Narcocorridos y canciones de El Makabelico sonando altísimo en las trocas que atraviesan Ciudad Acuña. En silencio la atravesábamos nosotros, con el miedo constante de que la policía nos parara y nos pidiera nuestros documentos. Después de un día entero presos y una travesía de 26 horas por carretera, nos habían dejado sin dinero y con terror de que nos preguntaran: ¿de dónde son? ¿cómo se llaman? ¿qué hacen aquí? Ninguno de los dos podíamos disimular el caminar nervioso, las manos temblando, los ojos llorosos por el sueño y la tristeza. El coyote nos dijo que no podía cruzarnos a esa hora porque el río estaba crecido. Siempre en las tardes abren las represas para que los migrantes se ahoguen más fácil. Por la mañana, con la fresca, es más fácil pasar, nos dice el coyote. Los coyotes son criaturas entrañables, después de todo, uno se aferra a lo que dicen ellos con tal de que te crucen y no te secuestren o te maten. Si hay algo que no se debe hacer, es creer todo lo que dice un coyote. 

Encontramos un motel barato cerca de donde estábamos. Yo solo pensaba en encerrarme en algún espacio donde la policía no pudiera llegar. Y esperar y confiar que nadie le dijera a nadie que unos cubanos estaban allí adentro. Una señora de voz gruesa y piernas hinchadas nos anotó en un papel mohoso y nos dio la llave de una habitación. Yo no le miraba a la cara con la esperanza de que no recordara la mía; por eso se me quedó grabado su cuerpo rollizo del cuello para abajo. La habitación, si se podía llamar así, era simplemente asquerosa. Las cucarachas caminaban por la paredes, por el jabón, por nuestros cepillos de dientes. Ya yo estaba acostumbrado a eso porque en La Habana viví unos añitos rodeado de cucarachas, algunas se dejaban aplastar mejor que otras. Tiramos nuestras cosas sobre la cama: un desodorante, un desinfectante de manos, los últimos billetes mexicanos para pagarle al coyote y unas servilletas, no sé para qué si no comíamos hacía rato. 

Lo peor que hicimos fue decirle al coyote en qué motel estábamos. Primero tratamos de no pensar mucho en eso, pero luego la paranoia y los cuentos de los que cruzaron antes que nosotros nos inquietaron. Imaginamos, deliramos. Y si le decía a alguien. Y si venían por nosotros. El coyote nos había dicho que nos recogía a las seis de la mañana para cruzarnos, pero nunca le creas a un coyote. Esa noche, esa espera, acabó destrozándome los nervios. La noche anterior en una prisión de emigración. Ahora, escondidos en un motel. Si hubiese sabido que solo serían las primeras dos noches de muchas otras sin pegar ojo, probablemente me lo hubiese pensado más antes de atravesar México. Pero solo hay algo peor que arriesgar tu vida saliendo de Cuba y es arriesgar tu vida viviendo en Cuba. 

Con todo el corre corre no habíamos tenido cabeza ni para comprar agua. El calor del desierto empezó a apretar. El cuartico se convirtió en un horno. No hacíamos más que sudar y pensar y rezar. Hablando de rezar, a esa hora me acordé de que mis santos estaban en la mochila. Me puse mis collares y repetí la moyuba unas diez veces, nunca había rezado con tanta desesperación y fe. Lo único que calmaba mis nervios eran mi madre y mis santos. Lo único que calmaba el calor era bañarme junto a las cucarachas. Después de resistirme toda la noche terminé tendido en la cama, con mis ojos abiertos y mi cuerpo petrificado, hecho mierda. En una pared había unos números anotados con carboncillo, me puse a contarlos una y otra vez. Sobre mi cabeza un ventilador de techo avanzaba tan lento como el tiempo mismo. No veía la hora de que amaneciera; de que amaneciera de una vez por todas. 

Por suerte el coyote no mintió y nos fue a buscar a la hora acordada. Nos llevó hasta una avenida. Nos dijo: del otro lado está el río, ahí los está esperando un hombre para cruzarlos. Corrimos por la avenida, caímos por un barranco y atravesamos un montecito. Nunca vimos a ningún hombre. Lo único que había era total oscuridad. Sin darnos cuenta ya teníamos un pie en el agua, la corriente nos arrastraba. Levantamos la mochila y empezamos el cruce. En menos de cinco minutos estábamos de nuevo en tierra. Para nuestra mala suerte no se trataba de Estados Unidos todavía, sino de un cayo en medio del río. A mi nadie me había dicho nada de un cayo pero ahí estaba en Google Maps, más real que cualquier cosa. Y ahí estábamos nosotros en medio de un cayo lleno de cañas bravas en mitad del Río Bravo. Suena tan trabalenguas como aterrador. Es increíble cómo un pedacito absurdo de tierra define tu vida con tanta impunidad. Me refiero a las fronteras, por supuesto. 

Nosotros, que solo nos teníamos a nosotros y a nuestros santos, tomamos a Eleggua en la mano y fuimos gateando entre las cañas bravas. Yo veía el camino abriendo frente a mí. Casi sin aliento volvimos a caer al agua. Esta vez fue rápido. Enseguida estábamos en tierra gringa, lo suficiente emocionados para llamar a nuestros padres y gritarles que ya habíamos llegado al otro lado. La felicidad duró poco. En la orilla había un tipo con un cuchillo más grande que sus manos. Literalmente pensé: tanto nadar para morir en la orilla. El tipo dijo que su mamá tenía cáncer y que solo quería nuestras cosas. Nos quitó ya lo último que teníamos: un desodorante, un desinfectante de manos, unas servilletas sin usar, las billeteras, un teléfono y la ropa mojada. Pudimos salvar la foto de mi hermana muerta y los santos, que estuvieron hasta el final. El tipo nos dijo que camináramos de espaldas hasta que estuviéramos lo suficientemente lejos para correr. Era más que evidente que habíamos cruzado por un lugar equivocado. Por eso nunca le creas a un coyote. Aunque cada lugar y momento en una frontera es, de hecho, equivocado. 

No tardó en aparecer el drone con el que los gringos patrullan el río. Nos seguía desde el cielo como un buitre esperando que alguien nos matara antes de llegar. Corre que te corre, con el corazón en la boca y los pies cansados. Nos fallaba el cuerpo entero. Yo veía el camino abriendo frente a mí. Después de una rato llegamos al final, donde había una casa y un cartel de «No Trespassing». Justo al lado comenzaban los barrotes de dos metros que se extienden varios kilómetros por el contorno del río Bravo.  Entre la casa y los barrotes había una brecha cercada con alambres de púas que era fácil cruzar. Al otro lado unos oficiales de emigración ya nos estaban esperando. Nos habían estado siguiendo con el drone y sabían que veníamos. Tenían una patrulla llena de inmigrantes de diferentes países. La mayoría cubanos, dos colombianos y un nicaragüense. Solo faltábamos nosotros dos. El oficial nos da agua y una bolsa para echar lo poco que nos quedaba en las manos. Nos manda quitar los cordones y apagar el teléfono. Nos suben a la patrulla y comienza a manejar por una avenida ancha de frente al sol. El sol recién salía, una cosa enorme en el horizonte. Me daba en la cara tan fuerte que me cegaba. Por un momento solo quería quedarme con esa sensación de ceguera. Cuando abriese los ojos de nuevo, que todo hubiera acabado. Yo quería que amaneciera, que amaneciera de una vez por todas. 

1 Comentario

  1. He podido visualizar cada parte que describes. Pero sin duda alguna es mejor cruzar el Rio Bravo que permanecer con el cerebro y el cuerpo presos en Cuba.

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