El señor de la tiendita los ve acercarse, con su idioma inentendible y su apariencia extraña, que resulta un foco en las calles de Lakouanga. Son sus nuevos clientes, los últimos vecinos de ese barrio bullicioso de Bangui, la capital de la República Centroafricana. El lenguaje de la comida, o el del hambre, es una jerga universal, así que el señor de la tiendita, que habla sangho o francés, comprenderá cuando sus clientes les digan en español o en un inglés defectuoso que quieren leche, o que, por favor, les ponga varios estuches de azúcar, algunas latas de carne, otras barras de pan y, por supuesto, algo que no puede faltar, los garrafones de agua.
África era el último destino en que pensaron terminar, y si les preguntas qué sabían hasta ahora de ese sitio, dirán que casi nada, o que en su memoria era un lugar de leones y jirafas, de cebras y tigres desandando la sabana. El día en que se vayan de ahí, sin embargo, África habrá sido un lugar completamente distinto: uno a donde llegaron esposados de pies y manos después de que, sin previo aviso o consentimiento, los montaran a un avión en Texas; uno donde aterrizaron tras más de 20 horas de vuelo desde otro lado del mundo. Habían sido deportados.

Algunos ya han tenido problemas estomacales a causa del agua que toman en el Maison Confort, el complejo de apartamentos al que llegaron hace más de dos meses sin saber en realidad en qué sitio estaban aterrizando. Por tanto, parte del dinero que juntan es para comprar galones de agua que alcancen para la semana. En la lista de necesidades mínimas de esta nueva vida que se ven obligados a habitar —y que parece provisional en la misma medida en que les resulta eterna—, están los shampoos para lavarse el cabello, el papel sanitario, las toallitas húmedas para las mujeres, los paquetes de íntimas para los días del período, los sacos de arroz y frijoles, y las tarjetas de Internet para saber cómo está la familia, o para que la familia sepa cómo están ellos, a miles de kilómetros, muy cerca de parajes que solo han visto en documentales de Animal Planet o National Geografic.
Cuando finalmente pongan rumbo a sus verdaderas vidas, que ahora mismo parecen detenidas en el tiempo, África también será en su memoria el lugar donde oían tiros cada noches por los enfrentamientos de pandillas, donde se iba la luz “como si esto fuera Cuba”, donde los arrestaron para cobrarles su liberación, y donde comprendieron que era necesario cuidarse entre todos, ayudarse entre todos, para salir a flote.
Yasmani Noel Moreno de Armas tiene ahora 31 años, pero desde niño fue alguien que compartió lo que tuvo. Lo mismo en Cuba que en Miami, siempre ayudó con la renta al que no podía, siempre le fió a un amigo, y a más de uno le perdonó la deuda. Después de que los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) lo detuvieran el 11 de mayo de 2025, durante un paseo a la playa de West Palm Beach, se las ha ingeniado no solo para sobrevivir él en los centros de detención, sino para hacerle la vida más llevadera al resto.

En el centro del Condado de Otero, en Nuevo México, Moreno era conocido entre los reclusos a los que la migra encerró allí como parte del plan mayor de Donald Trump: terminar su Presidencia habiendo realizado la deportación más grande en la historia de los Estados Unidos. Con el dinero que le enviaban sus padres semanalmente, Moreno compró galletas e hizo pasteles, compró sopas Maruchan o refrescos, y los repartió entre el resto de los detenidos para aliviar el hambre que nunca terminaba de aplacar la comida que les daban las autoridades.
«Todo el mundo me conocía, todo el mundo me quería», dice Moreno.
En África no iba a ser distinto. Cuando llegaron, el pasado 1 de agosto, les repartieron a él y al resto de los deportados dos camisas, una amarilla y una gris, un pantalón y unas chancletas. Solo eso para comenzar de cero. La comida que les garantizan a veces está mejor, a veces peor, casi siempre los deja con hambre. El mes pasado, los trabajadores de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que los atienden en el Maison Confort, solo les dieron como ayuda un desodorante, un calzoncillo y un rollo de papel sanitario para que se las arreglaran durante todo septiembre, a pesar de que la República Centroafricana recibió 85 millones de dólares en fondos del gobierno estadounidense como parte de un acuerdo de deportación.

Moreno miró el rollo de papel, el calzoncillo y el desodorante, y sonrió, como preguntándose si en realidad las autoridades africanas y estadounidenses pensaban que esa era una manera de subsistir, o imaginando hasta cuándo los iban a retener en un país donde no tienen un estatus legal, ni siquiera una identificación para moverse libremente. Donde permanecen como los últimos rehenes de ambos gobiernos.
Al día siguiente, Moreno, junto a tres cubanos más y un hondureño, cumplieron el protocolo de siempre para salir del Maison Confort: pedir permiso a los guardias de seguridad, o incluso sobornar a algunos para que los acompañe a hacer las compras. Les hacían falta muchas cosas. Un grupo de mujeres retenidas en uno de los seis inmuebles destinados a alojar a deportados les pidió que, por favor, las ayudaran, si podían, con shampoo o suavizador, que ya no aguantaban el mal olor en el cabello. Otras mujeres preguntaron si había almohadillas sanitarias, y latas de carne, lo que sea que tuvieran para comer.
Moreno y su grupo han improvisado una pequeña comuna de ayuda mutua para comprar y repartir lo que puedan. De los 600 dólares que sus padres le envían cada semana del negocio de camiones que aún tiene en Miami, Moreno destina unos 400 a la compra de comida para distribuir entre todos. A veces alguien les manda algo, la gente que sigue en redes sociales el curso de sus días como deportados en África. Incluso han creado un Gofundme que hasta ahora acumula poco más de 5 000 dólares. Si llegan a su meta, unos 10 000, pretenden aprovecharlo para pagar asistencia legal, comprar comida y medicamentos, tener acceso a Internet y conseguir ropa y zapatos para el tiempo que les quede en África.
De momento, lo que apremia es subsistir en la República Centroafricana, donde todo les resulta mucho más caro. Se la pasan comparando los precios de la vida que tenían con los costos de la vida que tienen: si una Coca Cola pequeña en Estados Unidos costaba 1.29 dólares, acá cuesta más de dos, dicen. Si las toallitas húmedas allá valían poco más de un dólar, acá las venden por 4.50.
«Acá la vida es muy cara, esto es una locura», dice Moreno.

Hace poco, se despertaron en el Maison Confort y los oficiales de guardia no los dejaban salir del complejo de apartamentos. Querían ir a comprar algunos insumos e irse a repartir entre el resto de los deportados, a quienes nadie ayuda, pero no se lo permitieron. Algo estaba sucediendo. Sintieron disparos en medio de la noche oscura de un barrio donde muy pocas casas tienen electricidad, e incluso supieron que habían decretado un toque de queda. En el país al que los enviaron como deportados se vive desde hace tiempo un enfrentamiento entre el Ejército y grupos armados, y la violencia contra los civiles está a pie de calle.
Después de tres días encerrados, pudieron finalmente salir a hacer sus compras. Los cuatro cubanos y el hondureño pidieron permiso y un oficial los acompañó a llevar cajas con latas de carne, panes, paquetes de almohadillas sanitarias, que repartieron entre personas de Qatar, Brasil, Turquía y Uzbekistán. La gente se pone contenta de verlos dos veces por semana repartiendo lo que consiguen.
«No es mucha comida, pero al menos comen uno o dos días y toman agua la semana entera», dice Moreno. «¡Tú sabes el hambre que se pasa aquí! ¡No puedes imaginarlo!».
Hace poco, salieron a comprar unas 60 tarjetas de Internet, que cuestan 20 dólares por cada una, para luego distribuirlas entre 60 personas que podrán conectarse con su familia a lo largo de la semana. Algo se interpuso en el camino. Un grupo local los secuestró, los retuvo, y no quiso liberarlos hasta que pagaran un rescate de 50 mil francos CFA, casi 100 dólares. Tuvo que llegar la policía para que los liberaran y finalmente siguieran su rumbo.
A veces tienen algo de dinero, otras veces tienen menos, hay días en que no les alcanza para mucho. El tiempo pasa y a los inmuebles donde permanecen van llegando cada vez más personas expulsadas por el gobierno de Donald Trump, a quien la Corte Suprema dio luz verde para mantener las deportaciones a terceros países, pese a todos los fallos en otras instancias contra de este tipo de expulsión.
Como mismo Moreno y otros cubanos han terminado en la República Centroafricana, hay compatriotas suyos retenidos en Guinea Ecuatorial, Liberia, Eswatini o Sudán del Sur. Algunas de estas personas se habían negado a ser deportadas a México como tercer país, a otros Cuba no quiso recibirlos, y hubo quien ni siquiera fue consultado y solo supo varias horas después a dónde lo habían trasladado. Algunos están en cárceles de máxima seguridad, a otros los mantienen incomunicados en hoteles, y la mayoría están recluidos sin poder siquiera salir a caminar los países donde se encuentran. Lo que los une a todos es el limbo legal en que permanecen y la incertidumbre de no saber qué va a suceder en los próximos días.
Savi Arvey, directora de políticas para los derechos de los refugiados y los inmigrantes de Human Rights First, una organización que rastrea estas expulsiones, no solo tildó las deportaciones de «ilegales», sino que aseguró que son parte de los esfuerzos más amplios de la administración Trump «por socavar el sistema mundial de protección y hacer cómplices a países de todo el mundo de su campaña de deportaciones masivas, la cual ignora abiertamente el debido proceso y separa a las familias».
No hay futuro posible en esos destierros, o al menos estas personas no la ven. Quieren salir de África cuanto antes, quieren irse a algún lugar donde se sientan cerca de lo que son, de lo que han sido siempre. La ansiedad los carcome, la falta de certeza los desvela. Lo único que les permite sobrevivir a la deportación es ayudarse: gastar el poco dinero que tienen, dar a quien nadie le envía nada, comprar para repartir. Cada semana, la misma rutina: tarjetas de Internet, repelente, agua, latas de carne… Llegará un día en que recuerden que ayudando a los demás se ayudaron a sí mismos a lidiar con la maldición de ser un deportado.
