El mito de los votantes indecisos

A estas alturas en toda campaña presidencial en Estados Unidos comienza a aparecer una narrativa más mediática que estadística: la batalla por los indecisos. Tanto los equipos de los aspirantes como los observadores y los medios dedican millones de dólares en anuncios y ríos de tinta a cortejar a ese grupo de votantes. Se les pone nombres intrigantes: “Demócratas por Reagan”, “soccer moms”, “security dads”, y se escrutiniza hasta la saciedad sus posibles motivaciones y preocupaciones. Aparecen en paneles en las estaciones de cable, discutiendo vagas ideas sobre economía, emigración o relaciones internacionales, o bien manifestando sobre alguno de los candidatos: “No ha hecho mucho por ganar mi voto”. Sin embargo, la realidad enseña que estos votantes ni son tantos ni son tan importantes como se cree.

El analista Harry Enten, de CNN, acaba de demostrar, basado en encuestas, que los votantes indecisos en este ciclo solo representan un cuatro por ciento del electorado, menos que en cualquier otro momento de la historia. El porqué es claro: Donald Trump. La inmensa mayoría de los votantes ya tiene una opinión sobre él, y cuando miran a Kamala Harris puede gustarles o no, pero tienen claro que no es Donald Trump. Esta elección continúa siendo un referendo sobre la figura del expresidente. Un chiste de 2016 del humorista David Sedaris aplica aquí: «Ser indeciso en esta elección es como si te dan a escoger entre un plato de heces fecales y otro de pollo y preguntar cómo está cocinado el pollo». Pero convencer a ese cuatro por ciento de los votantes no es tan urgente como sacar a votar a todos los posibles partidarios, incluyendo a los que han votado antes favorablemente (ese es el mejor indicador de intención de voto). Esta fue una lección cara para Hillary Clinton, quien perdió cuatro millones de los votantes de Obama sobre todo por descuidar las estrategias de movilización.

Ni siquiera está claro si los indecisos, y sus primos cercanos, los llamados independientes, son realmente tales.

La polarización política ha producido un fenómeno de rechazo en algunos votantes, que prefieren proclamarse independientes antes que verse asociados a un proceso que consideran vulgar o identificarse con figuras de las extremas derecha o izquierda. La definición es moral. Les gusta sentirse más librepensadores, virtuosos y evitar el estigma partidista, pero un análisis tras otro demuestra que la mayoría de ellos ha votado consistentemente por uno de los dos partidos.

¿Por qué entonces esta atención desmesurada sobre este grupo? Una razón es la inercia propia de los medios de prensa y las campañas. Los medios de prensa necesitan siempre una historia para vender. En años electorales los relatos periodísticos siguen un ciclo predecible: primero, la batalla por las nominaciones, más o menos aburrida en dependencia de si es o no una reelección; segundo, los debates; tercero, las encuestas, y en cuarto vienen las anécdotas sobre votantes en estados claves que se proclaman independientes o que por alguna razón no se han decidido por uno de los candidatos. Las campañas también tienen su ciclo inercial, porque estas, ante todo, son mecanismos económicos donde tienen que gastarse millones de dólares en donaciones. Los estrategas avezados insisten en que ningún grupo de votantes debe quedar desatendido, y aunque el grueso de los esfuerzos se dedique al rutinario trabajo de a pie de movilizar a los seguidores, es mucho más interesante —y más prometedor para el currículo del estratega— encontrar maneras novedosas de convertir a los indecisos en partidarios. Esto a veces fracasa estrepitosamente; recuérdese aquella famosa estrategia para atraer independientes a Romney como un desafío a Obama. 

Una mejor iluminación sobre esta obsesión por definir y dividir al electorado nos la trae un libro provocador aparecido en 2022, The Other Divide (La otra división), de Yanna Krupnikov y John Barry Ryan, investigadores de Stony Brook University. Su argumento es que la verdadera división no es entre dos grupos polarizados, llámense demócratas o liberales versus republicanos o conservadores; sino entre personas con interés en política y personas que ignoran la política. El primer grupo domina la conversación a nivel social, tanto por la atención que le otorgan los medios como por su papel cada vez más vociferante en las redes sociales. Vivimos en un momento donde todos tenemos un megáfono en el bolsillo con el cual expresar nuestras opiniones, y al proclamarlas y seguir a otros con opiniones similares nos encerramos en burbujas ideológicas y cámaras de eco. Esto crea la percepción de que la mayoría está no solamente involucrada en el acontecer político sino además altamente comprometida con un bando u otro.

La realidad es otra. Un tercio de los ciudadanos estadounidenses están desinteresados en la política y son apáticos a la hora de votar, como se puede ver en un gráfico producido por el Election Lab de la Universidad de la Florida. Desde 1976, en cada elección presidencial, el número de ciudadanos habilitados para votar que no acudió a las urnas ha sido más alto que el número de quienes han votado demócrata o republicano. Estados Unidos ocupa el lugar 31 en el mundo en apatía electoral. Otra razón para este bajo nivel de participación es que se trata de uno de los países desarrollados que más difícil hace el sufragio. Por ejemplo, se vota un martes, día laboral, por una ley tan obsoleta como elitista: era el día más conveniente para que los agricultores ricos pudieran viajar a las ciudades para ejercer este derecho. Y también los políticos norteamericanos —más recientemente los republicanos— han sido reacios a ampliar la participación en el voto. 

Vemos aquí otra manera en la cual Donald Trump ha cambiado la política estadounidense. La única elección desde 1976 en que el mayor porcentaje de votantes optó por uno de los candidatos (34 por ciento en favor de Biden), en vez de abstenerse (33 por ciento), fue precisamente la del año 2020; tales eran las ansias de que Trump no fuera reelecto.

Sin dudas, Kamala Harris cuenta ahora con un sentimiento parecido entre el electorado para asegurar su victoria.

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2 COMENTARIOS

  1. Las encuestas se mueven entre el bluff y la sutil tendenciosidad. Los indecisos sí podemos decidir, aunque yo sé por quién nunca se me ocurriría votar.

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