El padre del lobby cubano

Jorge Mas Canosa, el líder indiscutible de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), solía repetir una metáfora que reflejaba con absoluta transparencia la estrategia del más poderoso grupo de presión del exilio: «Si no estás en la mesa, eres parte del menú». Décadas antes de que Antony Blinken, el secretario de Estado de Joe Biden, la popularizara en foros internacionales, Mas Canosa se la repetía a cualquiera. En los vericuetos de la geopolítica, quien no participa en la toma de decisiones se vuelve irrelevante y, en última instancia, sacrificable. Durante el apogeo de su influencia política y empresarial, Mas Canosa compartía también otra máxima, esta mucho menos diplomática: «Si coges dinero de los americanos, terminarás siendo empleado de los americanos».

Con Cuba al borde del colapso y bajo una asfixiante presión de Washington, cabe preguntarse qué habría hecho el hombre que dedicó toda su vida en el exilio a prepararse para este momento, la figura dominante tras la aprobación de Radio y TV Martí y las leyes Torricelli y Helms-Burton, el líder que abrió el horizonte de la política estadounidense a la comunidad cubanoamericana. Con toda seguridad, habría presionado al máximo para estar en la mesa de negociaciones. Después de todo, en su momento fue capaz de doblar el brazo a presidentes, tanto demócratas como republicanos.

Jorge Lincoln Mas Canosa (1939-1997) fue el fundador y fuerza motriz del grupo de cabildeo cubano más efectivo en la historia de los Estados Unidos. Apenas un mes después de la investidura de Ronald Reagan, en 1981, la FNCA abría sus primeras oficinas. Concebida como un clon de la organización de presión externa más eficaz del país —el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC, por sus siglas en inglés)—, aspiraba a trasladar a Washington su visión anti-Castro con la misma habilidad con que operaba el lobby proisraelí.

Jorge Mas Canosa junto a Ronald Reagan
Jorge Mas Canosa junto a Ronald Reagan

Una versión apunta a que fue el propio asesor de Seguridad Nacional de Reagan, Richard Allen, quien sugirió a Mas Canosa lanzar una organización a semejanza de AIPAC. En esos momentos iniciales, un prominente miembro de «la comunidad judeoamericana le aconsejó definir un propósito claro para poder pedir con efectividad», en palabras de un colaborador muy cercano al político nacido en Santiago de Cuba. Con el tiempo, AIPAC y la FNCA llegaron a ser reconocidas como las más exitosas organizaciones de cabildeo étnico en política exterior del país. 

«Uno de los primeros empleados fue una cubanoamericana de origen hebreo que había trabajado en AIPAC, contratada para implementar la estructura de trabajo de ese grupo», relató la fuente. El primer lobbysta que trabajó para la Fundación era también judío.

Conseguir influencia y apoyo bipartidista a través del financiamiento de campañas a lo largo y ancho del espectro ideológico fue la estrategia fundamental. Donantes y comités de acción política (PAC) ayudaban a canalizar recursos para apoyar a candidatos afines y desbancar a los hostiles. Al igual que el lobby proisraelí, el grupo de Miami comenzó a operar bajo la categoría de organización sin fines de lucro 501(c)(4), con un brazo dedicado al cabildeo y otras ramas paralelas dirigidas a funciones educativas. 

Para recaudar fondos, Mas Canosa convocó a un centenar de cubanos prominentes, lo mismo republicanos que demócratas. Nadie cobraba salario. Información pública indica que los fideicomisarios aportaban una cuota mínima de 5 mil dólares anuales, mientras los directores desembolsaban 10 mil. Una «cuenta colectiva» se nutría, además, de pequeñas donaciones del público. En su mejor época llegó a recaudar más de 100 mil dólares mensuales, una suma que cubría los costos de dos oficinas en Miami y Washington y de un reducido equipo de empleados profesionales.

Aunque Mas Canosa era republicano, la Fundación estableció amplios márgenes de movilidad ideológica, acordes a la propia naturaleza de un grupo de presión, lo que en no pocas ocasiones llevó a su líder a amargas escaramuzas con el liderazgo del GOP, incluyendo inquilinos de la Casa Blanca.

«La influencia fue siempre la meta; la libertad de Cuba, el fin. Dentro de esas coordenadas él estaba dispuesto a hablar incluso con el diablo, si fuera necesario», cuenta la fuente que estuvo muy cercana al Chairman de la Fundación.

Mas Canosa reunía el perfil ideal para las labores de cabildeo. Dominaba el inglés con soltura desde que su padre lo enviara a estudiar a Carolina del Norte a los 14 años para escapar de la represión de Batista y, además, poseía el don de la seducción. «Cuando se sentaba con un legislador le hablaba de temas elevados como la libertad de Cuba, la democracia, los derechos humanos. No venía a pedir favores económicos, inversiones en un distrito o gestiones especiales», recuerda su ex colaborador. «Y encima… ¡te dejaba un cheque!».

Desde los primeros momentos Mas Canosa fue el cerebro y líder indiscutible de la Fundación.  A comienzos de los años ochenta era ya una figura ampliamente conocida dentro del exilio cubano. Veterano de Bahía de Cochinos —aunque no llegó a desembarcar porque su embarcación no recibió orden de tocar tierra—, sucesivamente se le relacionó con grupos anticastristas armados y con la emisora radio Swan, un frente de la CIA. Otro de los pilares de la Fundación era Tony Zamora, un abogado demócrata. Ambos se conocían desde la frustrada invasión de la brigada 2506 a Cuba en 1961.

A nivel empresarial, Mas Canosa también había ascendido en poder e influencia desde su llegada a Miami con poco más de veinte años. En 1971 era dueño de la compañía de tendido telefónico Church & Tower, a la que se había asociado apenas tres años antes. Esa empresa se convertiría en 1994 en la base de MasTeC, actualmente un emporio multinacional de telecomunicaciones, construcción de infraestructura, energía limpia e ingeniería de redes como 5G, con ingresos de casi 15 mil millones de dólares anuales y capitalización búrsatil de 30 mil millones. MasTec (NYSE: MTZ) es hoy una empresa pública en la que la familia Mas mantiene una participación significativa y el control efectivo a través de sus hijos Jorge, presidente de la junta directiva, y José Ramón, consejero delegado.

Alianzas y turbulencias

Jorge Mas Canosa y Ronald Reagan, a la postre el último Presidente norteamericano de la Guerra Fría, forjaron una alianza perfecta. Los republicanos, que necesitaban desesperadamente el apoyo de una minoría influyente, encontraron en los cubanos el respaldo que habían perdido de la comunidad afroamericana tras el movimiento de los derechos civiles de los sesenta. Para entonces, Miami se había convertido en un verdadero enclave económico, político y electoral de la comunidad cubana. Negocios cubanos se expandían por toda la ciudad, contratando a los recién llegados, conforme muchos exiliados comenzaban a digerir que el asunto de Cuba iba para largo y optaban por convertirse en ciudadanos. 

La comunidad entendió tempranamente que el voto era la puerta a la influencia y la protección de sus intereses. A mediados de los setenta, Manuel Reboso se convirtió en el primer cubano electo a la Comisión de la Ciudad de Miami. Raúl Martínez ganó la alcaldía de Hialeah en 1981, y cuatro años después Xavier Suárez se convirtió en Alcalde de Miami.

Además del anticomunismo, Reagan y su entorno compartían con los cubanos de Miami otra clave ideológica: la visión conservadora de la sociedad, la religión y la familia. Coincidían igualmente en su lectura de otros focos de tensión global, como las guerras civiles en Nicaragua y Angola, donde fidelistas y anticastristas ocupan literalmente trincheras opuestas. Como cara visible de las operaciones de cabildeo, Mas Canosa se convirtió en la figura dominante tras la creación de Radio Martí (1985) y TV Martí (1990). El propio Reagan lo nombró presidente del panel asesor de la agencia cuando el ente federal inició sus transmisiones a Cuba.

Pese a la alianza natural, el trayecto no estuvo exento de turbulencias. En noviembre de 1981, la Casa Blanca envió en secreto a México a su secretario de Estado, Alexander Haig, a negociar directamente con el vicepresidente cubano Carlos Rafael Rodríguez. El diálogo fracasó, pero cuando Reagan cometió el desliz de revelar los contactos en una entrevista con la cadena CBS, Mas Canosa montó en cólera. En cuestión de horas, respondió con un demoledor anuncio a página completa en The Washington Post: una caricatura de Fidel Castro y el Tío Sam compartiendo mesa bajo el grito de «¡Díganme que esto no es cierto!». La presión funcionó y Reagan sepultó las negociaciones. Aquel anuncio enmarcado adornó la oficina de Mas Canosa durante años.

Otro episodio revelador de los riesgos que asumía Mas Canosa estuvo relacionado con el Programa «Éxodo», que entre 1987 y 1990 relocalizó en Estados Unidos a cerca de 10 mil cubanos que permanecían en 17 países de América Latina, Europa e incluso antiguas naciones del bloque comunista. «Éxodo» fue acometido enteramente por la Fundación como parte de la «Iniciativa del Sector Privado», una estrategia política y económica lanzada por la Administración Reagan para afrontar —a través de empresas y organizaciones sin fines de lucro— problemas sociales y comunitarios reduciendo la dependencia del gobierno federal.

Un joven alumno de leyes que había estudiado con los hijos del Chairman recibió la encomienda de traer a los cubanos desperdigados por el mundo. Cuando Joe García se topó con el primer borrador del proyecto, rápidamente se percató de que limitaba su alcance a familiares inmediatos de residentes en Estados Unidos. Mas Canosa y Pepe Hernández, uno de los directores más influyentes de la FNCA, se opusieron de plano y llamaron al enlace en el Departamento de Estado para pedir que se ampliara a cualquier persona con un patrocinador en Estados Unidos.

«Uno actuaba como ‘policía bueno’ y el otro como ‘malo’. Al final le dieron la vuelta y consiguieron lo que querían», recuerda García, quien estuvo presente en la conversación y que se convertiría en Director Ejecutivo de la Fundación tras la muerte de Mas Canosa. Sin embargo, el día de la firma del acuerdo, en camino el Vicepresidente George H. Bush para la ceremonia protocolar, las cosas se empataron nuevamente. La última versión del documento solo hacía mención a familiares con primer nivel de consanguinidad, ignorando el pacto previo. Mas Canosa se enfureció y le gritó al Comisionado del Servicio de Inmigración y Naturalización, Alan C. Nelson: «No voy a firmar nada. No voy a dejar un solo cubano atrás». Con Bush a punto de llegar, la tensión llegó a su punto de ebullición. Finalmente, Nelson no tuvo otro remedio que ceder.

Aquel encontronazo con Bush padre no sería el último. En la recta final de la campaña electoral de 1992, el Presidente era reticente a aprobar el Acta para la Democracia en Cuba o Ley Torricelli, que ampliaba las prohibiciones del embargo a subsidiarias extranjeras de compañías estadounidenses. Bush pensaba que ese tipo de medidas erosionaba sus atribuciones presidenciales en política exterior. El autor de la ley, el congresista demócrata de New Jersey Robert Torricelli, había sido inicialmente una figura opuesta a las sanciones a Cuba, pero cuando su distrito fue rediseñado para incluir a un significativo bloque de votantes cubanoamericanos, modificó su opinión. La labor persuasiva de Jorge Mas Canosa pavimentó el camino para ese cambio.

Para vencer el siguiente obstáculo, mucho más difícil, el jefe de la FNCA y Bill Clinton comenzaron un proceso de acercamiento, facilitando un primer contacto entre el candidato demócrata a la Presidencia y Torricelli. Poco después, Clinton asistió a un fundraising en el Victor’s Café de Miami, organizado por líderes cubanoamericanos. Se estima que durante esa visita recaudó hasta 300 mil dólares en contribuciones de campaña. A la salida, un periodista le preguntó sobre La Ley Torricelli y Clinton sin dudar respondió: «I Like it!».

Mas Canosa junto a Jorge Mas Canosa junto a Bill Clinton

George H. Bush se olió el peligro y terminó firmando la ley Torricelli el 23 de octubre de 1992 en Miami, diez días antes de las elecciones presidenciales. Aun así, el instinto de Mas Canosa lo llevó a una última reunión con Clinton en Tampa, solo una semana antes de los comicios. Sospechaba que el gobernador de Arkansas sería el próximo ocupante de la Casa Blanca. A la salida de la reunión dijo que «como republicano votaría por Bush», pero recomendaba a los cubanos que siguieran su propia conciencia pues, en última instancia, «ambos candidatos apoyaban el embargo a Cuba». Los Bush jamás se lo perdonaron.

Insultados por el apoyo implícito de Mas Canosa a Clinton, ese día cientos de miembros abandonaron la Fundación. Cuando Clinton ganó la elección presidencial el 3 de noviembre de 1992, se produjo un fenómeno similar, pero a la inversa: algunos de los que se habían ido regresaban con lágrimas en los ojos. El líder «había visto» el futuro. 

El 12 de marzo de 1996, dos semanas después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate por cazas cubanos Mig, el Presidente Bill Clinton firmó el Acta de Libertad y Solidaridad Democrática Cubana, conocida por el nombre de sus copatrocinadores: el senador Jesse Helms y el congresista Dan Burton. Jorge Mas Canosa fue instrumental en esa decisión.

Una posición en la mesa

Jorge Mas Canosa albergaba dos temores fundamentales, según recuerdan sus allegados. Uno se relacionaba con su aversión a depender del financiamiento gubernamental. Aunque el régimen de Cuba ha insistido históricamente en que la FNCA recibía amplias sumas de dinero público, información interna apunta a que solo lo aceptaron en ocasiones excepcionales. Durante la Operación «Éxodo», por ejemplo, el gobierno federal creó un fondo para subsidiar el seguro médico de los cubanos que llegaban a Estados Unidos desde Perú, Panamá, España, Rusia y otros países. Al arribar, miles de los beneficiarios ya contaban con patrocinadores privados, empleos y viviendas.

El otro temor medular de Mas Canosa se relacionaba con un eventual diálogo entre Washington y La Habana que dejara fuera a los cubanos de Miami. «Creía que si Fidel Castro llegaba a la mesa de negociaciones con Estados Unidos a través de sus aliados en el Congreso, el exilio terminaría jodido, porque los intereses de la comunidad cubana en Miami no coincidían exactamente con los del gobierno de Estados Unidos», asegura García, quien estuvo muy cerca de Mas Canosa en los años finales hasta su muerte.

Durante 16 años, Mas Canosa fue una fuerza telúrica dentro de la Fundación. En 1992 se enfrascó en una virulenta campaña de presión contra The Miami Herald por considerar selectiva y discriminatoria su cobertura sobre el embargo. En 1996 provocó un terremoto en La Habana cuando «paseó», en un debate televisado por CNN, al entonces titular del Parlamento cubano Ricardo Alarcón. 

Su muerte el 23 de noviembre de 1997 fue una sorpresa para la mayoría del exilio, que desconocía su enfermedad, y el inicio de una etapa amarga e incierta para la organización que había fundado. El asiento fue ocupado por su hijo mayor, Jorge Mas Santos, y una nueva generación de líderes. En el 2001 la FNCA se escindió tras la renuncia de dos docenas de miembros del Directorio de línea dura, que crearon el Consejo por la Libertad de Cuba.

Jorge Mas Canosa

Un año antes, la crisis del pequeño náufrago Elián González había representado un golpe sin precedentes para el grupo. Tras movilizar a decenas de miles de exiliados iracundos, la Fundación desplegó una intensa operación de cabildeo para evitar la devolución del niño junto a su padre en Cuba. Tras varios meses de amargas disputas judiciales, la Casa Blanca consiguió poner a Elián en un avión de regreso a La Habana, donde Fidel Castro lo recibió como un trofeo.

La opinión más extendida indica que el exilio obtuvo su pequeña revancha cuando la Corte Suprema suspendió el recuento de votos en diciembre del 2000 en la Florida, entregándole una victoria de 537 sufragios a George W. Bush sobre el demócrata Al Gore en el estado y, con ella, las llaves de la Casa Blanca. Los cubanos habían votado abrumadoramente para castigar al Vicepresidente de Bill Clinton.

Con el nuevo siglo y su agenda original avanzada dentro de Estados Unidos, la FNCA comenzó a dedicarse cada vez más a apoyar a grupos opositores, activistas de derechos humanos y familiares de presos políticos dentro de Cuba. En el 2013, Jorge Mas Santos logró lo que su padre no había podido conseguir: que un presidente en funciones visitara su propia casa. Barack Obama asistió a un acto de recaudación de fondos en la vivienda familiar de Pinecrest.

Hay quienes sostienen que, con el paso de los años, la influencia de la más poderosa plataforma de presión del exilio cubano se fue diluyendo. Los defensores de su legado admiten que el cabildeo y los cheques comenzaron a mermar cuando la FNCA consideró que había logrado su cometido: reforzar y codificar el embargo, de modo que fuera muy difícil de suspender si el régimen cubano no cumplía ciertas condiciones básicas.

Paralelamente a las labores presión, Jorge Mas Canosa abrió también las puertas a otra modalidad de «influencia»: la participación directa del exilio cubano y sus descendientes en la toma de decisiones en política, economía, finanzas, cortes, FBI, CIA y agencias del orden, además de la cultura, la academia y el mundo del espectáculo. A todos los niveles, desde las pequeñas municipalidades de Miami Dade hasta la propia Casa Blanca.

Ocho cubanoamericanos sirven hoy en el Capitolio. En total, cuatro senadores y quince representantes han pasado por el Congreso desde 1989.  Cinco cubanoamericanos han ocupado carteras del gobierno federal: Mel Martínez (Vivienda y Desarrollo Urbano), Carlos Gutiérrez (Comercio), Alexander Acosta (Trabajo), Alejandro Mayorkas (Seguridad Nacional) y Marco Rubio (Estado).

Rubio, que tenía apenas 10 años cuando nació la FNCA, está justamente ahora en la posición que siempre soñó Jorge Mas Canosa: en la mesa de negociaciones, no en el menú.

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