Durante muchos años, el periodista y profesor de religiones de la Universidad de La Habana, Enrique López Oliva (1935-2021), defendió la tesis de que la Revolución había impuesto un proceso que él nombraba como religiosización sobre el lenguaje de la sociedad cubana. Desarmar ese idioma hoy, en una situación apocalíptica, es imposible. La solución pasa mejor por propiciar una amnesia que nos haga desaprender el habla totalitaria para que, con una rehabilitación de varios años, podamos encontrar nuevas palabras.
El lenguaje no son las palabras, dice la nueva encíclica del Papa León XIV, Magnífica Humanitas (2026), sino la cultura que subyace en el modus vivendi de una sociedad y que se transforma en las expresiones que la componen. Dentro de la Cuba revolucionaria, todo vestigio de vida dibuja un sacrificio perpetuo, como si el Dios suprasocialista que reclama la ofrenda nunca se contentara con un sujeto consumido en la miseria y siempre esperara un nuevo cuerpo martirizado para seguir existiendo.
Una religión revolucionaria no es fácil de desmontar: construye su andamiaje de fe sobre aspectos míticos, con dialectos abstractos que solo los dioses o sus profetas parecen comprender. Desde hace años se habla en nombre de la Revolución, pero nadie sabe con exactitud a qué se refiere. O quizás sí lo saben quienes han pagado, con la cárcel política, el precio de intentar salirse de ese lenguaje y devolverles su sitio a palabras como «democracia», «prosperidad» o «libertad», secuestradas en medio del culto nacional.
«Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho». Con esa frase, pronunciada por Fidel Castro en junio de 1961 en sus «Palabras a los intelectuales», se instaló en la cultura nacional una religiosización que zanjaba con un revólver sobre la mesa cualquier duda no expresada, como la que atormentaba a Virgilio Piñera cuando intentaba entender a qué se refería exactamente la clase en el poder cuando decía Revolución. En la imagen de ese gatillo que apunta a la mente queda cifrado el elemento central del discurso totalizador de la Revolución: el silencio, la palabra omitida por el miedo, que solo puede vivir dentro de quien la posee.
De ahí en adelante se sintió con más fuerza la excomunión de quienes desobedecían el credo soviético enarbolado por el ala más ortodoxa del Partido Socialista Popular (PSP), que luego encabezaría el nuevo Partido Comunista Cubano. El movimiento revolucionario nacido en los años cincuenta como respuesta a la dictadura de Batista —con sus múltiples creencias y lenguajes— fue evangelizado por un discurso único y poderoso que redujo esa Torre de Babel de revoluciones a una sola Revolución.
La igualdad socialista que prometía el nuevo reino revolucionario terminó convirtiendo al pueblo en siervo y a la cúpula partidista en señores feudales. Acceder a un feudo —es decir, a un puesto social importante— exigía suprimir la conciencia y hablar solo el lenguaje autorizado por la casta política en el poder. El credo matutino era «Pioneros por el comunismo», y todos al unísono debíamos responder que seríamos como el Che. Nunca se le preguntó a las familias si estaban dispuestas a que sus hijos incorporaran esa creencia moral en su léxico, y se expulsaba de la comunidad a los que se atrevían a no repetir la oración comunitaria. La frase de moda en el Mariel era: «no los queremos, no los necesitamos». Esos mismos apestados son los que ahora suplen con su trabajo la FE (familia en el extranjero) del pueblo.
Frente a la casa del líder católico y opositor Oswaldo Payá amaneció un día una pared pintada con chapapote: «en una plaza sitiada toda disidencia se considera traición». Quienes hemos leído el Proyecto Varela o estudiado el pensamiento de Payá sabemos que se opuso, desde el primer día, a cualquier injerencia externa o bloqueo por parte de Estados Unidos. Aunque trató de encauzar sus ideas dentro de los resquicios de democracia que él veía posibles en la Constitución de 1998, el poder respondió a las más de once mil firmas que respaldaron su reclamo con un nuevo dogma religioso, convertido en enmienda constitucional: «el socialismo en Cuba es irreversible».
Mucho antes de que se diera la orden de combate en medio de las protestas del 11 de julio de 2021, ya se había dado la orden de lenguaje en casos como el del poeta Heberto Padilla o el llamado Quinquenio gris. Al final, la Revolución como religión se ha convertido en un apisonador de conciencias frente a un idioma popular polisémico. Por eso a quienes hoy hacen de inquisidores no les gusta cómo se expresan los calderos: saben que detrás de ese lenguaje late un nuevo deseo de creencia por nacer.
Fidel Castro fue enterrado bajo una piedra que evoca el sepulcro bíblico de Jesús. Para muchos fue el mesías de esta religión revolucionaria, cuya primera biblia fue La Historia me absolverá y cuyo credo sapiencial sigue siendo su propio concepto de Revolución. Pero las condiciones de vida, cada vez más paupérrimas, hacen cada día más difícil sostener la fe en esos ideales: el lenguaje necesita ir acompañado de realidad o se queda en meras palabras. A quienes entregaron sus mejores años a la fe revolucionaria les cuesta aceptar, a estas alturas, un cambio de creencia; pero el hambre, la oscuridad y la partida de sus seres queridos erosionan cada vez más su manera de pensar esa religión.
Cambiar de una religión revolucionaria a otra nueva creencia es siempre complejo, por eso algunos nuevos profetas del exilio vestidos de fariseos que auguran prosperidad manejan un lenguaje religioso muy parecido al anterior. Quieren que el pueblo entero expíe sus pecados por haber creído en el falso Dios del comunismo, y ven en la mano invisible de un capitalismo de estilo trumpiano el único camino a la salvación. Lo cierto es que los agentes religiosos de ambas orillas coinciden en algo: su apetito de poder. El pueblo sigue siendo sacrificable, como quedó demostrado en la Crisis de los Misiles o en las conversaciones actuales entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, y esa forma de no vida parece ser la moneda que se canjea en el lenguaje de misterio que habita hoy la oscuridad del pueblo.
En el primer círculo del infierno de La Divina Comedia, Dante Alighieri escribe que allí yacen los que perdieron la esperanza. Uno de los grandes retos de Cuba es construir un lenguaje regido por una religión distinta, donde prevalezca la amistad social. Ya hay quienes lo están hablando: la profesora Alina Bárbara, con sus protestas pacíficas, o los jóvenes y centros sociales —religiosos que se organizan en proyectos independientes para llevar comida y esperanza a los ancianos. Por supuesto, hará falta un sistema de justicia que determine y sancione a quienes obraron con maldad. Pero si queremos un nuevo lenguaje, tendremos que aprender a instalar en él palabras como perdón y reconciliación.
El escritor cubano Enrique del Risco dijo que el cubano vota con los pies. Yo agregaría que también regresa con el corazón. Aun en medio de una situación sin respuesta clara por el momento —y aunque los nuevos discursos político-religiosos fundamentalistas lancen piedras contra todo el mundo como si nunca hubieran pecado— sabemos que la esperanza no ha muerto.
En 1986 la Iglesia católica cubana se reunió para debatir su rol en la nueva sociedad socialista revolucionaria en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC). En el discurso de clausura, quien hoy es Siervo de Dios y entonces era arzobispo de Camagüey, Monseñor Adolfo Rodríguez, pronunció unas palabras que aún pueden iluminar el camino hacia la resurrección de nuestro pueblo: «No tenemos ni la primera ni la última palabra de todo, pero creemos que existe una primera y una última palabra de todo y esperamos en Aquel que la tiene: el Señor. En él miramos con serena confianza el futuro siempre incierto, porque sabemos que mañana, antes de que salga el sol, habrá salido sobre Cuba, y sobre el mundo entero, la Providencia de Dios».
