En Cuba, cada seis horas, al menos una persona se deja caer con una cuerda al cuello, o ingiere un cóctel letal de pastillas, o traga un buche de lejía, o se lanza al vacío desde algún balcón. Cuba es también un país de suicidas.

¿Es el calor húmedo del Caribe derritiendo las ganas de vivir? ¿La insularidad asfixiante? ¿Una especial profusión de pasiones absurdas, sazonadas y recalentadas a fuego lento? ¿Qué explica, por ejemplo, que decenas de mujeres en la isla se incineraran vivas durante los últimos días de junio de 1935, tras la muerte de vierto actor y cantante de tango uruguayo?

El suicidio ha sido una constante en la historia de Cuba. Sin embargo, luego de 1959, las «muertes por propia mano» pasaron del romanticismo político a una zona de silencio, casi maldita, como esos cementerios en tierra no consagrada a Dios. Curiosamente, jamás se rindió tanto culto a la muerte como en las últimas seis décadas. Decía Guillermo Cabrera Infante que «no se puede entender la Revolución cubana si no se considera como uno de sus elementos integrales, casi esencial, el suicidio». 

La relación del castrismo con la muerte no es faraónica, sino apocalíptica. Recuerda más al escandaloso último texto de las Sagradas Escrituras que al oscuro Libro de los muertos. Para la Revolución la muerte no es apenas una experiencia individual, sino a menudo una celebración colectiva que encuentra sentido en los siempre venideros «tiempos mejores». Los muertos que acoge la Revolución sirven entonces para labrar el camino de la utopía. Sin embargo, los suicidas del castrismo —como en el cristianismo— no tienen esperanza de salvación. Las puertas del panteón del régimen solo se abren para los mártires; suicidas de otra estirpe, con máscaras de héroes y heroínas fatales. La muerte los primeros se pierde fugaz entre las junturas del discurso revolucionario. Ráfagas informativas hacia el olvido.

Fidel Castro Díaz-Balart / Foto: AP

Fidel Castro Díaz-Balart cargaba con el nombre, el apellido y el rostro de Fidel Castro Ruz. Dicen que fue debido a un brote depresivo que se lanzó desde la ventana de un hospital, acaso para matar en él cuanto quedaba del padre muerto unos meses antes. Nadie dio detalles, y en el aire quedó suspendida la pregunta de cómo llegó la depresión al Olimpo castrista. ¿Acaso era posible tal cosa? Pero «Fidelito» no pertenecía allí; al menos no del todo. A pesar de los cargos públicos que ocupó, y de sus fotos con Paris Hilton y Naomi Campbell, siempre fue un bastardo. No hay alternativa cuando se es hijo de un patriarca empeñado únicamente en sembrar su simiente en la Historia.

Poco o nada puede decirse, porque poco o nada se dijo, de la muerte de Nilsa Espín (hermana de Vilma Espín) y su esposo, Rafael Rivero; excepto que pudo tratarse de un pacto suicida. En el misterio también ha quedado la muerte de Javier de Varona, comunista de vocación, tipo intranquilo y algo absurdo que poco antes de pegarse un tiro, a manera de pista, escribió un informe que revelaba una obviedad: Fidel Castro había sido el responsable de la Zafra de los Diez Millones y su previsible fracaso.

Haydée Santamaría / Foto: Internet

Sobre Haydée Santamaría —«heroína del Moncada»— se ha dicho que fue también un ataque depresivo lo que la llevó al suicidio. Para morir esperó 27 años y dos días después las torturas de su hermano, Abel, y de su pareja entonces, Boris Luis Santa Coloma, a quienes torturaron y asesinaron tras los sucesos del 26 de julio de 1953. Nadie la lloró en la Plaza de la Revolución, ni se le rindieron honores oficiales. Su muerte fue velada por el poder. Tres años después, en 1983, fue el turno de Osvaldo Dorticós Torrado, presidente insípido, adorno democrático en la vitrina de Fidel Castro hasta 1976, cuando fue relegado a la dirección del Banco Nacional de Cuba. Se dio un disparo, según la versión oficial, movido por la reciente muerte de su esposa y por unos dolores terribles en la columna vertebral.

Osvaldo Dorticós / Foto: Internet

En rigor, el misterio no ha estado en esas muertes, sino que ha prosperado en el silencio de Estado y en la ausencia de luto oficial: esa pompa celebratoria, burocrática, concedida a tantos otros. Ocurre que el suicida depresivo representaría el fracaso del nuevo régimen. Esas muertes —esas historias demasiado tristes, monstruosas a veces— quiebran la narrativa épica de la Revolución. Anulan la disyuntiva de «Patria o Muerte». Por eso deben ser censuradas.