Trabaja. Calla. Desconfía de la historia. Suéñala y rehazla.

Pere Quart

Prólogo: Asturias, octubre de 1981

Enfermo y angustiado, Alfonso Camín no paraba de preguntarse por qué, entre aquellos bohemios que viajaban por el mundo como cruzando charcos de piedra en piedra, todos alegres, borrachos y violentos, precisamente a él le tocó ser el olvidado. Entonces le quedaba solo el consuelo de haber vivido mucho, varias vidas, en México, en Cuba y, las más fugaces y tristes, en España. Durante esos periplos por el Caribe y el Atlántico conoció a poetas, guerreros, rufianes, y a poetas-guerreros-rufianes que saborearon pronto la gloria.

En cambio, Alfonso ha tenido que esperar a los 91 años para, al fin, ser profeta en su tierra. En su tierra natal de Asturias, digo, pues allá, en México, le premiaron con el José Vasconcelos y hay quien le ha considerado digno del Cervantes. En España faltará todavía largo tiempo para que reconozcan su nombre y, con suerte, alguno de sus poemas o de sus 123 libros.

Antes del revuelo armado por esa horda de funcionarios que se presentaron a su puerta hace pocos días, Alfonso esperaba tranquilo la muerte, escapando de la miseria en su casa de Porceyo, un pueblito de Gijón. Arrugado y empequeñecido por los años, pasaba la mañana fumando puros como hizo de joven, aunque sin lucir el antiguo mostacho ni la esplendidez de su nariz pronunciada, que cae ya como un colgajo. Ahora usa gafas y apenas se enfunda sobre sus hombros, como una capa, aquella gabardina que tiempo atrás venía tan bien con sus aires de trotamundos. No obstante, sigue amando los sombreros de ala ancha para cubrir los escasos pero largos mechones blancos que aún sostiene su cabeza. Frente a esta triste imagen de lo que fue una vez un poeta realmente maldito, se plantaron elocuentes y orgullosos los burócratas del Consejo Regional y del Ayuntamiento de Gijón para nombrarle «hijo ilustre y poeta nacional de Asturias». Llegaron también los de la Fundación Príncipe de Asturias, pero con ellos Alfonso limitó los tratos a una incómoda sonrisa complaciente. La transición pacífica y la democracia de las que hablaban políticos y telediarios por igual, nunca fue suficiente para aplacar los rencores antimonárquicos de un republicano y antifascista como él.

Agustín Acuña, presidente de la Diputación provincial, prometió al viejo, además, comprarle los derechos de sus obras y extenderle un cheque por el valor de 300 mil pesetas, una cantidad que Alfonso pocas veces —o quizás nunca— ha visto reunida en sus manos. El sorpresivo reconocimiento, le dijo Acuña, se debía a «su labor de exaltación y de divulgación de los valores de nuestra región». Entonces lo aplaudieron más que en cualquier otro momento de su larga existencia, como para reponer el terrible daño que el anonimato le ha causado desde hace 14 años, cuando llegó de México a Porceyo con su amada Rosario y un montón de cajas de libros suyos que pretendía vender para subsistir y hacerse un nombre en la literatura española moderna. Los libros, autofinanciados todos, jamás se vendieron, y su presencia en los círculos intelectuales del país fue obstruida por el vengativo régimen de Franco, que nunca olvidó el «republicanismo romántico» de Alfonso y su escapada a Portugal, pocos días antes de su fusilamiento, gracias a la oportuna intervención de un falangista cubano.

Por vez primera, Alfonso Camín siente que en su región lo miman y hasta celebran sus excentricidades del pasado, como si estas fueran material de epopeya. Aunque de nada sirve, pues le escasean memoria y tiempo para disfrutar de esta fama tardía y ridícula. También le faltan fuerzas, incluso, para enojarse. Atrás quedaron sus tiempos de mozalbete fácilmente irritable y de poca paciencia para desenfundar la navaja. Ahora, como mucho, refunfuña y agita su bastón, sobre todo cuando escucha en la voz ronca de Chavela Vargas aquellos versos que nadie recuerda como suyos y que nacieron —tal vez— una tarde habanera de 1925.

El poeta

Sentado frente a una de las mesitas dispuestas en los bajos del Hotel Inglaterra, Alfonso Camín disfruta de un café mientras los ojos se le van, distraídos, tras el lento caminar de las parejas tomadas de la mano que transitan por el Prado habanero. Junto al café descansan una hoja en blanco y una pluma estilográfica con la que piensa redactar un artículo para el Diario de la Marina. En verdad, no tiene idea de qué escribir, pero puede darse el lujo de esperar pacientemente por la inspiración y luego aparecerse bien tarde en el Diario, poco antes de que las inmensas máquinas de la imprenta echen a andar. Si le preguntaran, preferiría escribir poemas y no textos periodísticos, pero el oficio es el oficio y Pepín Rivero, el director, un cabrón exigente.

Alfonso Camín

Alfonso Camín/Foto: Internet

Pepín Rivero —«el segundo conde del Rivero»— tiene, según Alfonso, dos o tres detalles desagradables: esa aureola aristocrática que se traduce en su comportamiento refinado y de la que presume en el ridículo escudo rojo del grifo y el ancla que ha plantado en la fachada del edificio del Diario, y también esa fe mesiánica, que no disimula, en el dictador español Miguel Primo de Rivera. No obstante, tiene sus cosas buenas; la primera, ser el hijo de Don Nicolás Rivero, y haber heredado el buen oficio del periodismo, las costumbres asturianas y un cariño indulgente y desinteresado, casi paternal, por rufianes aventureros como el propio Alfonso.

El viejo Don Nicolás, recuerda el poeta, le ayudó como nadie cuando llegó de adolescente a La Habana. Entonces tenía 15 años y una historia que olvidar: cómo fue abandonado por sus padrinos de camino al bautizo y después recogido por un labrador; el trabajo rudo en las canteras de Contrueces, y las trifulcas a navajazos con hombres pobres, violentos y desesperados, todos mayores que él. En Cuba imaginaba prosperar, pero pronto se vio envuelto en una pelea y tuvo que hacer uso de un puñal. Pasó dos largos años tras las rejas, tiempo que aprovechó para escribir poemas y mandarlos, como cartas de amor, al suplemento literario del Diario de la Marina. Don Nicolás entonces se encariñó con su joven compatriota. Lo envió a Europa como corresponsal durante la Gran Guerra, y perdonó sus desvaríos de poeta romántico y de buscapleitos a lo largo de la isla. Ahora Pepín hacía otro tanto.

La tarde transcurre y la hoja sigue tan blanca como antes. Alfonso consulta de pasada su reloj, que marca poco más de las cinco, y se acomoda, divertido, en su asiento. La escritura, piensa quizás, puede esperar, sobre todo a estas horas, cuando la ciudad se prepara para el mayor de sus escándalos tradicionales: el paseo de «La Macorina».

De La Macorina cuentan muchas cosas, algunas disparatadas, excesivas. Lo único cierto sobre esta mujer es su nombre, María Calvo, y su profesión de prostituta. De todas formas, para Alfonso Camín lo primero es incomprobable, y lo segundo, una afirmación tan despectiva como injusta. Ninguna prostituta posee nueve autos modernos, cuatro casas en La Habana, caballos de carreras, costosos abrigos y joyas de incalculable valor. Ni siquiera la más casta y suertuda de las mujeres podría, como ella, manejar un auto libremente con la seguridad de un permiso legal.

Existen diferentes versiones sobre el origen de su sobrenombre, casi tantas como chismosos hay en la ciudad, lo cual es mucho. Cuentan que La Macorina está ligada al personaje homónimo de las fiestas populares —«las charangas»— de Bejucal, donde alguien (vaya uno a saber quién) se disfraza cada diciembre con una máscara, un vestido ancho, un pañuelo en la cabeza y una sombrilla, y así anda por el paseo carnavalesco, a merced de los pellizcos y cachetadas que los pícaros del pueblo propinan en sus extraordinarias nalgas y senos. Otra teoría —en la cual cree con más firmeza el asturiano, poeta al fin, amante de los juegos de palabras y conocedor de los lejanos límites de la desvergüenza cubana— dice que «Macorina» no es otra cosa que un anagrama de «Maricona», pues corren rumores sobre las relaciones lésbicas de esta mujer con esos raros especímenes de fémina independiente tan de moda en los últimos años.

Como sea, La Macorina es un escándalo, y por donde pasa las señoronas se ponen coloradas, evitan mirarla y hunden la cabeza entre los hombros, como queriendo que la tierra se las trague. Los curas, por su parte, no pierden ocasión para calificarla de «diabólica». En sus misas hablan de esta Jezabel, este Anticristo con vagina, cuya mera existencia representa una ofensa contra Dios y contra el buen nombre de las cubanas. También hay, claro está, quienes le chiflan alborotados desde las esquinas y sueñan con una noche a su lado, pero este último es un placer que solo pueden permitirse los viejos ricachones de La Habana.

A La Macorina no debiera considerársele una puta a secas, sino una «dama de compañía altamente selectiva», que parece un eufemismo, pero no lo es. Quizás en algún momento de su vida exhibió su cuerpo semidesnudo en los prostíbulos de Colón, junto a esas casuchas de mala muerte que se intercalan con almacenes y oficinas de poca monta y algunos apartamentos de pobres diablos que escriben en sus puertas, para los visitantes neófitos: «No moleste. Esta es una casa decente». O tal vez no, y su carrera comenzó en La Victoria, un sitio más sofisticado, pensado para la clase media y no para marineros borrachos, donde la mercancía es refinada en el vestir y usa nombres exóticos que alimentan el deseo. De cualquier manera, si alguno de estos pasados fue el de María Calvo, quedó atrás hace años.

La Macorina, reflexiona Alfonso, ha sido en la historia de este país la más singular de las segundas damas luego de que se conociera su gran romance con el mayor general José Miguel Gómez. El asturiano siempre tuvo en gran estima al general, un hombre rudo, curtido por la guerra y por las acusaciones de corrupción. Por él se enroló en el Ejército, para acabar con la insurrección de aquellos negros que se decían los «Independientes de Color». Y, de paso, escribió algunas notas periodísticas para el Diario. Muchos miles de pesos debió de haberle exprimido La Macorina al difunto presidente para soportar sus caricias de vejete y, quién sabe, hasta los celos de Doña América Arias. Pero igual hacía —y hace— con banqueros, hacendados y funcionarios de menor nivel que le proveen ese soberbio estilo de vida y algún que otro secretillo político que bien haría en guardarse.

De repente, aparece La Macorina en un convertible hispano-suizo rojo. La mirada sobria, fija en el camino. Da una vuelta y se pierde veloz rumbo a Prado. Ella no repara en Alfonso ni en nadie; él detalla cada uno de sus rasgos. Esta impura y diabólica femme, esta Mesalina caribeña, bruja y aprovechada, ha logrado en cuestión de segundos fecundar los más impúdicos pensamientos del asturiano.

Sobre la mesita de los bajos del Hotel Inglaterra la hoja blanca recibe sus primeras dosis de tinta.

La impura

Malecón, Galiano, Dragones, Prado, Zanja, Infanta, luego Malecón otra vez, y así, una o dos veces más, María Calvo Nodarse repite esta ruta vespertina, siempre a las cinco, antes de irse en el convertible hispano-suizo a una de sus casas en el Vedado. Lleva joyas extravagantes y, aunque haga calor, los más costosos abrigos de piel. Las señoras habaneras la ven pasar desde las aceras y se ruborizan, le siguen con ojos iracundos, mientras sus maridos se rinden disimuladamente admirados. A María esto le divierte. Es su desquite contra esas hipócritas que le llaman «puta» y «diabólica» pero en el fondo le envidian la fortuna y, en especial, la libertad.

En ocasiones María llega a los actos de beneficencia y se planta frente a estas burguesonas caritativas que compran noches de buen sueño con migajas para los pobres. Para escandalizarlas, deja caer con desdén los fajos de billetes más gruesos de la velada y se marcha, oronda, intentando disimular la sutil cojera que padece desde hace ocho años, cuando fue atropellada por un millonario que, en compensación, le regaló su primer automóvil. Solo después de abandonar estos lugares se rompe el silencio incómodo de los salones y comienzan los cotilleos. Aunque en alguna ocasión le han insultado —con muy mala suerte, pues la lengua de María conoce improperios de otro mundo, demasiado indecentes para la burbuja aristocrática habanera—, por lo general todas prefieren callar de vergüenza mientras ella está presente. Los abultados fajos de billetes, al final, son el pago de sus esposos por una noche con La Macorina.

La Macorina/Foto: Internet

La Macorina/Foto: Internet

Además de «puta», «libertina» y «bruja seductora», otro de los grandes insultos que le acechan se refiere a su lesbianismo. Pero a María nunca le han gustado las mujeres y tampoco se ha visto obligada a acostarse con una, ni siquiera en sus viejos tiempos de mujerzuela en La Victoria. Tal vez, piensa, la injuria se deba al hecho de ser la primera mujer a la que han permitido conducir legalmente un auto en el país. Como conductora, jamás ha tenido un accidente, pero la gente se empeña en decir que manejar es cosa de hombres, sobre todo, luego de la primera carrera de autos organizada en Cuba, cuyo ganador fue el único de los competidores que dejó a su esposa bordando en casa y no la llevó de copiloto.

La Macorina es, para la ciudad, un escándalo aparecido de repente: una mujer sin pasado y sin más historia que la suma de cientos de rumores que en ocasiones se contradicen. María Calvo Nodarse no siempre fue una prostituta selectiva, tampoco una simple prostituta, de hecho, hubo un tiempo en que ni siquiera se llamaba así.

Nadie la recuerda de aquella época, hace ya más de diez años, en que respondía al nombre de María Constancia Caraza Valdés, la más pequeña de una familia rústica pero honesta de Guanajay. Rebelde y enamoradiza, se escapaba a veces con su novio simplón y provinciano, y juntos soñaban con una vida próspera y libre en la ciudad, lejos del conservadurismo pueblerino de sus padres. A los 15 años María decidió huir con su amante, y juntos se refugiaron en un cuartico de alquiler en La Habana. Al principio ella fue feliz, pero los empleos y el dinero escaseaban. La renta, aunque barata, se hizo cada vez más difícil de pagar y pronto ambos se vieron en la más absoluta miseria. La aventura romántica de María terminó una tarde en que su novio salió a buscar trabajo y una mujer tocó a la puerta. La mujer observó  a María de arriba abajo, y luego se presentó. Traía, dijo, una oferta tentadora.

Cada cierto tiempo, María visita La Victoria, el barrio donde aprendió su oficio hasta convertirse en la mejor y más cotizada prostituta del país. Le gusta llegarse a ese lugar porque es el único pasado al que puede aferrarse un poco. Allí la quieren de verdad, la miman, la recuerdan con cariño. A su paso salen, efusivas, las viejas compañeras que no tuvieron su suerte. También la reciben jóvenes recién sacadas de la indigencia rural por matronas que, como a ella en su momento, prometieron un futuro mejor y terminaron endeudándolas y comprometiéndolas a pagar con años de servicio en los burdeles. Las muchachitas se pelean por probarse sus joyas y sus abrigos. La admiran. Sueñan con ser María, la única que escapó del control de los chulos y las matronas, y que ahora vive como millonaria. Entonces le piden consejos, y ella da lecciones básicas de piano, cuenta algunos trucos de cama y, muy seria, recomienda que aprendan al menos unas pocas expresiones en inglés y francés, cosa que aprecian mucho los clientes refinados y bondadosos en el pago. Hay quien le pregunta por su vida antes de La Victoria con ese muchacho que fue su primer amor, y María, rodeada de estas casi niñas, ingenuas y desdichadas, dice que no sabe… y que es mejor no saber del paradero de aquel vago incapaz de mantenerla. Amar, dice también, es un lujo que no pueden darse las mujeres de su condición. Simplemente, es malo para el negocio.

Amor, lo que se dice amor, jamás volvió a sentir luego de su fuga de Guanajay. Tal vez algo parecido, pero no precisamente eso, sintió en aquella extraña relación que mantuvo con el presidente José Miguel Gómez (1909-1913). Aunque la imaginación popular todavía la retrate como una prostituta cualquiera, desnuda y ansiosa por terminar de tirarse al viejo e impotente general, la realidad fue otra. Entre María y José Miguel hubo sexo, por supuesto, pero también mucho más.

Una vez convertido en Presidente, el general se había vuelto un hombre demasiado arisco, siempre preocupado por mantener a raya a sus enemigos políticos, y obsesionado con el control de su fortuna, la de su familia y los fondos destinados a las obras públicas. Entretanto, Doña América Arias se la pasaba de obra de caridad en obra de caridad, gastando como agua el dinero en proyectos sociales y granjeándose una imagen de santa patrona de los pobres. Mientras Doña América era alabada como gran patriota y benefactora de los desposeídos, José Miguel ganaba fama de héroe venido a menos, de déspota y de corrupto. El pueblo, ignorante, jamás cuestionó el origen del dinero para beneficencia de la Primera Dama de la República.

En las noches, el Presidente llegaba a su residencia cansado por los años y por el estrés de los enredos políticos. Doña América, ya algo vieja y regordeta, no podía ofrecerle el placer de antes, cuando eran un par de jóvenes inquietos en los lomeríos, jugándose la vida para liberar al país del coloniaje español. Entonces María acudía a José Miguel y juntos pasaban la madrugada conversando; sobre todo él, que le confiaba sus más íntimos problemas y los más complejos secretos de Estado. Ella escuchaba como un cura confesor mientras lo acariciaba hasta dejarlo dormido. Después se marchaba y, al otro día, recibía en su casa un lujoso regalo del agradecido Presidente.

Comenzaron entonces a circular relatos sobre sus aventuras con el viejo general; relatos exagerados, depravados y orgiásticos, que la describían como una voraz y peligrosa seductora. Por sus relaciones con el alto mando político y militar de la isla hubo hasta quien la consideró la «Mata Hari cubana», una puta influyente cuya presencia mancillaba la honra de la pobre y traicionada Doña América.

La memoria de la chusma es altamente selectiva y trabaja mediante un elaborado sistema de decantación que desecha hasta la más mínima partícula de detalle para quedarse, al final, con aquellos lugares comunes que sirvan de fertilizante al escándalo. Por eso todos recuerdan —incluso, dicen haber visto— a la prostituta engatusando a José Miguel Gómez y sacándole descaradamente los billetes del bolsillo. Sin embargo, nadie habla de la asiduidad con que visitaba María al anciano y derrotado general en la prisión, luego de que fuese capturado por alzarse en armas contra el reelecto presidente Mario García Menocal. Quizás en alguna ocasión conversaron, separados por los barrotes del Castillo del Príncipe, y José Miguel, extrañado, cuestionó el motivo de aquellas visitas si él ya no tenía nada que ofrecerle. Tal vez, llegó a preguntar si lo amaba. De haber sucedido esto, María habría contestado que, como puta, amar le estaba prohibido, pero, como mujer, ser fiel y agradecida, no.

La muerte del poeta

Alfonso Camín cree haber vivido suficientes años para ver, tal como lo concibió en sus sueños más ambiciosos, la total reivindicación de su obra. Pero eso aún no ha sucedido y ya empieza a sospechar que, como todo en su vida, demorará un poco más. Quizás en unos lustros, cuando al fin muera, se hablará de Norte, la revista literaria que fundó en México, a la que tanto tiempo y dinero dedicó. A lo mejor encontrarán las pocas críticas positivas a sus versos en la vieja prensa mexicana, y algún historiador avispado descubrirá también que la mayoría las escribió él mismo bajo seudónimos. Por el momento, al menos, comienzan a reconocerle como el precursor de la poesía afro-antillana; el hombre que le dio el tiro de gracia, casi a bocajarro, al decadente modernismo latinoamericano.

Ahora, a sus 92 años, está demasiado débil y enfermo. En Porceyo le cuidan mucho y le aconsejan dejar atrás las malas pulgas, que son terribles para el corazón. Le dicen que disfrute de su nuevo título de «Poeta Nacional de Asturias». Él no hace caso; no considera que sea mérito suficiente. ¿Qué asturiano conoce sus libros? ¿Qué español, fuera de los más escogidos círculos de eruditos y exégetas literarios, lee sus poemas? ¿Quién le recuerda cuando Chavela Vargas canta «La Macorina»? Además de la vejez acumulada, Alfonso Camín siente que le han arrebatado un pedazo de su obra, es decir, un pedazo de sí mismo.

Chavela, esa lapa excéntrica pegada siempre a José Alfredo Jiménez, esa vieja de pasado libertino bañado en tequila, se llevó el único de los éxitos que él pudo tener. Alguna vez se atrevió a decir, la muy bellaca, que conoció a La Macorina y que se había admirado con su belleza de «negra mezclada de china». Todos le creen, incluso el propio Alfonso lo haría de no saber que María Calvo desapareció hace mucho sin dejar rastro y que, cuentan por ahí, solo se volvió a saber de ella ya vieja y apaleada por la vida. Apenas quedan fuerzas para hacerlo y además, en caso de contradecir a la mexicana, le tomarían por un anciano senil. La mentira de Chavela se resguarda en el deseo contagioso de su voz de trovador ebrio, uno tan perfectamente simulado que ninguna evidencia lo derrumbaría.

Alfonso morirá, en la mañana del 12 de diciembre de 1982, como nunca quiso: sin la gloria merecedora de un obituario hinchado y conmovedor. Un periodista de El País llamará a su casa solo para confirmar la causa del deceso, e informará al respecto en una nota el día 13. Cuando pregunte, una mujer contestará al otro lado de la línea telefónica:

—A Camín le llegó su hora por la avanzada edad que tenía; en realidad, viene muriendo poco a poco desde hace algún tiempo.

La muerte de la impura

En verdad, María siempre detestó que le llamasen «Macorina», sobre todo porque a partir de su sobrenombre se inventaron mil historias falsas sobre ella, las cuales, finalmente, desmintió en una entrevista concedida en 1958 a la revista Bohemia. Su apodo, dijo, se debía a la borrachera de un jovenzuelo que le gritó en plena calle: «¡Ahí viene La Macorina!». La había confundido con «La Fornarina», una famosa cupletista de la década de 1920. Después, siguió contando María, llegó la época de «las vacas flacas», el período entreguerras durante el cual sus amantes que presumía perdieron sus fortunas, y los años comenzaron a opacar su belleza juvenil. De a poco la fueron olvidando, aunque al principio intentó sostener su estilo de vida, y para ello vendió los caballos de carreras, las mansiones, y más tarde los abrigos de piel, los autos y las joyas. Al final, confesó, quedó en la miseria.

Guillermo Villarronda, el periodista que la entrevistó, fue el primero en saber de ella en muchos años. Luego María volvió a ocultarse en los solares de la ciudad y nadie conoció su paradero hasta después de su muerte.

Durante ese largo tiempo sumida en el anonimato, a María debió molestarle mucho escuchar su viejo sobrenombre por doquier, como si la vida insistiera en obligarla a ocultarse a fuerza de inmortalizar su pasado. En México, por ejemplo, una cantante medio marimacha repetía con mucho éxito un pegajoso son dedicado a ella, y en Cuba todavía desfilaba «La Macorina» por las charangas de Bejucal.

Fue después de varias décadas que al fin se supo quién portaba aquel disfraz de señorona voluptuosa y zalamera por las calles de Bejucal. Se llamaba Lorenzo Romero Liñoso, un albañil accidentado que trabajó también como policía portuario y agente de aduanas. Lorenzo, decían, era un tipo duro, amante del boxeo y de la pelota, un vicioso parrandero que cada diciembre abandonaba a su mujer y a sus cinco hijos sin decirles a dónde iba y que luego regresaba a su rutina familiar, guardándose el secreto de su travestismo. En la vida de María Calvo Nodarse hasta las más indirectas conexiones resultaron siempre un escándalo.

Es imposible decir a ciencia cierta cómo fueron los últimos momentos de María, solo que los sabía muy próximos. El 15 de junio de 1977 falleció en un cuartucho de alquiler en La Habana, bastante parecido a aquel donde vivió junto a su primer y único amor. Murió vieja, con 85 años, sin nadie que la llorara, excepto por una vecina que a veces le asistía y a quien ella confesó su extraordinario pasado.

Al encontrarla rígida en la cama, la vecina colocó sobre su cuerpo frío y huesudo un vestido amarillo, y así fue a la sepultura. Estaba dispuesta a cumplir con las únicas dos cosas que había pedido la difunta unos días antes: enterrarla como hija de Oshún que era y no contarle a nadie que bajo la lápida de una tal María Constancia Caraza Valdés descansaba la verdadera Macorina.