Hay que imaginar a un Díaz-Canel feliz

No hay tal lugar.

Francisco de Quevedo

Díaz-Canel no se puede esconder. De hecho, ya ni siquiera lo intenta, no tiene caso. Se ha convertido en el comodín perfecto, acaso la diana inevitable de nuestra frustración, que no es poca, pero también de todo nuestro ingenio. Ahí radica, en efecto, el trocito de trascendencia que le hemos reservado a su figura: no en la persona, gris y timorata, sino en el personaje, ese muñecón impertinente y ruidoso que no sabe quedarse callado. Si no fuera el dictador de iure de nuestro país, esto es, el puesto a deo designado por el castrismo para perpetuar su legado, tal vez seríamos capaces de empatizar, incluso hasta de conmovernos, de sentir lástima. Pero no. Definitivamente no.

Sus intervenciones públicas, desmenuzadas en aforismos mucho más torpes que sagaces, ya forman parte del acervo popular de la isla, como ha sucedido en Venezuela y España, por ejemplo, con las absurdas locuciones de Nicolás Maduro y Mariano Rajoy, respectivamente. La limonada, la coyuntura o esos célebres «discursos» en inglés en los que parece estar naciendo el hijo bastardo del esperanto y el euskera: en su repertorio nada tiene desperdicio, todo se disfruta, nuestro propio romancero de la estupidez presidencial. Su apodo, asimismo, ha monopolizado de la forma más espontánea posible la ofensa cubana por excelencia (admítelo, ya no puedes llamarle «singao» a nadie sin pensar en él) y su rostro, no sé cómo, nos provoca risa y rabia al mismo tiempo. 

Canel es el alivio cómico del Castroverso, el líder incompetente que no tiene idea de lo que se cuece a su alrededor, pero, gracias a los poderes que le han concedido (¿guataconería o meritocracia?), está obligado a dar la cara, a boconear sin réplica, a existir políticamente en un país donde no existe la política, sino su parodia, su simulación barata. Estoy seguro de que le hicieron «jurar el cargo» bajo la promesa de que sería una pinchita tranquila, sin sobresaltos, algo así como repetir tres o cuatro consignas en cada reunión, culpar al embargo norteamericano de los apagones (y de TODO lo demás) y, muy de vez en cuando, apresar o exiliar a algún revoltoso incómodo. Con estas condiciones laborales, en serio, ¿qué podía salir mal? La Utopía. Eso podía y, de hecho, salió mal, groseramente mal. Esta palabra, inherente al léxico dizque progresista más anacrónico y trasnochado de los últimos cien años, es una cruz gigante y oxidada que orbita sobre todos los cubanos. 

Como ha hecho desde que heredó el chiringuito de manos de Raúl Castro en 2018, Díaz-Canel aprovechó una entrevista concedida el pasado 20 de julio al canal Rusia Today (el TeleSUR de Putin) para promocionar por enésima vez nuestra marca-país por excelencia, puro savoir-faire de los hijos de la Revolución.

La alegoría, el mito, la parábola: el principal renglón exportable de la nación cubana se sostiene sobre una iconografía pseudoheroica que ha sabido encontrar y mantener una audiencia más que fiel, incluso a estas alturas del campeonato. Al sector más rancio de la izquierda internacional (el target al que apuntan las carnadas propagandísticas del régimen) no le interesa el hambre ni el racismo ni los feminicidios ni los presos políticos; en fin, a estos sujetos no les importa la gente ni su sufrimiento, solo son capaces de ver en Cuba, como autómatas fascinados, el símbolo que el régimen se ha encargado de asimilar como propio, la idea de que el último bastión genuino de las «causas justas» fue fundado por Fidel Castro en 1959. 

Lo fundamental para estos individuos es el rédito ideológico, la salvaguarda de su trinchera y la consolidación de su relato, uno que se vende como antihegemónico y plural, pero que termina replicando la misma lógica colonialista de toda la vida: «yo te digo qué es lo que pasa en tu país, quién es el culpable, cómo debes sentirte y qué debes hacer al respecto». No, Gayatri Spivak, por desgracia aún no puede hablar el subalterno. Si estas personas, finalmente, acceden a denunciar la represión o cualquier otro de los crímenes de la dictadura cubana (sin utilizar ese término, por supuesto), de inmediato, como quien se asusta o se arrepiente, se lanzan desbocados a enumerar todas las culpas del «bloqueo estadounidense». Tú sabes, una de cal y otra de arena.

Los cubanos somos un estorbo para todos aquellos que de Cuba solo veneran el símbolo. No nos quieren, no nos necesitan. Entorpecemos la coherencia de su fábula, les jodemos el negocio.

Muy bien enterado de su función publicitaria, Díaz-Canel es incapaz de desmarcarse del guion, aun sabiendo con total certeza que estamos en el epílogo del castrismo. Por esa razón citó a Eduardo Galeano en la entrevista antes mencionada; solo que en clave cantinflesca, un sello de la casa. Lo cierto es que no me he tomado el trabajo de cotejar ambas versiones, es decir, la original del uruguayo y la adaptación caneliana, aunque, sinceramente, ¿para qué? Basta con el gesto, con el ademán y su mensaje.

Díaz-Canel habló de una «utopía» que «sirve para caminar«», entre otras estupideces, mientras sugería que, a los cubanos, solo nos queda lo que siempre nos ha quedado, «resistir», como respuesta a la ingenua pregunta del periodista/vocero/propagandista Oliver Zamora: «¿Podremos salir de la crisis?».

Aun sin esperar nada, ni siquiera lo más mínimo, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el meme nacional, no deja de sorprendernos. ¡Qué grande es este hombre, chico!

En su libro Utopía, publicado en Inglaterra en 1516, el filósofo y teólogo Tomás Moro describe una suerte de «sociedad ideal», igualitaria y austera, en que la Europa de su tiempo debía reparar si pretendía encontrar la esencia, el carácter que había perdido por el camino. Sin entrar en detalles innecesarios, basta con señalar la ambigüedad etimológica que rodea el título de la obra, acaso uno de sus rasgos más curiosos.

El término «utopía» surge de la unión de dos partículas griegas. Por un lado, topos (τόπος), que significa «lugar»; por el otro, las alternativas propuestas por los investigadores se bifurcan: eu (εὐ), traducido como «bueno» o «provechoso», y ou (οὐ), prefijo privativo, un elemento gramatical que anula el sentido de cualquier vocablo que se ubique detrás suyo. Ambas posibilidades conviven, aunque superpuestas, jamás al unísono, a menos que concibamos el «mejor lugar» como uno que «no existe». Pensándolo bien, quizá sea esta su interpretación definitiva.

Pero, bueno, hay que imaginar a un Díaz-Canel feliz, en pose de trabajo voluntario, como en las fotos que publica el Granma, empujando hasta la cima esa cosa deforme y sin gracia que algunos llaman Utopía, para luego verla caer loma’bajo y sin freno’, mientras el horizonte se acerca dos pasos y se aleja uno, como Ruperto, el SEN se cae tres veces en lo que va de semana, el dólar sube otros 150 pesos en la calle y Donald Trump anuncia cuatro nuevas sanciones contra el régimen.

Así mismitico, ¿verdad?, como decía Albert Camus, ¿o ese era Galeano?

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Senén Alonso Alum
Senén Alonso Alum
Escribidor, milenial en defensa propia, ahijado de un oráculo bastardo. Lo vi por última vez en un pasillo de la Biblioteca, rastreando sin mucha prisa la etimología de la «metatranca». Antes de desaparecer, me dijo que solo sería capaz de recordar el sabor del guarapo y los rostros de aquella foto de familia. Una fuente confiable asegura que le dictó a Eiichiro Oda el final de One Piece, mientras ponchaban el «Gerente» de Elvis Manuel en una bocina repartera y brindaban con dos Planchao Silver Dry en el Parque G. ¡Kampai!

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