Hay quien le ha dicho que no sea boba, que recoja algunos tarecos y vaya para el gobierno municipal con sus hijos y se plante allí, hasta que le resuelvan para dónde ir. Hay quien le ha propuesto alquilar un camión y vaciar todos sus bultos en la Plaza de la Revolución y hacer un escándalo...
Son las cuatro de la tarde, el sol se disuelve en los cristales. La gente pasa, saluda, ofrece su homenaje particular. Están velando al director de la orquesta cubana más emblemática del último medio siglo. Un padre carga a su hijo de meses, se detiene ante el cofre y hace una reverencia. El bebé lleva un azabache dorado prendido en sus ropas, para evitar los malos ojos.
Mucho antes de tener sesenta pelucas, de convertirse en carne de presidio, de que le hundieran un cuchillo en la ingle al hombre que más feliz la hizo, mucho antes de ser llamada Lulú y de ser llamada Farah María...
Estas son las fotos de Raquel, una española de bisabuela cubana que viajó a La Habana por primera vez en marzo pasado. Caminó las calles y fotografió a la gente. Su guía turístico fue un joven de veinticinco años graduado de ingeniería.