El Tigre de Cárdenas y El Jefe del Pelotón

    Estudiábamos Periodismo en Santiago de Cuba en pleno boom timbero y andábamos Alden González y yo, a veces también Obdulio Fenelo, detrás de los músicos de NG La Banda que recién habían llegado para un festival del son.

    Teníamos unos carnets que decían cualquier cosa, pero en la imprenta de mi padre les estampé un «Prensa» con tinta roja programática que abría puertas. Y con eso nos colamos hasta en los ensayos de aquel festival y en unas incipientes zonas VIP en las que podíamos tomarnos unos rones oyendo las carcajadas de Elpidio Chapotín. «Ustedes tienen nombres que parecen seudónimos», no lo dijo, pero lo pensó.

    El Greco mandaba mientras no llegaba el Tosco. En alguna grabación se escucha a Tony Calá llamándole «El Jefe del Pelotón» porque estaba a la cabeza de la cuerda de metales. Pero ahora daban un miniconcierto para nosotros dos solos en una salita de ensayos del teatro Heredia. Habíamos visto al gigante Guillermo Amores subiendo en un elevador de carga, sentado sobre las cajas de instrumentos con las letras NG, riéndose de la vida. «Al principio nos preguntaban si éramos del conjunto de Neno González», nos dijo y soltaba la risa.

    De ahí salieron muchas ideas de entrevistas que nunca se realizaron y libros que ni siquiera empezaron a escribirse. Ni falta que hizo nunca. Uno, que no soltaba aquel librito de un Borges aprobado por Retamar, creía que todo lo que nos pasaba tenía que alcanzar la forma de un libro. No sabíamos que vivíamos el preludio de unas eras que presumo muy distintas de las imaginarias lezamianas y a mí me faltaban como diez años todavía para navegar en Internet por primera vez.

    «Esto lo estamos tocando mañana», decían allí, y nosotros no teníamos ni idea de qué hacer con lo que veíamos. Yo andaba con unas sandalias de goma y pegueta que resbalaban como patines y me obligaban a caminar en puntillas, y en una mochila de plástico no faltaba un tomo de Guerra y paz o Los hermanos Karamazov. Leíamos tochos porque imaginábamos a lo grande viviendo con lo mínimo.

    No creo que hayamos vuelto a admirar como en aquellos años. El Tosco era el exceso, la música le brotaba, se le salía hasta al caminar. Una catarata, nadie podía callarlo. ¿A quién más se le podía ocurrir lo de «Tengo a los soldados barriendo calles»? Corría el rumor de que en Japón se había encerrado a componer todos los temas del Cabaret panorámico, que después tuvo otros nombres, pero siguió siendo el disco más extraordinario de la música cubana, el que rompió el molde, el más admirado lo mismo en el teatro que en la cervecera. No bastándole, propició la aparición del Médico, otro fenómeno; y de otra banda, PG, que era como la cantera, para jugar en segunda división.

    A mí nunca se me olvidó la buena onda de Rolando Pérez Pérez, a quien Tony llamaba «El Tigre de Cárdenas», ni la gracia de El Greco, jefe de los metales del terror. Creo que ambos estaban ahí no solo por su estatura como instrumentistas y su virtuosismo, sino también para servir un poco de contención al genio autodestructivo del Tosco, un clásico del género. He sabido que ellos dos han muerto, junto con Amores, güirero y manejador de las economías, la caja chica.

    Foto autografiada de NG La Banda / Cortesía del autor

    Ambos, El Tigre y El Greco, eran un prodigio de técnica y buen gusto, pero al Greco lo mirábamos asombrados porque además se ponía a tocar la trompeta de medio lado. Lo vimos también tocar el fliscorno y un trombón de llaves luciendo una camisa florida que le llovía sobre los pantalones cortos. Después llegaron unos discos de jazz grabados en estudio, una serie que nos gustó menos porque se volvió cool tirando a madrugada en el bar del jazz club, pero tampoco íbamos a renunciar a los rones en sordina. Eran tiempos de cazar cualquier intervención de la banda hasta en los programas más cheos de Radio Taíno, la emisora de moda. Y cuando llegó el disco homenaje al Benny, que escuchamos por primera vez en un programa que tenía Camilo Egaña, fue como una eclosión, pero también un anuncio de tregua.

    A NG le crecían los enanos: las letras despertaban antipatías, se comentaba que desde las catacumbas del poder mandaban a parar y Adalberto Álvarez había salido diciendo que estaban matando la música cubana. En realidad, el poder hacía lo de siempre: echar a fajar a unos inocentes sobre la cubierta del Titanic. Empezó todo a declinar y de cierto modo aquello estaba deseando morir. No colindaban bien La Tropical y La Piragua con marchas por el regreso de Elián González y el inicio de aquella estética estática, fascistoide y totalitaria de tribunas abiertas los sábados por la mañana.

    Cuando muere el dueño de una biblioteca, los libros sufren una transmigración. La música, por el contrario, completa su propio trayecto: su asiento se verifica en la memoria, que siempre es selectiva, y, como viejos libros con nuevas ediciones, viene a ser sustituida por otra que parece hecha menos para ti y más para esos que pasan a tu lado en patinetas. La idea es siempre que lo que escuchamos tenga una vida extra, porte algo que se prolongue más allá de la música misma.

    En el momento estábamos seguros de ese más allá: muchos de aquellos músicos venían de una eclosión selvática llamada Irakere, pero ya no estaban ni Carlos Averhoff ni Juan Munguía. Pérez Pérez había llegado después de Germán Velazco y recuperaba un timbre que recordaba a Paquito D’Rivera. El Tosco no iba a dejar tirado ni al Yulo, tumbador de marcha fresca con problemas con la justicia, ni mucho menos a un Tony Calá irreconocible, que parecía estar pagando por designios de oscuridad difícil.

    No vivíamos en La Habana ni se habían inventado las redes sociales, pero sabíamos lo que había que saber, estábamos al tanto. Aquellos timberos eran nuestras celebrities y practicábamos una forma de following que deja más poso porque era más lenta, acaso más honesta, más a lo Riquelme, en la prehistoria de este fútbol de ahora, cuando decía: yo no corro, la que corre es la pelota.

    Nosotros tampoco teníamos que correr, nos bastaba con un poco de curiosidad. A mí me gustaba lidiar con el texto, editar, idealizar la redacción de unas revistas y periódicos que únicamente existían en mi cabeza porque eran imposibles de concretar bajo los fórceps del Partido Comunista. Aun así, nos metíamos a polemizar cada vez que podíamos y celebrábamos aquellos textos donde se defendía el fenómeno NG, como un memorable ensayo de Danilo Orozco en La Gaceta de la UNEAC, «Échale salsita a la cachimba», sobre las letras de la música popular, que venía a poner las cosas en su sitio.

    Al poco tiempo supimos que El Greco padecía de Parkinson y pensamos que era lo que nos faltaba, el principio del fin. Ya Athanai, el blanco rapero, se había subido a la tarima y había grabado y reunido lo inmezclable, timba con rap, y comenzaban los bicitaxis a cambiar salsa por una música rastrera que llegaba lo mismo de Chicharrones que de Puerto Rico. Se llamaba reguetón y la timba comenzó a apagarse con la ahora más esporádica chispa del Tosco, la enfermedad del Greco, el derrumbe de Tony Calá, la sanción a la Charanga Habanera y el exilio del Médico. Y nuestros pobres oídos decidieron que era mejor desterrarse o al menos esperar a ver qué pasaba por fin con todas aquellas orquestas de un precario trasatlántico que seguía hundiéndose en cámara lenta.

    Y lo que ha pasado es la vida, que es cruel a veces y te hace un licuado del gusto. A veces suena un reguetón en los speakers de la casa, seguido de arias de óperas, vallenatos, cantatas bachianas y sones montunos. La música es un pretexto supremo para ser y no ser exquisitos. Se están muriendo los músicos de mi educación sentimental, autores y ejecutores de algo que se metía en la casa por todos lados: la ventana y la radio, la televisión y la plaza de pueblo, el reparto de una gran ciudad y los sábados en la aldea.

    Cuando pienso en Cuba, lo que pienso tiene esa banda sonora, la de los años universitarios, el umbral de casi todo lo que le pasa a uno haciéndose mayor.

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    5 COMENTARIOS

    1. Me has hecho recordar los inicios de NG, lo duro que resultó el que le dieran una plantilla en una empresa artística, la Benny More los acogió y el despegue fue un éxito.
      Han partido alguno de sus fundadores, el Chapo que se encuentra delicado de salud. Tuvimos un Irakere, y también a NG La Banda después de ellos no hay más nada.

    2. De la foto tendría que decir un par de cosas: fue tomada en la piscina del Hotel Pernik de Holguín, y perteneció a los archivos del periódico local, donde trabajé un par de años, del 97 al 99. La foto es de 1990 y lo que yo no sabía en ese momento es que fue tomada a propósito de un concierto que dieron en la Vocacional de Holguín siendo yo estudiante allí. Nos sacaron de las aulas una tarde y nos llevaron a la plaza central y aquello que vimos fue un espectáculo. En la foto sólo falta Miguelito Pan con Salsa, de quien recuerdo que era su cumpleaños ese día. Y llegaron con un invitado que la rompió aquella tarde: Joel Driggs. Van a faltar tres firmas en el reverso de la foto. De izquierda a derecha: Peruchín (piano), Germán Velasco (saxo alto), Carlos Averhof (saxo tenor), Feliciano Arango (bajo), Elpidio Chapotín (trompeta), Giraldo Piloto (drums), Tony Calá e Isaac Delgado (cantantes), José Luis Cortés (director, flauta y voz), El Greco (trompeta) y Juan Noguera (El Wickly, tumbadoras).

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