Los grandes amores

1

¿Qué edad tendría yo entonces? Unos 18 años. Era flaquísima y llevaba el pelo desflecado y por los hombros, estaba recostada en un asiento de guagua y regresaba a mi casa del campo después de culminar un curso de escritura en La Habana. Volvía  cansada y feliz, era inocente. Había leído un solo cuento de William Faulkner (A rose for Emily) y me sentía William Faulkner. 

De pronto, un chico que estaba leyendo cerca de mi asiento se quedó viéndome, cerró el libro y se pasó a mi lado. Era un chico alto, y tendría mi edad, más o menos. Su libro era de Thomas Pynchon y dijo cosas como: me interesa la palabra triángulo escrita por Artaud. Era de esos muchachos flacos y tristones por los que entonces yo me embobaba y nos pusimos a conversar durante horas. Hablamos de que él quería ser escritor y me dio su número de teléfono. Y seguimos hablando de los libros que ambos habíamos leído y de los que queríamos leer, hasta que nos quedamos rendidos, primero él, y después yo. Antes de dormirme me quedé viéndolo un rato, como se mira algo que se quiere recordar. Cuando desperté, no podía ser de otra forma, ya no estaba. 

Creo que llamé una vez a su casa y nadie contestó. Luego perdí su contacto en alguna mudanza; entonces los números se anotaban en papelitos. Parece que no lo miré lo suficiente antes de dormirme. No recuerdo su rostro. 

2

Nos había invitado a su casa porque estaba enamorada de mi mejor amiga. Y mi mejor amiga me había pedido que la acompañara. Típico. Nos brindó, no más entrar por la puerta, una copita de un vino griego, y nos pidió descalzarnos. La obedecimos. 

La casa entera estaba forrada con alfombras color musgo y las paredes blancas relucían. No había arte contemporáneo, ni muebles antiguos, pero era la casa de una persona rica. Uno lo sabía solo por el olor. 

La anfitriona llevaba un vestido de satén negro y nos ofrecía alguna delicattessen cada cierto tiempo: fresas, quesos, trufas. Había una terraza. Y una biblioteca con paneles de vidrios, dos perros chinos, un chef que horneaba un pastel. 

Mi mejor amiga elogió el color de una luz que caía sobre las flores y la anfitriona se subió en una banqueta y alcanzó, como se alcanza una fruta, la bombilla rosada, que puso, todavía caliente, como se pone un corazón, en las manos de mi amiga. 

Después de la media noche, en un momento en que mi amiga fue al baño a refrescarse, y la anfitriona y yo nos quedamos solas, la anfitriona fue hasta los bafles y puso una canción italiana, y caminó alrededor de su piscina fantástica: Volareeee, uoooo, cantareeee, uoooooo

La cantó hasta el final acariciando el agua. Tenía una voz preciosa. Y era claro que no la cantaba por primera vez. «Es mi canción preferida en el mundo», me dijo acercándose demasiado. «Hace muchos años, cuando tenía la edad en que suceden esos milagros, alguien dejó en mi buzón un disco con esa canción grabada. Solo esa canción. Nunca supe quien fue; te lo cuento porque me han dicho que escribes… Un misterio». Y se rió cínicamente. «Volareeee, uoooo, cantareeee, uoooooo…», seguía cantando «Nel blu dipinto di blu» y moviéndose como cantan y se mueven las mujeres bellas que saben que lo son. 

No duró mucho aquel amorío entre la anfitriona y mi amiga, porque no puede durar lo que no es suficiente. Cuando ella volvió a su país, meses después, le dejó a mi amiga, junto a una maleta llena de vestidos caros y perfumes de Armani y Chanel, un disco con esa única canción, que es de Doménico Modugno, por cierto. Y que mi amiga me regaló porque no le decía nada. De nada. 

3

En una terraza con piscina de un hotel. Dan esa reunión familiar de la que uno quiere huir con 20 años y a la que luego desea regresar pero ya no se puede. Hay tumbonas de plástico y ratán que tuesta el sol. Mesas abarrotadas de confituras y champaña. Mi madre sonriendo a todo el mundo, recibiendo amigos. Toca las manos de todos los que llegan. Y hay, al fondo, un señor francés de 60 años en camiseta. El señor está fumando Lucky Strike, y voy derechito a pedirle uno. Me lo da. Me siento junto a él, teniendo mucho cuidado de no gotearlo. Nos presentamos. El señor resulta ser un arquitecto. Y está en la fiesta, completamente destrozado. Fuma y tose. 

—Por una mujer, siempre es por una mujer. 

De 25 años, me cuenta en un español refinado. Y me pregunta con un tono inocente, demoledor, si es posible que una chica de esa edad se pueda enamorar de un tipo de 60. Le pregunto si ha leído Memorias de Adriano. Me dice que no. 

—Sí, puede ser —le digo. 

Una chica de 25 años puede amar a un tipo de 60. Claro que sí… 

El amor es una pintura de Caravaggio. Luces y sombras. 

4

Hace algunos años, cuando me mudé a La Habana, no teniendo mucho que hacer me encerré en la renta en la que vivía a escribir una obra de teatro. Yo quería escribir algo que se desprendiera de unos versos de Eugenio Montale que dicen esto: «Tampoco queda mucho más de los grandes amores / a no ser muerte y desesperación». Yo siempre quiero escribir desprendimientos. Y me salió una obra breve que se titula Cabo de Hornos. Este título se desprende de la novela Orlando de Virginia Woolf, donde hay un marino, Shelmerdine, el amor definitivo de Orlando, que se dedica a la más arriesgada de las aventuras, que es cruzar el Cabo de Hornos en medio de un temporal. 

Hablando en términos geográficos, el Cabo de Hornos es el punto más austral de la tierra, el fin del mundo. Ya luego queda la Antártida. El hielo eterno. Lo que nadie sabe. Y como en las películas, por aquellos días, una amiga de Sevilla que estaba en La Habana me invitó a una cena, y a esa cena, que sucedió en cierta cocina amplísima de la Avenida Carlos III, también estaba invitado un hombre con bigote rojizo y gorra de pesca, un argentino. Y cuando nos pusimos a conversar, resultó ser un piloto retirado, que había sobrevolado varias veces el Cabo de Hornos, en lo que ellos denominan «Campaña Antártica de Invierno». Y me contó lo que más le sorprendía desde las alturas: la guerra de las olas.  Aunque era un piloto que había sobrevolado guerras de verdad. 

—Abajo las olas se cortan las cabezas. 

El océano Pacífico contra el océano Atlántico. Las aguas que nunca se mezclan. Una guerra que ha durado cada día, de cada año, por los siglos de los siglos. 

Una guerra azul cobalto, despiadada, que, si me imagino, se compara  solamente con el desamor, con dos versos filosos de Montale. Con una bombilla rosa y un rostro que no recuerdo. Con un sesentón enamorado y las sombras de Caravaggio. Sobre todo con las sombras de David con la cabeza de Goliat. Con mis uñas mordidas a las 18 años y los affaires de Virginia Woolf. Una guerra que ha durado cada día, de cada año, por los siglos de los siglos. Lejos, muy lejos, donde se acaba el mundo. Una ola y otra ola se arrancan las cabezas. 

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Katherine Perzant
Katherine Perzant
Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.

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1 COMENTARIO

  1. Ya lo sentenció Voltaire en su momento: “La escritura es la pintura de la voz”. Por acá otro correligionario que admira al genial Caravaggio. (también a Georges De La Tour desde que me espabiló la luz de la vela de su San Jose Carpintero). Salud Os.

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