Tras la publicación del texto «Cinco denuncias de abusos sexuales contra Fernando Bécquer» el pasado 8 de diciembre, unas 30 mujeres contactaron a los autores de la investigación para denunciar o notificar haber sido víctimas de situaciones semejantes con el mismo individuo. También otros medios de prensa como Cibercuba, Tremenda Nota o Lei Nai Shou difundieron nuevos testimonios de mujeres acosadas, abusadas o violadas por el trovador cubano.

En esta nueva publicación mostraremos íntegramente 16 testimonios de mujeres que han sido agredidas sexualmente por Fernando Bécquer entre los años 1999 y 2021, de las cuales tres eran menores de edad en el momento del suceso.

¿Qué ha pasado desde entonces?

Si bien la publicación de la denuncia generó un gran revuelo en las redes sociales y sacudió a cientos de mujeres cubanas que han sido víctimas de este u otros agresores en la isla, las instituciones estatales tuvieron un papel mucho más escéptico, al denunciar este tipo de sucesos en general, pero evitando aludir directamente al caso en cuestión.

Tal vez la primera institución estatal que reaccionó a la denuncia contra el músico cubano, aunque indirectamente, fue la Fiscalía General de la República, que publicó un extenso artículo el día 9 de diciembre defendiendo el «accionar de la Revolución ante la violencia contra las mujeres», pero sin mencionar en ninguna ocasión las acusaciones contra el trovador cubano.

En plena escalada de la polémica en las redes sociales, alimentada por artistas como Ray Fernández y Raúl Torres, defensores a ultranza de Fernando Bécquer, el Consejo de Ministros publicó en la Gaceta Oficial, apenas 24 horas después de la aparición del artículo, la «estrategia integral de prevención y atención a la violencia de género y en el escenario familiar».

El documento, de unas 40 páginas, tiene prevista su ejecución en dos fases: «durante el periodo comprendido entre 2021-2030, con una evaluación de mediano plazo en 2026».

Tal vez la entidad estatal más frontal al condenar el caso fue el Centro Pablo de la Torriente Brau, una institución cultural cubana que se ha encargado, entre otras cosas, de difundir a los exponentes de la Nueva Trova, especialmente de las generaciones más jóvenes.

En este caso el poeta Víctor Casaus, director de la institución, publicó como «Declaración del Centro Pablo» en su perfil de Facebook un texto escrito por la trovadora Rita del Prado donde condenaba las acciones de Fernando Bécquer contra las cinco mujeres cubanas que ofrecieron su testimonio.

«Lo que menos importa aquí es la postura política del periódico digital que primero les hizo caso y las publicó, como tampoco importa la postura ideológica de quien cometió los actos. Poner el acento en eso, es desviar la atención», escribió la trovadora, atacando a los argumentos de algunos de los defensores del músico, que intentaron desvirtuar las denuncias alegando que se trataba de un tema político y de «ataques a la Revolución».

Como era de esperar, la declaración del Centro Pablo no llegó más allá de las redes sociales y fue ignorada por los medios de prensa y el discurso oficial, que hasta el día de hoy ha aludido al asunto esencialmente a través de malabarismos retóricos.

No fue hasta el día 11 de diciembre que el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), encabezado por Mariela Castro, se pronunció sobre el caso, aunque nuevamente evitando mencionarlo de forma directa.

En realidad, más que denunciar o anunciar la apertura de una investigación, el CENESEX defendió su labor de «atención a las víctimas de violencia sexual», rechazó «toda forma de violencia basada en género, y en particular, las violaciones sexuales», a la vez que instó a las víctimas a acercarse a la institución y realizar las denuncias ante las autoridades cubabas.

El comunicado de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) se hizo esperar hasta el 14 de diciembre. La entidad rechazó cualquier tipo de violencia de género y mencionó el caso de «varias mujeres» que contaron «sus historias de vida, cuando fueron ultrajadas sexualmente, y aunque han pasado los años, las cicatrices continúan abiertas». Tampoco mencionó directamente el caso en cuestión.

Al día siguiente, mientras el tema seguía ocupando un lugar destacado en el debate público cubano, se sumó el Noticiero de la Televisión, el primer medio nacional en abordarlo, también de manera un tanto elusiva.

«Varias mujeres narraron sus historias, como víctimas de un ultraje sexual. Y aunque han pasado los años, las cicatrices siguen ahí, intactas, como pervive lamentablemente un machismo que agrede desde el acoso sexual, la descalificación, o también desde el abuso sexual…», dijo el periodista Abdiel Bermúdez sin mencionar a las víctimas, al victimario, ni al medio de prensa que divulgó las denuncias.

A la par, otro debate se abría en las redes sociales, marcado por artistas cercanos al trovador que descreían del testimonio de las víctimas, a quienes acusaban, en contubernio con la revista, de realizar una campaña de difamación contra Fernando Bécquer por sus ideas políticas.

Entre ellos, además de Ray Fernández y Raúl Torres, se encontró Kiki Corona y Ariel Díaz. Mientras tanto, Mauricio Figueiral y Adrián Berazaín, señalados en la investigación, descartaron cualquier tipo de responsabilidad individual, se distanciaron de Fernando Bécquer y defendieron a ultranza su inocencia, en contraste con las acusaciones de «complicidad» efectuadas por varias de las testimoniantes.

La primera declaración pública de Fernando Bécquer, y la única desde entonces, pues se negó a responder a El Estornudo cuando fue contactado antes de la publicación del texto, la ofreció a Diario de Cuba el 10 de diciembre, cuando finalizaba un concierto en el Centro Cultural ArteHabana al que Raúl Torres lo había invitado.

«No le doy credibilidad. No sé de qué me están hablando. No sé, y más cuando es una calumnia que me están haciendo a mí. Yo no voy a contestar (…) Yo no creo nada, yo creo en la Revolución», fue la respuesta del trovador a los periodistas Mauricio Mendoza y Kiana Anandra, quienes denunciaron una fuerte presencia policial en el lugar.

Mientras el debate continuaba en las redes sociales, varias de las víctimas del trovador acudieron a la Policía para iniciar una denuncia legal.

La escritora cubana Elaine Vilar Madruga, quien confesó haber sufrido abusos sexuales por parte del músico, fue la primera en anunciar públicamente la interposición de una denuncia ante la Ley. Una fuente dijo días más tarde a El Estornudo que alrededor de seis personas habían interpuesto una demanda contra Fernando Bécquer.

Fernando Bécquer

El 30 de diciembre las periodistas Ania Terrero y Dixie Edith confirmaron en un texto publicado en el portal estatal Cubadebate que había una investigación judicial en curso contra el músico, aunque no dieron más detalles.

«Ya avanza un proceso investigativo que implica a la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), la Fiscalía General de la República (FGR) y los tribunales correspondientes», confirmaron las periodistas, siendo esta una de las pocas veces que apareció el nombre del trovador en un medio de prensa estatal en relación con las denuncias de abusos sexuales.

Sin embargo, Lilliana Héctor Balance, una de las mujeres que ofreció su testimonio contra Bécquer, denunció que tanto ella como otras de las víctimas del trovador que no residen actualmente en la Isla enviaron en su momento cartas a la Oficina de Atención a la Población, como corresponde para tramitar las denuncias a las personas que no residen en el país, y la respuesta de la entidad estatal no llegó nunca.

«Y aún hoy tras pedir acuse de recibo, tras hacerles el trabajo, porque les enviamos nuestra declaración en primera persona y luego una copia en tercera persona, (como si lo hubieran hecho ellos y a petición suya); no han tenido la decencia de siquiera dar una respuesta, un correo que diga, mínimo, ‘recibido’, aunque sabemos que lo recibieron, porque nunca nos rebotó», denunció Balance el pasado 14 de febrero y confirmó a El Estornudo que hasta el día de la publicación de este texto continúa sin recibir contestación.

De acuerdo con un análisis jurídico publicado por el portal independiente El Toque, los delitos cometidos por Fernando Bécquer, de acuerdo a los testimonios de las víctimas, califican como «abusos lascivos» y «ultraje sexual», que pueden ser sancionados con cinco y un año de privación de libertad como máximo, en cada caso.

A pesar de que el delito de «abusos lascivos» prescribe como máximo a los diez años de cometido, y a los cinco el de «ultraje sexual», que algunos de ellos hayan ocurrido dentro del marco de la prescripción podría permitir que se ampliara este periodo y se juzgaran también los casos ocurridos antes de 2012.

«Las denuncias contra Bécquer forman parte de una cadena de testimonios que se extiende a lo largo de, al menos, 20 años. Esto permite que, si varios de esos testimonios espaciados en el tiempo se consideran como delito, también podría considerarse que los más cercanos han interrumpido y duplicado los términos de prescripción de los más lejanos», explicaron los especialistas de El Toque.

Varias activistas feministas, víctimas de abusos sexuales por parte del trovador y personas que han apoyado la denuncia públicamente, recibieron mensajes desde el perfil de Facebook de Fernando Bécquer entre finales de febrero e inicios de marzo, en los que defendía su inocencia y denunciaba una campaña de calumnias que lo sentenciaba sin pruebas. Hasta donde hemos podido investigar estos mensajes solo fueron recibidos por mujeres.

Mientras tanto, instituciones como el Ministerio de Cultura, la Asociación Hermanos Saíz o la Asociación Cultural Yoruba de Cuba no han emitido ningún comunicado respecto a las denuncias contra el artista. Tampoco los medios de prensa estatales o las instituciones relacionadas con los derechos sexuales o de las mujeres se han vuelto a pronunciar.

Sin embargo, Fernando Bécquer continúa presentándose en lugares públicos donde ofrece conciertos y sus videos musicales son transmitidos con asiduidad por la televisión estatal en Cuba.

Roxana *. Edad: 25. Año: 1999

Estaba recién graduada de la Universidad. Mi amistad con Fernando Bécquer empezó alrededor del año 1993 y la mantuvimos hasta hace poco. Él, incluso, frecuentaba mi casa de La Víbora y yo la suya de C y 17. Conocí a su abuela, a su madre. Él estaba obsesionado con la santería, yo era estudiante de Bioquímica. Por la edad que teníamos todas nuestras relaciones eran más o menos normales. No era una aberración que anduviera con universitarias entonces, porque él tenía más o menos la misma edad de nosotras. La aberración es que ahora, teniendo más de 40 años, siga saliendo con chicas de 19.

En un momento que yo estaba pasando por un bajón él me dijo que tenía que hacerme una limpieza. Otras veces me había tirado los cocos y esas cosas, pero no llegó a más. Hasta un día en que se extralimitó con creces.

En esa ocasión me dijo que yo tenía un muerto oscuro y él tenía que limpiarlo. Fui a su casa de 17 y C y la ceremonia comenzó normal, con miel, tabaco, no recuerdo qué más. Me empezó a untar eso, luego me quitó la camiseta, lo que me pareció normal porque yo soy una persona muy desprejuiciada. No pensé que fuera a ir más allá de eso, pero a continuación me puso en la cama y me empezó a poner la mierda esta por todo el cuerpo, incluida la parte superior de los genitales, lo que es el pubis. Luego me dijo que el muerto oscuro solo salía con sexo oral, y ahí toda manoseada le dije que no, que ya estaba, que yo me apañaba. Me limpié, me vestí y me fui. Me manoseó y estuvo a punto de hacerme sexo oral, pero me iluminé y fui capaz de frenarlo. Ahí se quedó y tan amigos como siempre.

Pero unos años después otra amiga me comentó que él le ofreció una limpieza y la puso en una posición muy sexual. Ahí comprendí que era descaro.

En el momento me sentía imbécil, me sabía mal hablarlo por pensar que yo era tonta. Pensaba que si lo contaba me dirían que me pasó por tonta. Y en ese momento y a esa edad no teníamos la conciencia en Cuba de que aquello era una agresión sexual, pues si no había penetración, una pensaba que no era agresión. 

Para mí no es un trauma porque, aunque intentó meterme mano, no llegó hasta donde él quería. En ese momento yo no tenía claro si lo hacía porque estaba loco y realmente se lo creía o era un descarado. Yo tengo 47 años y voy a cumplir 48. En aquella época tenía 20 años. Él tendría 25 o 26. Era un chaval igual que nosotros. Ahora es un viejo de 50 años que sigue haciéndolo con chicas de 20, lo que me cambia la perspectiva del asunto. Yo nunca lo hablé con nadie después de que me pasó hasta la publicación de la denuncia.

Glenda Fernández. Edad: 20 años. Año: 2001

Yo conocí a Fernando Bécquer después de unas giras que tuvo con trovadores de su generación por Centroamérica. Ellos tenían como cierta fama, sus groupies de Casa de las Américas. También por esa época se fundó el Centro Pablo, que era donde hacían la mayor parte de los conciertos. Yo soy cantante, y a partir de ahí yo conocí a otro trovador llamado Samuel Águila y empecé a trabajar con él. También canté e hice conciertos con el propio Fernando Bécquer, Heidi Igualada, Ariel Díaz, Rita del Prado, Ihosvany Bernal y Silvio Alejandro, entre otros.

Conmigo casi todos los trovadores fueron muy respetuosos. Fernando Bécquer no fue lascivo a la cara. Era muy solapado en todo lo que hacía. Él iba con cierta frecuencia a mi casa en Centro Habana, donde hacíamos reuniones, también coincidíamos en conciertos, en los festivales Longina, en un montón de lugares.

Mi pareja entonces era amigo de ese grupo de artistas, hacíamos cenas en casa con ellos, descargas, cantábamos. Para mí yo era una igual a todos ellos, aunque eran bastante mayores que yo, pues tenía entonces unos 20 años.

Cuando rompí con mi pareja, Fernando se ofreció para hacerme una consulta o una limpieza. Yo siempre había coqueteado con la religión, pero nunca me había acercado totalmente. No tenía ningún conocimiento sobre los rituales religiosos en ese momento. Él me dijo que tenía una gitana dentro y que, aunque estuviera llorando en ese momento, ya conocería a otras personas para olvidarme de mi ex. Pero yo estaba desesperada por volver con él, entonces era muy joven y no lograba superar la ruptura.

Él sabía que vivía sola, en una casa enorme. Sabía que mi familia se había ido toda para Estados Unidos y no tenía ningún tipo de apoyo, que mi vida giraba en torno a mi pareja. Me dijo un día para hacerme una consulta o algo que me iba a ayudar con mi problema. Yo acepté, nos pusimos de acuerdo y fue a mi casa una noche.

Lo primero que me preguntó al llegar era si tenía colonia blanca. Le dije que tenía, pero no blanca. Me dijo que no importaba, que también servía.  Recuerdo que él llevaba un tabaco. Me pidió que me pusiera ropa blanca, entonces yo cogí una bata de casa y me la puse. No recuerdo si me salpicó con la colonia, pero si que luego comenzó a sobarme el cuerpo. Primero por la cabeza, pero después fue a la parte del pecho, y cuando comenzó a tocarme las tetas yo dije como «uf, incómodo, pero hay que hacer lo que hay que hacer». Yo hacía cualquier cosa por recuperar a la persona con la que estaba. Quería volver con él porque mi vida giraba en torno a eso. Me sentí incómoda, pero decidí seguir pensando que ese tipo de trabajo religioso era así.

Fernando siguió bajando por todo el cuerpo hasta que me metió la mano en el coño. Todo esto con los ojos cerrados, porque me dijo que tenía que ser con los ojos cerrados. Con una mano me tocaba el pecho y con la otra comenzó como a masturbarme, a tocarme el clítoris. En ese momento yo estaba súper tensa, pero calladita más bonita. Me dije: «Esto es lo que hay», pero sabía que lo que sucedía no estaba bien. En mi cerebro yo no asimilaba que Fernando estaba haciendo eso. Hubo un momento en que me puse muy tensa, le aparté la mano y me incorporé. Ahí fue cuando él paró.

Creo que lo que me salvó en el momento fue que estaba en mis últimos días de la regla y tenía puesta una compresa. Yo tenía los ojos cerrados, pero teniendo en cuenta que me tocaba con las dos manos, creo que no se estaba masturbando. Tras incorporarme no recuerdo si me dijo algo, solo recuerdo mi sensación de desconcierto y asco. No quise verlo después de eso, pero tampoco lo combatí. Estaba desconcertada, me sentía violentada, pero a la vez no sabía cómo tratar eso. Supongo que habremos hablado algo y se fue. Ahí quedó.

Yo lo enterré. No lo hablé con nadie. Me daba mucha vergüenza, no me quería someter al juicio de la gente. También dejé de hablarle a Fernando, no quise saber más de él.

Tuve conciencia de que estaba siendo abusada mientras me pasaba, pero no lograba vincular a Fernando, un amigo, con eso que me sucedía. Creo que cuando le aparté la mano fue que comprendí. Creo que no tengo un trauma a raíz de eso, aunque, si miro hacia atrás, lo noto en mis patrones hasta para relacionarme con las personas.

Beatriz *. Edad: 17 años. Año: 2007

Acababa de empezar mi vida como estudiante universitaria en la Facultad de Comunicación, en G y 21. Solía visitar el parque de G y por ende hacer amistades y socializar con las personas que se movían alrededor de ese espacio. Tenía muchas amistades de la facultad, también personas que había conocido en el Café Literario, entre los que estaba Fernando Bécquer. No recuerdo quién me lo presentó.

Para mí era un trovador más que empecé a ver más seguido. Siempre andaba por ahí, y por educación lo saludaba. Él también me saludaba siempre. No recuerdo que hayamos sostenido una conversación de más de dos palabras.

Mi familia es de médicos, militantes del Partido Comunista, pero siempre desde niña tuve inclinación por la religión yoruba. Nadie me lo inculcó, yo siempre creí en las cosas místicas, me encantaba el mar. Hace diez años tengo coronado Ocha en la religión Yoruba, y en aquel momento, a mis 17 años, todo lo relacionado con ese mundo me fascinaba más de lo normal, porque era muy nuevo para mí.

Hablar de eso en mi casa no era común, nadie entendía por qué me llamaba la atención, y todo el que quisiera hablarme de eso, para mí era fantástico, pasaba a ser mi mejor amigo o amiga. Y eso debió haber pasado con él, porque en alguna de las conversaciones yo hice alusión a que me gustaba la religión yoruba.

No había que ser psicólogo para percatarse de que estaba muy ansiosa por conocer más, que me explicaran, me contaran. Él debe haberse dado cuenta, porque recuerdo que todo ocurrió una tarde noche en la que yo terminé en la facultad, me estaba tomando un café sola, y él se me acercó y me dijo que yo necesitaba con urgencia tirarme los caracoles. Yo me alegré mucho, al fin alguien me iba a decir todo lo que yo quería saber y me iba a explicar. Le pregunté para dónde había que ir, quería que me dijera cuál era mi camino, mis raíces. Él me dijo que en ese momento estaba muy ocupado, pero que fuera por la noche a su casa, que me iba a consultar. Yo accedí enseguida.

Recuerdo que fui a mi casa y me bañé, me vestí de blanco porque quería presentarme lo más pura posible para que se pudiera ver toda mi astralidad. Llegué a la cita pactada, él estuvo puntual. Fuimos a una casa que yo no recuerdo exactamente dónde es, quedaba debajo de 23. Me llamó la atención lo desolada que estaba, era una casa antigua, envejecida, con ventanales muy grandes. Casi parecía que no estaba habitada por personas. Él me había citado para las diez de la noche, pero llegamos tarde porque, cuando nos encontramos, él hablaba con alguien y no se mostró apurado. Yo en mi inocencia pensé que mientras más tarde, mejor.

Entramos al lugar, él parecía muy profesional, se sentó, me puso un banquito, una estera, unos caracoles, unos paños blancos por delante. Empezó a hacer rezos, los cuales hoy sé que son una moyugba. Yo pensaba que ese día iba a aprender todo lo que necesitaba saber.

Me habló de un cuadro espiritual, que si yo tenía un indio, que si un árabe, y todo se tornó muy raro cuando me dijo que yo tenía una gitana en mi cordón espiritual, que él tenía que conversar con ella, pero para poder comunicarse bien con ella necesitaba que yo me soltara, abriera las piernas. Sus palabras textuales fueron, porque me chocaron mucho, «ponerme bien puta».

Me quedé petrificada cuando la palabra «puta» sonó en aquel registro. En ese momento pensé: «trágame, tierra; ¿quién me mandó venir? Concienticé que el fin de estar ahí no era consultarme, sino otro. Caí en cuenta de que eran las doce de la noche y estaba en un lugar que no conocía con alguien extraño. La frase él me la repitió varias veces, e imagino que a medida que lo decía mi rostro se iba transformando, porque era algo que me chocaba mucho, sobre todo porque insistía demasiado en que fuera así.

En algún momento de la conversación le pedí que no me repitiera más aquello porque me molestaba y me dijo que si quería saber de la religión tenía que hacer lo que él estaba diciendo, que era quien tenía la comunicación directa con el más allá.

Yo no atiné a hacer nada, pero, increíblemente, ese señor me dijo que se acabó el registro. Que yo no quería avanzar ni poner de mi parte, y él no tenía tiempo para eso. Recuerdo que cuando bajamos la escalera yo me apresuré porque era bien oscura. Me dejó en la esquina y se fue.

Violeta *. Edad: 15. Año: 2008

Yo estaba en primer año de Instructores de Arte. Andaba con una amiga de mi aula, de mi misma edad. Nosotras salíamos solo los fines de semana, porque estábamos becadas. Íbamos al Café y al Parque de G, a La Casona.

A Fernando Bécquer lo conozco desde pequeña porque él había trabajado con mi tía. De hecho, siempre me saludaba y le decía a la gente que me conocía desde chiquita, lo que es muy creepy. Él era alguien a quien yo le tenía cierta confianza, porque era amigo de alguien de mi familia. Con 15 años no me pude imaginar lo que pasaría.

Un día estaba con mi amiga en el Parque de G y le dijo a ella que tenía un muerto oscuro y a mí me dijo lo contrario, que podía ir caminando por la calle y si venía un violador él iba a doblar la esquina y no se iba a encontrar conmigo, porque yo tenía mucha luz.

En la beca de Instructores de Arte fue que mi amiga y yo escuchamos por primera vez de la religión yoruba. Era un tema muy místico para nosotras y nos interesaba saber. Cuando él dijo eso mi amiga se asustó, y entonces él nos propuso hacernos una consulta.

Recuerdo que fuimos a su casa, era una calle oscura. Me llamó la atención que no tenía casi cosas en la sala. No vi santo ninguno ahí. Ni una virgen, ni vasijas.

Al principio él estaba de lo más normal, conversando con nosotras a distancia. Nos dijo que nos consultaría por separado, entonces se llevó a mi amiga primero, estuvo con ella un rato, luego regresó con una cara medio rara, y sin darnos tiempo a conversar entre nosotras me llamó a mí.

Me metió en su cuarto, que estaba oscuro, pero como con una luz amarilla. Me dijo que me acostara en la cama y se acostó al lado mío. Luego me pidió que pusiera la mano en su barriga y que empezara a bajar. Una talla muy rara, yo estaba súper incómoda, no entendía si eso estaba bien o mal, si era religioso o no. Ahí es donde yo borré un poco lo que pasó.

No recuerdo si le llegué a tocar los genitales o no, es probable, porque si no, no sé por qué lo he bloqueado de esta forma. Él sí me pidió que le tocara los genitales. En algún momento se cansó de que yo estuviera tan incómoda y nerviosa y salimos. Nosotras solo hablamos de lo que nos pasó al salir de la casa, con mi amiga fue más grave.

Nos pareció muy vergonzoso, pero no sabíamos que habíamos sido víctimas de un abuso. Teníamos 15 años, que es una etapa de vulnerabilidad, de adolescencia, de estar becadas.

Carmen *. Edad: 17 años. Año: 2009

Estaba terminando el preuniversitario Lenin, empezando la Universidad, cuando conocí a Fernando Bécquer. Me gustaba mucho la trova, y solía salir a conciertos y sitios así. Tenía noviecitos que tocaban la guitarra, yo cantaba y escribía canciones. Teníamos ese modo de vivir, bastante típico a esa edad.

En esa época yo me enamoré de un trovador, e iba a todos sus conciertos. Bécquer iba mucho también, entonces me empezó a ver ahí. Yo también iba a las peñas del Fresa y Chocolate, de La Casona, sitios que él frecuentaba.

Te cuento lo del crush porque Bécquer identificó que me gustaba ese músico, sus canciones, y esa fue su forma de aproximarse a mí: hacerme creer que eran amigos. Recuerdo que como en dos conciertos de esta persona se me paró al lado y me dijo: «él me ha contado», «el otro día estuvimos juntos». Todo el tiempo intentaba hacerme creer que eran muy cercanos. Yo sabía que no lo era, pero no importaba, porque era un tema en común. Yo decía para mí: «¿Este pensará que soy idiota?». Pensaba que lo hacía para acercarse en plan amigo, conversar.

Yo iba a los conciertos a veces con una amiga, y un día Bécquer se nos acercó y nos invitó a casa de su mamá, en 13 y G. No recuerdo cómo nos convenció, pero fuimos. La casa era bellísima, Cuando llegamos, la mamá nos saludó. Saludar a la mamá nos dio como cierta confianza, no era un lugar donde estuviéramos en peligro. Pero después él cerró la puerta del cuarto y se puso a hablar con nosotras.

En ese momento no subimos buscando algo religioso, sino más bien nos convenció con cosas de música, que era nuestro interés. Ya en su casa él hizo una canción con mi nombre. Yo todavía recuerdo como cuatro versos de la canción, no hubo ningún comportamiento raro por su parte, pero por alguna razón vimos que se había agotado el espacio de lo que estábamos haciendo ahí y decidimos irnos.

Ahora yo, pensándolo, creo que todo él lo tenía preparado. Recuerdo que, como parte de la visita, me dijo que a lo mejor yo me sentía menos al lado de mi amiga, porque ella era más atractiva. Eso me hizo pensar que le gustaba mi amiga y a la vez que no le gustaba yo. Me creí a salvo.

Al parecer yo le di mi teléfono, porque después me llamaba a cada rato. Ahí empezó a recomendarme que me hiciera una limpieza.

Nunca se me ocurrió que quisiera algo conmigo, era mucho mayor, me había dicho que no era atractiva. También él tenía una pareja en esa época.

Cada vez que nos veíamos me hablaba sobre cosas espirituales, decía que algo le estaba diciendo que yo tenía que hacerme una consulta para que me fuera mejor en la vida. Un día yo acepté, por curiosidad, y porque tenía cierta confianza en que él no estaba interesado en mí. Quedamos y recuerdo que me pidió que llevara ropa holgada.

Era un domingo nublado, yo fui al teatro y él me fue a buscar a la salida. Cuando iba saliendo, me pareció raro que una persona tan grande, tan mayor, me fuera a buscar. Llegó con una sombrilla y me llevó a su casa de la Calle G. No recuerdo si estaba la mamá o no. Los recuerdos a partir de ahora son muy puntuales.

Sí recuerdo que me llevó a la misma habitación a la que había ido con mi amiga, la azul. Yo llevaba puesta una falda holgada, rosada. Él me dijo que me acostara en su cama y en ese momento no me dijo que se acostaría al lado mío. Puso unas cosas en una esquina, no sé si unas velas, para darle verosimilitud al supuesto ritual que iba a hacer. Se esforzó en crear una atmósfera. Acostada, me dijo que cerrara los ojos. Eso fue lo que me hizo quedarme hasta el final, si no me habría dado cuenta antes de que algo extraño sucedía.

En un momento sentí que la cama se hundió, no sé si porque se sentó o se acostó, yo tenía los ojos cerrados y no los abría. Ahí lo primero que recuerdo es que él me tocó por debajo de la saya, y para mí fue súper raro. Es una de las sensaciones que no logro olvidar. Unos dedos súper rugosos tocándome. En esa época yo no tenía experiencia sexual ninguna, pero me había pasado con novios anteriores y sabía que tenía una connotación sexual.

Creo que a partir de ahí yo me bloqueé, y él me tocó, no como prolongadamente ni con demasiado énfasis, pero sí me tocó. Luego me cogió la mano y me la puso en la zona de su barriga, pero cercana a la pelvis. Eso lo sentí, porque tenía los ojos cerrados. Me condujo el movimiento que yo tenía que hacer con la mano.

Antes no me había dicho en qué consistía el ritual ni yo pregunté. Uno tiene como una visión cinematográfica de eso que a lo mejor era acostarme y pasarme unas cosas y ya. Todo iba fluyendo como él lo decidía, sin que yo supiera de antemano qué sería lo próximo. Quizá es porque él va como tomándole el pulso a la situación en el momento. Me puso la mano ahí y yo tenía una sensación súper desagradable. Me empecé a asustar mucho y no sabía lo que estaba pasando.

Otra cosa que no he podido olvidar es el recuerdo sonoro de algo, que yo creía que era que se estaba masturbando, pero no me atrevía a abrir los ojos. Él es un hombre enorme, me resultaba desagradable imaginarme un tipo de contacto íntimo o sexual con él.

Tengo grabada la imagen de sus ojos. Me asusta todavía. Yo sentía que eso podía estar pasando, pero no tenía la certeza porque no abrí los ojos. En un momento traté de abrirlos un poco, pero no lo logré. Estaba aterrada.

Después creo que terminó, pero no lo sé. La eyaculación la inferí, porque nunca logré abrir los ojos hasta que se paró de la cama. No sé lo que hizo con su semen. Cuando abrí los ojos estaba muy asustada, pero me hizo sentir tranquila, confiada. Da mucha rabia, porque después de abusar de mí se ofreció a acompañarme y caminó conmigo varias cuadras por G.

Sí recuerdo que me dijo en algún momento que a través de su semen se iba a ir lo malo que yo tenía. Me acompañó y todo quedó aparentemente normal. Después me siguió llamando por teléfono, lo volví a ver en grupos, pero nunca pude mirarle a los ojos, ni tampoco quedar a solas con él.

Luego nos alejamos hasta que no lo vi más. Lo conté por primera vez a una pareja mía en 2019, diez años después. Y no fue porque quisiera contarlo, sino porque una noche de pronto empecé a llorar al recordar. Durante varias noches estos recuerdos me han quitado el sueño. Nunca le dije a mi pareja entonces quién era la persona. Después de contarlo fue peor, esas imágenes se han vuelto cada vez más recurrentes en mis noches, y no sé qué lo desencadena. El resto del tiempo soy funcional, no me acuerdo de eso.

Isis Urgell. Edad: 19 años. Año: 2009

Yo conocí a Fernando Bécquer en el Centro Pablo. Tenía unos 16 años en ese entonces. Recuerdo que él se acercó a mi grupo de amigas y hablamos. Después de eso seguimos viéndonos, siempre nos saludaba. A veces nos veíamos en G. Un par de veces nos invitó a su casa luego de los conciertos de trova. Estaba también Mauricio [Figueiral], [Adrián] Berazaín, y a nosotras, que éramos estudiantes de preuniversitario, nos parecía increíble andar con aquellos músicos.

Él tenía siempre esa cosa mística religiosa. Yo no soy una gran conocedora de religión, pero mi papá sí. Tengo un recuerdo de algo, lo que es raro porque lo he bloqueado, y es que una de las primeras veces que estuve en su casa él me llevó a otra habitación porque se sentía mal, y dijo que había un problema con mi aura y quería limpiarla o algo así. Yo le agradecí, pero le dije que no era religiosa, y su respuesta fue que eso era un tema de fe, y con la misma me agarró la mano y me la puso sobre su pene. Como para decir: «Mira, como no siento nada, estoy siendo sincero». A mí me impactó, pero no pasó nada más. En ese momento era muy chica.

Lo que siempre veía en su casa era una validación del discurso machista por parte de todos ellos. Contaban cómo iban a las provincias del interior y hacían castings con la excusa de que iban a realizar un videoclip, y aprovechaban para poner a las muchachas a bailar y que se quitaran prendas de ropa. A nosotras, que éramos tan jóvenes, nos decían que éramos muy maduras para nuestra edad, muy inteligentes, que no éramos como las demás chicas.

En esa época yo vivía en Guanabacoa y la mayoría de las veces salíamos al Vedado, entonces él ofrecía que nos quedáramos a dormir en la casa de la calle G. Hasta ese momento no conocía la otra casa, que es la casa que heredó de su abuela. Al menos dos veces me quedé a dormir en casa de su mamá y no pasó nada.

Luego me mudé al Vedado, por lo que empecé a verlo con más frecuencia, y coincidió con que estaba empezando a hacer los papeles para irme del país. Recién había entrado en el ISA, tenía unos 18 años.

Todo el trámite migratorio era muy estresante, entonces él insistió en tirarme los caracoles y ayudarme desde el punto de vista religioso con eso. Yo recuerdo que me invitó a la casa de 17 y C. Ahí, en la habitación donde dormía, me pidió que me acostara en la cama, cerrara los ojos y pensara en cosas que me gustaran.

Yo tenía los ojos cerrados todo el tiempo y sentía un movimiento en la cama, pero no sabía al cien por ciento lo que estaba pasando. Mi reacción fue quedarme congelada, porque no tenía idea de qué iba a pasar si abría los ojos, y tampoco estaba segura de querer saber qué estaba pasando. Mientras, él decía una serie de oraciones, así que tampoco sabía si, de hecho, era algo religioso. Al rato terminó, salió, me dijo que me podía levantar. Fue sin contacto. Me hizo café como si nada hubiera pasado. Para mí fue uno de los momentos de mayor disonancia cognitiva de mi vida, porque no entendí nada.

Fue muy raro porque conmigo era una persona muy amable. Me invitaba a lugares. Muchas veces me presentaba como si yo fuera su hermanita «adoptiva». Él me decía que yo tenía cuerpo de hermanita menor.

Tal vez un mes antes de que yo me fuera de Cuba, en un momento que estaba teniendo problemas para conseguir el pasaje, me volvió a ofrecer una limpieza, tirarme los caracoles, toda la explicación que daba. Yo le dije que no me sentía muy cómoda porque no era religiosa. Él me dijo que para él también era bueno, era progreso.

En ese caso fue muy semejante, me llevó a la habitación, me pidió que cerrara los ojos, pero el clic que hice ahí fue porque en un momento me dijo: «Acaricia la bolsa», queriendo decir que le tocara la zona de los testículos. Recuerdo haber estirado la mano, no moverme y pensar: «Si me levanto ahora de la cama y salgo corriendo, ¿quién me va a abrir la puerta?». Me quedé ahí congelada.

Todo esto que cuento ahora lo he tenido que desenterrar desde diciembre, porque lo tenía muy bloqueado.

Ya viviendo en Argentina y militando en el feminismo comprendí que eso había sido un acto sexual sin mi consentimiento, independientemente de sus creencias religiosas. Yo nunca di mi consentimiento, ni siquiera sabía lo que estaba pasando. Cuando hice esa reflexión lo bloqueé. Lo tengo bloqueado en todas las redes, nunca más le hablé a él ni a nadie sobre él. Me sentía muy mal con todas esas cosas que fueron reviviendo.

La mayoría de las veces que yo salí con él estaban también Mauricio y Berazaín. Pienso que había un pacto de silencio entre ese grupo. Nunca nos dijeron que tuviéramos cuidado con él. 

Laura Verdecia. Edad: 16 años. Año: 2009

Laura Verdecia / Foto: Cortesía de la entrevistada

Estaba en La Lenin, y la distracción entonces era ir los fines de semana para el Café de G. Se había creado una especie de comunidad alrededor de ese lugar, donde quienes lo frecuentábamos nos conocíamos. También iba a actividades culturales en el Pabellón Cuba, el Submarino Amarillo, y Fernando Bécquer era de las personas que estaba habitualmente en esos lugares, como también Raúl Torres, William Vivanco, Adrián Berazaín. Para mi compartir con algunos de esos artistas era cool, y Bécquer comenzó de alguna forma a acercarse a mi grupo, hasta que fuimos haciendo amistad.

La primera vez que estuve en su casa fue un día que una amiga y yo andábamos con él y Berazaín por el «Pan con Perro» de F, y después nos invitó una casa que tiene en G súper bonita. Él nos dijo algo así como «ustedes son mis amigas, por eso las voy a traer a este lugar al que normalmente no tendrían acceso, hablemos de religión, de cosas, yo quiero conocerlas».

Yo siempre de adolescente tuve mucha curiosidad con el tema de la religión yoruba. En algún momento él me dijo que el novio que yo tenía antes me había echado una brujería para que yo nunca tuviera placer en el sexo. Yo era virgen y hasta ese momento nunca había tenido relaciones sexuales. Entonces me sentí preocupada, con eso metido en la cabeza, pero mal.

Ese día mi amiga y yo nos fuimos de su casa sin que sucediera nada fuera de lo común. Cuando lo vi días después me dijo que me quería llevar adonde tenía los caracoles y sus cosas para quitarme la brujería. Él generó un estado de confianza diciendo que quería ayudarme con esa situación, y hasta ese momento nunca se había propasado conmigo.

Ahora, que sé más de la religión yoruba, sé que lo que él hizo no tiene nada que ver con lo que hace un babalawo, eran literalmente tres caracoles recogidos de Guanabo que tiraba en el piso para hacer un paripé.

La cosa es que un día fui a su casa con mi amiga, pero no a la casa bonita, sino a la de 17 y E, por la cuadra de ETECSA, y me dijo que mi amiga tenía que irse y quedarse solo conmigo. Me tiró los caracoles y a continuación me dijo que ya sabía lo que tenía que hacer. Me llevó a su cuarto, me pidió que me acostara en la cama, que cerrara los ojos, y en un momento que los abrí lo vi con su miembro afuera y me dijo que para limpiarme yo le tenía que hacer sexo oral. «Tócalo, tócalo», me decía.

Yo nunca había tenido relaciones sexuales, eso violentó totalmente mi percepción del sexo. Tenía, además, una brujería echada, según él. Pero por alguna razón yo reaccioné y le dije que no, me levanté y me fui.

Tenía tanta vergüenza que ni siquiera le comenté a la amiga que fue conmigo ese día. Más nunca le miré a la cara. Estoy yendo a terapia ahora de nuevo.

Después de eso me empecé a sentir culpable de haber tenido la posibilidad de arreglar ese problema de la brujería para que no tuviera placer sexual y no lo hice. Tras comenzar mi vida sexual tardé años en sentir un orgasmo. Estaba bloqueada completa, convencida de que no tendría uno nunca. Y no creo que haya sido dueña de mi sexualidad, de mi cuerpo, de tomar decisiones respecto al sexo, hasta mucho después.

Tener una primera experiencia de este tipo fue muy complicado para que yo tuviera una relación sana con mi sexualidad. En ese momento pensé que a nadie convencería de que sufrí abuso sexual, si entré por mi voluntad a su casa. En Cuba, que mis amigas de la Lenin salieran embarazadas de profesores no era raro. No me atreví a comentarle nada a mis amistades ni a mi familia, por temor en el primer caso de que no me creyeran y en el segundo de que tomaran una actitud violenta hacia él. Poner a mi padre en una situación así era complicado para mi.

Él se aprovechaba de amigos como Berazaín o Vivanco, que generaban mucho más interés, para entrar a grupos de muchachas jóvenes como yo. Pero las dos veces que fui a su casa con mi amiga no hubo nadie más presente.

María *. Edad: 21. Año: 2010

Fernando Bécquer era una persona que llamaba a mi casa, conversaba con mi abuela, con mi mamá, teníamos mucha amistad. Para mí era una persona sumamente especial, y después de esto evidentemente lo borré de golpe y porrazo.

Yo iba a conciertos de trova, conocía a casi todos los trovadores de entonces. A él lo conocí en el Café Literario. Iba mucho al Pabellón Cuba, la Casona, al Sauce, lugares que él frecuentaba, y así nos hicimos amigos.

Fui mucho a la casa de su mamá, en 13 y G, con el grupo de amigos. Incluso una vez se nos hizo muy tarde y nos quedamos varios a dormir ahí. Era todo aparentemente muy sano. Luego, cuando comenzamos la universidad, cada cual cogió un camino diferente, pero el vínculo y la amistad con Fernando quedó. Yo me sabía todas sus canciones.

Nunca fui a la casa de la calle 17 hasta ese fatídico día. Había discutido con mi pareja y como mi facultad quedaba en El Vedado pasé por el Café de G a tomar algo. A la salida me encontré con Fernando. Yo soy una persona muy expresiva y él enseguida notó que me sucedía algo. Para mí él era como un hermano, un amigo, me alegré tanto de verlo. Le conté todo lo que me pasaba.

Entonces él ofreció hacerme una consulta y yo accedí, y hasta el día de hoy no olvido la frase que me dijo: «Tienes que hacerte una dulcificación espiritual». A mí siempre me habían dicho que yo era hija de Oshún, entonces me pareció lógico, Oshún, miel, dulcificación. Como él siempre tuvo esas características de hombre religioso que lo sabe todo y si no se lo imagina, acepté.

Ese fue el motivo por el cual fui por primera vez a su casa de C. No recuerdo si bebí alguna cosa, imagino que sí, porque fue bastante demorado, como más de una hora.

Cuando estoy nerviosa suelo temblar, y esa es una de las cosas que más recuerdo de aquel día. No sé decir si atinó o no con las cosas que me estaba diciendo en la consulta religiosa, pero cuando llegó la parte del ritual me pidió que le tocara la barriga y yo accedí, no sé por qué. Cerré los ojos a petición suya y cuando los abrí se estaba masturbando. Él eyaculó, no recuerdo si en mi mano o en un papel, porque lo he bloqueado en mi memoria.

Supuestamente con ese ritual la dulcificación espiritual había sido efectiva. Me habló de detalles íntimos, como que yo nunca había tenido un orgasmo, lo que yo no había hablado entonces con nadie. Creo que fue una manera bastante burda de abusar de mi confianza y creo que no fue peor por la relación de amistad que teníamos.

No sé tampoco las razones por las que accedí ir con él a una casa a la que nunca había ido. No consideré lo sucedido como un abuso hasta que recibí la llamada de una amiga que está en Argentina, llorando, tras leer el texto de El Estornudo. Pero cuando salí de su casa, contradictoriamente, me sentí violada. Al llegar a mi casa me di un baño eterno y nunca más crucé palabras con él. Lo vi en algunos conciertos, pero lo evité y no volví a hablar de él hasta hace poco con mis amistades. Siempre pensaba que había sido muy tonta, que había caído en una trampa.

Irene *. Edad: 22. Año: 2011

Desde entonces estoy bloqueando el tema. No tenía idea de que era una práctica que él hacía con mucha gente.

La primera vez que vi a Fernando Bécquer fue a finales de mi 12 grado, cuando estaba terminando la Lenin e iba a comenzar el primer año de la carrera. En ese momento no me sucedió nada porque no compartí mucho con él.

Solíamos ir a las peñas de trova que se hacían en El Vedado y en el Centro Pablo, al Café Literario. Un día se acercó a mi grupo de amigas, nos habló y nos invitó a su apartamento de la calle G. Éramos un grupo relativamente grande de personas y él se comportó muy amigable, accesible, sencillo. Desde que lo conocí siempre hablaba de cuestiones de religión, pero yo personalmente soy bastante atea, eso no era algo que me llamara la atención. En esos meses recuerdo que en otra ocasión fui a su casa con una amiga que supuestamente iba a hacer algo religioso con él, pero no me dijo mucho.

Lo que me sucedió con él fue a finales de la carrera. Había terminado con una pareja, me sentía mal, bastante triste, había perdido mucho peso. Entonces estaba a punto de cumplir 23 años. Un día me lo encontré en el Vedado y me dijo que me veía mal, que como amigo mío estaba preocupado, que había estado pensando en mí.

Para entonces hacía años que no nos veíamos, pero bueno, él supuestamente era alguien simpático, que te daba confianza. Ese día me insistió mucho en la cuestión religiosa, en que yo estaba mal, que él podía ayudarme y que había que hacer algo al respecto. Yo le dije que se lo agradecía, pero no estaba interesada. Entonces me pidió mi número de celular y se lo di.

Después de ese encuentro en la calle me llamó, insistió en que me quería ayudar. Yo no tenía mucha idea de qué podía él hacer por mí, pero como era una persona con quien tenía una cercanía de años atrás, para salir un poco del tema, porque fue muy insistente, aproveché un día que tenía que ir a una biblioteca en San Juan de Letrán, y como tenía que estar por esa zona del Vedado, quedé en verlo. Me pidió inicialmente que llevara una prenda de ropa que no me importara perder.

Yo llevé una blusa. Cuando nos encontramos pensé que iríamos a su casa de G, pero me llevó a otro que nunca había ido por 17 y C. El edificio parecía abandonado y su apartamento estaba prácticamente vacío, con un par de muebles y algunas cuestiones de santería.

En ese punto ya no me sentía bien, no me sentía cómoda. Estaba en un lugar desconocido, donde no parecía haber nadie, nosotros solos. Yo no sé por qué, pero siempre me he culpado por no haberme ido, por no hacer caso al instinto, al salto que me dio en el estómago.

Me bloqueé, me congelé, y él, que siempre estaba con una actitud bastante jocosa, se puso serio. Cambió toda su personalidad, su proyección. Daba órdenes. Hizo una especie de consulta con caracoles y me mandó quitarme la ropa que tenía y ponerme solamente la prenda que llevé, pero como no me había dicho antes para qué era, yo solo había llevado una camisa que era corta, y andaba en vestido. Me dijo que solo podía tener puesta la prenda que iba a formar parte de ese ritual, pero yo no me sentía cómoda con eso porque terminé solo usando la prenda hacia arriba, y hacia abajo estaba en ropa interior. A partir de ahí la incomodidad y el miedo solo fue aumentando.

Después de la consulta corta con caracoles y tabaco me mandó a la habitación contigua, que era un cuarto con una cama, donde me dijo que tenía que estar boca abajo con los ojos cerrados. Él llegó luego y comenzó a hablar supuestamente en una lengua yoruba. Yo no entendía nada. Primero solo hablaba y después comenzó a tocarme con algo que no sé qué cosa era, creo que un pañuelo rojo. Me tocaba las piernas, los muslos, la espalda, y bajaba y subía las manos. Recuerdo que también me tocaba las nalgas y movía el pañuelo para arriba y para abajo.

Ahí lo que pensé fue: «Ya, te jodiste». No creo mucho en la religión, pero sentí que algo no estaba bien. Por mi mente solo pasaba aguantar ahí hasta que terminara, porque no me dio la fuerza para levantarme, para irme, para enfrentarme. No me dio la valentía ni la fuerza. Me quedé con mucho miedo, muy incómoda.

Después me pidió ponerme boca arriba. Entonces él se acostó al lado mío, se había desabrochado la camisa, y siguió haciendo lo mismo del pañuelo. Luego tomó mi mano y la puso en su estómago. Me mandó mover la mano, como a acariciarle la barriga. Me daba mucho miedo y mucho asco, y traté de quitarla varias veces, pero él me la volvía a tomar y poner ahí. Hubo un momento en que me puso la mano sobre su miembro, sin haberse quitado el pantalón. Yo la quité, pero él me la volvía a poner ahí, y eso fue bastantes veces.

También hubo un momento en que se quitó los pantalones y quiso que yo le tocara los testículos con la mano, y lo hice dos o tres veces. Me ponía la mano ahí y yo la quitaba. Después empezó a concentrarse en el tema del pañuelo rojo por todo mi cuerpo, y más adelante se enfocó solo en mi vientre.

Luego me quitó la ropa interior y me hizo sexo oral a la fuerza. Me sentí muy asustada en ese punto, traté de moverme para sacármelo de encima, pero la verdad es que eso no funcionó y yo no fui capaz de gritarle. Le dije no varias veces, pero él siguió. Cuando yo hacía algún intento de levantarme, él lo detectaba y me ponía la mano en la barriga para impedírmelo. Cuando terminó se fue de la habitación, me dijo que me pusiera los blúmeres y lo viera en la sala.

En un rincón de la sala donde tenía unas velas y unos cocos me puso de pie, y estando de pie tomó ron y me escupió eso. Luego rompió mi camisa, pero yo solo me sentía muy asustada. La parte de romperme la camisa fue bastante agresiva para mí. Yo recuerdo que estaba como en una esquina, contra la pared, y él delante de mí. En algún punto me mandó arrodillarme y se masturbó delante de mí. Intentaba poner su pene en mi boca, se movía hacia atrás y adelante intentando que me lo introdujera en la boca, pero eso no lo logró. Ahí estuvo hasta que eyaculó, puso el semen en un papel. Me mandó vestirme, botar el papel y la camisa que me rompió.

Después de eso supuestamente había terminado y empezó a hablarme como antes, como si no hubiera pasado nada y me hubiera hecho un favor. Yo me fui y seguí haciendo lo que tenía que hacer el resto del día, pero muy confundida, sintiendo que eso no podía ser religión. Me sentí tonta por caer en eso, culpable por no haberme defendido con más firmeza. Estuve temblando el día entero. Cada vez que lo recordaba me daban deseos de vomitar. Me quedó mucho miedo, rabia, furia, y mucha vergüenza. Luego, cuando lo veía por la calle, me escondía, cruzaba la acera, lo evitaba, pero para él como si nada.

Sabrina *. Edad: 19 años. Año: 2011

Yo estudié Danza en la ENA y era bailarina de una compañía de Danza Contemporánea. A la primera persona que conocí de ese grupo fue a Adrián Berazaín e hicimos muy buena amistad. Por él fue que llegué a Bécquer y a otros trovadores y estuve en casa de la madre de Bécquer varias veces compartiendo con el grupo de amigos.

Para mí lo sucedido con él fue una experiencia tan desagradable, sobre todo por la vergüenza que sentí, pues me considero una mujer que no caería en una trampa como esa.

Esto sucedió en un momento muy vulnerable de mi vida, pasaba por una ruptura con una relación turbulenta, y era muy joven. Él estaba al tanto porque conocía a mi expareja. Me dijo que tenía una gitana atrás que no me dejaba avanzar en la vida y que me podía ayudar con eso. Fue en 2011, yo tenía 19 años.

Borré muchas cosas, tengo muchas lagunas, para bien, el cerebro suprime los momentos así en la vida.

Recuerdo que él comenzó el ritual en la casa de su mamá, una propiedad horizontal muy bonita en 13 y G. También recuerdo que me dijo que me acostara en la cama de una habitación que solo tenía, además, dos mesas de noche. Me pidió que cerrara los ojos y empezó a tocarme los pies, las piernas, los brazos, los muslos.

Yo le preguntaba si eso era necesario y él me decía que sí, porque tenía que limpiarme por dentro. A lo mejor por preguntarle tanto me dijo que había que continuar la limpieza en su otra casa, un lugar oscuro cerca de 17 y C. Dijo que ahí era donde tenía sus cosas de religión.

Cuando llegamos me dio unas argollas, me pidió que me tumbara en la cama y volvió a decirme que cerrara los ojos. Retomó la ceremonia y recuerdo perfectamente que me practicó sexo oral, por eso durante muchos años no pude tener sexo oral con ninguna pareja. Yo no lo empujé, no le di un piñazo, no le pedí que se alejara.

Con la única persona que lo he hablado es con mi mejor amiga, tras la publicación de la denuncia en El Estornudo.

Para mí, hasta que me fui de Cuba, un abuso era una penetración, era violencia. Fue súper confuso lo que me pasó con él, porque lo consideraba una amistad cercana, me daba consejos, se comportaba con sus amigos como «el papá de los pollitos».

En mi mente no había sido una agresión, yo no sabía si en la religión se hacía eso, y en mi mente no cabía que un amigo me hiciera algo así. Tampoco pensé que había otra persona más a la que le había ocurrido.

Después del suceso él pretendió que la relación siguiera igual, intentaba saludarme y tratarme como si nada. Yo estaba muy cortada, muy confusa. Más adelante me fui de Cuba y me siguió escribiendo. «Mi hermana», me decía. No puede estar bien mentalmente.

En los últimos años me ha pedido que comparta cosas de su trabajo en las redes, o la renta de casa de su mamá. No fue hasta que vine a Estados Unidos que tuve total conciencia de que fui abusada.

También sé que ese grupo de trovadores hace lo que llaman castings, sobre todo en las giras por las provincias o los pueblos, aprovechando que las muchachitas los ven como ídolos.

Denisse Santisteban (Dhana). Edad: 31. Año: 2012

Denisse Santisteban / Foto: Cortesía de la entrevistada

Soy peruana. Estuve en La Habana en septiembre del 2012. Entre reuniones con amigos, conocí a Fernando Bécquer. Tras escucharlo en vivo, sus letras se me hacían un tanto pesadas, pero no le tomé la importancia que debía.

Una tarde en que paseaba por la ciudad con un amigo volvimos a coincidir con Fernando. Empezamos a conversar y este tipo me notó un tanto triste. Fue en ese momento en que me ofreció hacerme un «ritual» de limpieza y lectura de caracoles. Yo, sin mayor conocimiento del tema, accedí.

Junto a mi amigo, fuimos a su casa, estuvimos bebiendo un poco y compartiendo, hasta que Fernando le dijo a mi amigo lo que haríamos (la limpieza y la lectura) y yo le confirmé que podía irse, sin problema. Que, terminando el ritual, lo llamaría para encontrarnos ese mismo día, o al día siguiente.

Entonces me dio algo de beber, me hizo entrar a su habitación, quitarme el pantalón, para poder iniciar la «limpieza», y en un momento me dijo que también era necesario que me quitara la ropa interior, pero no accedí a esto último.

Me hizo acostarme en la cama. Todo se me volvió raro, pero, en mi ignorancia acerca de los rituales de la religión que practican en Cuba, creí que era tal como me decía.

Luego, mientras decía algunas oraciones inentendibles para mí, empezó a tocarme con un pañuelo y luego con su mano. No recuerdo cuántos minutos duró eso. Pero llegué a sentirme tan incómoda, que le dije que no quería seguir y que si no había otra forma de hacerlo. Entonces me propuso que, con los ojos cerrados, yo lo masturbara a él. Dudé, sentí asco, pero de alguna manera accedí, porque seguía creyendo que era parte del ritual y que, si este quedaba incompleto, podría ocurrir algo malo conmigo.

Terminamos con eso y pasamos a otra habitación, a la lectura de caracoles, donde me dijo muchas cosas que finalmente no resultaron ciertas.

No sé cuánto duró todo ni lo recuerdo con detalle. Lo que sí sé es que salí de allí sintiéndome asqueada y peor de lo que me sentía cuando llegué. No comprendía qué clase de ritual era ese, y lo peor fue no contárselo a mi amigo cuando me llamó, o al día siguiente cuando lo vi, y tampoco contárselo a mis demás amigos.

Dejé pasar el tiempo, intentando olvidar lo sucedido y que me afectara lo menos posible. Con los meses, mi estado depresivo se agravó, al punto de tener que recurrir a tratamiento en mi país.

Tenía 31 años, lo que demuestra que no solo las mujeres jóvenes son propensas a ser manipuladas por sujetos como este.

Ahora que estas denuncias salieron a la luz, y que me enteré que le había ocurrido recientemente a una amiga muy querida, es que decidí hablar, para que ninguna otra mujer tenga que pasar por esto.

No lo hablé nunca con nadie. Estuve en terapia tres años, tomando antidepresivos. No solo por este caso. Pero también sumaba a los episodios de depresión y ansiedad, que cada vez eran más frecuentes.

Olivia *. Edad: 23. Año: 2012

Yo atravesaba en ese entonces un momento malo de mi vida, muy vulnerable, tenía problemas familiares. Un amigo mío me vio triste y descompensada y me recomendó que me viera con un amigo suyo religioso. Yo le dije que sí, tal vez por inmadurez. Fui con mi amigo y nos encontramos en la Calle G con Fernando Bécquer. Me pareció conocido de la televisión, pero nunca lo había visto en persona ni sabía su nombre. En principio parecía alguien muy amable y atento, que me quería ayudar. Sospeché que no cobrara nada, pero pensé que como era medio famoso, no le hacía falta.

Él nos llevó a una dirección en El Vedado, cerca de 17 y C. Nos dirigimos hacia ese lugar y nos encontramos con una casa antigua que hace esquina, con unas columnas, un portal. Entramos en una habitación vacía, sin cama ni nada. Me llamó la atención que una persona religiosa no tuviera santos ni cosas por el estilo. Él me había dicho que me haría una consulta, o algo así, pero inicialmente lo que hizo fue traer una botella de aguardiente y un tabaco. Me echó un poco de humo, me roció con el aguardiente y comenzó a hablar en un idioma que yo no conozco, tal vez algo religioso. Estuvo mi amigo presente todo el tiempo. Al salir no me sentía mejor ni nada por el estilo, pero él me dijo que tenía que hacerme una segunda sesión.

Quedamos en vernos otro día por la calle G, pero antes de lo pactado lo llamé y le dije que me iba a demorar porque tenía que hacer un trámite, y le conté dónde sería el trámite. Cuando terminé de hacer la gestión descubrí que él estaba ahí esperándome. Nosotros habíamos quedado en vernos en otro sitio, por lo que me pareció rara su insistencia. Me culpé por decirle dónde estaba.

De ahí fuimos los dos solos hasta un edificio que está en G entre 13 y 15. El apartamento era blanco, bonito, lujoso, muy ordenado. Eso me dio tranquilidad. Cuando él entró había una señora. Me dio un paseo, me mostró todo, la vista desde el balcón. Me brindó algo, no sé si vino o refresco. Conversamos un rato. Al terminar me dirigió hacia una habitación.

Yo pensaba que iba a entrar a una habitación llena de santos, pero me di cuenta de que lo que tenía era una cama, una silla y un closet. Muy limpia y bonita, pero nada más. Él agarró la silla y se sentó en ella frente a la cama y me pidió que me sentara en la cama. Ahí empezó con su idioma de nuevo, me pidió que pusiera las manos en las piernas, que subiera y bajara los brazos. Una especie de ejercicios, tal vez para relajarme.

Entre los ejercicios que me iba pidiendo estuvo que me acostara en la cama. En ese punto ya me pareció raro, algo malo estaba pasando. Finalmente me pidió que me quitara la blusa y yo me resistí. Entonces me dijo que si me sentía incómoda le dijera, y aproveché la cobertura para decirle que me sentía muy incómoda y me quería ir.

Increíblemente él me dejó ir. Bajé el elevador y me fui.

Paula *. Edad: 22. Año: 2015

Yo soy de Camagüey. Mi formación es como músico, y tras graduarme del conservatorio me mudé a La Habana para trabajar en una orquesta. Cuando llevaba dos años viviendo en La Habana conocí a Mauricio Figueiral y a Adrián Berazaín porque coincidimos en una gira. Una amiga mía comenzó una relación con Mauricio [Figueiral], por lo que compartíamos a cada rato. A Bécquer lo conocí un día que fuimos un grupo de amigos entre los que estaba Mauricio a la Casa de la Música de Miramar a escuchar a otro trovador. Cuando salimos de ahí alguien dijo que iríamos al Vedado, a casa de Bécquer. Se referían al edificio de G. Ese apartamento es impresionante, desde el balcón se ve hasta El Malecón. Recuerdo que fue un momento entre amigos donde conversamos y bebimos algo. Yo fui con mi pareja, todo normal. En algún momento intercambié el número de teléfono con Bécquer, como sucede cuando uno conoce a un amigo de sus amigos.

Debió haber sido al día siguiente de que fuimos a su casa e intercambiamos los números cuando me pasó un mensaje diciendo que una gitana que yo tenía le quería decir algo. Que él tenía un guerrero y debía tirarme los caracoles para conectar con mi gitana, la cual necesitaba comunicar algo. Me dijo que debería pasar por su casa.

Yo siempre había escuchado ese tipo de historias de que alguien te ve en la calle y te revela cosas. Ya hoy en día le doy poca credibilidad a los eventos místicos, pero entonces era más impresionable y le creí. No me imaginé que me estuviera mintiendo. Tal vez yo dudaba, pero él parecía convencido de lo que me decía. Le dije que podría ir uno de esos días, y él me dijo que fuera con una saya larga o un vestido. Hasta ahí su relato seguía siendo coherente.

Fui sola, no puedo asegurar que él me hubiera dicho o no que fuera. Nos vimos en su casa de la calle G. Me hizo pasar a una de las habitaciones donde había una cama, su guitarra y unos asientos. Recuerdo que me echó colonia en las manos y en la frente.

En algún momento me dijo que me subiera la saya, pero no que me la levantara completa, sino que enseñara las piernas, porque la gitana «era puta». Algo así. Esta es la primera vez que intento recordar a fondo lo que sucedió. Él también me dijo que su guerrero le daba fuerzas a mi gitana. No sé exactamente cuáles fueron sus palabras, pero sin forzarme, poco a poco, me fue manipulando y convenciendo de que aquello era por mí.

Sé que nunca me quité la ropa, pero estuvimos en la cama acostados boca arriba uno al lado del otro. Yo nunca lo toqué tampoco, tal vez él notó que yo no estaba cómoda, pero tampoco me paré y me fui. Supongo que, teniendo tanta experiencia, él sabía hasta dónde llegar, cómo envolver, justificar, sabe la palabra correcta para que una sienta que eso es normal.

Sé que él se quitó o se subió la camisa y me dijo que le tocara la barriga, como que le hiciera cosquillitas. No se quitó la ropa completamente, pero sí se masturbó. Me pidió que cerrara los ojos y le tocara la barriga.

Hay dos opciones, pensé: «O esta persona es un psicópata o lo que está diciendo es verdad». En ese momento yo quería creer que él creía que era verdad. Según él, esos rituales que hizo iban a permitir que yo conectara con mi gitana para que las cosas salieran bien. Tenía los ojos cerrados, pero recuerdo que los entreabría un poquito y lo veía masturbándose al lado mío en la cama. Es todo lo que recuerdo.

Luego me fui, y una vez fuera de su apartamento pude analizar sola lo que acababa de suceder. Nunca, nunca hablé de eso con nadie. Yo lo analicé, aprendí, y lo enterré. Lo bloqueé. Intentaba no pensar en eso, porque como la mayoría de la gente, mi reacción conmigo misma era decirme que había sido estúpida o tonta, y yo no soy tonta.

Nunca más le hablé, coincidimos un par de veces y lo evité, pero tampoco lo enfrenté. Solo espero que él no lo pueda hacer más, y que Mauricio y Adrián y el otro y el otro del círculo sientan al menos un poco de cargo de conciencia por no advertir a los demás.

Massiel Carrasquero. Edad: 22 años. Año: 2015

Massiel Carrasquero / Foto: Facebook

Una noche me llamó una de mis mejores amigas para decirme que estaba en el apartamento de Bécquer y pedirme que fuera a sacarla de ahí. Desde que llegué él estuvo diciendo que no había hecho nada. «Yo no le hecho nada, yo no le he hecho nada», repetía, pero, cuando nosotros llegamos, ella estaba llorando y temblando. Yo no sé bien qué pasó porque ella nunca lo contó.

Desde ese momento le empecé a huir a Bécquer. Donde nos encontrábamos, yo me iba o él se iba, porque él sabía que yo sabía. 

Luego pasó el tiempo. A los 22 años trabajaba para unos alemanes en Cuba que tenían una agencia de viajes, y mi trabajo consistía en visitar casas de renta y paladares para incluir en los catálogos de la empresa. Un día mi jefe me pidió que fuera al apartamento que él y su madre tienen en G.

Yo no quería ir, empecé a dar negativas a mi jefe. «No quiero, no quiero, no quiero», y él me dijo: «Mira, ya se concertó la cita con la dueña de la casa, con la titular de la vivienda, por favor, ve».

Cuando él me dijo que era con la mamá de Bécquer yo me quedé más tranquila, porque me dije: «Bueno, no va a estar él, y si está él, está también la madre, va a estar otra persona presente, no me va a poder hacer nada». Pero, además, con 22 años es más complicado que me dé la muela de la religión porque yo también soy religiosa. 

Cuando llegué a la casa, el que estaba era él. Entonces me quise ir, pero me dijo que su mamá venía en camino, que había tenido que salir, que la esperara. Ahí comenzó a enseñarme la casa, la sala, la cocina, los cuartos, hasta que llegamos a uno de los baños y me tocó un brazo, por lo que me puse muy incómoda y me quise ir. 

«Mira, ya mi mamá me avisó que viene en camino, espérala en la sala, voy a hacer un café», insistió. Me quedé porque tenía que entregarle el reporte a mi jefe, y pensé que si me pasaba algo tenía forma de defenderme porque yo estudié defensa personal, pero cuando estaba en la sala, esperando que llegara la madre o llegara él, salió de la cocina sin ropa. Completamente desnudo.

En ese momento me desquicié, me volví loca. Agarré una lámpara, le fui para arriba, él me sujetó y luego me soltó, como que no se esperaba esa reacción. 

Esa casa tiene dos entradas, una que da al elevador y otra a la escalera. Yo me fui por la del elevador. Cuando estaba esperando que el elevador se abriera, me agarró por un brazo y me empujó hacia dentro de la casa, entonces me viré y le metí un dedo en el ojo y me fui por la puerta de la escalera.

Al bajar me senté en un parque a llorar y me encontré con un amigo mío y me dijo que fuéramos a la policía a denunciar. Paramos un carro y fuimos para la estación más cercana que era la de Zapata y C, todo esto fue como al mediodía, porque yo tenía que ir después a otros lugares.

Llegué llorando y temblando a la estación, enseguida los policías me preguntaron qué pasaba, y yo dije que quería reportar una violación. Cuando fui al carpeta, que es el que toma las denuncias, me dijo: «Mira, tú no tienes rasgos físicos de una persona violada, tú no tienes moretones, tú no tienes sangre, tú no tienes la ropa rasgada, esta denuncia no va a proceder».

Y yo le dije que no tenía que mostrar rasgos físicos para que me tomara la denuncia, pero alegó que el problema era que yo había ido voluntariamente a la casa. Cuando quise irme, y Fernando me dijo que me quedara para tomar café, yo me quedé y, además, no hubo penetración ni me te tocó en mis partes.

Solo me cogió por el brazo, pero eso no cuenta al parecer. 

Al otro día yo hablé con mi jefe y le expliqué lo que pasó, mi jefe averiguó con amistades en la Policía y le dijeron que esa denuncia se había archivado. 

Nadie en la Policía me creyó. Hasta el 8 de diciembre solo lo sabían dos personas, mi jefe y ese amigo que me encontré. Yo no se lo dije a nadie porque después de que la policía me dijo que la denuncia no procedía me dije: «Esto lo voy a engavetar en mi cabeza, yo no voy a pensar en esto, yo no voy a nada con esto, yo voy a seguir mi vida».

Me afectó sobre todo en el aspecto laboral, porque más nunca pude ir a hacer mi trabajo sola. Tampoco mi jefe me dejó ir a casas de renta sola, ni siquiera a provincias. Él se iba conmigo a todas las entrevistas, prácticamente hacía él mi trabajo.  

También me alejé de ese mundo, porque yo era de las que iba a los conciertos de todo lo que tenía que ver con él, con Adrián Berazaín, con Mauricio Figueiral, con esa gente, porque yo sé, aunque ellos han dicho que no, yo sé que ellos sí sabían lo que estaba pasando.

Una de las novias que tuvo Adrián Berazaín fue compañera mía de la universidad. Yo sé que él sabía lo que estaba pasando, eso fue un secreto a voces, ellos sabían perfectamente. 

No sé si en lo personal lo sentaron y le dijeron: «Oye, mi hermano, estás metiendo tremendo pasaje», pero realmente nunca advirtieron a nadie, nunca, nada. Entonces yo dejé de ir a los lugares donde estaban ellos, dejé de compartir con amistades que tuvieran vínculos con ellos, porque yo no quería ningún tipo de casualidad de que me lo fuera a encontrar. Yo dejé de ir al Café de G, yo dejé de ir a la Casa Balear, yo dejé de ir a lugares donde sabía que me lo podía encontrar. Y eso me limitó. 

Desde entonces siempre trato de evitar estar sola con hombres. No he vuelto a coger botella de noche sola, que era una cosa que yo hacía normalmente, porque yo no tenía miedo, no tenía un trauma.

Yo estaba en proceso de divorcio cuando pasó eso y saliendo de mi última sesión de quimioterapia. Ese año fue un año caótico. No pude tener una relación seria hasta cuatro años después. Siempre me parecía que me iba a pasar algo, que me iban a hacer algo. Incluso en las relaciones que tenía ponía muchos límites: no podemos hacer esto, no podemos hacer lo otro, esto se va a hacer a mi manera.

Era evidente que estaba enferma porque no tenía pelo. La quimioterapia no me tumbó todo el pelo, pero tenía los clásicos claros en la cabeza de una persona con tratamiento, y usaba igual pañuelos y cosas, un poco para camuflajearlo, pero era evidente, yo tenía la cara de una persona enferma, con ojeras, muy delgada.

La quimio también te deja marcas en la piel, por las agujas, porque son agujas especiales, muy grandes. Además, como es un tratamiento muy fuerte y repetitivo, te acaba con las venas. Era evidente que había pasado por una enfermedad reciente, quizás él no sabía cuál enfermedad en específico, pero sí era evidente. Y no le importó, simplemente no le importó. 

Después de eso lo he vuelto a ver dos veces nada más. En siete años hemos coincidido dos veces. Él ignora mi presencia y yo ignoro la suya. Lo ignoro totalmente porque yo estoy consciente de lo que pasó, pero no quiero decirle nada en la calle, porque eso no va a terminar bien. Por suerte las dos veces ha sido en espacios públicos. Una vez fue en el Pabellón Cuba y la otra creo que en un Jazz Plaza. Obviamente la casa de su mamá no se incluyó en el catálogo ni nada. 

Mi jefe hizo una reseña en Airbnb de que en esa casa se cometían delitos sexuales. 

Natalí *. Edad: 19 años. Año: 2016

Con 19 años, salí una noche con un grupo de amistades y nos encontramos a Fernando Bécquer en el parque de G. Él era «amigo» de uno de mis conocidos, así que nos invitó a su casa. Cuando llegamos él empezó a tocar la guitarra mientras tomábamos ron y hablábamos de su tema predilecto: la religión afrocubana. Ahí comenzó a decirnos cosas sugerentes a todos, cosas que aparentemente «los santos» le estaban comunicando.

Yo nunca he practicado la religión afrocubana, pero la respetaba y me daba cierta curiosidad. Esa noche todos compartimos nuestro teléfono con él. Yo me fui con mis dos amigos y en la casa con Bécquer se quedaron las dos muchachas que andaban conmigo, ellas quisieron una «lectura».

Al día siguiente vi a una de ellas y le pregunté cómo había ido la noche anterior. Fue muy escueta, solo me dijo: «Bien».

Dos días después de la reunión en casa de Bécquer, teniendo en cuenta que mis dos conocidas lo habían hecho ya, me decidí a llamarlo para una asesoría religiosa. Yo estaba confundida respecto a una situación personal que tenía y sentía curiosidad de saber qué podían decir los caracoles. Cuando lo llamé él me dijo que podía pasar esa misma tarde.

Sin pensarlo demasiado fui a su casa. Para mí era confiable porque era «amigo» de unos «amigos» míos. Una vez allí me senté en el piso, él me empezó a tirar los caracoles y a decir cosas aleatorias, como las del horóscopo, que le sirven a cualquiera. Pero de pronto fue cambiando el rumbo de la conversación a lo sexual. Me dijo que los santos decían que yo necesitaba dejar salir mi sensualidad, que él necesitaba mi total compromiso y seriedad en el asunto para que las cosas salieran bien. Él prometía ser muy profesional y profesar solo lo que sus santos le decían. Así me pidió que me tocara el cuerpo sensualmente. Yo no entendí a qué venía eso, le dije que me parecía muy raro y no pude hacer ninguno de los gestos que pidió, así que se levantó y me dijo: «Mira, mejor vamos a hacerlo de otra forma porque así no está resultando».

Me guió por un pasillo de su casa y empecé a sentir miedo. Presentía que algo malo estaba pasando, pero no quería ni podía reaccionar. Me condujo hasta un cuarto de su casa y me dijo que me tendiera en la cama. Yo dudé y él repitió que era un procedimiento necesario, estrictamente profesional. Me acosté, obediente, ingenua, o más bien algo consciente de por dónde iban las cosas, pero incapaz de creerlo, de asumirlo, pensaba que era una mal pensada.

Me pidió que le entregara mi blúmer y yo dudé. Ante cada paso yo dudé, pero al final accedí, creo que por la presión. Yo tenía un vestido. Me dijo que era necesario hacerme una limpieza, allí abajo, para que todo fuera bien. Yo le pedí otra forma, no quería, pero él insistió. En ese momento ya yo sabía que estaba en una situación de peligro, una parte de mí se aferraba a la idea de que eso era realmente parte del procedimiento, pero otra entendía bien qué era lo que estaba pasando y esa parte me congelaba el cuerpo y me impedía reaccionar. No sé por qué no podía reaccionar físicamente, pero quedé paralizada como en los sueños, cuando no puedes correr.

Me pidió que me acercara al borde de la cama y allí me hizo un cunnilingus. Yo recuerdo el tremendo asco que sentí, él me decía que tenía que venirme porque, si no, no funcionaba «el ritual» y yo le decía que ya, que ya me había venido, solo para terminar esa tortura y él insistía en que tenía que ser «de verdad». No sé cuánto demoró eso, pero para mí fue una eternidad.

Una vez acabó, se acostó al lado en la cama y me pidió que lo masturbara, que él también tenía que venirse como parte del ritual, siempre recordándome que todo aquello era una práctica religiosa muy seria. Esta fue la única vez que dije un rotundo no, que no cambió a pesar de su insistencia. Me moría de asco de tocarlo, sobre todo después de lo que pasó. Visto que yo no quería colaborar, él decidió masturbarse él mismo, al lado mío, en la cama. Yo me pegué los más posible al borde. Tenía las manos juntas, apretadas al cuerpo, como cuando se tiene frío y miraba fijamente al techo, esperando que aquello terminara, sin poder romper en lágrimas, pero con muchas ganas.

Cuando su parte estuvo lista me levanté muy rápido. Busqué mi blúmer y me lo puse. Iba a salir del cuarto y él me propuso mirar fotos de sus conciertos en la computadora. Estaba abriendo la carpeta incluso, pero le dije que mejor no y me fui muy rápido hasta la puerta de salida. Me abrió el seguro y desaparecí.

Cuando estaba en la calle me sentí muy aturdida. No podía entender lo que había pasado y sobre todo no entendía mi reacción ante ello. Cuando cuente mi historia, sé que la gente extrovertida, locuaz e impulsiva va a creer que soy tonta. Yo lo creí por mucho tiempo. En mi manera de reaccionar a lo que pasó no hay vestigios de una muchacha con el mínimo de carácter, con resolución, con valentía. Me quedé paralizada y accedí como una marioneta a casi todo lo que se me pidió.

Nunca pensé seriamente en denunciar, preferí dejar ese tema en la mayor oscuridad posible, como una confusión en mi cabeza, como un mal recuerdo. Me sentía cómplice de lo que había sucedido. Si denunciaba, ¿qué iba a decir? Que llamé a un tipo, me aparecí en su casa y dejé que me hiciera un cunnilingus sin ningún tipo de violencia física de por medio. Yo no comprendía en esas fechas que probablemente la violencia de tipo psicológica sea la más común de todas. Para mí yo era tan culpable como él. Me reprochaba lo que pasó. Me abochornaba.

Fue en agosto de 2020 cuando decidí hablar por primera vez. Se lo conté al que era mi pareja en ese momento y a mis mejores amigas. Ellos me ayudaron mucho, pero trajo consecuencias. Quise denunciar en la policía, pero me informé con una abogada y me informó mal, dijo que después de tanto tiempo mi caso no iba a ser tomado en serio.

Mi novio quería enfrentarlo y yo no quería violencia de por medio. Él le escribió a Bécquer directamente y le dijo que lo sabía todo. Bécquer se hizo el desentendido e incluso le escribió en Facebook a un trovador amigo de mi novio para que lo convenciera de que lo que yo había contado era una mentira infundada, que él jamás haría algo así.

Quise denunciar también en la plataforma de «Yo sí te creo», pero en la fecha en que escribí me dijeron que no estaban trabajando y no atendieron mi caso.

También visité el psicólogo en el Clínico de 26, recomendada por un amigo. Cuando me entrevisté con la doctora ella estaba de salida, algo apurada, y me sentó rápido en un banco de afuera de la consulta. Me dijo: «Bueno, dime qué te pasa», y yo no sabía por dónde empezar, le dije que me sentía mal conmigo misma, que había cosas en mí que estaban mal y me dijo: «Mi amor, yo no te veo ningún problema, la adolescencia es complicada, pero todos la superamos. Yo creo que no necesitas consulta».

Un día, a principios de 2021, me crucé con Bécquer en El Vedado, lo enfrenté cara a cara, él quiso darme un abrazo pensando que yo era una de sus seguidoras. Le dije que ni se atreviera, le pregunté si me recordaba, que me mirara bien. Le recordé lo que hizo y le dije toda la repugnancia que sentía por él y lo mucho que me arrepentía de haber sido tan poca cosa en ese momento.

Tenía ganas de caerle a golpes, pero sabía que tenía las de perder. Al final él lo negó todo, mirándome a los ojos, con una cara de inocente, como quien no mata una mosca. Me sentí infinitamente impotente, porque su impunidad seguiría intacta. Para mí ese fue un buen ejercicio de liberación momentánea, pero me dejó igual de insatisfecha a la larga.

Andrea Hernández. Edad: 32 años. Año: 2021

Andrea Hernández / Foto: Cortesía de la autora

Yo fui a La Habana a estudiar en diciembre de 2018, y hasta principios de 2021 estuve allá. Formo parte de la Tropa Cósmica (un grupo de seguidores de Silvio Rodríguez), y por ahí conocí a muchos trovadores.

La agresión de Fernando Bécquer sucedió alrededor de abril de 2021, tras acercarse con la excusa de la santería y la religión. Pienso que fue porque se dio cuenta de que algo no andaba bien conmigo, porque es un tipo muy perceptivo y yo estaba terminando una relación amorosa.

Recuerdo que todo empezó cuando estábamos en la casa de un amigo en una descarga de la Tropa Cósmica. Había varias personas tocando guitarra, todos amigos, nadie era extraño. Él, por supuesto, tampoco. Entonces una vez más te sientes a salvo, porque tu confías en la gente con la que compartes.

En un momento él me dijo, mientras todo el mundo cantaba y conversaba: «Yo tengo un mensaje de la gitana tuya». Luego me preguntó si yo sabía algo de la religión o la santería y le dije que sí. Soy colombiana, pero por ese tiempo estaba muy interesada en la religión afrocubana y continué la conversación. Justo en esos días había estado leyendo sobre las hijas de Oshún, de Yemayá, sobre las hijas de las dos aguas. Tenía un poco de conocimiento sobre el tema y el tipo se metió por ahí.

Me dijo que mi gitana me protegía, pero quería decirme algo importante, y había alguien más que necesitaba hablarme, pero él no sabía quién. Yo le pregunté quién era mi gitana y me dijo que no sabía, pero que tenía, por su salud, que trabajar con las hijas de Oshún y de Yemayá, que él había hecho ese juramento.

Entonces me dijo que tenía una casa donde trabajaba la santería, donde me podía hacer una consulta. Ese día me recomendó que si quería hacerle un regalo a mi gitana llevara antes de la consulta cinco girasoles al río. Eso, por alguna razón, me hizo pensar que el tipo era serio, y llevé los girasoles al río. Yo le creía, y sigo creyendo en la religión Yoruba, eso no me lo logró quitar.

En la fiesta me pidió el teléfono y me dijo que mi gitana le estaba diciendo más cosas, pero no me las podía decir delante de la gente. Después empezó a llamarme para decirme que necesitaba consultarme, que tenía algo que decirme. Finalmente quedamos, por el parque que está en Línea y C, ahí me recogió y caminamos hasta su casa.

Es una casa horrible, con un corredor, una escalerita pequeña. El ambiente se sentía horrible y mientras subía las escaleras pensaba: «¿Qué estoy haciendo yo acá?».

Ya dentro del piso empezó a decirme que me sentara al frente, luego que me sentara al lado, me hizo clavo ardiente, les preguntó a sus santos por mí, tiró los caracoles y luego empezó a decir que estaba invocando a mi gitana y me pidió que me comportara atrevida, que comenzara a bailar.

«Compórtate más atrevida, y más sexy, más atrevida, cierra los ojos, baila, baila sexy, baila más atrevida». Lo recuerdo como si fuera ayer, la palabra atrevida. Yo nunca quise abrir los ojos. No tuve la valentía que tuvieron las chicas de abrir los ojos. Yo sabía que algo estaba pasando, y que si yo abría los ojos iba a entrar en shock.

Cuando fui niña sufrí tres abusos diferentes y me ha costado la vida entera superarlo. Entonces, si abría los ojos, me iba a dar cuenta de que mi temor más grande iba a estar ahí. No los abrí nunca, aunque a estas alturas ya puedo imaginar qué podría estar haciendo él mientras yo tenía los ojos cerrados. No lo sé con certeza.

Me he preguntado mil y una vez por qué no me fui de ahí, por qué lo acompañé a su otra casa.

Él me dijo que no había terminado, que tenía un muerto que le estaba hablando al oído, que le estaba diciendo algo sobre mí. Me preguntaba cosas y hacía como que las adivinaba. Botaba chícharos a ver si acertaba. Me dijo que mi abuelo le estaba diciendo algo y para eso necesitaba concentración, por eso quiso que lo acompañara a casa de su mamá, que era cerca: una casa muy bonita, desde donde se veía la ciudad.

Yo creo que él sabía que conmigo tenía que tener un cuidado diferente porque se tomó su tiempo. Me presentó a su mamá. Me mostró la vista, desde la que se ve todo El Vedado, El Malecón. Me preguntó si me quería tomar una foto y me tomé una foto. En esos momentos yo empecé a calmarme y pensar que habían sido ideas mías, que él en realidad no había hecho nada.

Lo próximo que hizo fue mostrarme su habitación, su nuevo disco, me puso la música. Ahí yo pensé: «Es un amigo, Andrea, no te va a pasar nada». Empezó a reproducirme sus canciones, a mostrarme las nuevas. A mí nunca me ha gustado su música, entonces estar ahí sentada era un tedio terrible.

Le recordé que estaba ahí porque me había dicho que tenía algo que decirme y que debía irme pronto. Se excusó diciendo que estaba solo mostrándome su música, que ya se ponía en ello. Luego se quitó los zapatos, pues dijo que necesitaba estar descalzo para una conexión, empezó a botar los caracoles, se sentó en el piso, y ahí no recuerdo como empezó la transición hasta que me dijo que me levantara la blusa.

Él empezó a limpiarme por la parte de atrás de la espalda. Me preguntaba cosas que yo no entendía. En ese cuarto hay varias camas, es como si arrendara la casa para Airbnb. Él me dijo que me recostara en una de las camas, que estaba todo limpio, y que cerrara los ojos. Yo me di la vuelta y cerré los ojos. Me pidió que me descubriera la blusa en la parte de adelante.

Después de que hice eso ya todo se fue a la mierda. El tipo me empezó a pasar la mano por el pecho, pero sin llegar a tocarme los senos. Tengo problemas para rememorar. Lo próximo que recuerdo es que me estaba haciendo sexo oral. ¿Cómo llegó a eso?, no sé. Después me limpió y me dijo que tenía que botar eso en el basurero de abajo del edificio. Le pregunté si en las cuatro esquinas y me dijo que no, que en el basurero del edificio.

A partir de ahí solo repetía una cosa: «Tienes que limpiar el congo». Supuestamente él era «el congo» y yo tenía que limpiarlo. El tipo me puso la mano en su pene varias veces y yo se la quitaba. Le decía que no lo quería tocar. Creo que ahí ya yo no pensaba, no sé qué le pasa a uno en ese momento, que queda como en shock. Creo que también tratas de comportarte bien para que no pase algo peor. Yo le decía que no iba a limpiar ningún congo, y él insistía en que el congo estaba pidiendo que yo lo limpiara. El tipo quería que yo lo masturbara, o me lo follara. No sé qué quería. El asunto fue que yo no accedí, y empecé a inquietarme y reaccionar.

Recuerdo que cuando estaba acostada, antes de que él me hiciera sexo oral solo, repetía para mis adentros: «Tienes que salir de aquí». Pero era como si no me pudiera parar, estaba inmóvil. Y cuando ya pude levantarme y mirarlo a la cara, cogí un poco de valentía para decirle que no, que respetaba su religión, pero no iba a acceder.

Fui muy diplomática con él todo el tiempo. Creo que eso también hace parte de toda la herencia de abusos que hemos sufrido las mujeres.

Después él me dijo que estaba bien, pero que la sesión de limpieza no se había completado, pues yo tenía que sí o sí limpiar el congo, pero si yo lo quería así, él no me iba a obligar a nada. Insistió varias veces a ver si yo cambiaba de idea, pero nada.

Después salimos de la casa como si fuéramos amigos y nada hubiera pasado. Me dijo que me llamaba en los próximos días para vernos. Yo me fui caminando, me subí a la guagua y alguien me empezó a tocar en el bus. Ahí me rompí completa.

Cuando llegué a mi casa, quienes vivían conmigo me preguntaron cómo me había ido y les dije que bien. Enseguida notaron que no era cierto, me ataqué a llorar y les conté.

Ese día lo saqué, lo lloré, lo acepté. Dije: «Me abusaron». Y ya. Después de eso solo se lo comenté a mi actual esposo. Eso fue todo.

***

Antes de la publicación de este texto El Estornudo contactó con los artistas Mauricio Figueiral y Adrián Berazaín, quienes han sido puestos en tela de juicio por varias víctimas de Fernando Bécquer.


Figueiral ofreció como respuesta su «Declaración de principios y finales», publicada en su cuenta de Facebook el 15 de diciembre de 2021. Se puede leer en este enlace.

Adrián Berazaín, por su parte, afirmó que estará «al tanto de cualquier abuso y a favor de estas mujeres», y agregó que «es una pena que los testimonios y las acusaciones aparezcan tanto tiempo después».

También en esta ocasión Fernando Bécquer fue contactado por la revista El Estornudo con el propósito de informarle sobre la próxima publicación del texto y para ofrecerle la posibilidad de réplica. A pesar de que leyó los mensajes decidió no comentar al respecto.

*Los nombres de estas testimoniantes han sido cambiados, pues prefieren no revelar su identidad.

** Las periodistas Lianet Fleites y Mónica Baró participaron en la realización de algunas de las entrevistas.

19 Comentarios

  1. ¿Limpieza? ¿Cómo puedes creer que otro ser humano te puede librar de los males con una
    limpieza? Bueno, si te da con gajos de albahaca quizá podrás sentirte mejor porque te estimula la circulación. Y estas niñas universitarias, ¿Creen que cualquiera puede celebrar una ceremonia-válida o no- para hacerte una limpieza?

    • Es una pena muy grande ver a otras mujeres que no sienten nada que no se toman un minuto para analizar que te entra un cabron miedo que no te puedes ni mover…… me dan pena las mujeres como tú, las mujeres como ellas, como nosotras en algún momento seremos capaces de deshacernos de esta pena.

    • Mujeres como tú no sienten Teresa. Que pena que existas y que existan personas como tú. Tu comentario es tan ridiculo y aberrante como las acciones de semejante ser Fernando Bequer.

      • Me ha asombrado su comentario. No creo q mi opinión me iguale a ese señor. Lamento que usted lo vea así. Aberrante?

      • Disculpe que el otro comentario saltó solo. Todas las personas con un pensamiento totalitario-sea de izquierdas o de derechas-sienten que otros seres humanos deben ser eliminados por emitir una opinión, errada o no. A matar, ¿cómo te atreves a existir y a opinar?

      • Lamento que quizá no me expresado bien. Claro que condeno lo que hizo este señor pero como podemos creer que cualquiera que nos diga que puede ejecutar un ritual está apto para ello. Eso fue lo que quise decir y está pasando en la religión católica con sacerdotes que han abusado de niños y no niños., las personas confían por la fe pero no deben hacerlo. ¿Qué conocimientos tiene este señor para hacer limpiezas?

  2. Realmente este tipo es un baboso y un lascivo pero las treintaipico de mujeres que han mencionado aqui tampoco representan la inteligencia natural femenina.
    De creer en Santos a acompañar a un individuo como el a su apartamento estas son las mujeres que van a constituir el futuro matriarcado? Estamos jodios

    • Si Bavaro estas mujeres ingenuas son las que forman parte de ese matriarcado, las que no obstante a esa ingenuidad parirán los hijos de esos hombres fuertes alfa poderosos que hoy dudan de ellas y prefieren poner un comentario idiota en vez de defenderlas.

      • Muy equivocada Liliana, si soy macho Alfa y si en mi presencia o en la de mis hijos varones se ofende una mujer sabremos defenderla como se merecen.
        Pero la ingenuidad es indefendible

    • Ay no Bárbaro, nosotras incapaces. Esperábamos que saltaras tú y nos relevaras en esa misión. Tú eres el bárbaro después de todo. Tres hurras por Barbarito!

  3. Gracias por este trabajo, Mario, Lianet y Mónica. Mi abrazo a todas las valientes que han sacado a la luz estas experiencias terribles. No puedo imaginar lo difícil que ha sido rememorar y contarlo en voz alta. Sepan que las estamos leyendo, las estamos escuchando, y estamos con ustedes en esto. Gracias, porque con sus voces han salvado a muchas. Ojalá se haga justicia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.