Se llama Leonel, pero le dicen «Vin van» porque a veces termina así las frases. Si esa mañana, la última mañana de marzo, Leonel hubiera tenido que contarles lo que hizo durante los minutos que antecedieron nuestro encuentro, probablemente les hubiera dicho: «Llegué, armé esto, busqué un cubo de agua ahí al frente, barrí la acera, limpié el portal, vin van, vin van». Antes de acercarme, estuve mirándolo por más de un cuarto de hora desde la esquina contraria. Cuando le pregunté por lo que hacía, me dijo lo mismo que la última vez que lo vi: «Esto es de gente que tiene ganas de trabajar».
Hace poco cumplió 50 años. Leonel está enfermo. Es «caso social». Fuma. Se da «unos traguitos de ron» casi todos los días, pero nunca mientras trabaja, o al menos eso dice.
En el portal de un edificio del Vedado, se dedica a vender «cosas que todavía sirven»: los cables y las válvulas de olla de presión que compra al buzo aquel; los espejuelos, el adaptador, las zapatillas y los audífonos, que compra a otro buzo; el reloj que andaba vendiendo un tipo cualquiera; la vajilla de los días festivos que la vecina ya no usa y le da «a tanto» para que la venda «a tanto»; la alcancía que está abierta pero sirve de adorno, el encendedor al que le falta gas, el cepillo que lustró tantas botas o la radio de un difunto. Objetos devenidos mercancía pese a no sé cuántas vidas anteriores.
Vidas anteriores, como las de Leonel, que, de tan distintas, contrarían la idea de ser una sola. Sabe bien Leonel lo que es vivir en la calle. Sabe lo que se siente cuando no te quieren o cuando tienes gusanos en la panza; sabe lo que es la cárcel y la droga y el vicio; lo que es tener mucho dinero y lo que es no tener nada. Sabe que, si suena la reja de al lado, es porque son las siete de la mañana y hay que levantarse y venir para acá y tratar de «hacer el diario».

***
Tres años tenía cuando su madre lo dejó completamente solo. Era de esperarse. No lo abortó gracias a la amenaza de «Si mi hijo se muere, tú también», hecha por un padre que, para la hora del parto, se hallaba en prisión y con el que Leonel nunca tuvo vínculo alguno. Por si fuera poco, la familia materna no quería saber nada del hijo de un delincuente.
Contradictoriamente, todos los días alguien dejaba en la ventana un plato de comida que él devoraba con el mismo apetito atormentado con que empezó a comerse los montículos de tierra que hacían las lombrices en el patio.
Sin límites establecidos más que por sí mismo, orinaba y «cagaba» dondequiera. Y comenzó a desarrollar una panza como la que uno ve a los niños en ciertas fotos de África, una panza que daba la idea de haber estado llena desde el primer minuto de formada.
Al tiempo, la señora de al lado —de la que solo lo separaba una pared, porque las dos casas, en su momento, habían sido una sola— le soltó: «Oye, niño, no ensucies más aquí, que tienes to´ el patio lleno de mierda». Días después, cuando fue al baño de la señora, salió corriendo: «Señora, señora, el baño suyo está lleno de majá».
Eran «bolas y bolas de lombrices». Hubo que llevarlo urgente para el hospital. El médico, luego de examinarlo, dijo algo que él recuerda al pie de la letra: «Hizo bien en traerlo. Si en dos días no lo hubiera traído, ese niño se hubiera muerto».
Al regreso del hospital, Leonel supo que aquella señora era su abuela. Victoria Martínez. La madre de su madre. Y ya no vivió más donde vivía, sino al lado. Porque así lo quiso ella. Pero, por si acaso, aclara que todo transcurrió «sin ella quererme».

Al principio lo miraba y lo miraba, como se miran los bebés los dedos al descubrir que los tienen. Siempre supo que Leonel era su nieto y, con el pasar de las semanas, menguó cualquier indicio de desprecio. Inevitablemente, lo empezó a querer.
Leonel tenía cuatro o cinco años por los tiempos en que llegaron de la voz de su abuela las respuestas a aquellas preguntas que antes se había hecho sin que nadie pudiera respondérselas, incluso a aquellas otras que fueron surgiendo a voluntad de lo desconocido.
Aprendió a sembrar, a hacer dulces, a vestirse, a mecerse con su abuela en el sillón… Era «Leonelito pa´ aquí, y Leonelito pa´ allá», hasta que llegaron los «¿Qué tú esperas pa´ recoger a tu hijo?». La madre se había asentado en La Habana y la tía «calentaba»: «No, que ella está gozando. Manda al chiquito pa´ allá». Victoria Martínez al principio se negó, pero luego acabó cediendo.
Seis años tenía Leonel cuando llegó a La Habana. Diez, cuando su mamá lo regresó a Santiago de Cuba, bajo el supuesto de que si no lo mandarían a una escuela de menores por unos problemas que había tenido en el aula.
Su estancia en la capital se basó en buscar «cariño de madre» en una madre que no iba a las reuniones escolares para que no vieran «que era linda» y que le regaló a los siete años una camisa, asegurándole que sería, por su parte, el último regalo de su vida.
El paso del tiempo terminó por convertirlo en un adolescente que se tomaba «cuatro o cinco diazepanes» por embullo de «las amistades» y, a veces, «le robaba un cigarrito» a la abuela para «especular con las muchachitas».
Se había apuntado en lucha. Le apodaron Bolerín «porque daba muchos estrallones». Y entonces, en lugar de Leonelito, era Bolerín pa´ acá y Bolerín pa´ allá, hasta que la abuela decidió mandarlo de nuevo para La Habana porque: «se está echando a perder. Está igual que el papá, mariguanero».
Leonel ni siquiera sabía lo que era la mariguana, pero los diazepanes que se tomaba provocaban efectos similares, efectos que, en La Habana, muchos años después, volverían a aparecer en formato agravado a causa de sustancias peores.
***
Antes de montar una pizzería clandestina en su solar, trabajó de ayudante en microbrigadas de construcción, fue albañil por cuenta propia y armador de bicicletas y estuvo preso «como cinco veces», todas por «broncas con la policía», menos una por tenencia de drogas.
El negocio llegó a ir tan bien, que Leonel montó otra pizzería y «tres corrales de puercos» y pudo ponerle hasta aire acondicionado al cuartico. La gente decía que era mentira que estaba enfermo, pero lo cierto es que su fuerza había mermado; a veces no podía ni «coger un jarro».
Hoy dice tener fiebre reumática, pero sus síntomas no coinciden con los de esa enfermedad. Lo más probable es que tenga artritis reumatoide —y no recuerde ese nombre— o vaya usted a saber. Sea como sea, en el hospital, puesto que no debía seguir trabajando, lo remitieron como caso social y le brindaron una dieta y una chequera que jamás cobró. Cuando fue a hacer el trámite, se la negaron porque aún vendía pizzas. Y no volvió a pedirla.

Pasando ya de los cuarenta, iban a buscarlo «muchachitas de lo más lindas» —incluso de 18 y 19— que le proponían «hacer el amor» a cambio de «una piedrecita» —de cocaína— y él, avalado por más de 50 mil pesos en el bolsillo y el «despechito» de una relación de 11 años recién terminada, no decía que «no», sino: «me sirveee».
Aquello valía entonces entre «quinientos y mil» pesos. Como quien dice, no le «costaba na´». Los vendedores, viejos en el marketing del oficio, le decían a «las muchachitas»: «Vayan a ver al pizzero». Y los negocios alcanzaron tal punto de abandono que el dinero entraba por cauces como el «Dame 20 mil pa´ 30 mil, que mañana te pago» o la venta del refrigerador, la ropa, el aire acondicionado y los más de «treinta y pico pares de tenis que tenía».
El vicio le impedía percibir su total inapetencia de sentido.
Durante dos años, Leonel durmió por elección propia en policlínicos; en un ETECSA; en los canteros, el «cuartico del motor» y la sala de Emergencias del Hospital Hermanos Aimejeiras; o en cualquier otro lugar que la noche proclamara… en cualquier otro, menos en su cuartico. Salió de él con trescientos pesos en el bolsillo, la ropa puesta, y la certeza de no volver en un buen tiempo a ese barrio «infectado».
—Hay gente que se interna en una clínica. Yo no. Yo me fui pa´ la calle.
Y fue en la calle donde conoció el oficio de vender «cosas que todavía sirven», viendo al amigo que aceptó venderle «tres cositas» para que pudiera comerse unos panes, comprándole «a los muchachos» que buscan en la basura, vendiendo lo que otro amigo le dio «a tanto»…
Su casa era un criadero de cucarachas para cuando decidió regresar. Los amigos a los que debía dinero —por suerte, eran amigos— perdonaron cada deuda. Leonel dice que «el que tiene vicio no puede pagar, porque está enfermo y a los enfermos no se les puede cobrar nada. Usted —y lo anuncia como lección— está más enfermo si les presta».
***
Tiraron el 50 —«policía»— en la bolita. Es 11 de julio. Han pasado tres meses de la última entrevista. Poco se mantuvo tan intacto como ese tono amarillento que tiene Leonel en las escleras de los ojos.
Ahora usa muletas. Su rodilla izquierda empeoró y hay que ponerle una prótesis. «El consorte» del parqueo de enfrente —el mismo que le deja guardar ahí la silla y las dos maletas— le presentó a un ortopédico del Hospital Frank País que lo puede operar, pero «tú sabes cómo es eso». Y aunque nadie haya pedido regalos, él quiere llegar con uno bien bueno, porque ese trámite «se demora mucho» y así probablemente lo agilicen.

Siempre dice que, en lo que otros se dedican a «esto para estar en la fumadera y la borrachera», él lo hace para su comida. Se le va todo en comer (también en lo que gasta en transporte desde que le empeoró la rodilla, y en la media de ron con la que nunca llega a emborracharse). Así que nadie sabe cuánto más tardará en ir, por lo menos, a la primera consulta.
Ayer le entró tremenda «contentura» porque con el «dinerito» que hizo pudo comprarse un pomo de aceite y tres libras de carne y dejar una parte guardada para comprar huevos. Según cuenta, ha llegado a buscarse más de 4 mil pesos en un día —sin descontar la inversión—, pero lo normal es que haga menos de 2 mil.
La semana pasada, una mujer que vive en el edificio le dio como seis platos para que los vendiera y salieron enseguida, a 400 pesos cada uno. A saber quién le habrá dado los cinco «tacos de muleta nuevos», que está vendiendo a 100 pesos. O los espejuelos que eran a 400 y se los dejó a un anciano por 350.
Hoy no le han traído nada más que dos platos blancos. Hubo lluvia. Y «cuando llueve, ellos —los buzos— no bucean, porque las cosas se mojan y se echan a perder».
Dentro de unos minutos, llegará Daniel de Los Ángeles. No tendrá nada que venderle, sino un olor a vejez rancia, demasiado errante para sus 61 años. Contará que la hija vive en Arroyo Naranjo y que, si no le coge muy tarde, va a dormir allá; que camina hasta el Vedado o hasta Playa las veces —casi siempre— que no logra coger una guagua, y rebusca en la basura de los basureros mejores y le vende a Leonel y a otros tantos lo que encuentra; y, con el dinero —alrededor de 500 pesos, los días que anda de suerte— compra cigarros y comida en una «fonda», donde el plato más barato vale 150 pesos y casi siempre es de «arroz con frijoles».
—A mí lo que me tiene preocupa´o es el ventilador. Salí de la casa sin luz y se me olvidó apagarlo— dice Leonel de repente.
Lo que pasa es que el ventilador «a veces se para» y, si ponen la corriente, y le da por pararse, se puede quemar. Pero bueno, como andan las cosas, a lo mejor llega allá a las seis y pico —hora a la que llega siempre— y todavía no la han puesto.
Vive en un cuartico que la madre le dividió de la casa mucho antes de su internamiento en la calle. Nunca ha querido darle la propiedad para poder «desglosarlo» y, en consecuencia, no tiene ni libreta de abastecimiento. Hace más de 20 años que no sabe «lo que es un mandao de la bodega». Ella se queda con todo. Pero él no coge lucha; dice que tiene que demostrarle que es un «peleador, con libreta o sin libreta».
***
Antes vendía en Carlos III, pero ahí «no quieren que la gente venda porque es una calle muy céntrica y pasan influencias». Una de las veces en que lo amenazaron con quitarle las cosas —más de una se las quitaron—, salió a amedrentarlo una mujer de las que atienden casos sociales y él le dijo:
—Yo soy caso social y ustedes no me han ayudado. Tengo que comprar medicamentos. De dónde los voy a sacar, si yo no puedo trabajar y esto fue lo que más o menos encontré. ¿Tú no estás mirando como yo estoy? Más bien deberías decir: «Coño, un tipo que está peleando ahí, vin van, vin van».
Dos multas le han puesto. Y las dos se duplicaron porque no hubo forma de pagarlas a tiempo. Al final, las asumieron dos hermanos suyos que viven en Estados Unidos, porque él no tenía cómo conseguir los más de 20 mil pesos a los que habían ascendido. Estaba dispuesto a que lo metieran preso y se los descontaran en la cárcel.
Cuando le dio por establecerse aquí, hubo gente del edificio que se negó, pero la señora que a veces le da comida salió a defenderlo y acordaron que podía quedarse a cambio de mantener limpio el portal.
Desde entonces, los días pasan idénticos. Leonel puede ser uno de esos hombres a los que uno les quita la vista cuando va por la calle, pero tiene el coraje suficiente para mirarse a sí mismo y asumir que, después de todo, «aquí fue donde vino a parar Vin van». Y solo Vin van sabe cómo acabará esta historia:
—Oye, si el ventilador se quema, que se queme.
