su obra política de los treinta a los cincuenta. En este último menciona muchas estadísticas valiosas sobre la prosperidad económica de la Cuba de entonces.

En el texto La Historia de Absolverá, Fidel Castro habla de una situación económica y social en la Cuba de 1953 muy distinta a la que usted dice que existía durante el gobierno de su padre. También es cierto que en la época Cuba mostraba índices de desarrollo muy superiores a otros países de la región.

Es lo que te mencionaba hace un rato: no se puede juzgar un período histórico a la luz de los acontecimientos actuales. En aquellos tiempos ni siquiera se reconocían derechos humanos que hoy en día sí se reconocen. El mundo ha avanzado mucho, igual que la idea de qué es desarrollo. Solo te pongo un ejemplo en lo jurídico. En aquella época existía la figura del hijo ilegítimo, y ahora no.

Otra cosa que me llama la atención es que usted afirma que, habiendo dado su padre un golpe de Estado con el apoyo del ejército y habiendo también violado la Constitución, erigiéndose así como dictador, muchos periódicos del país publicaron durante los siguientes años numerosos artículos en su contra.

Luego del golpe, antes de convocar a elecciones, mi padre tenía el control sobre todos los poderes, menos el judicial. Los tribunales siempre se mantuvieron fuera de su mando. Y la prensa también era independiente, y le criticaba. Su gobierno se había impuesto a la oposición violando las leyes, así que debía ser criticado por la prensa. Eso indica que había libertad de prensa. El propio profesor Jorge Domínguez, de la Universidad de Harvard, investigó sobre el tema y coincide en esto. Yo lo cito en el libro. Además, cuando mi padre fue presidente en el 54, que tal vez fueron unas elecciones cuestionables, él restableció la Constitución de 1940 y la tripartición de poderes. Y durante ese período en el Legislativo se mantuvieron representantes auténticos y ortodoxos.

Creo que quizás la escena más impactante del libro es la que describe su llegada a Estados Unidos en 1958 y la hostilidad de los simpatizantes de la Revolución. ¿Cómo vivió aquello y qué tanto le afectó?

La llegada a New York fue el 30 de diciembre de 1958. Fui con mi hermano Carlos, de nueve años, con la idea de que íbamos a pasar unas vacaciones allí. El aeropuerto de la ciudad entonces era más pequeño que ahora. Bajabas del avión y ahí mismo había una valla que separaba el aeropuerto de la calle. Y en esa calle lo que nos recibió fue una turba de cubanos, que a mis 11 años me pareció inmensa, gritándonos improperios, humillaciones, insultos. Nosotros no comprendíamos la razón de aquello. A mi hermano y a mí nos metieron en una habitación pequeña en la que mis padrinos, que fueron quienes nos acompañaron, tramitaban nuestro ingreso a Estados Unidos. ¡Y nunca supe por qué demoró varias horas, si llevábamos la documentación en regla! Nos costaba saber qué pasaba. A la salida del aeropuerto volvieron los gritos, los jaleos, los insultos. Y al llegar al hotel nos recibió la prensa con flashes, libretas de notas y periodistas haciéndonos preguntas. ¿Y qué iba a decir yo con 11 años? Fue una noche que me ocasionó un malestar muy grande. Es una noche que, en cierta manera, no ha terminado. De hecho, este libro se iba a llamar La noche más larga, porque ese momento abrió un paréntesis en mi vida que me ha costado trabajo cerrar y que, en cierto modo, sigue en una forma dolorosa. El estigma del «hijo del dictador» hundió mi moral, mi autoestima. Me sentía atacado y tardé mucho en tener la fuerza suficiente para sobreponerme a aquel trauma. Durante muchos años, excepto en casa, no podía hablar de Cuba ni oír hablar de Cuba. Sentía que era algo exagerado, pero no lo controlaba. Iba por la calle y si escuchaba un acento cubano me paralizaba y me decía: «¿Ahora qué va a pasar?» Después de años de Psiquiatría, de pasar varias sesiones reflexionando sobre aquello, he logrado un poco enterrar esos fantasmas. Yo era un niño en 1958 que creía que se iba de vacaciones para encontrar aquello en Estados Unidos, y luego enterarse de la realidad en un momento en que la familia estaba dividida. Mi padre había ido a República Dominicana con mi madre y mi hermano Jorge. Mis hermanos mayores estaban en New Orleans y mis otros hermanos en Daytona. Y la familia no se reunió hasta meses más tarde, en agosto de 1959, cuando mi padre pudo salir de República Dominicana hacia Lisboa, y de ahí a Madeira. Aquellos fueron meses muy difíciles.

¿Por qué su padre decide ir a República Dominicana como primera opción? ¿Alguna vez le contó por qué Trujillo le apresó?

El problema es que Trujillo pensaba invadir Cuba, y se lo propuso a mi padre. Claro, Trujillo pensaba ganar algo de esa invasión, y mi padre se negó completamente. Por eso lo metieron en la cárcel durante una semana, y luego sufrió constantes amenazas de muerte. La familia sufrió muchísimo en esos días en que estuvo en manos de Trujillo. Y respecto a por qué ir primero a República Dominicana, pues no sé. Nunca logré que me contestase esa pregunta. Mi padre siempre decía que la respuesta estaba en Respuesta, pero la verdad es que eso no explica nada. Ahí él solo dice que, al salir de Cuba, el piloto le pregunta: «¿Presidente, a dónde vamos? Es el momento de decidir». Y él le contesta: «Vamos a República Dominicana». Y ya no explica más. Así que las razones de ir a donde Trujillo no las tengo nada claras.

Durante el tiempo en que su padre estuvo en Estados Unidos, en los cuarenta, usted afirma que él sabía que el FBI grababa sus conversaciones telefónicas. Usted dice también que Estados Unidos le retiró el apoyo en su lucha contra Fidel Castro y su ejército rebelde. Y ya cuando se exilia, Estados Unidos le niega la entrada al país. ¿Por qué ese deterioro de las relaciones entre su padre y el gobierno estadounidense?

Sí, es cierto todo eso. Lo que pasó fue que no escucharon a mi padre. En la Cumbre de las Américas de 1956, celebrada en Panamá, mi padre advirtió de la expansión del comunismo en el continente. Durante esa década se dedicó a combatir el comunismo con métodos con los que no estoy de acuerdo. Ahora, ya en 1957, el periodista Herbert Matthews, de The New York Times, sube a la Sierra Maestra a entrevistar a Fidel Castro. Matthews convierte a Castro en una especie de héroe, un Robin Hood, una promesa de fortuna y prosperidad que no era comunista. Esa imagen caló mucho en Estados Unidos. En la sección de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado de Estados Unidos había funcionarios que simpatizaban con el Fidel Castro de entonces. En su libro El cuarto piso, el entonces embajador estadounidense en Cuba, Earl Smith, cuenta que en el año 58 en el Departamento de Estado muchos funcionarios hacían más caso a la imagen vendida por Matthews que a los partes que él mandaba sobre lo que podía esperarse de la figura de Fidel Castro. Eso, sumado a la inestabilidad política en Cuba, de la que culpaban a mi padre, hizo que le retiraran el apoyo. Llegó un punto en que mi padre había comprado armas al gobierno estadounidense y no se las entregaron. Sé que aquello lo desestabilizó. Y a los Estados Unidos, al final, les salió el tiro por la culata.

En el libro usted dice oponerse a todo tipo de violencia, sin embargo, tras el golpe del 10 de marzo de 1952 su padre instauró todo un estado de brutalidad policial y violencia. ¿Qué tan difícil le fue asumir esto en el libro?

Es verdad esto que cuentas, y no creo que sea difícil de explicar. Ante la oposición al golpe y la radicalización de esa oposición el país quedó dividido. Muchos creían que mi padre era el causante de todos los males. Debe entenderse que Cuba vivía una guerra civil, y había un Estado protegiéndose de ataques terroristas continuos en los que moría gente inocente, y también de la inestabilidad y la violencia. Era un gobierno plantándole cara a una oposición también violenta. Y sí, hubo violencia y atropellos por parte del gobierno de mi padre, pero también en la parte contraria. En un momento de inestabilidad política estas son las cosas que pasan. No justifico esos atropellos, pero entiendo que la situación de Cuba no era corriente.

Pero se torturó.

-Sí, y estuvo mal hecho. ¿Pero acaso no apresó, torturó y fusiló el gobierno de Fidel Castro? O sea, no se trata de justificar, sino de entender la situación política convulsa de la Cuba de aquellos años y también que se trató de algo más complejo que una lucha de buenos contra malos. Mi padre cometió errores, y esos errores le pasaron factura.

Usted en el libro identifica como el gran error de su padre haber violado la Constitución con el golpe de Estado del 10 de marzo. Usted se pregunta si fue por «poder o codicia», y dice que no lo cree. Pero luego deja caer que su padre tenía un ego inmenso y que no se concebía lejos de la política. ¿Usted cree que su padre se veía a sí mismo como una suerte de Napoleón tropical? Hay, incluso, una carta suya que usted cita en la que define su período en los cuarenta en Estados Unidos como su Santa Elena. Y pareciera que el golpe del 10 de marzo es su 18 brumario. Luego está el exilio final, dedicado a sus memorias y a una vida apacible… No sé, pero veo un patrón en todo eso.

Yo también lo creo. Vuelvo a aquello de que mi padre era un animal político y que no se concebía lejos de la política. Y sí creo que el golpe de Estado fue un grave error que su manera de ser no podía evitar que cometiera. Él quería imponer su visión de país próspero; creía que podía arreglar el país a su manera. Y en la parte económica, social y laboral hizo mucho. Pero en la parte política tuvo la mala pata de dar ese golpe de Estado, porque se saltó un orden constitucional al que él mismo había contribuido.

Usted maneja en el libro la idea de que al político que no respeta las leyes, la historia le pasa factura. ¿Cree que la factura que le pasó la historia a su padre fue por el golpe de marzo del 52?

Creo firmemente que, si mi padre no hubiese dado el golpe de Estado, hubiera pasado a una oposición muy productiva para el país. Además, siempre estaban las elecciones del 56, a las que pudo haberse presentado. Tal vez hasta las hubiese ganado de manera democrática. Entonces hoy sería considerado un estadista y no un dictador.

3 Comentarios

  1. Importante entrevista. Me complace de sobremanera que una vez mas se hable de como en verdad era Cuba en los cincuenta del siglo pasado. Soy testigo vivo de la amplia y prospera clase media. Del confort, boom economico, cultura y progreso en una pequena isla. Soy fruto de esa epoca. La vivi y disfrute hasta los doce anos.
    Causa pesar, pero tambien rabia, frustacion e impotencia como el castrismo ha tergiversado, borrado, alterado a su antojo y conveniencia la historia de Cuba. Como ha adoctrinado a los cubanos, ha deformado mentes y aniquilado vidas. Estoy cansada, harta, de explicarle a las ultimas oleadas de exiliados cual es la verdadera historia: salimos en el 1962 hacia Miami. Mis padres profesionales universitarios no eran batistianos como la mayoria de los exiliados de esa epoca. Eran personas decentes, amables, generosos,educados,alegres, amorosos. Amaban a Cuba. Pensaron como casi todos, nuestro exilio era provisional. Dejaron atras una vida comoda, linda, prometedora. Para venir a la pobreza y miseria. Lo hicieron por mi. Llevo 59 anos de exilio. Cuba cada dia peor. Miami llena de castristas. LUIS MANUEL OTERO ALCANTARA, sacrificandose, sacrificado por un pueblo que no lo merece.
    Carlos Manuel Alvarez tienes pendiente un libro de ese primer exilio.

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