Desde que vi las primeras imágenes del 11 de julio me entró un nerviosismo, una inquietud que aún no sé controlar. No podía estar en un solo sitio. Dormí mal, duermo. No podía leer, ni escribir. Tenía que hacer algo, hacer con el cuerpo, salir a las calles, gritar, gritar, con todo, con el gaznate, con los ojos, con el sexo.

Tuve conciencia esa semana de lo que sucede en las marchas feministas. Cuando las mujeres se desnudan y muestran los senos en medio de las calles, las tetas con estrías, colgando. Muestran lo que la sociedad ha impuesto esconder.

«¡Pinga se cayó esto!». Escuché en medio de los gritos una mezcla de alegría y miedo y esa mixtura se apodera de uno, la sangre corre más fuerte. Coño. ¡Al fin Cuba se rebela! Los amigos me escriben, los de adentro, los de afuera. ¿Existen los cubanos de afuera, los que pueden mirar el dilema nacional sin involucrarse?

Los hijos de «la revolución» incumplen el mandato de sus padres, no le temen, qué importa que los deshereden. No quieren irse, como lo hemos hecho muchos. Seguir obedeciendo sería obedecer al padre violador: el que se folla a los hijos en la madrugada y luego se acuesta al lado de la fiel esposa (el Partido comunista), y le pide «bésame, soy tu marido, me debes respeto; para eso no trabajas, yo te traigo todo lo que te hace falta».

El padre abusador sabe que nadie de su familia lo quiere; las madres educan a sus hijos para que estos abandonen la casa, el pueblo. Las nuevas generaciones crecen ya con la idea de salir, huir y si regresan deben hacerlo de visita, con otro pasaporte, con una residencia en cualquier parte del mundo. Fuimos instruidos para simular fidelidad, felicidad, compromiso.

Vi a las mujeres salir a las calles, no era un simple gesto cívico. La protesta política tomaba múltiples dimensiones. Esas mujeres se rebelaban contra el sistema que ha construido seres (humanos) unidos, victoriosos, personas que darían todo por defender la patria. Gente de una convicción tan aferrada como los fieles que piden «ponle corazón a Cuba», o los que defienden la guerra de Rusia contra Ucrania. Cuando la misma revolución nos ha dejado sin corazón, sin tripas.

En esas mujeres vi a las madres de los cientos de jóvenes que perdieron la vida en Angola, vi a las madres de los tres jóvenes que Fidel Castro mandó fusilar solo por haber secuestrado la lanchita de Regla. En las calles estaban los familiares de algún alto dirigente del Comité Central, que cometió un error, y el precio de esa infracción se debe pagar muy alto: «Porque a la Revolución se le respeta, y eso tú lo sabes».

La política en Cuba es una religión. Cuando debiera ser todo lo contrario. Desmitificar el gobierno es el mayor logro de estas últimas manifestaciones. Vi los gay, los negros, los transexuales, vi a la gente de barrio, en chancletas, en shorts, los vi sin camisas, mostrando el pecho. Nos hacen falta muchos divorcios, mucha promiscuidad, probar muchos sabores, muchas corrientes políticas, ser prosaico ideológicamente. 

Las personas de otras nacionalidades dicen: «Los cubanos son muy abiertos». Contrario a lo que el régimen ha querido imponer junto a su único partido político. Han tratado de construir una sociedad conservadora, fiel a los mismos paradigmas desde hace 60 años. Cuando se grita: «¡Díaz Canel, asesino!», se dice también por Ernesto Che Guevara, se dice por tantos. Nunca podremos tener la certeza de todos los nombres.

A Cuba le falta mucha puntería intelectual, muchas penetraciones ideológicas, mucho diversionismo. Celebro a los que no tienen nada que perder, a no ser la esperanza. Una esperanza albergada por décadas. Una esperanza que se maquilla, se recicla y vuelve a escena. Una esperanza patética, desnutrida, caduca. La hemos visto envejecer. Los supuestos fieles esperan el día, la vieja está en terapia intensiva. Los escasos devotos la acompañan porque no han querido ser sinceros o no quieren traicionar sus principios.

He estado en el lugar de ellos. Le he deseado la muerte al abuelo, a algún tío. He querido quitarle la manguera de oxígeno, provocarle un infarto, para que mi madre salga del hospital, y no se vea obligada a quedar bien con la familia. Yo en más de una ocasión le he deseado la muerte al moribundo. Celebro los divorcios, los que se alejan, los que no buscan la unidad. Celebro los injertos, los trasplantes.

Los primeros meses, al llegar a La Habana, sobreviví buscando yogurt en San Nicolás de Bari, un poblado en las afueras de la ciudad. Luego vendía ese alimento al doble del precio adquirido. A Cuba le hace falta el trapicheo intelectual, destrucción, tomar de aquí, de allá, armar, rearmarse, amarse.

Contrario a los que muchos opinan, soy feliz cuando se banaliza la disidencia. Cuando es viral en las redes sociales. Cada vez son más los que alzan la voz y no temen decir. No solo es salir del closet sexualmente, también se sale del closet en la política. El estallido del 11 de julio es solo el comienzo de un movimiento trans (en tránsito): los  que estaban en las calles, una mezcla de artistas, escritores, gente repa, intelectuales con tatuajes, gente que no ha tenido posibilidades de hablar.

El Estado ha tratado de silenciarlos como lo hacen los padres con algunos hijos: «¡Estás viviendo bajo mi techo y aquí mando yo!» ¡Cuántas veces escuche esta expresió, cuánta similitud existe con el discurso oficial! Cuba ha institucionalizado la criminalidad. Cuando Fidel Castro abrió el Mariel, abría las compuertas para un corredor a la muerte. Prefirió eso antes que el dialogo. Los presos, los desviados, las escorias debían irse.       

Los que salieron a las calles no usan con frecuencia guayaberas, los que salieron a las calles hace años no cantan el himno nacional, y si alguna vez se estremecen con esas notas musicales, es cuando un negro está en el podio recibiendo una medalla olímpica. La gran mayoría de los que salieron a las protestas no escuchan a Sindo Garay, ni a Esther Borja, ni a Bola de Nieve. Los que salieron a las calles no se reconocen en la Cuba que está en los altares sagrados de la patria oficial. Aun así, también ellos son la patria. 

La revolución creó campos de concentración para los amanerados. Habrá que hacer una revolución marica. Que el Primer Ministro sea una mujer trans, que vistA de colores chirriantes Y use tacones rojos fosforescentes frente al parlamento.

La Revolución condena a artistas por usar los símbolos patrios. Habrá que construir otros símbolos que representen a un país más inclusivo.

La revolución ha obligado a decir con vehemencia: «¡Seremos como el Che!» Los niños gritarán en medio de las plazas, en las escuelas: «¡No queremos ser como nadie!»

La revolución celebra el día de su triunfo. Habrá que hacer fiesta el día en que en vimos caer al piso al tirano en Santa Clara.

La revolución convocó a la zafra de los 10 millones 10 000 000. Habrá que convocar a la mayor diversidad de partidos políticos.

La revolución convoca a la unidad. Habrá que convocar a la división.

La evolución censura y prohíbe la música de los artistas callejeros. Habrá que hacer una versión del himno nacional en algún género urbano. Para ese entonces habremos bajado el rostro de Ernesto Che Guevara del edificio que está frente a la Plaza y en su lugar pondremos la silueta de Oswaldo Payá.

Por mucho tiempo tuvimos un presidente que vimos envejecer, morir en el poder, vestido de verde olivo, con ropa de campaña, que calzaba pesadas botas rusas. En el futuro tendremos un presidente joven, inexperto, que aprenda a dirigir escuchando al que casi no sabe hablar. Que use sandalias y shorts para dar sus discursos. Que comprenda que hacer política es irse a las calles, incorporarla.

La revolución vio a muchos de sus hijos partir y nunca regresar a la tierra añorada y dio órdenes, y repartió palos para golpear al cuerpo disidente, al cuerpo sospechoso. Entonces no nos queda otra opción que construirnos con lo poco que tenemos: la desesperación, la sospecha, el hambre de muchos alimentos.

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