Ulises lo absolverá

Bob Dylan, por fin, ha entregado a la Academia Sueca el discurso que le debía por haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Sin cumplir este paso no hubiera perdido el galardón, sólo que no habría podido cobrarlo. El discurso es requisito obligatorio para disponer del (casi) millón de dólares con que viene dotada esta distinción.

El maestro, pues, ya puede cambiar el cheque.

En su alegato, el trovador trata de encontrar la relación entre sus canciones y la literatura. En ningún momento del texto intenta comportarse como un académico, sino como él mismo.

Es Dylan en su propia tinta.

De ahí el agradecimiento inicial a lo que significó para él Buddy Holly, sin cuyo impacto no hubiera existido su arte. O el reconocimiento a esas lecturas de formación que decidieron su vida: Don Quijote, Robinson Crusoe, Ivanhoe, los viajes de Gulliver…

A partir de ese punto, Dylan se detiene en tres libros que configuraron, como suele decirse, su vida y su obra. No es difícil imaginarlos: Moby Dick (de Melville), Sin novedad en el frente (de Erich Maria Remarque) y la Odisea (de Homero). Tres obras maestras cuyos personajes, respectivamente, buscan lo imposible, conocen el infierno o vuelven del abismo.

Ismael tantea el infinito persiguiendo la ballena inatrapable.

Tashtego se adentra en el horror de una guerra que pone al límite su humanidad.

Ulises regresa a un hogar donde “las cosas no son mejores” que los avatares de sus combates contra hombres, dioses y monstruos.

Dylan no lo dice de manera directa, pero es obvio que estos tres héroes alimentaron sus propios antihéroes: el boxeador noqueado por el racismo, el chico que se va de casa y se pierde en el mundo, el tipo que sale a la caza de una respuesta que está en el viento…

La concesión del Premio Nobel a un juglar despertó todo tipo de condenas en su momento. Ojalá que este discurso le absuelva, al menos, de algunas. A fin de cuentas, esa fue la tarea de Homero: ofrecerse a las musas como un ventrílocuo para cantar la historia.

Y eso, ni más ni menos, es lo que ha hecho Bob Dylan; ese Homero moderno del que podemos afirmar lo mismo que él ha indicado de John Donne: no siempre se le entiende lo que dice, pero sus palabras nos suenan bien.

Ahí reside el misterio que comparten la música y la poesía.

 

 

 

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Iván de la Nuez
Iván de la Nuez
Ensayista e iconófago. Le gustan las teorías jíbaras y las novelas donde aparecen artistas. Duda entre pasarse al vodka o a la Baskerville Old Face.

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