Las últimas seguirán siendo las últimas

Desde hace tiempo siento que me encuentro demasiado a menudo en el lugar incorrecto a la hora equivocada. La maldición empezó hace unos años. Estaba en la cama con mi ex, ese hombre con el cual El Malquerer dejó de ser un disquito doloroso para convertirse en un capítulo muy largo, muy oscuro, de mi vida.

En una habitación de la casa de sus padres en Brooklyn, con quienes vivía a pesar de sus 27 años cumplidos, entre paredes forradas de posters de todos los comics de DC y todos los warhammers del universo, él secuestraba cada pedazo de mi cuerpo. Y yo, incapaz de anticipar el peligro que corrían la libertad y la ligereza con las que había vivido hasta entonces, jugaba a ahogarme en su pecho enorme, solamente proporcional a su inseguridad.

Mientras, a miles de kilómetros de distancia, en el Festival de Cine de Guadalajara, México, me llamaban al escenario a recoger el premio a la mejor actriz iberoamericana de ese año. De eso me enteraría horas más tarde y nos reiríamos juntos al comprender que nunca olvidaría lo que estaba haciendo en el momento justo en el que me daban uno de los reconocimientos más importantes de mi carrera hasta hoy. 

Podría culpar a mi ex de esta y otras ausencias. Podría culparlo de todo, pero no se merece tanto. Él fue solo el inicio del viaje de la heroína marrón, siempre extranjera en donde llegara. Que yo no pudiera estar presente en la entrega de premios no era su culpa, no solamente. Que otra actriz tuviera que subir por mí al escenario era el resultado de la decisión de emigrar y de no poder abandonar suelo gringo hasta no recibir mi Green Card.

Emigré de Cuba por amor. O más bien porque era absurdo pedirle a ese amor que se mudara a La Habana, un sitio varado en el tiempo, donde todo iba a morir. Años después seguí de largo rumbo a Madrid, obviando a propósito la posibilidad de regresar a mi país. Huía entonces de ese mismo amor que, irónicamente, me ahogaba (ya no como un efecto buscado), lejos de todos mis afectos, lejos de la que yo fui en aquella isla, de lo que había alcanzado allí. 

Aterrizada en España, doblemente lejos, doblemente ajena, me he perdido de recibir en mano propia otros premios, de sostener a mi madre después de la muerte de mi hermano, de conocer a la hija de mi mejor amiga, que también decidió partir y parir en otras tierras. No es normal, no es nada normal esto, aunque lo hayamos entendido como lo que toca si te vas. 

Aquí descubrí cuán a menudo se les olvida a los españoles la voz de Juanito Valderrama cantando «El Emigrante». Descubrí también que a diario hablan de un «ellos» y «nos invaden», como si su abuelo no hubiera vuelto la cara llorando, al salir de su tierra con el único anclaje de un rosario de marfil y una estampita de la virgen de San Gil en la mano. Como si no les hubiera tocado tener un pie en un sitio y el pensamiento en otro lugar que ya no existía como lo recordaban. Como si ellos mismos, años atrás, no hubieran sido los «invasores» que se perdieron los nacimientos y velorios y casamientos de su gente allá en el pueblo. Esa amnesia histórica no es más que un inconmensurable templo a nuestra señora del privilegio.

Desde hace tiempo me persigue la sensación de vivir prestada, desfasada, aunque encuentre en alguna gente de esta ciudad algo parecido a una casa. Pero esa gente «calor de hogar» curiosamente también ha salido huyendo de algo. Esa gente, en su gran mayoría, también disiente por el mero hecho de existir, de habitar un cuerpo fuera de la norma. Con los demás, los gatos gatos de Madrid, los de tierra firme, por más amor, por más complicidad que exista, siempre hay un desencuentro, un idioma que no es exactamente el mismo, un no entender mi chiste bajo la excusa de que es demasiado local. Lo peor es aceptar la certeza de que siempre irán unos cuantos pasos por delante en la carrera. Es justo en esa distancia donde radica el no entendimiento. Donde también nace mi rabia y mi envidia. Sentimientos de mala de telenovela hacia aquel que solo ha salido de casa con el conveniente respaldo de una visa para estudiar ese máster en sostenibilidad, y que tiene la seguridad de que un trabajo en lo suyo lo espera calentito cuando regrese.

El día que salí en El País junto a la crema de la literatura española nacida en los 90s a propósito de rom com, mi primera novela, estaba yo fregando platos en una academia de cocina para yumas con el fin de poder pagar el alquiler de abril. Ese día pasó como otros. No pude conectar con felicidad alguna, con orgullo alguno porque, una vez más, sentía que estaba fuera del lugar que merecía. Porque, una vez más, estaba en modo subsistencia.

Es esa desventaja, ese siempre estar por detrás, por el simple hecho de haber llegado después; aunque tengas el mismo nivel académico, aunque compartas el mismo set de tools. Es ese poder acceder solo a trabajos que mis compañeros de artículo únicamente contemplarían si aún fueran adolescentes, con el borrador del primer poemario en el tote bag. Es ese siempre ser tratada como una niña en el mejor de los casos. Es esa condescendencia la madre de toda desesperanza. No puedo ver más allá. Quizá porque no hay un más allá para nosotras. Solo hay esto, el no lugar. El estar siempre afuera, la nariz pegada al cristal de la chocolatería. Casi sintiendo el olor de la taza humeante. Casi saboreando el dulzor con la punta de la lengua.

Me sacudo esta imagen como puedo. No sé vivir en la autocompasión. Soy demasiado orgullosa. Me sacudo. Salgo a la lluvia que encharca la ciudad por estos días. Escasos diez minutos me separan del evento literario de hoy. Una vez más pretender que todo va bien, que somos iguales, que estoy a la altura. Ocultar este sentirme inadecuada, ajena, eternamente fuera de lugar. 

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