Los anónimos de Zapata

En este lugar de la Ciénaga de Zapata el silencio es tal que, si un pájaro se queda dormido en una rama, no hay ningún ruido que lo despierte. La tarde cae entre rumores vagos, aguas perdidas que mojan guijarros en la ribera, pero nada más: apenas la respiración apacible de la naturaleza. Bajo un enorme árbol de ramas inclinadas sobre el Canal, dos hombres comen sin mirarse, sin hablarse, y nada permite saber si les gusta el pescado que mastican. No están molestos ni han discutido, solo llevan a cabo un ritual tantas veces ensayado.

Son hermanos. Ambos son afables, seres nobles que no hablan si no es para decir algo bueno. Mientras se alimentan, el sol ya no es aquella luz alegre de los pájaros que cazan peces en la superficie, sino un resplandor escaso que les dura hasta el último bocado y un poco más. Sobre ellos se cierra una nube de mosquitos tan densa que, al caminar alrededor de la mesa, sientes cómo te tropiezan en la cara. Pero los hermanos comen sin detenerse. Horas después estarán durmiendo y las gallinas sobre la mesa picotearán las sobras de los platos.

Ambos hermanos se sientan a comer mientras los perros los acompañan.
Ambos hermanos se sientan a comer mientras los perros los acompañan / Foto: David López

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En el fogón, la llana arde como si estuviera hecha para encender hogueras. La llana es un árbol engurruñado que crece enrollado a orillas del Canal. Hay otras especies similares, como el soplillo, bosques flacos y manchados que alimentan hornos de carbón en la zona. El trabajo forestal ha sido siempre una de las pocas opciones que tiene un hombre en ese punto de la Ciénaga, además de la pesca, la agricultura y la caza. Siempre fue así, incluso antes de que Eulogio, con apenas seis años, llegara a Los Hondones con sus padres y sus cinco hermanos. 

Cada tanto hay que empujar los trozos de leña bajo el caldero, para que todo queme y caliente el pescado sumergido en agua. Eulogio camina entre el caldero y las cestas colgadas de las ramas bajas de un júcaro, donde guarda sus sazones y cubiertos. Vierte uno o dos paqueticos de algún polvo anaranjado y una cucharada de sal. «¿Que si pinta? Tú verás si va a pintar», dice mientras revuelve el agua que se torna rojiza.

Enrique fuma un cigarro recién armado con restos de tabaco y papel
Enrique fuma un cigarro recién armado con restos de tabaco y papel / Foto: David López

Su hermano está en una silla a pocos pasos de él. Ahí pasa gran parte del día, sin que suceda nada más extraordinario que fumar, porque Enrique fuma sin parar. Sin moverse apenas, se quita la gorra que siempre lleva y la voltea como si se tratase de un sartén. Dentro tiene lo necesario para enrollar un cigarro improvisado: papel periódico antiguo y un trozo de tabaco. Junta sus rodillas para no perder nada y desmigaja la picadura sobre la gorra. En poco menos de cinco minutos ya tiene su cigarro entre los labios, bajo el bigote amarillo. Entonces se acerca al fogón y saca algún palo prendido para usarlo como encendedor.

Mientras Enrique se fuma las noticias viejas, Eulogio está sentado en un taburete al lado de la mesa. Tiene una pierna encaramada en el asiento y no hace nada. Desde ahí puede verse el otro lado del puente, por donde pasan las personas. Casi nadie va hasta el Canal; no tienen por qué, pero cuando alguien lo hace, es por allá por donde se ven. A veces un carretón atraviesa el claro del terraplén por la mañana y no regresa hasta después del almuerzo. Pero ahora no pasa nadie ni se escucha voz alguna, solamente el crepitar de la leña bajo el caldero y una brisa baja que pliega la superficie del agua. Cuando Eulogio saca el pescado cocido, lo divide en sus platos y entonces Enrique cambia su silla por otra junto a la mesa.

Eulogio cocina mientras su perro duerme. Al fondo, Enrique.
Eulogio cocina mientras su perro duerme. Al fondo, Enrique / Foto: David López

No suele sobrar comida, pero si sobra, Eulogio llama a los pollos y les tira los ripios de forma tal que alcance para todos. A uno de esos pollos, negro, le sobresale una punta de espina en la parte baja del pescuezo. Eulogio lo muestra con pena. «Mira», dice y le pasa la mano por el pellejo, «el otro día se la vi. Parece que lleva ya tremendo tiempo con eso ahí. No sé si se le podrá sacar». Realmente se ve angustiado. Cuando lo pone en el piso, el pollo sale corriendo entre el tumulto.

El tema de las espinas de pescado parece ser algo complejo en este lado del puente. Por todas partes hay huesos de peces y el suelo, en lugar de piedras, está cubierto de cráneos, espinazos y más cosas difíciles de identificar. En la Ciénaga, todos llaman «gato» al pez gato, uno de los animales que más abunda en estas aguas. Es un tipo de pez que fue introducido en muchas regiones del planeta para la pesca deportiva y para suplir necesidades alimenticias. Debido a su multiplicación y la cantidad de subespecies, a día de hoy son una familia que ha colonizado los cuerpos de agua dulce y salobre de la Ciénaga y, además, genera presión ecológica sobre especies autóctonas.

Restos de peces acumulados durante años / Foto: David López
Restos de peces acumulados durante años / Foto: David López

Eulogio tiene muchas historias donde el gato aparece de una forma u otra: anécdotas de su perro engordando con «gato» o de tardes de alcohol con sus amigos del batey mientras él freía «gatos». También recuerda cuando construyó las jaulas donde guarda a los «gatos» que pesca, para poder comerlos frescos cuando los necesite, al alcance de su mano. Y recuerda, cómo no, a su hermano, que se ahogó en una poza y nunca lo pudieron sacar. «Allí está, se lo comieron los “gatos”».

Pareciera que en Los Hondones puede desaparecer lo que sea sin dejar rastro, incluso los muertos. Es como si todo el bosque se tragara las cosas. La Ciénaga de Zapata es el municipio con menos densidad poblacional de Cuba. Son veintiocho asentamientos locales en una extensión que abarca todo el sur de la provincia de Matanzas, con una superficie total de 7 385 km². Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI), en 2024 hubo tan solo 62 nacidos vivos en el municipio y, de esos 62, apenas siete fueron reportados en zonas rurales.

En medio del canal, Eulogio casi desaparece de la vista.
En medio del canal, Eulogio casi desaparece de la vista / Foto: David López

Una situación así hace que las personas, aun cuando viven en bateyes separados por más de diez kilómetros, se conozcan como vecinos. También por eso la ciénaga se mantiene en buenas condiciones. El impacto de la caza y la tala furtiva es mínimo, y muchas veces inducido por la supervivencia. La pesca, por otra parte, está volcada sobre especies como la tilapia y el pez gato, de ahí que no tenga una incidencia profunda sobre el medio.

Toda la Ciénaga tiene la categoría de Reserva de la Biosfera, sitio Ramsar y Área Protegida, pero el experto Rosendo Martínez asegura que la incidencia humana es tan baja que no llegan a observarse afectaciones. En el documental Monteros (2007), uno de los protagonistas asegura que siempre va a cazar lo que sea con tal de comer. Decía, más o menos, que no iba a permitir que su familia pasara hambre, aunque hacía la salvedad de que jamás sería capaz de robar o asesinar a alguien.

Eulogio camina entre la ciénaga para revisar sus redes.
Eulogio camina entre la ciénaga para revisar sus redes / Foto: David López

Eulogio actúa de forma similar. Hace su camino diario con un saco al hombro; si su perro Abucho le ladra a algo en la cuneta, él se tira porque sabe que se trata de un majá. Después usa ese pequeño reptil para alimentar a sus animales o, incluso, para ellos mismos.

Abel Luis Simeón, biólogo residente en Los Hondones, dice que «en el pueblo son más o menos treinta casas. Pero no llega a cien personas, porque hay casas donde solo vive una persona. La casa que más tiene son cuatro, y son pocas las casas así». Es una comunidad con escuela hasta el sexto grado, un centro recreativo de menos de diez metros cuadrados y un parque sin sombra donde no caben veinte personas sentadas. Todo es al aire libre, bajo el sol. Es un batey horizontal, con dos o tres construcciones que superan los tres metros de altura. Los Hondones es un lugar tan pequeño que no tiene iglesia ni cementerio. Es decir, nadie ha sido ni bautizado ni enterrado allí. En un lugar así la juventud no quiere vivir. Algunos no regresan cuando van a estudiar en los pueblos cercanos. Dice Eulogio que por el Canal también se fueron muchos en botes inventados. Marcaban la travesía hasta México y allí tomaban su rumbo.

Cartel que da la bienvenida a la comunidad.
Cartel que da la bienvenida a la comunidad / Foto: David López

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Mientras camina por la terraza, María nos comenta que Eulogio es una persona muy buena, que llegó al pueblo con todos sus hermanos, y que él era uno de los más pequeños, contemporáneo de su propia hija. Dice que él es incapaz de agarrar algo que no sea suyo, y que lo poco que pueda tener, lo da sin pensarlo.

María lleva unas botas de goma que le llegan hasta las rodillas, un pantalón Levi´s viejo por dentro del calzado y un pulóver. Es su ropa de trabajo. Lo normal es que haya mucho por hacer en su patio, El Patio de María, como reza un cartel sobre la entrada al ranchón. Ahora endulza un café en la cocina, fuera de la casa, y nos dice que no recuerda ninguna relación amorosa que haya tenido Eulogio. Repite, una vez más, que es un gran ser humano, que todos sus hermanos lo eran, pero que, eso sí, les puede la bebida. «Él viene aquí y nos pide que le vendamos una botella de ron, y hay que ponerse duro porque él insiste. Es verdad que nunca dejan de comer y su hermano no tiene que hacer nada, pero todo lo que pueda gastar en bebida, lo gasta».

Ranchón en El Patio de María.
Ranchón en El Patio de María / Foto: David López

Cuando llega Marbelis, la casa se anima un poco más: viene un nietecito que aún no sabe hablar, pero que ya corre por todo el patio, y también hace la visita una parienta que vive al frente. Marbelis cuenta que una vez intentaron que se declarara a Enrique persona vulnerable, para que así pudiera contar con ayuda del gobierno, pero les dijeron que no, que él ya tiene su pensión de jubilado. Esa cantidad de dinero, inservible allí de cualquier forma, no supera los cinco dólares mensuales.

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Las aguas del Canal están encendidas por el sol de la mañana. Esa corriente despierta cuando aún todo duerme en esta parte de la Isla. Corre sencilla y se resbala entre los pilotes del puente, murmura sola, como hablando consigo misma, y a los que duermen apenas llega un rumor. La superficie tiene todos los colores del fuego, pero Eulogio no se deja engañar: conoce el frío que hay debajo.

Cuando amanece, Eulogio se sienta en su taburete un rato, arrima una lata cargada de palos prendidos que usa para ahuyentar mosquitos y se pone a mirar sus animales. Nos comenta que debe buscar medicamentos para Abucho porque tiene mucha tos y cree que, si no se apura, el animal puede morir. Estamos sentados a la mesa, repleta de calderos, platos y vasos. Enrique ya ha salido de la tienda y está en su silla. Se lava la cara sentado, con agua que deja caer de un jarro y que corre hasta el piso.

Amanecer en el canal. En primer plano, la tienda donde duermen los hermanos.
Amanecer en el canal. En primer plano, la tienda donde duermen los hermanos / Foto: David López

Eulogio nos habla de las aves pescadoras que viven a orillas del Canal. Dice que el Martín pescador agarra el pescado con el pico, mientras que el gavilán lo hace con las garras. Recuerda que lleva tiempo sin ver al pancho —es decir, el pelícano— y que el nido de negritos que hay en las ramas encima de la mesa casi tiene pichones. Así está Eulogio este amanecer, repantigado en su taburete mientras saborea el café y mira el agua del Canal que no para de correr, haciendo un recuento de todos los animales a su alrededor, como si fueran sus únicos amigos.

Para entrar al agua, Eulogio usa una chaqueta militar verde olivo y lleva un saco para meter los peces atrapados. Abucho, que a veces se detiene para rascarse las pulgas y las garrapatas, lo sigue hasta llegar a un claro entre la vegetación. Entonces Eulogio supera los tres o cuatro metros que lo separan de la orilla, esquivando palos, doblando a la derecha porque sabe que a la izquierda hay una casimba, y recordando el aprendizaje que supusieron los golpes con ramas en la frente y las caídas en los pozos de fango. Abucho también sabe el camino. En la orilla está la cuerda que une toda la malla, que mide casi cien metros, atada a un tronco. Como sentado en el borde de una piscina, Eulogio deja caer los pies en el agua, se agarra del tronco y después cae completo. Aunque se trate del punto más hondo del Canal, su cabeza no se pierde en el agua. Entonces el perro se echa en un rinconcito donde da el sol y casi no hay yerba.

ulogio revisa la malla para sacar los peces que atrapados
ulogio revisa la malla para sacar los peces que atrapados / Foto: David López

Eulogio está lejos en el agua, desde esta parte apenas se ve el punto oscuro de su cabeza sobre los destellos de la superficie. La vista abarca toda la ribera opuesta hasta que tuerce el Canal. Si la visión se pusiera borrosa por un momento, veríamos una franja grisácea, luego otra de un verde fresco y encima el azul del cielo. No hay más que naturaleza. No hay ruidos del hombre, salvo la voz de Eulogio. No hay cemento, no hay claxones, ni despertadores ni tonos de llamada. No hay nada de lo que hemos creado y, por tanto, nuestro dominio aquí es mínimo. No hay nada en toda esta belleza que haya dependido de nosotros para existir. 

Cuando sale del agua, Eulogio muestra la colecta: cinco o seis peces vivos que brincan en el saco. Una vez de regreso, mete los vivos en una de las mallas que tiene sumergidas en el Canal. El resto es para cocinar. La malla está siempre sumergida en el agua: todos los días se cogen peces, y en la temporada de alza, cuando vienen pescadores de otros bateyes, llega a convertirse en algo descontrolado. Eulogio tiene al menos un suministro estable de alimentos, algo a lo que no pueden acceder muchas personas que dependen solo de su economía para proveerse. Aun así, su dieta no es balanceada ni variada, más bien está forzada a la monotonía del pescado.

Cocinando el pescado / Foto: David López
Cocinando el pescado / Foto: David López

 Mientras trocea la carne blanca, nos cuenta un poco de su vida:

—Nosotros vivíamos en Bahía Honda, en un batey dentro de las lomas. Aquí había venido un tío mío que, cuando regresó, le contó a mi papá lo bueno que estaba esto. En el ochenta daban de todo.

—¿Había turismo?

—No, no había, pero había comida bastante. A los muchachos les daban una lata de leche todos los días.

—¿Allá no?

—No. Allá daban, pero menos. Y el trabajo aquí era mejor. Se cobraba más. Pero ya…

Eran diez hermanos. Vinieron seis para Los Hondones, los seis varones. En Bahía Honda quedaron dos hermanas, un hermano en Artemisa y otro en La Habana. El de La Habana es chófer estatal y visitaba el pueblo a menudo, antes del fallecimiento de la madre en 2009. Del resto casi no habla. De los seis quedan solo Eulogio y Enrique. Dos murieron por cáncer en los pulmones y leucemia, y los otros dos, ahogados en cenotes.

otografía donde se ve a Eulogio con sus hermanos, él es quien tiene el sombrero.
otografía donde se ve a Eulogio con sus hermanos, él es quien tiene el sombrero / Foto: David López

—Y lo más lindo: está en el fondo, no lo pudieron sacar. Allí está. Los gatos se lo comieron.

En el batey, María nos contó que «era de noche ya, y aquí le dijeron que no se acercara al agua, que se fuera a dormir ya. Pero él se fue caminando hasta la poza y… bueno, allí está». María y sus hijas aseguran que la botella salió a flote horas más tarde: aquella noche había bebido.

En las últimas horas de un jueves de 2009, Eulogio vio acercarse un carro. Probablemente ya había comido y se disponía a despachar algunos buches de ron antes de dormir. Vio los faroles de un transporte fúnebre. «Ese carro, ahí viene la vieja», anunció Eulogio a sus hermanos, adentro de la casa. Ellos no le creyeron, pero sí, traían a su madre desde el hospital. Tenía ochenta y ocho años, y dos noches atrás había caminado bajo la lluvia, con el agua a los tobillos. El martes había amanecido con mucha tos y el jueves por la noche fallecía.

Enrique aseando su cara como hace todos los días.
Enrique aseando su cara como hace todos los días / Foto: David López

Para Eulogio, el primero en morir fue su papá. Con sesenta y ocho años, falleció de un cáncer en la garganta el 7 de agosto de 1990. Una vez trajeron unos tanques de cincuenta y cinco galones de alcohol puro, alcoholito. «Él trabajaba en la casa, guataqueaba, chapeaba; vaya, tenía el conuco limpio siempre. Limpio, limpio. Pero ya, a eso de las diez y pico o por ahí se bañaba y le decía a la vieja “voy allá alante”. Cuando llegaba a donde estaba el hombre, le decía “dame la ración mía”. Le daban un vaso de alcohol con un poco de agua. A las doce y pico, arribando la una, salía pa la casa. Pin pan, pin pan, pin pan. Almorzaba y se acostaba a dormir. A las tres y pico o las cuatro se levantaba, iba pa allá y otro vaso de alcohol se tomaba. Hasta que se acabó. Un mes y pico duró aquello. Cogía dos peos, dos peos al día».

Eulogio comenta esos eventos con afecto. No se emociona más de la cuenta, pero tampoco los disminuye. Es una persona que hace cuanto puede o cuanto cree poder. De esa forma funciona también su relación con Enrique. Se cuidan sin mayores muestras de cariño. Para él, la vida ha llegado a un punto donde es mejor dejar las cosas como están, no por bien ni por mal, sino porque sí, ya está.

Los hermanos con su perro Abucho
Los hermanos con su perro Abucho / Foto: David López

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Cuando se ahogó aquel hermano, Enrique y Eulogio se quedaron solos. Entonces Eulogio decidió permutar la casa. Era una construcción de madera con cuatro cuartos, el hogar donde había vivido su familia desde que llegaron de Bahía Honda. Su primo, el hijo de aquel tío que convenció a su padre de mudarse, le dio una casa más pequeña y veinte mil pesos de vuelto. Sin embargo, casi no habitaron ese nuevo destino. Hace alrededor de tres años le propusieron un trabajo que lo haría dejar el batey.

Cuando se mudó, armó una estructura con palos de árboles cercanos y le tiró una lona por arriba. Después ocupó su casa de campaña con lo necesario: tres camas improvisadas con ramas que se abren en forma de «Y», y travesaños de madera sobre los que descansan los colchones. Uno lo ocupa Eulogio, otro Enrique y el tercero, su perro Abucho. Sobre cada cama cuelga un mosquitero que cae como un velo de novia. Debajo, sobre la tierra dulce, hay dos cajas plásticas con un montón de gaticos recién nacidos que aún no emiten sonido alguno. Hay también mochilas que lo mismo contienen una cafetera, gafas o ropa. Debajo de su colchón Eulogio también guarda libros: La Edad de Oro, uno sobre racialidad que fue Premio Casa de las Américas en 2017, folletos y otros libros a los que no se les distingue la cubierta, pero su favorito es uno sobre un pez gigantesco que se da en la Amazonía peruana.

El sitio donde duermen los hermanos / Foto: David López
El sitio donde duermen los hermanos / Foto: David López

La casa de campaña no la armó ahí al azar, sino que, en un sentido práctico, ese lugar donde vive Eulogio es un punto de pesca y él es su custodio. El objetivo de esos puntos de pesca es regular la recolección de peces. «Se entrega un por ciento de la pesca. Una caja de pescado todos los meses. Ya con eso tienes el autorizo de pesca. Esto es un contrato», explica Eulogio, acodado en el puente. Entregan cualquier pez menos el «gato», porque vale 260 pesos cada libra. Pero eso, en un contexto donde el cambio del dólar supera los 600 pesos cubanos, no supone gran cosa. En el batey las opciones de compra, de cualquier forma, son bien escasas: apenas se pueden ver dos casas que ofrecen aceite de cocina, paquetes de espaguetis, pasta de tomate, papel sanitario, jabón, y algunos otros artículos de aseo. Para que un producto despachado en La Habana o en el puerto del Mariel llegue hasta Los Hondones, debe recorrer un largo camino. Por eso la situación de los hermanos era la misma antes y después del mandato de Trump, antes y después del reordenamiento, antes y después de la subida del dólar: hace mucho tiempo que están igual de mal. Eulogio no habla de ninguna de esas cosas, aunque las conoce, porque tiene ocupaciones mucho más inmediatas, como la alimentación de Enrique, la enfermedad de Abucho y la pesca.

En pleno 2026, tras una crisis migratoria que dejó una tasa de saldo migratorio negativa en todas las provincias del país durante cuatro años consecutivos, con muy escasas posibilidades de conseguir combustible de cualquier tipo, luego de una pandemia global, un reordenamiento monetario que desembocó en una inflación superior a la del Período Especial de los años 90 y con una serie de medidas de la administración Trump que han dejado al país con escasas opciones comerciales, luego de protestas sociales en todo el país y más de cinco caídas del Sistema Eléctrico Nacional; después de todo eso el país pareciera que va a colapsar en cualquier momento, y no se puede esperar mucho en los campos cubanos. Bateyes sin rutas de transporte estable, zonas enteras sin electricidad ni agua por varios días consecutivos y desabastecimiento en la mayoría de los comercios. Salvo algunos pocos ejemplos de familias que poseen tierras y que han podido invertir mucho dinero en esos terrenos, la mayoría de la población rural sobrevive con el alimento que consigue en el día.

Un día de pesca / Foto: David López
Un día de pesca / Foto: David López

Cuando no había que buscar combustible robado de empresas estatales para transportarse, Eulogio se dedicó un tiempo a vender artículos variados que compraba en La Habana. Un merolico ambulante que vendía esas pocas cosas en cualquier lugar de Cienfuegos, Villa Clara o Matanzas. Así estuvo una temporada instalado en Boca de Camarioca, un pueblo a pocos kilómetros de Varadero. Fue su única ocupación fuera de la Ciénaga. Aquí, todas las que desempeñó fueron las que le estaban destinadas: carbón y pesca.

Según el Plan de Manejo citado, «el universo económico-productivo del municipio se caracteriza por el predominio de empresas de subordinación nacional o provincial que escapan del nivel de planificación local y que apenas tributan al desarrollo local en comparación a la explotación que hacen de los recursos naturales del territorio». De modo que «los recursos forestales son explotados por la ECOCIENZAP Ciénaga de Zapata de subordinación nacional, los recursos pesqueros por un establecimiento de la empresa provincial PESCAMAT y otras actividades importantes del territorio como la apicultura y la turística son desarrolladas por la UEB Apícola de Matanzas y por la Empresa Turística Integral Cubanacan Península de Zapata de subordinación nacional». Esto no solo influye en la economía local, sino que determina las oportunidades profesionales para los locales, ya que muchas de estas empresas, radicadas fuera de la Ciénaga, ya traen su propio personal. Además, si tenemos en cuenta las distancias entre los asentamientos y los preuniversitarios y universidades más cercanas, es notable el costo y el esfuerzo para hacer estudios superiores.

Centro recreativo de Los Hondones.
Centro recreativo de Los Hondones / Foto: David López

La fuente de ingresos económicos más popular es el turismo, que cada vez más está volcado sobre personas naturales que invierten en el territorio. «En el año 2017, en instalaciones turísticas se alojaron 17 510 turistas extranjeros, mientras que en las casas de renta se alojaron 71 427 turistas extranjeros». Estas formas de turismo están concentradas en otras zonas, como Playa Girón, pero en Los Hondones hay varios puntos de este tipo. A pesar de ser El Patio de María el más popular, también debe mencionarse un aviario ubicado a la salida del batey, que hace un excelente trabajo creando hábitats controlados para las especies de la región. También se desarrolla en gran medida el turismo de sol y playa durante el verano, meses en los que la cantidad promedio de visitantes puede triplicar la población local. Esta concentración altera el funcionamiento normal de los ecosistemas y hace de esos polos lugares no tan interesantes para el turismo de naturaleza y los investigadores. Eso ha hecho de Los Hondones uno de los asentamientos que más atención recibe de biólogos. Tanto es así que algunos han fabricado casas a la salida del batey. Abel Luis Simeón, ornitólogo, dice que «es un pueblo pequeño, tranquilo… por ejemplo, Soplillar pudiera ser también, pero es un lugar más grande. Y además los bosques están muy acabados, y ahora están acabando con la sabana también. Soplillar está muy acabado. Aquí también hay eso, pero menos, se mantiene mejor». 

Por eso Eulogio no ve a nadie desde su casa de campaña cuando se despierta rodeado de humo: porque Los Hondones está muy lejos para el turismo, porque es un batey envejecido con una sola calle, porque, a fin de cuentas, ¿quién querría el Canal si allá delante está el mar Caribe? Y también por eso se le ocurrió meterse en el punto de pesca, porque si al final iba a pescar para sobrevivir, al menos debía sacar provecho. 

Eulogio alimenta a los pollos con maíz.
Eulogio alimenta a los pollos con maíz / Foto: David López

***

El día baja hasta su marcha mínima porque ya todas las cosas están hechas. La tarde avanza únicamente en las sombras sobre el piso. Hace un rato Eulogio estaba sentado en su taburete arreglando una malla para cazar tortugas y cuando terminó se puso a mirar, desde esa misma posición, un trillo que se pierde en el monte. Ahora camina con sus dos perros hacia el puente, para pasar ahí las horas que le queden al día, hasta que le entre sueño.

La tarde entrega sus últimos anaranjados, cuando alumbran resplandores fugaces. En ese momento previo al crepúsculo, las cosas parecen animadas por una tracción que las hace exhalar un vaho tierno. Recostado a un poste del puente, Eulogio habla de los eventos que más le han alterado el curso de su sencilla vida. Comió hace casi una hora y su hermano espera la noche bajo el mosquitero dentro de la casa de campaña. Los zancudos comienzan a ser un problema y Eulogio trae su lata prendida. La sopla como un tragafuegos de circo que hace a la candela rugir como una dentellada en el aire. Para un hombre que ha sido albañil, vendedor ambulante de baratijas entre distintas ciudades, leñador, pescador y cuantas ocupaciones la supervivencia disfrace de oficio; para un hombre así todos los aviones han partido, todos los trenes ya están en marcha y él, solitario, no tiene más que cuidar a su hermano y pasar los días con la esperanza de que no sea peor.

Cielo nocturno en Los Hondones.
Cielo nocturno en Los Hondones / Foto: David López

Sin que se le vea la cara a causa de la oscuridad, ni se le sienta el olor a causa del humo, Eulogio pudiera levantarse del puente, desaparecer y nadie lo notaría. Pero su voz llega por encima del crepitar de ramas. Y cuenta historias de infancia. Dice que «cuando niña, Marbelis (la hija de María) se operó la rodilla y nosotros íbamos a verla y veíamos las aventuras y la novela. Y en el tiempo del cocuyo, en mayo, nosotros cogíamos veintipico o treinta cocuyos y ella los metía en un pomo de cristal. Por la noche soltaba los de la noche anterior y echaba los que le habíamos llevado. Lo dejaba en la cabecera de la cama y con eso alumbraba».

También recuerda mucho las latas de leche condensada que daban en el batey, algo que es para él como una prueba definitiva de la buena vida que existía. «En la casa nosotros cogíamos setenta y cuatro latas de leche condensada. A mí y al difunto (uno de sus hermanos), por menores de catorce, nos daban treinta a cada uno; a los que trabajaban en la Forestal les daban diez y a la vieja, por ama de casa, le daban cuatro. No eran setenta, eran más». Cuenta también cómo veía el helicóptero de Fidel Castro aterrizar en la caleta privada que tenía a apenas cinco kilómetros de Los Hondones, y cómo los muchachos corrían hasta acercarse lo más posible, aunque nunca pudieron ver a aquel hombre del que se hablaba en toda Cuba.

Eulogio es un hombre que se proyecta siempre hacia el pasado. Le gusta recordar ocasiones en las que sus amigos del batey se pasaban una tarde con él en el puente, bebiendo ron claro y friendo «gatos». Muestra animado una foto que guarda estrujada en su casa de campaña, en la que se le ve cortando un cerdo junto a varios de sus hermanos. Cuenta de igual forma que todos estos terrenos tupidos de vegetación no eran más que sabana en su infancia, cuando pastaban carneros en los prados.

Enrique se cubre con tela de mosquitero y se alista para dormir.
Enrique se cubre con tela de mosquitero y se alista para dormir / Foto: David López

Hace mucho que la noche ya es cerrada y sobre nosotros pesa un cielo de estrellas. En kilómetros a la redonda no hay nadie más. Un susurro de hojas trae el frío de la madrugada. En la oscuridad, camino a las camas, nos guía el latón encendido, que se percibe como una boca de fuego en medio de la ciénaga. Eulogio se acomoda bajo el mosquitero y Abucho hace lo mismo en una tercera cama. Las crías de «gatos» no hacen ruido. El olor dentro de la casa de campaña es el mismo que en el exterior, a tierra removida con pescados y aroma de árbol recién cortado.

***

—¿Tuviste alguna pareja en el batey?

—Sí… pero nada, nada…

—¿Qué había para divertirse aquí? Para pasar un rato.

—Nada. Nos reuníamos a tomar ron y hacer cuentos.

—¿Los hombres nada más?

—No, no. Todo el mundo junto.

—¿Las mujeres también tomaban?

—No. Es muy poca la mujer que toma ron.

—¿En los tiempos de tus padres igual?

—Sí, el viejo tomaba desde por la mañana.

—¿Pensaste irte de aquí?

—Sí, una vez. Pero pa regresar pa Bahía Honda.

—¿Nunca tuviste oportunidad de irte cuando armaban lanchas en el Canal?

—Claro, si yo los veía cuando llegaban y cuando se iban. Pero, ¿qué voy a hacer yo en otro lugar?

—¿Tienes alguna condición médica?

—No, yo ninguna. Una vez me operaron de la vista… y también tengo unas varillas de hierro en esta pierna. Echando un judo con mi hermano paré en el ortopédico.

—¿Regresarías a vivir en el batey?

—No, aquí estoy bien. Si me voy pa allá voy a tener que venir de todos modos a pescar.

Eulogio prepara los pescados para cocinar.
Eulogio prepara los pescados para cocinar / Foto: David López

***

Los entierros pasan sin más. Son las visitas a la tumba las que después marcan la memoria. El cementerio donde entierran a los fallecidos de Los Hondones está en plena línea costera, entre campamentos y centros recreativos. Un claro entre la uva caleta, los árboles separados de los árboles. Allí descansan, desde hace más de medio siglo, quienes murieron en todos los asentamientos de la zona.

El sol arde en los ojos y los hombros. Corren gotas de sudor que salan la piel y las piedras en el suelo parecen que van a estallar. En el centro hay un panteón blanco con incrustaciones en bronce, dedicado a los soldados caídos en la defensa de Playa Girón en 1961. Lo demás no es tan lustroso: dos construcciones de cemento repletas de bóvedas y tumbas que no suelen levantar medio metro del suelo, con alguna que otra cruz de madera. La mayoría de las bóvedas son anónimas, apenas clausuradas con bloques rústicos. 

Cementerio que utilizan las comunidades de la zona.
Cementerio que utilizan las comunidades de la zona / Foto: David López

Unos cuatro o cinco hombres trabajan arrodillados sin que pueda distinguirse lo que hacen. Tampoco preguntamos: nos limitamos a pedir las indicaciones para encontrar la tumba de la familia de Eulogio, el de Los Hondones. Uno de ellos nos señala, con sorna, el pabellón de los anónimos. Pasamos por delante varias veces sin diferenciar la bóveda y, al cabo de varias vueltas, asumimos que ya hemos visitado a aquel que trajo a su familia desde Bahía Honda.

No hay mucho por ver. Todo el cementerio es esta parcela de arena en una costa del Caribe, con una hermosa playa tras el muro. Un mes más tarde llegará hasta aquí el cuerpo sin vida de Enrique, leñador, pescador, gran bebedor y hombre feliz. Un cenaguero más. Los sepultureros abrirán una de las anónimas y se sabrá entonces, de todo el pabellón, cuál pertenecía a la familia Pérez Ramos. Acompañado de algunos hombres y mujeres, alguien tal vez dirá unas palabras. Habrá quien llore, sin dudas. Y eso será todo.

En Los Hondones quedará Eulogio, entre maleza de carbón y una ciénaga poblada de fantasmas, sin nadie a quien cuidar o alimentar, salvo sus animales. Eulogio, el sucesor de sus padres, el sobreviviente de sus hermanos. Un cenaguero más. Una gota de agua en el Canal.

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