Es martes 22 de septiembre en La Habana. «La disponibilidad del SEN a las 6:00 horas es de 1180 MW; la demanda, de 2700 MW, con 1539 MW afectados». Presentan averías la unidad CTE Guiteras, la unidad 2 de la CTE Felton y la unidad 3 de la CTE Renté. Otras tres unidades se encuentran en mantenimiento.
En la estación de llenado de la calle Nueva del Pilar, a un costado del Centro Deportivo José María Pérez —El Pontón—, del Cerro, empiezan a abrirse las cinco tomas que durante el día darán agua lo mismo a pipas, que a carretillas, triciclos o bicitaxis.
Pasadas las 10:00 de la mañana, el impulsor Martín Pérez interrumpe sus operaciones «por falta de electricidad». Aguas de La Habana ofrece disculpas a sus clientes por las molestias ocasionadas.
A la misma hora, en la estación de llenado de la calle Nueva del Pilar, un hombre empuja una carretilla de madera con un tanque de unos doscientos litros. Viene de la primera toma, la de la entrada, cercana a la «garita azul» en la que recepcionan los vales que traen los choferes de los camiones cisterna. El agua es para su hermana, que vive en la calle Escobar, en Centro Habana, donde «hace meses no entra». Dice que aquí no cobran por llenar, pero «hay que venir con una llave para abrir la toma. Si no, tienes que pagarle a aquella gente del bolsito».

Alrededor de las 11:00, el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, visita la fuente de abasto de Cosculluela para «evaluar la implementación del Programa Integral de Aseguramiento del Abasto de Agua» en la capital, el cual se basa mayormente en la generación distribuida y el empleo de fuentes renovables de energía.
Mientras, en la estación de llenado de la calle Nueva del Pilar, dos hombres llegan en un bicitaxi con seis pomos de veinte litros amarrados a la parte de atrás. En lo que llenan los pomos y, de paso, lavan el bicitaxi, dos hombres más discuten por la toma de al lado. Uno, chofer de una pipa, le vocea al otro, que permanece en su triciclo con un tanque de mil litros: «Ah, yo que soy estatal tengo que esperar por ti».
A partir de las 11:30, «los cinco equipos de la línea Aguacate», perteneciente a la fuente de abasto El Gato, interrumpen sus operaciones «por falta de electricidad». Aguas de La Habana ofrece disculpas a sus clientes por las molestias ocasionadas.

—Nooo, más pa´lanteeee— le gritan al chofer de una pipa de CUPET que está en la tercera toma.
—Ahora un poquito pa´traaaá.
Más tarde, otras fuentes de abasto interrumpirán sus funciones por los mismos motivos, «por avería eléctrica en la pizarra de la estación» o porque «el agua no llega al tanque». Mucha más gente vendrá a la estación de llenado de la calle Nueva del Pilar en busca del agua que no tienen o de la que venderán.
A nadie, absolutamente nadie, le importarán las disculpas.
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Es viernes 25 de septiembre, pero aquí parece ser siempre el mismo día. Están los mismos trabajadores en la «garita azul», los mismos operarios y los mismos adolescentes que hacen de operarios.
Pasan las cinco de la tarde. El hombre que el martes me dijo: «Oye, no le vayas a hacer fotos al triciclo, que es del trabajo y me busco problemas», ha dado dos viajes en menos de media hora, con dos tanques de 55 galones. A lo mejor el muchacho que lo acompaña —el mismo del martes— tampoco tiene agua en su casa y es por eso que vienen más de una vez.

Próximo a la última toma, un señor espera que terminen de abastecer una pipa. No viene solo, sino con un joven de unos 18 años, que será quien coloque el tubo de entre cuatro y seis pulgadas con la parte de arriba de una bota de goma amarrada al extremo superior, simulando un embudo. Es de Luyanó y en su casa «hace más de seis meses que no entra agua por las pilas».
—Entonces, pipas no mandan y esto está lleno de pipas. No entiendo na´.
Ninguna de las que han venido, ni de las que vendrán en las horas siguientes, es particular. O, al menos, ninguna cuenta con chapa que la acredite como tal. Tampoco con un cartel que diga «Vehículo arrendado».
Seguramente varios de estos choferes hagan «trabajos por fuera». Todo el mundo sabe que son estatales la mayoría de las pipas que andan cobrando 70 mil pesos por 20 mil litros de agua.
Pero, aunque todo el mundo lo sepa, aquí de eso nadie dice nada. De quienes vienen en triciclos, bicitaxis, o carretillas, se deduce cuáles venden por la cantidad de viajes que dan al día. Con las pipas es más complicado.
Venga de donde venga, un litro de agua, en el nuevo mercado, cuesta entre diez y quince pesos. Es así que un pomo de 20 litros vale 250 pesos, un tanque de 250 litros vale 2 mil 500 o 3000 pesos y uno de 1000 litros vale entre 10 000 y 15 000 pesos. Y si en medio de un apagón cobran aparte el servicio de llenar con un motor las cisternas o tanques elevados, son hasta 5 mil pesos más.
Himilce Prado, vecina de la calle Nueva del Pilar, no tiene idea de esos precios, pero cuando ha habido mucha cola, a gente «que se ve que viene a buscar para su casa» le ha ofrecido coger de la pila más cercana al portal.
Dice que han venido niños «hasta en horario escolar». Y cobran «a las personas cien pesos por abrir las tomas nada más».
—A los choferes se les encaraman a las pipas, les piden… Hay tres hermanos, que el más chiquito tiene seis años y viene con una llave también. En las vacaciones esto fue terrible. Ya ahora hay como dos muchachos grandes que están haciendo eso. Ahí tú los ves contando, ganan como 2000, 3000.

Los «dos muchachos grandes» son Michel y su amigo. Tienen 15 años. Y, en efecto, ganan en un día entre 2000 y 3000 pesos cada uno.
Michel estudia para profesor de Educación Laboral en la escuela pedagógica Fulgencio Oroz Gómez. Recibe clases en la mañana y, cuando termina, es que viene para acá o, al menos, eso dice. El martes a las diez ya estaba aquí.
Entre él y su amigo se reparten el trabajo: uno abre y cierra la toma, en lo que el otro ayuda a colocar los embudos inventados en los tanques o a llenar los pomos o ponerles las tapas. Y el dinero es siempre a la mitad, como los panes y los dulces que compran cada vez que pasa un vendedor.
El padrastro de Michel «maneja un triciclo»; el papá vive en Estados Unidos y, según él, lo ayuda; y la mamá «es pantrista en un hospital».
—Hoy es el cumpleaños de ella. Le voy a regalar un perfume que le tengo escondido.
Michel dice que la economía de su casa está «bien». Realmente, el motivo por el que viene a trabajar aquí «desde hace tres meses y pico» solo él lo conoce.

A muchos de los choferes los saluda al verlos llegar. En ocasiones, son ellos quienes lo llaman para que les ayude. Aunque no con todos ha llegado a llevarse bien, porque si hay algo que no soporta es «que traten mal a las mujeres», y aquí la jefa es una mujer.
—Una vez, uno de un triciclo le sacó un cuchillo y yo le respondí: «No le tienes que sacar eso, que tú a los hombres no se lo sacas».
El amigo de Michel hizo uno de esos embudos que se hacen con un tubo y una bota de goma. Un señor le ofreció comprárselo por mil pesos, pero él le dijo que no, que si lo quería era en 1500. Normalmente, lo alquila a cien pesos y, al parecer, así seguirá siendo.
***
Acaban de llegar dos pipas que pertenecen a las FAR. En menos de una hora llegan hasta tres. El martes, el chofer de una me dijo que él se dedicaba a «tirar» diariamente a los hoteles que están en reconstrucción —como el Saratoga— y a los albergues «donde radican las brigadas de ECM [Empresas de Construcción y Montaje]». Su salario es de 15 mil pesos al mes y, si le preguntas por lo de «trabajar por fuera», te dice: «¡Qué va! Esto es militar».
Uno de los operarios que no trabaja por contrato —específicamente el del «bolsito»— comentó que los camiones cisterna de las FAR, cuando «prestan servicio a la población lo hacen mayormente en La Habana Vieja, Centro Habana, San Miguel y Regla»; y que lo de los niños «lo quitaron de aquí», vinieron «los jefes» y ordenaron que no los dejaran abrir más las tomas, «por los problemas que ha habido con los choferes». Michel y su amigo están exentos porque «ellos vienen y ayudan y eso, pero no buscan problemas».

—Oye, ya veo que las pipas se están adueñando de la toma de nosotros— le dice un muchacho a uno de los operarios verdaderos —overol azul amarrado a la cintura, cincuenta y algo de años, botas de goma, 5000 pesos mensuales.
Sucede que, «los otros días», la jefa vino y dijo: «Los triciclos van en esta toma (refiriéndose a la última). Ahí no entra ninguna pipa».
—¡Pero mira cómo está eso de pipas!
Ahora mismo, una pipa recibe agua de la toma, mientras en la cola esperan tres triciclos y, dentro de unos minutos, también un bicitaxi. Dos de los triciclos vienen de Luyanó, de unos barrios cercanos al puente, donde «hace seis meses no hay agua» y «la gente se tira pa´ la calle con calderos y de to´».
Uno de los choferes viene solo dos veces a la semana, porque tiene en casa un tanque de mil litros, de los que se usan para importar gasolina. El otro chofer viene cada dos días, porque el suyo es solo de quinientos y no le alcanza para mucho; es el mismo que tenía puesto en la placa de la casa antes de que empezara «la crisis», pero tuvo que desinstalarlo para no tener que comprar otro.
En el mercado negro, un tanque de 55 galones (210 litros) puede costar 50 mil pesos; uno de 800 litros, 115 mil; uno de 1000 litros, 150 mil; y uno de 3000 litros, hasta 350 mil.
—Ay, cubanos. ¡Qué lucha! —pasa una mujer.
Van a ser las siete de la noche. Mañana, a la misma hora, seguiremos en la «lucha».
