El invierno en Cuba es un fenómeno indeciso. Incurable. Como un personaje de Dostoievski. Solo que los personajes de Dostoievski tienen demasiado frío en los huesos y demasiado fuego en las almas.
Arrastraba una profunda depresión, nos dice la prensa oficial, en un país donde los medios nunca dicen nada y donde tampoco está permitido sentir otra cosa que no sea un furioso optimismo por el porvenir.