Días de coronavirus (XXXIV)

    Leí un rato en la cama antes de ponerme en marcha y tomar el camino más largo que puedo hacer en el confinamiento: los 35 pasos que separan mi cama de la lavadora. Pasos cortos y dos de ellos, al salir del dormitorio, entrar en el estudio y girar inmediatamente a la derecha para entrar a la parte del salón donde tenemos la mesa de comer que estas semanas es para M. también la de trabajar, son prácticamente uno en longitud, doblado por las ganas y el constante atolondramiento.

    Desayuné viendo algo que había grabado anoche, sin humor para novedades, y que llevaba largo tiempo aguardando. Después de largos meses de espera, la televisión rusa comenzó a emitir la serie Zuleijá abre los ojos, basada en la novela homónima de Guzel Yájina que traduje para Acantilado. Llevaban anunciándola a bombo y platillos (¡con cuánto esfuerzo me he ahorrado escribir «a hoz y martillos»!) desde hace un año. Iba a ser el gran estreno del otoño pasado. Pero fueron posponiéndolo una y otra vez. Ni siquiera la autora conocía la fecha del estreno. Y ahora de repente le ha tocado salir en medio de la pandemia, emitida por el principal canal de la televisión rusa, en prime time y con el país confinado: no se hubiera podido soñar circunstancias más venturosas para un estreno.

    Cuando has traducido una novela, cuando has leído un libro como los leemos los traductores y lo has reescrito después en tu lengua y revisado el texto una y otra vez, conoces la letra, el relato, las sutilezas del carácter de los personajes, su habla, el texto entero y su espíritu de una forma muy particular, total. Con esta novela, con la prosa cincelada con esmero de Guzel y la historia de Zuleijá, la joven tártara desterrada a Siberia por el estalinismo, mi inmersión fue absoluta y esperaba esta segunda traducción, la cinematográfica. Es otra traducción, aunque muy distinta. Es una adaptación, más bien, que es otra manera de traducir, de interpretar, de replicar. Antes los libros eran adaptados, a la vez que traducidos, por cierto. Hay esa historia fantástica de la traducción del Drácula de Bram Stoker al islandés, cuyo traductor, Makt Myrkranna, cambió el argumento, abrevió, le metió más sexo, añadió personajes. ¡Y no se lo confesó a nadie! Cien años más tarde se supo. Hasta entonces los lectores de Islandia, cuantos fueran, leían un Drácula distinto del nuestro.

    En todo caso, la adaptación de la fascinante Zuleijá abre los ojos no me entusiasmó, no sé si por el confinamiento, mi mal humor de estos días o su simpleza plástica, y la dejé para volver a ese Grossman que como aquel personaje de Borís Polevói es «un hombre de verdad». Dicen que uno de los efectos del coronavirus es la anulación de los sentidos del gusto y el olfato. El confinamiento también es una máquina de suprimir el goce.

    Pero algún día seremos libres de nuevo, me consuelo. Con la misma estúpida convicción con la que los cubanos hemos dicho esa misma frase durante años, mascullando esa esperanza, sin hacer nada para que cobre cuerpo, para traducirla a la verdad, adaptada siquiera rebajando los requerimientos, aplicando un downgrading del listón: del ser cultos para ser libres de Martí, al ser sanos, sanos al menos, que exigen nuestros secuestradores.

    ¡Ya sé por qué salí de la ducha esta mañana cantando aquel «Ya viene llegando»! ¿Por cierto, se sabe si Willy Chirino ha escrito alguna canción al coronavirus? Podría, por cierto, adaptar aquella suya al levantamiento progresivo de las restricciones que se esperan estos días en algunos países europeos. «Dinamarca, ¡libre!», cantaría. Y «Austria, ¡libre!» Con República Checa, donde ya se puede nadar y comprar en ferreterías, repetiría.

    Tengo ganas de que el mar me acaricie los pies, como lo hizo en la playa de la Concha justo antes del confinamiento. Tengo ganas de bailar en una discoteca cutre a la que jamás habría entrado. Tengo ganas de pedirle el salero al tipo de la mesa de al lado en una casa de comidas humilde. Tengo ganas de que la mujer de atrás hable en el cine con su amiga hipermaquillada. Tengo ganas de ver a las muchachas paseando los escotes por el Paseo de Gràcia. Tengo ganas de tropezar con alguien al entrar al vestuario de COS. Tengo ganas de decirle al tonto de la barba que se ha quedado clavado frente a la sección de Literatura Eslava de la librería La Central: «¿Me permites?» Tengo ganas de comprarle flores a M. en Navarro y sorprenderla cuando doble la esquina creyendo que llego tarde.

    Pero sobre todo tengo muchas ganas de traducir todos esos anhelos a la lengua en prosa de los hechos. ¡O de adaptarlos, al menos! El único goce, el único sabor para el que todavía me quedan lengua y paladar y reloj. El de los hechos que saben y huelen.

     

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