El día que El Niño y La Verdad conocieron la censura

    Debo decir que el sábado en la noche yo iba a ir a la Casa de la Música de Galiano estuviese allí El Niño y la Verdad o no. Para gozar, prefería la comodidad de un lugar harto visitado que la sorpresa de explorar bares y clubes nocturnos. Mejor un malo conocido. La Casa de la Música de Galiano había sido precisamente eso para mí, una casa, durante dos años, cuando estudié en la Academia de Canto Popular de Jose Luis Cortés, El Tosco. Entre 2015 y 2017, subí indefectiblemente al escenario cada miércoles a la medianoche para interpretar dos y hasta tres números musicales.

    En una velada de timba la cosa puede ir desde la exacerbación de los ánimos, con un Paulito FG que suele recalentar a los guapos de La Habana, hasta el guion seductor que escriben con cantos y bailes los escultóricos integrantes de las charangas Habanera y Latina. Una Tania Pantoja hace un dúo con una cantante aficionada cualquiera que desde la mesa intenta emborracharse tanto o más que ella misma, mientras un Alexander Abreu puede tomarse no pocos minutos para salsear mambos yorubas tal como si estuviese ofreciendo un tambor de fundamento en el Salón Rosado de la Tropical. Puede emocionarse el bailador cuando el alcohol desinhibe la cintura y el sentimiento. Como mismo se despilfarran manos hacia arriba con un «Bembé» de Maykel Blanco, llega la nostalgia y hasta el llanto si Mandy Cantero dedica un clásico de los Van Van a Juan Formell.

    Emilio Frías, El Niño, tiene como verdad gigante que, de la misma manera que las festividades yorubas cierran con el lanzamiento de un balde con agua, sus conciertos concluyen con el clásico «Agua pa Yemayá». Este tema legendario fue popularizado cuando el cantante formaba parte de la orquesta de Elito Revé y jamás, ni aunque quisiera, podrá desligarse de sus letras. El sábado, sin embargo, el concierto finalizó con un gesto, una seña, una acción que sería para él y para nosotros como un cubo de agua fría.

    Pagué 250 pesos cubanos en la entrada y otros 200 en la barra por la primera cerveza. La Verdad sonaba cerrá, definida o, como dicen los timberos viejos, macho. El Niño vestía oscuro al igual que su banda, aunque él sea un tipo diáfano, transparente. Luego de las protestas del 11 de julio, escribió en su perfil de Facebook, contundente: «No son mercenarios como les dicen, es un pueblo desesperado que pide un cambio y ya se cansó… Esta no es la tierra que soñó Martí ni es la que quiero para mis hijas». Además, ha criticado la mala gestión en instituciones de salud cuando ha sido el caso, e incluso ha analizado las nefastas decisiones del gobierno cubano en materia de economía. Si esto no fuera suficiente para ganarse la desconfianza del poder, desde hace un tiempo ha venido promocionando un tema con un título pícaro y oportuno. Sobre «El cambio», dijo El Niño que es «una de las canciones más sinceras que ha podido escribir». «Quiero respirar la libertad y ser quien soy…mi corazón me grita que hay un mañana mejor, que hoy, cambio, mi vida necesita un cambio…» reza uno de sus fragmentos.

    La canción sirve tanto para un divorcio como para cualquier desenlace ordinario en la vida. El Niño, el público y los censores lo saben. El problema viene con el video promocional del tema. Imágenes expresivas, duras y muy específicas. Una anciana casi desnuda, deshidratada, una bandera cubana sobre paredes gastadas, colas de personas, calles. El protagonista de la canción es un país: Cuba.

    El Niño parece emocionado con el próximo estreno de su tema el 16 de septiembre en todas las plataformas digitales, video incluido. El público que lo sigue también lo espera con ansias. Los censores, no sé ni qué decir al respecto. Yo, particularmente, me sorprendí. «El Niño viene con la verdad», pensé. El coro se pegó rápido y el sábado en Galiano comprobé que no fui el único.

    La gente disfrutaba con números populares como «El baile de la Palangana». Gozábamos el evento y esperábamos el colofón, el himno. El Niño preguntó qué tema queríamos de cierre. La respuesta fue unánime. «Claro, ese es el del final», dijo, «pero yo les pregunto qué tema hacemos antes». Ahí vociferamos el título polémico y se dispararon las alarmas. 

    Desde la mesa del audio, los jefes del local lanzaron señas al Niño, negativas, inconfundibles, y él nos hizo partícipes de todo. De no haberlo hecho así, quizás ni nos hubiésemos enterado. «Voy a aprovechar que aún tengo el micro abierto porque me están mandando a cerrar desde allá arriba». Las luces se atenuaron. El Niño trató de resolver el asunto con ecuanimidad y buen ánimo. La sinopsis que hizo del tema no logró que los inquisidores entrasen en razón y el tono del cantante fue cambiando. Prometió, si le cerraban el micrófono, salir del centro y lanzarse a la calle. La amenaza caló, en principio. Luego uno de los jefes del local bajó directamente a la cabina que maneja el control del audio y repitió, cada vez con más seriedad, las señas de cierre. «¿Tú no me vas a dejar despedirme?», le gritó el Niño, que recibió la misma seña de vuelta.

    Muchos hermanos abakuás le gritaban al artista: «Niño, calienta!» Y así lo hizo. En mi muro en Facebook colgué el video. Emilio habló de censura, de ausencia de libertades, de precariedades económicas y de represión en la isla. «Si se van a poner así, mejor no me inviten. Sáquenme de la radio, sáquenme de la televisión… pero de donde único no me van a poder sacar es de la mente y del corazón de todos los cubanos», dijo. Al mismo tiempo, al técnico de audio, que se negaba a formar parte de la censura, lo obligaban a cerrar los canales de amplificación.

    El Niño le pidió al público que grabara y así lo hicimos. Finalmente, uno de los jefes de la Casa de la Música ordenó al personal de seguridad retirar al técnico de audio. Lo sacaron a la fuerza y todos lo vimos. El público soltó improperios, amenazas, reflexiones tímidas. La gente entendió que debía irse, que aquello había terminado como la fiesta del guatao. La Verdad no pudo regalarnos lo que habíamos ido a buscar: «Agua pa Yemayá». De la famosa canción, El Niño solo tocó el intro y le dejó a los presentes, amigos y enemigos, la bendición de la virgen morena. 

    «Un día todo será diferente», posteó horas después en su perfil principal. «Un día los niños reirán, los abuelos descansarán de nuevo en su sillón, los jóvenes tendrán un sueño, pero un sueño aquí!!!… Un día, que no es hoy pero llegará, nacerá otro Martí y otro Maceo, y yo solo pido poder contemplar antes de nacer ese día». Sabemos que la orquesta partió hacia México luego del concierto por razones laborales. Lo que no sabemos es qué pasará luego, cuando regrese. 

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