El fútbol le produce más orgasmos que las mujeres. Le teme a la muerte. Se estrelló en bicicleta contra un contén, en moto contra un Lada y en el Lada de su padre contra un Volga. Nunca le pasó nada, ni un arañazo, a sus amigos sí. Es adicto a la cerveza.
El chofer del taxi, de 54 años, ha salido a trabajar con la presión arterial descompensada. En casa, su esposa al despertarlo no previó que una taza de café matutina mezclada con la noticia de la muerte de Fidel Castro podría dispararle la hipertensión...
Junior estaba tras las rejas desde el día anterior, que podría pasar a verlo y, además, le dijeron que no había marcha atrás: Junior no tiene residencia temporal ni transitoria en La Habana y, por lo tanto, pasado las 72 horas de estancia en la capital, como dicta el artículo 8 del decreto ley 217 de 1997 del Consejo de Ministros, sería deportado hacia su ciudad natal por no tener reconocido el derecho legal de permanecer en la capital del país.
Los carretilleros, pequeño eslabón de la cadena alimenticia, intermediarios de poca monta, están pagando las consecuencias de la absurda gestión agrícola de la isla.
A esta hora la televisión nacional, que no está encadenada, también transmite el choque entre el Real y el Getafe, y mientras Raúl Castro lee el informe central del congreso, uno no llega a discernir entre los aplausos que bajan del graderío del Coliseum Alfonso Pérez en Madrid con los goles del equipo de Zidane y los que emiten los militantes comunistas reunidos en el Palacio de las Convenciones.
En El Fanguito hay apenas una calle, la calle 30. Una franja que marca el verdadero límite del Vedado. De 30 hacia adentro, como quien busca el apacible olor a río, todo concluye. De 30 hacia afuera, como quien busca el humo citadino, todo comienza.
El gol decisivo en la prórroga lo marca Ferrán Torres, futbolista valenciano del Barcelona. La asistencia llega de un jugador del Athletic Club, Nico Williams, hijo de inmigrantes ghaneses. Durante años se ha repetido que España es un país difícil de coser. Esta noche han bastado un pase y un remate.
Inmediatamente, la policía del lenguaje ha protestado porque Luis Manuel Otero no ha replicado ningún lema de obediencia ni se ha comportado como un pionero. Estos oficiales tienen delante de sí el testimonio vivo de alguien que venció al castrismo, pero lo que necesitan es que el castrismo no deje de triunfar.